jueves, 30 de julio de 2009

EL PODER Y LA ESPERANZA: Sobre la injusticia de la justicia salomónica.

Quisiera decir dos palabras sobre una cuestión a la que los resultados electorales en Argentina han vuelto a dar alas. Se trata de la posibilidad o no de zanjar definitivamente la cuestión de la represión genocida en Argentina durante las décadas de los setenta y los ochenta.

En esta ocasión, lo que desata mi respuesta es un artículo publicado por la “popular” Pilar Rahola en el diario El País, periódico que nos tiene acostumbrados a una buena dosis de tergiversaciones cuando se trata de ofrecer su imaginario sobre Sudamérica.

Pero para que el asunto no suene a propaganda sin fondo, recordemos que los más importantes opinólogos sobre nuestro continente son grotescos enemigos del chavismo, y sus secuaces izquierdistas. ¿Cómo olvidar la semblanza que nos ofreció Vargas Llosas del criollo astuto y mentiroso de Morales? ¿Qué hacer con la justificación que nos ofreció recientemente ante el golpe en Honduras? ¿Qué decir de su vergonzante aparición mediática desafiando a un presidente constitucional a entrar en debate con él mismo en un programa televisivo al que había sido invitada la oposición, por el propio Chávez, a debatir el modelo revolucionario? ¿Qué hacer con los eruditos contrastes de Moisés Naím entre Venezuela y la teocracia Iraní? ¿Qué hacer con sus propias apreciaciones sobre el golpe de estado en Honduras, su feliz enjuiciamiento de Zelaya en las páginas del periódico? ¿Qué hacer con los muchos y reiterados intentos por parte de esta gente por defender modelos caducados y denostados en un continente arrasado por la especulación y la traición de sus intelectuales más afamados en Europa y Norteamérica?

Pero eso no sería nada si acaso los contrincantes políticos en el continente estuvieran tratados con la misma vara. Pero es impensable pasar por alto el trato de favor que han recibido Alan García y Álvaro Uribe Velez, quienes una y otra vez, especialmente este último, recibe los favores de la empresa editorial. No cabe decir una palabra más sobre el asunto. Si los presidentes de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Honduras, para poner algunos ejemplos, pueden ser acusados de sospechosas actividades contra la propiedad privada, o son objeto de indignadas denuncias debido a su manipulación “populista”, sus enemigos políticos (el caso de Uribe es desopilante) se encuentran acusados y procesados en algunos casos por crímenes de lesa humanidad.

¿Acaso hemos olvidado el centenar de indígenas asesinados en la selva peruana? ¿Qué dijo Vargas Llosas sobre estos asuntos que están ocurriendo en su propio país? Poca cosa, porque sus actividades libertarias se encuentran en Caracas, defendiendo los intereses de las familias adineradas que ahora se resisten al proceso de transformación social que el pueblo de Venezuela ha decidido llevar a cabo. Tampoco queda muy claro cual es su posición respecto al golpe en Honduras, en cuanto señala como improlija la actividad de los golpistas, pero acusa como culpable del golpe las ansias reivindicadoras de quienes se dejan adoctrinar por el gurú Chávez.

Esto me recuerda un argumento con el cual algunas mentes prodigiosas invertían el peso de la prueba en los casos de violación aduciendo que las víctimas vestían minifaldas. Pero la comparación no debería tomarse al pie de la letra, lo que pretende en todo caso es dejar constancia de la malquerencia del firmante de la nota que estoy comentando.

Todo esto para ponernos sobre aviso de que no se trata de un artículo cualquiera el firmado por la señora Rahola, sino uno más de los muchos artículos que el equipo de EL PAÍS considera útil para llevar a cabo su actividad desestabilizadora en la región. La razón del asunto es muy sencilla, la búsqueda de condiciones favorables para el grupo PRISA y los consorcios asociados. Aquí todo se mezcla como en esas malas películas de complots a las que nos tiene acostumbrada la historia y Hollywood: política, ética, glamour, sexualidad y dinero. El engranaje de mentiras se encuentra al servicio del asalto al poder.

El artículo es impecable. Como buena periodista, Rahola es imparcial desde el comienzo. Firma su simpatía hacia el partido de Macri llamando a Michetti una de las mentes más brillantes de la Argentina actual, para luego dejar en claro que lo que le atrae de esta mujer es la capacidad de navegar las aguas que su propia patria inauguró con la famosa “transición”.

El artículo pretende ser una radiografía del alma de los argentinos, y acaba siendo un encefalograma de la "derecha liberal" española que se mofa de lo políticamente correcto para proponer lo "definitivamente correcto". Rahola se ríe a carcajadas de los ideales y reivindicaciones bienpensantes. Enfundada en su pragmatismo chulesco y desafiante, se dedica a recordar a las izquierdas de todos los continentes sus pecados, ofreciendo junto a ello una justificación para la perpetuación del status quo, como si los problemas reales que nos toca vivir fueran una invención de los Che Guevara y los Fidel Castro y los guerrilleros latinoamericanos, los desprolijos hippies y los vagos de los estudiantes, como si no tuvieramos otra cosa más importante que hacer en este mundo gobernado por poderes invisibles que en su lógica arrolladora y matemática van carcomiendo las esperanzas de las generaciones, que dedicarnos a vociferar contra los ilusionados, contra los perdedores, contra los que aún no han conseguido nada, porque no han podido, porque se han equivocado, o porque se lo han impedido esas mismas fuerzas que ella enfurecida defiende con su "realismo" agitado.

Olvidar, olvidar, olvidar es el estribillo que promueve, y nos lo vende prometiendo que el olvido todo lo cura, que la España de hoy (que en realidad es la de ayer, porque quién querría hoy ser esta España que estamos contemplando azorados, corrupta de arriba a abajo, decadente en su cultura, podrida y débil en sus instituciones, dormida su población ante el saqueo sistemático al que se ve sometida, con la complicidad de sus políticos que se quedan con las migajas de la fiesta, y la prensa-publicista).

Rahola pretende que los argentinos deben tomar nota y ejemplo de España. Pretende que la “transición” fue causa de paz y de alegría para la España sobre la que llovían, entonces, como un milagro, el 25% de su PBI de las arcas europeas, la España hipotecada del derroche y la pandereta, la España que prefirió apostar por el ladrillo a la excelencia. Pero nada de esto parece molestar a la política devenida periodista que anima las mañanas de TV3. Porque comparada con la Argentina que sus ojos contempla, España es un paraiso.

La Argentina es un lodazal, nos dice, del que los argentinos no quieren salir. Llenos de odio y de revanchismo, la Argentina de hoy es una mezcla de atracción y repulsión para el extranjero que visita el país con mirada objetiva y desprejuiciada. Y nos compara con la transición chilena y uruguaya que supieron, nos dice Rahola, negociar un futuro. ¿Acaso se esta refiriendo Rahola a la impunidad que se le prodigo a Pinochet que se murió con las botas puestas pese al sinnúmero de pruebas en su contra? ¿No deberíamos estar negociando en otros lugares del mundo transición semejantes, sin justicia como la que ella promueve? ¿A quién defiende Rahola? ¿Cuál es su verdadero mensaje? ¿Quiénes son sus amigos? ¿Con qué mundo sueña?

Recordemos que Rahola es una invitada habitual en el programa de Grondona. El "doctor", como llaman al escribiente del llamado "Proceso de Reorganización Nacional", o Dictadura, le ofrece un espacio en cada visita y se relame ante el descaro de la catalana. Recordemos otras cosas que nos permitan informarnos sobre la figurita cuya autoridad intelectual se promueve en la Argentina para enseñar el camino de nuestra sociedad futura. Ahí están sus destempladas risotadas y su escasa compasión durante la masacre Israelí en Palestina. Ahí están sus relatos descabellados sobre la democracia venezolana. Ahí están sus suspicacez apreciaciones sobre la matanza de indígenas en Bolivia por los simpatizantes separatistas santacruceños. Ahí están, para quienes tenemos el placer de convivir con sus opiniones semanales en LA VANGUARDIA de Barcelona, las opiniones reaccionarias con las cuales se despacha frente a las reivindicaciones sociales de no pocos colectivos.

Haciéndose eco de la posición de muchos simpatizantes PRO y otra gente del montón, Rahola propone una equiparación de la violencia guerrillera en la Argentina con el terror del Estado. Su justicia es salomónica, y por lo tanto es injusticia.

Para empezar miremos con detenimiento la España que la señora Rahola pretende vendernos: En menos de veinticuatro horas, ETA ha realizado dos atentados con víctimas mortales. ¿Cómo es posible que ETA siga atentando? En los últimos meses, docenas de dirigentes han sido encarcelados, se ha proscrito su ala política y han sido judicializadas las organizaciones abertzales. Un informe reciente sostiene que los jóvenes vascos no condenan o simpatizan con la violencia de la banda. ¿A qué se debe? ¿Cómo es posible que sigan existiendo estas rabias, estos odios, este deseo de revanchas en una sociedad que dice haber realizado una exitosa transición? ¿Qué pasa con Catalunya? ¿Acaso las relaciones con Madrid son un paseo por el campo? ¿Y el Partido Popular? ¿Y la relación de los gobiernos socialistas con la Iglesia Católica? ¿A quién le habla Rahola cuando escribe en el diario El País un artículo como el que firma? Seguro que no le habla a los vascos, ni a los gallegos, ni a los catalanes, porque se reirían a carcajadas de su ingenuidad o su cretinismo. ¿Transición ejemplar? No creo que Rahola se cree lo que ella misma dice. No sólo Euskadi, sino toda la realidad política y social de España se encuentra marcada por los rastros, las huellas, la geología oculta de un pasado irresuelto.

Para acabar, permítanme que diga dos palabras más sobre este pasado. Este jamás desaparece. Se transforma, eso si. Como las fugas inventadas por Beethoven, mutan, fluyen, como las nubes en el espacio, pero no desaparecen.

Ni siquiera el perdón, como señaló en su día Hans Jonas, puede hacer que el pasado se esfume. El perdón es un don que ofrece la víctima, no un derecho del victimario. Los cristianos deberían saberlo, ellos que están hecho con la sustancia de la crucifixión que sana los pecados del mundo.

Aún así, creo que el pasado puede y debe ser superado.

Lo que se juzga en Argentina no es la violencia per se, sino la violencia ejercitada por quienes detentaban el poder del Estado. Eso significa algo muy sencillo de entender para quien tenga interés de mantener una distinción de justicia irrenunciable. Cuando los gobiernos constitucionales o las Fuerzas Armadas que gobiernan de facto una nación asesinan a individuos indefensos a sangre fría, cuando los someten a tortura, cuando esconden sus cadáveres, cuando roban a sus hijos y a sus nietos, cuando pervierten la identidad y someten a la población al terror, lo que se pone en cuestión no es la violencia, sino la traición.

No me interesa ahora mismo juzgar a los grupos guerrilleros. No hay ley que los ampare en el mundo. La comunidad internacional ya se ha pronunciado sobre el asunto. Los guerrilleros y los terroristas no pueden esgrimir argumentos del estilo que promueven los asesinos del Estado para escapar la justicia de ese Estado. Creo que no debería ser parte de la discusión que nos convoca en esta ocasión, como no debería estar en la agenda de debate juzgar las decisiones políticas de Zelaya o los propósitos de Chávez cuando nos enfrentamos a la encrucijada de oponernos o dar alas a un golpe de Estado a un gobierno elegido democráticamente por el pueblo, y ampliamente apoyado por ese pueblo en sucesivas consultas populares. Lo que nos interesa clarificar es la traición que aquellos que se encuentran en el poder realizan contra los ciudadanos, al ejercitar violencia sobre estos, indefensos ante el poder aterrador que tienen a su disposición.

El pasado sólo puede superarse con un juramento, con la convicción absoluta y sin peros de que jamás, bajo ninguna circunstancia, seríamos capaces de participar, apoyar o simpatizar con ejercicios de aberración semejante.

Cuando alguien ofrece un pero, o exige pasar página, es que aún pretende justificar de un modo u otro el pasado. De ahí que las declaraciones de Rahola, como las reiteradas insinuaciones de mentes hipotéticamente “clarividentes” como las de Michetti y otros representantes de PRO, sean prueba de una cierta tibieza moral ante el horror. Prueba del relativismo moral que la propia Rahola pretende condenar. Y la posibilidad latente de que ejercite en un futuro no lejano una colaboración pasiva como la que muchos ejercitaron cuando los crímenes pasados se cometían.

miércoles, 22 de julio de 2009

A FALTA DE IDEOLOGÍA NOS QUEDA LA INFORMACIÓN

El estribillo lleva varios años sonando en los primeros puestos desde algo así como el Departamento para la Reconstrucción de las Sinapsis planetaria. El propósito es loable. Se trataría más o menos del siguiente experimento: eliminar los restos de otra supersticiosa y añeja costumbre humana.

Habiendo hecho lo propio con las religiones tradicionales (que pese a todo se resisten a ser echadas por la borda) toca el turno de las ideologías (eso de izquierda y derecha que no suena bien a nadie), que además de ser una distinción éticamente reprochable de muchas maldades contra la humanidad, tiene la desgraciada suerte de ser estéticamente censurables. En breve, las ideologías son feas.

Los expertos en imagen lo saben. Y como ha quedado patente en alguna nota anterior, insisten a sus pupilos que hagan caso omiso de sus lealtades argumentales y se centren en lo más candente: lo que la gente quiere, y no lo que la gente quisiera querer aunque no puede por el momento hacerlo. Junto al olvido de las ideologías, por lo tanto, se promueve sin vergüenza, el desprestigio de los ideales.

Ser una persona ideológicamente posicionada es no haber caído en la cuenta de algo elemental: el universo (el mundo natural y social que habitamos) se caracteriza por estar libre de cualquier normatividad objetiva. Lo real es un espacio neutro que se encuentra a nuestra disposición para que hagamos con ello lo que nos plazca. Este es el Gran Secreto que repiten entusiasmados los hacedores de la opinión pública.

Los textos abundan. Tienen cabida en la esfera de la autoayuda y la nueva espiritualidad, que a un mismo tiempo denuncian y actúan como cómplices del mundo que nos ha tocado vivir. Los economistas más ilustres saben que han sido de los primeros en hacer rodar la bola de este orden moral moderno que habitamos. Los políticos más “piolas” se anotan en la listas de la vanguardia post-ideológica y pragmática a medida que crece en la masa la certidumbre que antaño sólo disfrutaban las élites. De modo análogo, los periodistas han reemplazado su convicciones ideológicas por sus compromisos corporativos.

Las claves del éxito se encuentra en la mente, en la construcción de la imagen del mundo que realicemos. Porque, tal como hemos dicho, el mundo es un océano de materia vacía y maleable a la espera de que los sujetos liberados de toda atadura, se hagan cargo de lo que les toca.

Basta con empujar una idea, y el mundo se habrá vuelto del color de nuestro pensamiento. Sólo cabe dedicarse con ahínco a semejante esfuerzo, y ocurrirá lo que siempre hemos querido: seremos ricos, jovenes y bellos.

Sin embargo, recuerdan los gurúes, no es fácil mantener la mente enfocada en el objeto de nuestro más "auténtico" deseo. Basta que se nos perturbe el alma con algún recuerdo, o que un personaje indecente o simplemente "negativo" se cruce en nuestro camino, para que el empeño de tantos días se haga añicos contra el cristal oscurecido de nuestra frágil conciencia.

De este modo llegamos a la más absoluta de las paradojas: aquellos que sostienen con tanta soltura el final de las ideologías son los mismos que aseguran al mundo que sólo cuentan las ideas que tenemos en la cabeza. Son los mismos que reclaman una realidad neutralizada donde poner en funcionamiento el diseño disciplinado de su universo imaginado, los que afirman con descaro la fealdad de las superstición ideológica.

Pero puede que no todo se haya perdido, cabe la posibilidad de establecer otros criterios que nos permitan deslindar la paja del grano. De otro modo, nos encontraremos desprotegidos ante el arrebato de sapiencia idealista que ha atacado al planeta: marketing, cosmética de la imagen, publicidad, relaciones públicas, consultores políticos, agencias éticas para la empresa, todo confluye y complota para evitar que nos interroguemos por la verdad.

Pero, ¿Qué es la verdad después de todo?
La verdad, en esta era del vacío, es lo ente reducido a esquema: imagen del mundo. No es la nada, pero es casi nada, "lo que tú quieras".

En fin, ante tal desbarajuste, cabe preguntarse si no será necesario reformular la directriz evangélica del siguiente modo:

“Los conocerás por sus deseos”.

Serán sus deseos y no sus argumentos explícitos los que nos dirán quiénes son los que nos hablan.

Repuestos del vaciamiento y humillación al que nos tuvo sometido el "nihilismo burgués" de las últimas décadas, y armados con nuestro reconquistado aparato ideológico, seremos capaces de enfrentarnos a la marabunda de expertos en el ocultamiento. Por lo tanto, nos queda la información, y ante ella la pregunta que volverá a devolvernos al equilibrio, al punto arquidémico de lo real, en el que seremos capaces de descifrar lo que ahora importa: ¿Qué es lo que quieren estos que dicen que todo es posible si nos atrevemos a quitamos las gafas que proyectan las antiguas supersticiones?

Bueno, en general, lo quieren todo: lo tuyo y también lo nuestro.

Por lo tanto, como dicen en España, ¡Ir al loro!

domingo, 12 de julio de 2009

TODAVÍA NOS QUEDAN LAS CALLES.

Como he dicho en otras ocasiones, debemos tomar la iniciativa. Las políticas de ajuste que se pretenden para superar la crisis son, como se ha repetido hasta el hartazgo, otra de las opacas e injustas soluciones que los ricos proponen para no cargar con la responsabilidad que les toca. O para decirlo de otro modo, es el intento de traspasar la carga de la mula sobre el cordero.

La prensa está haciendo todo lo posible para que la contestación social no llegue a mayores. Eso significa, en breve, una estrategia para evitar que la sociedad civil sea capaz de ofrecer respuestas espontáneas a las dificultades que se presentan, ocultando, mintiendo, distorsionando dichas respuestas.

La estrategia es desfigurar la actividad de los movimientos sociales, presentándolos como amenazantes, descontextualizándolos, engañando sin reparo acerca del contenido de las reivindicaciones, como hemos podido ver en la distorsión unánime que los medios recientemente ofrecieron de las huelgas en Inglaterra. Estas fueron presentadas como manifestaciones racistas, cuando en realidad eran un intento por parte de los sindicatos para impedir la utilización, por parte de algunas empresas, de las directivas europeas a fin de dar trato diferencial a los trabajadores extranjeros. Lo que se pretendía era impedir que dichas empresas se beneficiaran saltándose las leyes y condiciones laborales, lo cual iba en detrimento de los trabajadores en su conjunto. La prensa se dedicó con ahinco a borrar la contestación de clase, para convertir el evento en un problema xenófobo.

Nuestras sociedades democráticas preveen un conjunto de vías de comunicación entre las bases y los poderes fácticos y representativos. Cuando las elecciones generales (como hemos visto en las últimas elecciones europeas) se ven perturbadas por la apatía y la descreencia de la población, es hora de utilizar otros mecanismos para saltar el abismo que existe entre la base representada y la representación. Una de las maneras es la contestación callejera. Se trata de una práctica que forma parte de nuestro imaginario social, un rito análogo al de las elecciones generales, un mecanismo legítimo de comunicación que conmina a atender los reclamos populares.

Existen una serie de códigos y de normas que determinan el caracter de las movilizaciones. Los participantes caminan por ciertos lugares, evitan otros, y se abstienen de ejercer violencia. Cargando pancartas y repetiendo ciertos estribillos, la ciudadanía hace saber su descontento.

De modo análogo a lo que ocurre cuando introducimos una boleta el día de la votación en una urna después de haber sido identificados por los miembros de la mesa correspondiente en un padrón electoral, lo que se procura es hacer llegar un mensaje a quienes se encuentran en funciones para que cumplan con nuestra voluntad. Decimos lo que queremos y lo que no estamos dispuestos a aceptar.

Las elecciones parecen no estar transmitiendo el mensaje del pueblo a los responsables políticos. Da la impresión de que estos se encuentran enroscados en su propia autofascinación y comprometidos exclusivamente con los intereses del establishment económico-financiero. La multiplicación de los casos de corrupción y la complicidad de las élites políticas con los artífices de la debacle, justifican que los ciudadanos articulen e intensifiquen las protestas.

El manto de silencio que Europa ha tendido sobre el "futuro", postergando y eludiendo cualquier discusión de fondo, escudándose por momentos en argumentaciones peregrinas sobre la esencialidad y la raíz identitaria, acompañado de la renuencia de las élites europeístas a dar palabra y voto a la ciudadanía en lo que respecta a los proyectos y directivas que promueven, deberían sumarse a la lógica argumental que aboga por la protesta: lo que nos queda frente a este deterioro democrático es salir a la calle, día tras día, para que nuestra voz sea escuchada.

Por supuesto, se trata de exponer un mensaje de forma no-violenta. Pero es imprescindible que las protestas sean sostenidas y prolongadas, hasta que encontremos la manera de que nuestras voluntades sean tomadas en consideración.

En este caso concreto, el objetivo de la movilización es preventivo. Ante la constante presión de los intereses corporativos exigiendo ajustes al estado que irán en detrimento de los sectores más desfavorecidos de la población, es imprescindible dar indicaciones inequívocas a los gobiernos que en caso de ceder en esa dirección, la ciudadanía ejercitará su derecho a la resistencia. La superación de la crisis no debe ser otra excusa, después de décadas de fiesta neoliberal, para continuar profundizando la proletarización de la ciudadanía, por medio de políticas laborales y salariales confiscatorias.

Una contestación de este tipo, contrariamente a lo que se dice desde los medios de comunicación, que al unísono adjetivan a los movilizados como “radicales”, es parte del imaginario social inherente de toda democracia sana. El hecho de que las demostraciones públicas resulten escandalosas, o que se persigan con la violencia desorbitada a la que nos hemos acostumbrado en los últimos tiempos, a fin de intimidar y persuadir por esa vía futuras estrategias de contestación, sólo puede reafirmarnos en la sospecha de que la democracia europea, pese al apego procedimental del cual hace gala, se encuentra en una profunda crisis de legitimidad.

Las movilizaciones tienen por objeto hacer llegar un mensaje político, persuadir a los responsables de dar marcha atrás en su intento de superar la crisis apretando aún más al ciudadano de a pié, asfixiado por la oscuridad de su futuro y la inestabilidad de su situación.

Recordemos: Los poderosos nunca han cedido un centímetro de su poder si no han sido obligados a ello. En nuestras manos se encuentra continuar esta larga marcha por la dignidad que aún pretende ser Europa. En nuestras manos está preservarnos en la libertad. Hagamos cuentas de los sacrificios de nuestros antepasados, de quienes pelearon y dieron la vida para ofrecernos nuestros logros de hoy, y a partir de ese reconocimiento, asumamos el cargo de nuestra paternidad.

Sin nuestra lucha, nuestros hijos no tendrán futuro.

domingo, 5 de julio de 2009

HONDURAS: Idiotas, hipócritas y cretinos.

Si nos tomamos el trabajo de leer lo que los principales medios de comunicación tienen que decir acerca del golpe de estado en Honduras, notaremos dos cosas muy interesantes.

La primera es que en muchos de ellos hay un conjunto de periodistas y comentaristas que llevan la voz cantante, que aprovechan la ocasión que les brinda un hecho de esta naturaleza para ejercita la lucrativa tarea de aporrear en sus páginas al Presidente Hugo Chávez y al conjunto de líderes de la llamada nueva izquierda Latinoamericana.

En segundo lugar, entusiasmados con la unanimidad de las instituciones hondureñas, la consabida aprobación del golpe realizada por el Episcopado Hondureño, y la confusión reinante, se pretende poner en pie de igualdad al gobierno salido de las urnas con la dictadura impuesta por el golpe.

A fin de clarificar lo que quiero decir, ilustraré estas afirmaciones con un ejemplo. La nota fue publicada hoy en el diario El País, uno de los principales motores que impulsan con ahínco y desvergüenza la nueva ofensiva de las derechas sudamericanas. La nota en cuestión está firmada por un clásico del periódico, Moisés Naim. Lleva el siguiente título: “Idiotas contra hipócritas”. El título que yo mismo elegí para esta nota no hace más que incluir en su descuidado retrato, un personaje importante de las tramas golpistas que han ornamentado nuestra desgraciada historia sudamericana y que el propio Naím, como otros insignies opinólogos encarnan con habilidad mandarina.

En el primer párrafo Naim nos recuerda que hay un parentezco entre el golpe de Honduras y los acontecimientos de la revolución verde en Irán. En el primer caso estamos hablando de un pequeño país sin apenas recursos. En el segundo caso, estamos hablando de un país que tiene bombas atómicas. La lógica de Naím es extraordinaria. Irán apenas ha sufrido consecuencias, por la sencilla razón de que no puede jugarse con alguien que posee un poder semejante. En cambio, Honduras, es un pequeño país desarmado, que recibe una respuesta furibunda. ¿No ven la CNN? ¿Acaso viven en Marte?, se pregunta. Los países pequeños no pueden darse ese lujo. Justicia para Honduras, ellos también merecen la cuota de impunidad que reciben los más poderosos. Acertado, indudablemente.

Los estrambóticos silogismos de Naím podrían resultar inocente, pero toman otro matiz cuando recordamos lo que Naím tenía para decir hace dos semanas sobre lo que estaba ocurriendo en Irán. La nota fue publicada el domingo 21 de junio y llevaba el siguiente título: "Irán con ojos venezolanos". Pese a las diferencias entre estos dos países, Irán y Venezuela, "el parecido es tal -nos dice Naim, para quien en la oscuridad todas las vacas son negras - que la experiencia venezolana aporta interesantes claves para entender la crisis iraní. Leamos la última frase del artículo mencionado. Dice Naím:

"En ambos países, los violentos están en el Gobierno, no en la oposición. Tanto en Irán como en Venezuela, son las milicias gubernamentales quienes detentan el monopolio de la violencia como instrumento político. Pero lo esencial es entender que, en Irán y Venezuela, las elecciones no significan el posible cambio de un presidente por otro. Significan la posibilidad de sacar del poder a quienes han decidido perpetuarse en él. Y eso no es fácil. No lo ha sido en Venezuela; no lo será en Irán."


Volvamos al artículo de hoy que es lo que nos interesa. Después de haber clarificado de qué trata el asunto (la hipocresía y la idiotez) nos informa de la violación reiterada de la constitución por parte del gobierno de Zelaya. Nos dice: ¿Por qué se precipitaron los golpistas? Faltaban sólo unos meses para que Zelaya dejara el gobierno, si hubiesen apostado a los juristas en vez de a los militares, hubieran conseguido lo que buscaban. Pero en cambio, se decidieron por las armas. Es decir, secuestraron a Zelaya, y lo enviaron fuera del país, rompiendo de ese modo la continuidad constitucional y la legalidad. ¿Acaso fueron engañados? ¿Por quién? ¿Quiénes son los que se benefician con este golpe?

Continuemos, porque Naím tiene aún mucho que decirnos acerca de lo que esta ocurriendo en el país centroamericano. Nos dice que los golpistas creen estar justificados porque Zelaya, apoyado por Hugo Chávez, estaba planeando perpetuarse en el poder por medio de triquiñuelas y trampas electorales. Peor aún, de acuerdo a los golpista, en los que Naím parece confiar tácitamente debido a su parentezco ideológico, agentes venezolanos con armas y dolares habían comenzado a infiltrarse a través de la frontera hondureña. -¡Armas y dólares", la frase es inolvidable, nos recuerda escenas de Miami Beach.Otra vez el espectro, el fantasma del comunismo que agita las conciencias y justifica los arrebatos de los bienpensantes que hoy han equivocado la ruta. Demasiado desprolijos, pero certeros.

Naím no tiene vergüenza, evidentemente. Escuchen esta frase: “Incluso si fuera cierto, el golpe sería inexcusable”. Es evidente que lo que pretende con este párrafo no es que el golpe sea inexcusable, sino que es probable que hubiera razones de fondo que llevaron a los golpistas a actuar de ese modo. La acusación es grave: ¿Agentes del gobierno venezolano están entrando a través de las fronteras porosas de Honduras con armas y dinero? ¿Recuerdan el caso del ordenador de Reyes que utilizó Uribe para enlodar a Chávez y probar el apoyo que éste ofrece a las FARC? ¿Recuerdan el caso de la maleta con los 800.000 dólares que juzgaron en el distrito de Miami?

Lo que enfurece es la credulidad de algunos lectores. ¿En serio se creen estas y otras patrañas del mundo informativo? ¿De qué han servido cincuenta años yendo a las películas si a la hora de la verdad nos compramos todas las mentiras? ¿Acaso esta gente no conoce las transferencias bancarias? Pero una transferencia bancaria resulta demasiado virtual. En la escena tiene que aparecer el mafioso de turno, algo que nos recuerde el narcotráfico y el gangsterismo más vulgar, para que de modo indeleble quede en nuestras pupilas la escena de la traición, como una marca de desodorantes.

Sigamos escuchando a este talentoso intelectual en su intento por desentrañar la verdad escondida frente a la mascarada. Después de haber despachado toda una sarta de acusaciones sin prueba alguna, nos ofrece su mejor frase:

“Las torpezas hondureñas son sólo superadas por la explosión de hipocresía que han desencadenado.”

Lo que han cometido los golpistas son torpezas, cositas con las que no deberíamos ser tan furibundos. En todos los rincones se cuecen habas. Lo peor es la hipocresía. Eso es de lo que deberíamos estar ocupándonos, y no de un golpe militar en Honduras, que por otro lado esta justificado y que, por lo demás, sólo resulta ineficaz, desprolijo, y para colmo, más carne en el asador de nuestros verdaderos enemigos.

La lista no tiene desperdicio: los hipócritas son Raul Castro, Hugo Chávez y el resto de los países del ALBA, en los que Morales, Correa y Ortega comparten el hecho de ser, irónicamente, tildados de “bastión de la democracia”. Lo mismo cabe decir de la OEA, de su presidente y del resto de las organizaciones hipócritas.

Luego Naím se ríe de la pasión anti-yanki de Evo Morales que ha señalado que, aún cuando el presidente Obama ha condenado el golpe y ha mostrado buena voluntad para un cambio de época, existen razones para pensar que lo ocurrido lleva las marcas de la intervención norteamericana. ¡Qué manía la de este indiecito de ver la mano del americano apacible en todos lados? ¿Debe tener algún trauma el pobre desgraciado o estar ideologizado? Pero, ¿Resulta acaso tan descabellado? ¿Qué nos hace pensar que las declaraciones de un presidente pueden poner freno a la inercia ideológica y prágmática de un siglo? ¿Acaso cree el señor Naím que la política norteamericana no tiene agendas dobles? ¿Acaso el anuncio de un cambio de rumbo nos tiene que mantener ciegos al hecho de que Washington está embarcado desde hace años en diversos planes que aún continúan en vigencia pese a las esperanzas de cambio que promueve en el continente? ¿Acaso el señor Naím no lee la CNN? ¿Acaso vive en marte? El presidente Obama prometió salir de Irak. ¿Acaso bastó su voluntad para acabar con el asunto?

Pero no nos dejemos amilanar. Contemos los párrafos del artículo, ejemplo de otros muchos que en estos días aparecen en la prensa liberal desde Buenos Aires a México DF, de Madrid a Guayaquil, y sabremos perfectamente lo que pretenden estos “iluminados de la democracia”.

De los nueve párrafos, sólo dos están dedicados al golpe. En estos se deja claro que hay razones que justifican el humor de los golpistas. Sin embargo, nos dice, lo que ha ocurrido demuestra a las claras que ya no hay lugar para este tipo de ofensiva en la lucha ideológica que se libra en el continente. ¿Esta ofreciendo el señor Naím un consejo estratégico?

Los otros siete párrafos tienen el aspecto de una amenaza, de una advertencia malintencionada y perversa, están destinados a demostrar que nuestro verdadero problema son Chávez y sus secuaces, y llamar la atención de los gobiernos de la región de lo que ocurre con los que coquetean con el socialismo del siglo XXI. ¿Necesitamos algo más para ver la continuidad que existe entre los intelectuales de la derecha liberal de hoy y de siempre?

“Chávez es tóxico.", concluye. En tiempos de pandemia virósica y financiera no es una frase casual.