sábado, 15 de septiembre de 2012

YO Y MIS CIRCUNSTANCIAS



No se trata de un partido político ni de una ideología particular. Como diría Ortega: es el yo enfrentando sus circunstancias.

Sin embargo, merece algunas líneas en este blog en una semana marcada por las expresiones afiladas de victimización e indignación dispuestas en la agenda.

El discurso es rabioso. Acompañado por el gesto asqueado y la condescendencia frente a las masas que organizan el clientelismo y el “patoterismo” oficial. El testimonio en primera persona despunta en los relatos y la referencia al asco que despiertan las figuras emblemáticas de un gobierno que se considera corrupto, ideológicamente pervertido y autoritario, son sintomáticos. No se sabe lo que se quiere, ni cómo se lo quiere, pero se lo quiere ya. La épica del “¡que se vayan todos!”, que aún recuerdan con nostalgia algunos protagonistas de las protestas del 2001 que hoy se congregan en las esquinas de Buenos Aires, sigue modelando (sin quórum de transversalidad social) las expresiones de malestar de los “indignados” locales.

Entre los participantes hay de todo y para todos los gustos. La protesta es coherente con la hipótesis de “la muerte de las ideologías” a la que tantos se adhieren, inconscientes de la cualidad ideológica del supuesto axioma.   

Lo que une a los convocados es el desprecio y el hartazgo; la reivindicación “civilizatoria” de su cruzada antibarbárica, antipopulista, antimontonera o simplemente antiK; la pretensión de decencia que se exhibe con ahínco y la malversación de los símbolos patrios a favor de una epopeya de libertad que se despliega en el living room.

La libertad que se mienta no es la libertad a la que aspira el oprimido, la víctima o el cautivo. Es otra libertad que no está cualificada en función de prioridades y el sabio discernimiento de las circunstancias. Es la libertad de hacer lo que a uno, personalmente, le venga en gana con lo que mal o bien le pertenece por derecho o por defecto. Es la libertad egocéntrica, la libertad del hombre entendido como entidad atómica entre otras identidades atómicas sin un “nosotros”.

De allí la diversidad que se anota a la partida, anhelando una identidad que las formas tradicionales de la política y la desguarnecida oposición es incapaz de proveer. La identidad se construye mediáticamente, como las masas que atestan un estadio, atraídas por la imagen manufacturada y  deslumbrante de un ídolo de rock. Aquí, sin embargo, la figura que convoca no produce éxtasis entre los participantes, sino ira. "Cristina", en este sentido, es el único referente, el referente absoluto, que aglutina a propios y ajenos como en otras épocas supo hacer Juan Domingo Perón.

Lo que sustenta al cacerolero es la perturbación de las emociones de bronca que, como bien se ha señalado en otro sitio, acaban justificando y promoviendo el camino populista elegido por el kirchnerismo, que encuentra en la impotencia política de sus adversarios y la esterilidad ideológica de sus bases potenciales una amenaza fantasmal. El espectro del desánimo y la rabia puede estar en cualquier lado, porque no tiene rostro ni discurso articulado. Es sólo queja, estridencia cacerolera y mensajitos en las redes sociales llamando a tomar el palacio de invierno en nombre de “la libertad”.

A falta de alternativa, a las bases sólo les queda la mueca, el gesto grosero y el rechazo violento, que los políticos pretenden capitalizar sin ofrecer para ello una sola línea propositiva inteligente digna de un mejor debate. Se conforman con la obsecuencia televisiva, con la medición del raiting, las encuestas y el empeño comunicacional que aun lideran los grandes medios aferrados a su rol monopólico en su tarea de creadores de opinión.

Pero la pregunta sigue siendo la misma para quien serena la pelota y otea el horizonte en busca de claridad. Si esta no es la dirección, qué proponen, y con qué medios, y en qué mundo.

Ante la contundencia de la realidad, las cacerolas no son un buen argumento. Pero eso sí, saben hacer ruido, y en eso estamos: decir YO.

lunes, 3 de septiembre de 2012

EL REGRESO DE LA MUERTE. Sobre la violencia política.


La palabra “extremista” tiene una infeliz connotación en nuestra historia política.

En línea de continuidad con la mayoría de los artículos que publica el diario La Nación, este fin de semana, el periodista Fernando Laborda ofreció a sus lectores una reflexión imprudente a la cual tituló “Hasta dónde llegará el extremismo de Cristina”, cuyo contenido no es otra cosa que una ensalada de amenazas que contribuye a fomentar la intolerancia y la violencia entre los más fanatizados entre sus lectores.

El artículo es sólo un ejemplo del estilo irresponsable que practican muchos periodistas del matutino fundado por Mitre. No desentona con el resto. Ni siquiera puede considerarse de los peores. Pero como ocurre habitualmente, basta con echar un vistazo a los comentarios encendidos que acompañan la nota para comprender hasta qué punto Laborda exacerba los ánimos de los lectores, les retuerce el alma hasta extraerles la crueldad que necesita para sus designios, poniendo en evidencia hasta qué punto lo denunciado por este supuesto adalid de la libertad y la templanza (como otros de su clase) no es otra cosa que el reflejo de su propio rostro en el espejo de su intolerancia. 

Leo con desaliento uno de los comentarios para ilustrar lo que pretendo. Dice uno de los lectores que se hace llamar "Santiliberal”:

-Si no se van (refiriéndose a los Kirchneristas) los echaremos a tiros”.

Comentarios de este tipo abundan en el diario centenario, el cual, en sus editoriales y colaboraciones no le hace asco a la práctica de sembrar cizaña entre la población, utilizando mentiras, tergiversaciones, escraches y groserías para lograr sus cometidos de polarización social.

Es muy probable (lo digo con pena) que el país, más tarde o más temprano, se vea atrapado nuevamente en un período de violencia política. No existe nada en la historia que nos obligue a pensar que nuestras experiencias tienen efectos pedagógicos sobre los agentes históricos. Todo lo contrario, la historia de la humanidad demuestra que los hombres se ven arrastrados, una y otra vez, a repetir con variaciones aparentes las calamidades del pasado.

Si hacemos memoria, descubriremos a tiro de piedra, sin necesidad de ajustarnos a la lógica arqueológica, ni a la hermenéutica de los textos, que las escenas actuales vuelven a contarnos un relato de violencia e intolerancia que nos es conocido. Se aprietan los puños y las mandíbulas los protagonistas, rezan rogando por un cáncer que alivie a la nación arrancando de su tierra a los más indignos de sus hijos, se apura la condena y se traduce al lenguaje de los ciegos para que los más odiadores y resentidos entre los ciudadanos se apuren a justificar una interrupción al proceso de transformación popular iniciado en esta época histórica.

Los signos son elocuentes, y como he apuntado en algún otro post de este blog, quienes se han esmerado en conocer nuestra historia continental y se informan acerca de lo que ocurre en estas latitudes, comprenden que la ofensiva neoconservadora se ha puesto en marcha. Lo que resulta decididamente incomprensible es que tanta gente seria y bienintencionada peque una vez más por ingenuidad. Los procesos históricos se descubren en los trazos cotidianos, en los acotados discursos, en las notables mutaciones emocionales de los participantes que oscilan entre la alegría y el desánimo, entre la pasión creativa y la acerada furia al son de los relatos que los conforman.

El asesinato se escribe primero con un puñado de palabras aparentemente irrelevantes que atraviesan el espacio de una consciencia, para convertirse con el correr del tiempo, en la mano que empuña el arma criminal. Cuando esto ocurre, ya no hay tiempo para detener la avalancha del horror, la venganza se convierte en moneda de cambio para acallar el dolor y la degradación de las almas acaba convirtiendo a la patria en un camposanto de cadáveres expuestos al sol.

Esa es nuestra historia aún irresuelta. No hay nada en nuestro ADN que nos prevenga de repetirla. Más vale que empecemos a cuidar el lenguaje en el que se encarna nuestro desprecio. No vaya a ser que otra vez, como ayer, nos encontremos en medio de la sangre y de la mierda haciéndonos los distraídos.