miércoles, 30 de junio de 2010

LA SELECCIÓN ESPAÑOLA DE FÚTBOL Y EL ESTATUTO DE CATALUNYA




Ayer estuve en Girona. Haciendo tiempo en un bar, escuché la conversación de unos tertulianos en la mesa vecina. El tema giraba en torno al recorte que ayer se anunció, después de tres largos años de espera,del Estatuto catalán por parte del Tribunal Constitucional.

Un Estatuto, valga recordarlo, que fue redactado en el Parlament de Catalunya. Que luego fue refrendado por las Cortes Generales. Que el pueblo convalidó en una consulta (ciertamente de limitada participación ciudadana). Para luego ser llevado a los tribunales por el Partido Popular, ante la supuesta amenaza de “balcanización” que un estatuto de estas características suponía para la unidad del Reino de España, debido a las reivindicaciones nacionales y las exageradas pretensiones de autogobierno que se adjudicaban en ella los catalanes.

La mayoría de los periódicos de Madrid afirmaron al unísono que sólo había un vencedor en esta sentencia: la legalidad, la constitución española. Y que ahora le tocaba a los catalanes hacer fuerza-corazón y acatar lo decidido. Mientras tanto, el President Montilla y el resto de las fuerzas políticas catalanes, preocupadas también por las elecciones que se avecinan, llaman a la ciudadanía a las calles. Artur Mas ha sido contundente: un país que no se hace respetar, no será respetado. Las cosas se ponen calientes. Y los periódicos catalanistas se apresuran a sentenciar el fracaso de los pactos del 78.

Entre los tertulianos que ayer discutían la actualidad en la mesa vecina mientras yo almorzaba un cap i pota amb cigrons acompañado de un vi negre catalá, era patente la indignación, la rabia, pero bien matizada, con esa mezcla de prudencia y pesimismo que ha caracterizado siempre a los catalanes, eso que aquí se llama el “seny” (la cordura, o buen sentido, o sentido común) de los catalanes.

La contenida rabia, sin embargo, ha ido in crescendo en los últimos años. Ahora, cuando se les da ocasión y se les escucha, muchos catalanes hablan y ofrecen sus razones para sentirse ofendidos por los españoles, la política española y el "mugido anticatalanista de las masas brutalizadas que los atacan con las argumentos que los tertulianos de la COPE e INTERECONOMÍA" publicitan.

Yo, que no soy catalán, que no he nacido en esta tierra y que muchas veces debo sufrir la malquerencia y desdén con el cual muchos autóctonos tratan a quienes venimos de afuera (los catalanes no son una excepción a esta xenofobia sutil practicada por la gran mayoría de los ciudadanos de a pie), no dejo de sorprenderme con el modo en el cual los nacionalistas catalanes, vascos y gallegos son tratados como parias, y sus opiniones como desquicios de otras épocas. No hay lugar alguno para la argumentación en estos asuntos. Hay que encender el televisor y escuchar las noticias en catalán, en euskera o en gallego para saber lo que piensa esta gente. En las cadenas nacionales, los nacionalistas son eso: nacionalistas, que es más o menos como un insulto bien puesto que se permiten aquellos que se saben libres del pecado de la superstición.

Pero ahora permítanme que les cuente tres breves anécdotas que pueden ilustrar mi experiencia en este país.

(1) Hace un par de meses, por ejemplo, un catedrático de la Universidad de Barcelona me comentó que el venía de una familia hispano-parlante, que en su niñez sus simpatías corrían cincuenta y cincuenta de un extremo a otro de la geografía peninsular, pero que durante las últimas décadas los catalanes habían sufrido tan grande injusticia y menosprecio, que ahora estaba un ochenta a veinte por ciento.

El hombre en cuestión me contó que había sufrido ese desprecio en carne propia. Y me relató cierta ocasión en la que, habiendo concurrido a un congreso de psicología en Madrid, se había encontrado con colegas que discutían acaloradamente la necesidad de enfrentarse al “egoismo”, la "actitud insolidaria" y la “tacañería” catalana con un boicot a sus productos. “Se dijeron cosas tan terribles sobre nosotros”, me decía el buen hombre, “y se han dicho tantas otras desde entonces, que cada vez estoy más cerca del nacionalismo independentista catalán, hasta el punto de que, por primera vez, en las últimas elecciones, he votado a Esquerra Republicana.”

(2) Hace unos meses nos visitó la hermana de mi mujer, quien había venido a España, a Madrid concretamente, a participar en un postgrado sobre tratamiento de residuos en la Universidad Complutense. El postgrado estaba dirigido exclusivamente a Latinoamericanos. A mitad de curso, en cuanto tuvo un fin de semana libre, nos visitó. Entonces nos contó que en una de las clases que había recibido el profesor había manifestado ácidas opiniones contra Catalunya y los catalanes, a quienes culpaba enteramente de la imposibilidad de aplicar políticas medioambientales a nivel estatal. Hizo referencias políticas, pero también sociológicas, y repitió el estribillo del "egoismo" y la "falta de solidaridad". La hermana de mi mujer estaba un poco preocupada por nosotros que debíamos lidiar con una sociedad tan amarga y resentida.

(3) Poco después, la prima de mi mujer, una arquitecta ecuatoriana que ha vivido durante varios años en Madrid, nos hizo una visita. Coincidieron en la reunión unos vecinos catalanes. Organizamos una comida. Hablamos en castellano, como ocurre habitualmente cuando el convidado es español. Lo cual hizo olvidar a nuestra pariente los buenos modales que debemos a nuestros anfitriones, lo que le llevó, después de varias horas de charla, a repetir algunas opiniones que había escuchado entre sus amigos madrileños. Lo que más me sorprendió fue el silencio que guardaron mis vecinos. Puede que sea la costumbre, lo cierto es que no respondieron a las ofensas. Tuve que ser yo quien le recordara a mi prima política que estábamos en Catalunya y que mis amigos eran catalanes, y que las supuestas acusaciones acerca del empecinamiento catalán por hablar su lengua pese a todo, su arrogancia y nacionalismo fanático resultaba inapropiado.

Todo esto hace muy compleja la cuestión acerca de lo que representa y a quién representa la selección de fútbol española, en la que han sido convocados 7 catalanes, algunos de ellos considerados hoy día el "alma" misma del equipo, que se meten dentro de la "samarreta" roja de la selección y pelean cada pelota como si fuera la última.

Sin embargo, entre la gente que conozco en este país (Catalunya) no hay muchos “forofos” de la “roja”. La inmensa mayoría apunta sus simpatías a la selección porque en ella participan catalanes: Xavi, Busquets, Puyol, etc. Pero los más se muestran (¿por respeto?) indiferentes a la suerte de la selección española. Dicen no sentirse representados en ella. Dicen ser del Barça y de España no quieren oir hablar.Pero también hay muchos que van más allá y, pese a que cargan con un pasaporte y un DNI español, anoche hacían sus cábalas para que los portugueses les dieran una paliza a los de Vicente del Bosque.

Mientras esto ocurre, los programas televisivos se deshacen en elogios a su selección, y corean el estribillo de que 47 millones de Españoles la apoyan. El “Si, podemos” que les es peculiar se repite como si una sola nación estuviera detrás de este equipo de fútbol. Pero no es así, hay gallegos, vascos y catalanes que no se sienten cómodos en España, y resulta imprudente por nuestra parte no hacer caso a sus sensibilidades o tacharlas exclusivamente como radicalismos infundados.

Alguno puede hablar de una minoría resentida respecto a las suspicacias que despiertan los esfuerzos por hacer de "la roja" un símbolo de todos los españoles. Pero es bien sabido que los argumentos ad hominem nunca han sido buenos argumentos y que en general, cuando ocurren, son muestra de la debilidad de las posiciones de quienes los emiten.

Para colmo de males, hay quienes en el otro extremo del abanico político, se rasgan las vestiduras por el invento periodístico de llamar a la selección de España, "la roja”, debido a las connotaciones que esto conlleva en un tiempo convulso como el nuestro, en el que aun se discute la memoria y la desmemoria, haciendo lo posible y lo imposible para no desenterrar a los muertos.

Por ello, a diferencia de lo que ocurre con otros países, cuyos ciudadanos, con una sóla voz, alientan a sus atletas y deportistas, la muy ansiada victoria que muchos españoles esperan que su selección consiga en los próximos días, se verá empañada por el desdén e incluso la rabia de muchos otros que, aun siendo “españoles” en sus papeles, en sus corazones pretenden ser otra cosa.

Independientemente de las posiciones que adopte cada uno, cabe preguntarse por qué razón un número no desdeñable de ciudadanos sienten que España no es su patria. Puede que aquí la fuerza de la costumbre haya logrado que dejemos de extrañarnos con este asunto, o que el fuego de las pasiones nos impida un pensamiento "prudente" (ético) de lo que ésto significa.

Mal haríamos si tomáramos posición antes de haber puesto en consideración los reclamos de los pueblos, y de los hombres y mujeres que individualmente alegan sus razones para irse o quedarse, o dicen pertenecer a otra patria, o exigen a sus conciudadanos una fidelidad, aunque sea no sentida, a una bandera que en muchas ocasiones se ha convertido en el estandarte de su enemigo.

No se trata, pues, sólo de fútbol. Porque, como venimos diciendo desde hace ya algunas semanas, el fútbol no es sólo fútbol, sino también, muchas otras cosas.

PD: Quedan pendientes: (1) un post sobre el tema del nacionalismo en general; (2) una reflexión sobre la cuestión tibetana que nos permita comprender las causas nacionalistas vasca, gallega y catalana a la luz del contraste con esa otra causa con la cual muchos simpatizan; (3) una reflexión acerca del proyecto plurinacional boliviano que ha impulsado Evo Morales.

sábado, 19 de junio de 2010

¿CÓMPLICES DEL SILENCIO?



Hace 25 años me fuí de la Argentina. Quienes me conocen saben que, desde el día que me fui, me ha obsesionado una cuestión:¿Cómo es posible que esa gente, medianamente amable, compañeros del cole y del rugby, familiares y amigos, hayan participado o apoyado el horror del genocidio en Argentina? Aun peor, ¿Cómo es posible que después de todos estos años, de todo lo que se ha dicho y visto en estos años, muchos de ellos sigan apoyando el asunto o haciéndose los distraidos?

En mi primer regreso a la Argentina, después de 7 años de ausencia, comprendí que esa gente no volvería a estar en la lista de mis amigos y conocidos, que no volvería a sentarme con ellos a la mesa. Me volví a ir y exceptuando unas pocas excepciones casuales, encuentros fortuitos y referencias indirectas, no he vuelto a tener noticias de ellos.

Sin embargo, cuando he tenido la “fortuna” de cruzarme en el camino con alguno de los personajes de mi adolescencia, compruebo que no han cambiado mucho las perspectivas que defendían. Públicamente, hay pocos que se atrevan a decir algo sobre aquellos años de terror, pero como antídoto han hecho lo posible para no tener que pensar en el asunto. Por eso, pienso, les molestan tanto las reiteradas referencias al tema que en los últimos años el oficialismo y los movimientos sociales han instalado en el espacio público. En la intimidad, los más "progresistas" justifican su falta de compromiso promoviendo la teoria de los dos demonios. En breve, condenan sin distinción toda forma de violencia.

Por supuesto, desde mi perspectiva, una persona que 30 años después de aquellos hechos macabros continúa defendiendo una posición de este tipo es mucho más perversa de lo que imagina. En realidad, lo que demuestra es la complicidad en la que de un modo u otro sucumbió durante aquellos años o en la que aun participa. Convengamos que nadie en su sano juicio que haya dedicado más de dos minutos y medio a pensar de qué se han tratado las circunstancias de ese tramo trágico de la historia argentina puede sostener un discurso de este tipo con seriedad. Se necesita anular el pensamiento, o un grado de cretinismo extremo, para sostener algo semejante. Y esto no porque no hayan existido crímenes entre los guerrilleros (no vienen al caso, realmente), sino porque lo que se juzga es algo completamente diferente, lo que se juzga es un tipo de alevosía calculada en el uso de la fuerza que hace de dichos crímenes objeto del mayor repudio universal.

Pero hay pruebas evidentes de que esta condena “abstracta” a la violación de los derechos humanos y los crímenes de lesa humanidad forma parte de los imaginarios de esta misma gente que es incapaz de aplicar sus consecuencias particulares en nuestra patria. Algo que tenemos en común, por ejemplo, con muchos españoles de estos días, que se han "llenado la boca y luego la panza” durante estas últimas décadas abriendo causas contra dictadores africanos y sudamericanos haciéndose pasar por férreos defensores de la justicia, pero que ahora permanecen mudos a la hora de defender las instituciones, en su propio territorio, que intentan hacer justicia a las víctimas del franquismo.

He visto a alguna de esta gente “evolucionar” durante estos años. He tenido ocasión de escuchar a unos pocos en mis distanciados viajes a la Argentina o, como decía, en los encuentros fortuitos que he tenido con algunos de ellos fuera del país.

Recuerdo cierta ocasión, hace un par de años, en una fiesta a la que un conocido me insistió que asistiera, en la que un grupo de argentinos “bienpensantes” frivolizaba la cuestión de los derechos humanos. Ante mi intervención iracunda, un jóven que debía rondar los treinta y había sido destinado por una multinacional del deporte a Barcelona a cumplir labores gerenciales, me respondió que no era asunto suyo. Él era demasiado “chiquito” como para que se le impusiera ese pasado. ¿Qué decirle a un idiota semejante? ¿Cómo explicarle que todo lo que somos tiene que ver con el pasado, desde el nombre que nos han dado, pasando por la educación y la lengua que inconscientes farfullamos?

En otra ocasión, me tocó comer con un hombre que rondaba la edad de mis padres. Después de una acalorada discusión en una bolichón de la calle Córdoba, me dijo que no podía entender la insistencia del gobierno kirchnerista con los derechos humanos. Y con seriedad (lo sorprendente era la seriedad con que lo hacia) me preguntó si yo no torturaría a una persona que sabe donde se puso una bomba que puede matar a cien personas si torturándola soy capaz de salvar todas esas vidas inocentes. Me quedé con la boca abierta. No podía creer que alguien fuera tan idiota o perverso como para usar un argumento de ese tipo. Después de treinta años y con toda el agua que ha corrido debajo del puente, ¿es posible que alguien repita un argumento tan retorcido?.

En otra escena estoy charlando con un hombre mayor, afable y “entendido”. Hablamos de temas variados. Cuando llega el momento, le pido que me diga algo de la época de la dictadura militar. El tipo se me queda mirando como si no entendiera la pregunta. No es un interrogante descabellado. Se trata de un hombre de empresa, medianamente exitoso, que además fue funcionario público durante buena parte de su carrera antes de reconvertirse. Aunque no me crean, su única respuesta fue: “Para nosotros las cosas estuvieron bien”.

Nunca he entendido a esta gente. Pero mucho más difícil me resulta entenderlas cuando capto el aura de moralismo con el cual habitualmente se rodean. Contrariamente a lo que pudiera creerse, mucha de esta gente es católica convencida, gente que bautiza a sus hijos y los lleva con ganas a catequesis, gente que está preocupada por “los valores”. Gente que se indigna ante un crímen pasional o la impunidad de los delincuentes, pero que al mismo tiempo se vuelve fría y calculadora cuando el crímen adquiere las proporciones monstruosas del genocidio, y las técnicas del asesinato y la tortura llevan a la indignidad radical de los seres humanos a los que se somete.

Lo que me sorprende es que no se trata de nietzscheanos, de relativistas, de nihilistas o escépticos perdidos. Todos y cada uno de ellos son creyentes. A algunos los he visto persignarse cuando pasan frente a una iglesia y, en tono preocupado, comentar acerca de la decadencia moral de nuestra época. Lo cual, evidentemente, nos pone en una curiosa encrucijada cuando intentamos dar forma a nuestras propias convicciones.

Recuerdo una anécdota sobre el Dalai Lama. Fue en su visita a Auswitch hace un par de años. Después de varias horas recorriendo el lugar y escuchando el testimonio de las personas que le acompañaban decidió ofrecer oraciones. Pero cuando le preguntaron qué era lo que más le impresionaba acerca del tamaño de la maldad que esos edificios le transmitían, respondió diciendo que él mismo podría, en un futuro, ser cómplice de ese horror. Rezaba para no serlo nunca, para no participar nunca en algo semejante. No se puede ser budista y ser ambiguo en esta cuestión. Como no se puede ser cristiano, y mantener una posición dubitativa acerca de lo que Argentina vivió durante la dictadura de 1976. Nuestra preocupación debería ser, de ahora en más, que podemos volver a ser cómplices de la maldad.

Cuando miramos una película sobre sucesos semejantes ocurridos en lugares distantes nos estremecemos, nos emociona y nos ponemos de parte de las víctimas. Nos indignamos cuando escuchamos o sabemos de alguna flagrante injusticia ocurrida en otros países. Incluso esta gente de la que hablo, que parece anesteciada moralmente, se tapa la boca como un huevo e incluso llora cuando se le presentan este tipo de atrocidades. Eso demuestra que es posible una conversión, que no todo está perdido. Lo que se necesita es ver la luz, que en este caso, es tomar contacto con la mayor de las oscuridades. Los budistas creen que no puede haber crecimiento moral si no somos capaces de enfrentarnos imaginativamente al sufrimiento. A nosotros nos toca sentarnos en silencio y vivir en el fondo del alma lo que pudo haber sido para esas madres, antes de ser ejecutadas, el haber sido arrancadas de sus hijos, y lo que significa para esas abuelas saber que en algún lugar del mundo, esos niños yerran sin saber quiénes son verdaderamente.

De esas cosas se sigue discutiendo en la Argentina. No debería sernos indiferente.

jueves, 17 de junio de 2010

APOYAMOS LA CANDIDATURA DE LAS ABUELAS DE PLAZA DE MAYO AL PREMIO NOBEL DE LA PAZ



Estas increibles mujeres argentinas han cuidado de nuestra memoria.

Nos traen del pasado respuestas acerca de esa pregunta esencial: ¿Quiénes somos?
Nos explican la historia. Es decir, cómo hemos devenido este país nuestro en el mundo de todos.

Estas mujeres nos permiten una reconciliación con la verdad: el único camino que conoce el amor.

Si mi padre y mi madre hubieran sido uno de esos muchachos y muchachas secuestrados durante la dictadura;
Si mi madre me hubiera dado a luz en uno de esos centros clandestinos de detención, como esos chicos que aún esperan ser recuperados;
Si ellos hubieran sido asesinados y desaperecidos, como esos miles que exigen nuestra memoria;
Si yo, criatura indefensa, frágil, inocente, hubiera sido apropiado,como tantos saqueados de su verdadero nombre;
Si estas cosas hubieran pasado, habría querido tener una abuela como Estela de Carlotto.

No importa cuánto tiempo,
Ni las amenazas,
Ni los ninguneos, ni las tergiversaciones,
ella me seguiría buscando hasta el último respiro de su propia vida.

Gracias “Abuelas” por no habernos dado nunca por muertos.

martes, 15 de junio de 2010

MODERNIDADES ALTERNATIVAS I: Los gobiernos "progresistas" latinoamericanos.



El propósito de este post es comentar:
1. La postura de Charles Taylor sobre los “malestares” de la modernidad
2. Su noción de “Modernidades Alternativas”, que se hace eco del trabajo de Dipesh Chakrabarty en la misma dirección.
3. Un artículo muy breve de Emir Sader sobre la izquierda latinoamericana que la gente de ARTEPOLÍTICA tradujo y publicó hace unos días en su blog. A mi entender, el artículo del sociólogo brasileño es muy clarificador en vista a las falsas interpretaciones respecto a la naturaleza de los gobiernos progresistas latinoamericanos que se han convertido en un lugar común.

Mi intención es simplemente dejar apuntadas estas cuestiones para desarrollarlas con mayor profundidad en otro post o en alguna otra publicación. Ahora mismo me conformo con dar unas pinceladas de las cuestiones que nos permitan empezar a pensar el asunto.



En La ética de la Autenticidad (Barcelona: Paidós, 1994), Taylor habla de los “malestares de la modernidad”, como esos “rasgos de nuestra cultura contemporánea que la gente experimenta como pérdida o declive, aun ha medida que se “desarrolla” nuestra civilización." Identifica tres temas centrales que paso a resumir:

1. El tema del individualismo, el hecho de que vivimos en un mundo en el que la gente tiene derecho a elegir por sí misma su propia regla de vida, sus convicciones, configurando de este modo sus vidas con una variedad de formas sobre las que sus antepasados no tenían control. Por supuesto, no estamos dispuestos a renunciar a este logro. Pero al mismo tiempo, viendo que la libertad moderna es un logro que alcanzamos a partir del descrédito de los órdenes y jerarquías de significación que caracterizaron a las culturas precedentes, ha habido una serie de autores que han apuntado una serie de consecuencias inquietantes para el individuo y la sociedad debido a la ruptura de esos horizontes. Toqueville, por ejemplo, habla de los “petits et vulgaires plaisirs” que la gente busca en épocas democráticas. Kierkegaard hablaba en términos semejantes. Nietzsche hablaba de los “últimos hombres”. En todo caso, lo que se ponía en evidencia era cierta falta de sentido y finalidad, la pérdida de una visión más amplia en aquellos que elegían centrarse en el yo.

2. El segundo tema es la cuestión de la primacía de la razón instrumental. Una clase de racionalidad de la que nos servimos cuando calculamos la aplicación económica de los medios a un fin dado. Una vez que la sociedad ha dejado de tener una estructura sagrada, dice Taylor, las convenciones sociales y los modos de actuar se encuentran a disposición de cualquiera. Una vez que las criaturas que nos rodean pierden el significado que corresponde a su lugar en la cadena del ser, están abiertas a que se las trate como materias primas o instrumentos de nuestros proyectos. Aquí el temor es que la razón instrumental se apodere de nuestras vidas, que aquellas cosas que deberían determinarse por medio de otros criterios se decidan en términos de eficiencia o de análisis “coste-beneficio”. Algo de eso ocurre con las justificación para perpetuar una distribución injusta de la riqueza a partir de un criterio de crecimiento económico, o la insensibilidad frente a las necesidades del medio ambiente.

3. En el plano político, el individualismo y la razón instrumental se traducen en instituciones y estructuras tecnológico-industriales que limitan nuestras opciones. Un ejemplo de ello, otra vez, son las dificultades que tenemos para enfrentarnos a las amenazas vitales a nuestra existencia que provienen de la crisis ecológica. Pero además, nos dice Taylor, hay un tipo de pérdida que está conectada con el hecho de que nuestras sociedades están habitadas por un tipo de personas que han vuelto la espalda a la política, gente que esta “encerrada en sus corazones”, dice Taylor, gente que prefiere quedarse en casa y gozar de las satisfacciones de la vida privada. De acuerdo con Tocqueville, ésto abre la puerta a una nueva forma de peligro que llama “despotismo blando”, es decir, una situación en la que todo se regirá por un “inmenso poder tutelar”. Eso significa que el peligro consiste en que podemos perder el control de nuestro destino, el ejercicio común de nuestra ciudadanía.



El segundo elemento del cual quería dejar constancia es una idea que originalmente aparece en la obra de Dipesh Chakrabarty, Provincialicing Europe (Princeton: Princeton University Press, 2000) y es retomada por Taylor en Modern Social Imaginaries (London: Duke University Press,2004), edición castellana: Imaginarios sociales modernos (Barcelona: Paidós, 2006). Aquí las ideas claves son las siguientes:

1. Hay que diferenciar dos aspectos en los procesos de modernización:

(a) factores meramente operacionales que tienen un caracter, en principio, neutral, como son el Estado burocrático, la economia de mercado, la ciencia y la tecnología; y

(b) factores culturales, que hacen referencia a determinadas concepciones del bien, la persona, el mundo, la naturaleza, etc.

2. Ha sido una constante en los estudios sobre la modernidad la creencia de que una vez los factores operacionales se ponían en funcionamiento precipitaban necesariamente una serie de transformaciones culturales de caracter universal (secularización, democracia liberal, etc.)

3. Sin embargo, es posible afirmar, en vista a una serie de experimentos sociales que se vienen desarrollando sin pausa, pese a la presión que ha ejercito la hegemonía del modelo liberal de modernización, que existen lo que Chakrabarty ha dado en llamar “modernidades alternativas”, que se diferencian de la modernidad europea, justamente, por el tipo de perspectiva cultural a la que se adhieren.



El tercer elemento al que quiero hacer referencia es el artículo de Emir Sader. El artículo puede leerse aquí (en su versión castellana) y aquí (en su versión portuguesa). Voy a hacer tres breves comentarios sobre el asunto y animarlos a leer el texto del sociólogo brasileño.

1. La tesis central es que lo que está emergiendo de la experiencia de los gobiernos progresistas de Latinoamérica durante la última década es una alternativa real a las respuestas ofrecidas por la tradición liberal a los malestares de la modernidad. Recordemos, la tradición liberal sólo representa uno de los aspectos de la modernidad, su faceta cultural. Las transformaciones operacionales que sufre las sociedades en su tránsito hacia la modernización no necesariamente deben enmarcarse en una comprensión cultural de este tipo.

2. La segunda tesis sostiene que el modelo capitalista liberal no desaparecerá debido a ésta o a ninguna otra crisis. La crisis es una manifestación exclusivamente negativa. Es necesario articular e implementar alternativas para superar la hegemonía del modelo capitalista imperante. Dichas transformaciones no pueden ser efectivas si son reducidas, exclusivamente, a los movimientos de “base”. Los movimientos sociales deben convertirse en una fuerza política si quieren ser verdaderos factores de cambio en el mundo.

3. Sader demuestra de qué manera podemos entender el “progresismo” Latinoamericano como una alternativa real al capitalismo liberal.

domingo, 13 de junio de 2010

EL FÚTBOL: TOTALITARISMO, PUREZA ESTÉTICA Y AUTENTICIDAD



Me gustaría darle una vuelta de tuerca al post anterior. Esta vez no voy a hablar sobre el Maradona “meramente” futbolístico, ni el Maradona “heróico”, voy a intentar articular lo que hay detrás del comportamiento maradoniano, “filosóficamente”. Reconozco que la cuestión puede parecer más o menos absurda, incluso ridícula, pero me atrevo. Para ello voy a hacer alusión, como señala el título, al totalitarismo, la pureza estética y la autenticidad. Cada uno de estos extremos merece un fragmento más largo que dejo para otra ocasión.

Hace unos días me enviaron un video en el que aparecen dos filósofos argentinos, Tomás Abraham y Juan José sebreli, tirándose contra el fútbol. Abraham es un futbolero de toda la vida. Hace unos años, Alejandro Medina me escribió recomendándome un artículo que aparecía en la página web del filósofo, y en ella pude constatar que Abraham le dedicaba al fútbol muchas horas y muchas páginas de escritura. Sin embargo, en estos días está preocupado porque piensa que si a la selección argentina le va bien, eso puede resultar peligroso. Su preocupación gira en torno a la noción de “patrioterismo”. El caso de Sebreli es más complejo. Para sebreli, el fútbol es una actividad esencialmente totalitaria en nuestras sociedades.

Creo que los dos filósofos apuntan a cosas importantes en las que debemos reflexionar con esfuerzo. No cabe la menor duda que el fútbol, como toda manifestación práctica de nuestras sociedades capitalistas y postcapitalistas conduce a un cierto tipo de experiencia de homogenización blanda que conjuga otras prácticas sociales que también ponen en peligro los bienes de autogobierno que inicialmente constituyeron a las sociedades liberales. La corporación del fútbol fusionada con la prensa y la burocracia política están detrás de la degradación de la salud cultural de nuestras sociedades. A quién puede caberle alguna duda al respecto.

Pero otra discusión es aquella que tiene que ver con los protagonistas puntuales y lo que hacemos dentro del marco convencional de nuestro discurso.

La posición de sebreli es una posición última, habla con la intención de poner en cuestión ciertos trasfondos de significación, los marcos referenciales globales, la totalidad de nuestros imaginarios sociales, aquello que nos nutre desde el subsuelo inarticulado de lo que somos.

Podemos o no estar de acuerdo, lo importante es reconocer que se trata de un orden del discurso que no debe mezclarse con el orden del discurso convencional al que se refiere Abraham. Abraham es futbolero, no pone en cuestión el fútbol. Lo que le molesta es que el fútbol pueda ser utilizado para otra cosa. La pregunta es ¿qué otra cosa? A esa otra cosa la llama “patrioterismo”.

No voy a entrar en esta cuestión, y es probable que el modo en el cual he resumido las posiciones de estos dos pensadores argentinos sea más o menos arbitraria. Lo que me importa, como decía, es desplazar la discusión a otro nivel del discurso que nos permita entender de manera menos polarizada la cuestión planteada el otro día en el cual adelanté implícitamente las posiciones de estos dos filósofos, de manera combinada, cuando hablé de Maradona.

Desde cierto punto de vista, Maradona es el mejor jugador del mundo de esa práctica social extendida globalmente que es este deporte de masas que representa el fútbol. Esto es una descripción más o menos digerible de un aspecto de la cuestión. Por otro lado, Maradona es un personaje que, aún participando de dicha práctica, pone en cuestión de manera brutal, los trasfondos de dicha práctica, primero, a través de la autoridad que le ofrece su propia excelencia en esta práctica, y ubicando dicha práctica en un contexto socio-político más amplio. Pero todo esto lo realiza sobre la base de cierta noción de autenticidad, de libertad individual, que se nutre del mito del “haberse hecho a sí mismo”, de haber salido de la miseria para convertirse en un héroe, de hacer las cosas desde el corazón, de ser fiel a sí mismo, etc. Todas estas expresiones son interesantes y, como decía, creo que deberíamos atender a cada una de ellas de manera particular. Por el momento, sigamos dando forma general al problema.

El tercer nivel de análisis se posiciona críticamente frente a:

(1) la posición adoptada por Sebreli, de rechazo absoluto de la práctica del fútbol, achacándole a ésta una supuesta esencia totalitaria;

y con precaución ante:

(2) la observación de Abraham de que el fútbol puede convertirse en instrumento del “patrioterismo”.

No voy a extenderme sobre (1). Creo que he dicho muchas cosas al respecto en artículos anteriores. En resumidas cuentas, la posición de sebreli parece presuponer que toda actividad colectiva resulta siempre y en toda circunstancia un atentado a la individualidad. La posición de sebreli, en última instancia, descansa sobre el presupuesto liberal de un individualismo radical. El rechazo del intelectual frente al fútbol, en este caso, es análogo a la posición “extrafutbolística” de Maradona. Sólo que, en el caso de Sebreli, su crítica se realiza desde un rechazo radical que lo convierte en un outsider, alguien ajeno a la práctica. Su crítica es semejante a la crítica de Frazer sobre la magia que Wittgenstein se ocupó en su momento de refutar, o , en general, a la crítica atea radical sobre la creencia religiosa. Hay muchas cosas cuestionables que no vienen al caso que desarrollemos en estas líneas respecto a la adopción de posiciones de este tipo. La más importante es que, como pretensiones descriptivas/explicativas de los fenómenos humanos, fallan al posicionar su objeto de estudio en una perspectiva de tercer persona que no toma en consideración las motivaciones y bienes que inspiran las prácticas, que sólo pueden ser abordadas desde la experiencia de los participantes.

Maradona, en cambio, sostiene que pase lo que pase, “la pelota no se mancha”. La pelota no es, evidentemente, la pelota material, sino los "bienes" que inspiran el fútbol, los bienes que hacen atractiva su práctica.Eso significa, en breve, que el fútbol no puede reducirse a ninguno de los factores que causan malestar. Estos tienen que ubicarse siempre en el contexto de esa amalgama de orientaciones, práctica e instituciones que la constituyen, siempre de manera tensionada y sujetas a contradicción. Quizá no haga falta decirlo, pero esos bienes que hacen atractivo al fútbol no son, como nos quieren hacer creer, meramente o exclusivamente deportivos.

Ahora bien, el caso de Abraham responde a algo similar. Pero es más difícil de desentrañar. Tiene como fuente un individualismo diferente, que no se nutre del liberalismo clásico, pero que es heredero de dicho individualismo, aunque se posiciona críticamente ante el mismo. La crítica al individualismo de Abraham se articula poniendo en cuestión el contenido de dicho individualismo. Lo que le molesta a Abraham es el carácter instrumental de dicho individualismo, sea en la forma rousseauniana o benthamiana que adopte. La apuesta de Abraham es por un individualismo estético. La crítica de Abraham al fútbol “patriotero” es análoga a la crítica maradoniana a la mafia del fútbol, que a su vez se inscribe en un marco de crítica social más comprensivo.

Ahora bien, lo que diferencia a Maradona es que, pese a su crítica a las estructuras institucionales que sostienen el fútbol, pese a la actitud desafiante que sostiene frente a la autoridad institucional futbolística, en modo alguno pone en cuestión la práctica en sí (“la pelota no se mancha”).

Para Maradona la colectivización de una emoción, la construcción de una identidad colectiva a través de una práctica, no representa necesariamente un atentado contra la individualidad. Más bien es una faceta de la individualidad. Pero además, en contra de lo que piensa Abraham, el fútbol no debería aspirar a desvincularse del mundo, no debería pretender convertirse en una práctica ajena a otras cuestiones extradeportivas. El deporte no debe ser preservado de la política por la sencilla razón de que la política es inherente al deporte. La pretensión de hacer del deporte una práctica extrapolítica es una modo sutil de hacer que la autoridad política que se ejercita en su seno sea más efectiva debido a su invisibilidad. Por lo tanto, para Maradona, el fútbol contiene, ineludiblemente, un aspecto agonístico de confrontación política.

Creo que nuestra tarea no consiste en negar el fútbol (absurda pretensión debido, como bien señala Sebreli, a su omnipresencia), ni a intentar hacer del mismo una práctica inmaculada exclusivamente deportiva, sino más bien en llevar a la luz lo que nos jugamos en el fútbol, y en todo caso, como bien apunta Maradona, en insertar nuestra lucha social, política, económico y ecológica, en el seno de lo futbolístico.

Por supuesto, hay muchos otros temas dignos de ser estudiados en relación con el fútbol. Hay que considerar el tema de lo carnavalesco, el rol de antiestructura que están llamados a cumplir dentro del orden disciplinario los domingos futboleros, etc. Pero dejemos esto a los especialistas.

sábado, 12 de junio de 2010

DIEGO ARMANDO MARADONA, EL "CHÉ".



Estamos en Sudáfrica. La ocasión: una conferencia de prensa. Un periodista pregunta a Maradona:

-¿Qué siente al saber que los sudafricanos, cuando se les pregunta por Argentina, dicen “Maradona-Messi”?- La pregunta tiene trampa, pero Maradona no se inmuta. En cambio le responde:

-Me parece bien. Pero deberían decir “Ché” Guevara-

El periodista se siente decepcionado. Pensó que iba a incomodar al Diego, pero Maradona lo sacó fuera de la cancha, le mostró que en su mente, incluso a pocas horas de comenzar un mundial, la vida no se reduce al rectángulo donde veintidós jugadores en ropas íntimas persiguen una pelota. Para salvar el escollo, el periodista desubicado agrega:

-También Mandela- Maradona, que le acaba de hacer un golazo al periodista atrevido, le dice:

-¿No me preguntaste por Argentina? Bueno, Argentina es el “Ché” Guevara.

Hoy, en el diario El País, publican una crónica en la que se dice que Maradona es un “populista”. Es cierto que nadie sabe muy bien qué quiere decir “populismo”. Los politólogos discuten, los sociólogos no se ponen de acuerdo, los filósofos hacen malabares intentado determinar el lugar que ocupa el término en sus categorias. Pero en la mente de un periodista del diario El País se trata, indudablemente, de una predicación despectiva contra el Diego. Todas las declaraciones que no tengan que ver con la “redonda” son juzgadas por el autor de la nota como estrategias de marketing que no merecen nuestra atención. Pero, ¿Por qué este empeño en reducir sus expresiones extradeportivas a la mentira?

La pregunta es interesante. Pongámosla en contexto. No cabe la menor duda que Maradona ha sido el mejor jugador de fútbol del mundo. Pero no sólo ha sido el “forjador” de una zurda magistral, sino que se ha convertido en un héroe popular por derecho propio. Por supuesto, es posible debatir acerca de si Pele es mejor que Maradona, o si el talento deportivo de Messi es mayor o menor que el talento del Diego, pero ni Pele ni Messi son héroes populares. Son excelentes, magistrales jugadores de fútbol, pero Diego pertenece a otra “raza”, la raza de los "héroes".

Entre otras cosas, lo que distingue a Maradona de sus “colegas” es que el siempre se ha resistido a convertirse en un mero espectáculo. Habiendo probado ser el mejor jugador del mundo, se ha resistido a ser “meramente” el mejor jugador del mundo, y esto tiene una grandeza indiscutible. No se ha conformado con ser un maestro de su arte y eso le ha convertido en una especie de héroe homérico, muchas veces arrebatado por la ira y por la pasión que en su corazón los dioses precipitan. Como ocurría con Agamenón o Aquiles, Maradona sigue siendo un héroe pese a sus arrebatos o, quizá, justamente debido a sus arrebatos. Maradona es un héroe destinado a ser recordado en el canto de la tribu, inmortalizado por los poetas y los cineastas.

Los “negocios”, la “corpo” deportivo-mediática, quiere que los jugadores se acomoden a “las reglas del juego”. Quiere convertirlos en engranajes de esa monstruosa máquina de hacer dinero. Los “responsables” deportivos adiestran concienzudamente a los jugadores para convertirlos en caballeros a-problemáticos, obligándoles a guardar un bajo perfil en lo que toca a la realidad extrafutbolísticas. El jugador de fútbol es una apariencia apetecida. Es recibido con los brazos abiertos para participar en los spots publicitarios de Nike o de Adidas, pero se le mira con una mueca de desagrado cuando expresa sus opiniones políticas, especialmente si se trata de un tercermundista. Un jugador de fútbol está autorizado por sus dueños a convertirse en representante de las Naciones Unidas u ofrecer su imagen para apoyar alguna campaña de ayuda al tercer mundo, pero cuando lo mueve la indignación, como ocurrió recientemente con un jugador musulmán que públicamente condenó la masacre del pueblo palestino, las amonestaciones del poder son veloces y contundentes.

Maradona, en cambio, es una reivindicación de lo humano. Es un No rotundo a la pretensión de hacer de todos nosotros “muñecos”, aunque sea bien remunerados. El más grande jugador de la historia, del deporte más popular que ha conocido la humanidad, se rebela y dice que no, una y otra vez. Su no es una puteada monumental, un arrebato de rabia, un escupitajo en la cara del poderoso. "Maradona, decía Galeano, es un Dios sucio con el cual el pueblo se identifica."

Algunos europeos no entienden su lenguaje chavacano, su desalineo, su sabia locura. Pero no se dan cuenta que su indignación ante la “mala educación” del pibe de oro no es otra cosa que una expresión de la internalización de los valores “muñequiles” que nos ha impuesto un sistema que sólo vela por la apariencia. Un sistema que sólo pide al criminal que asesine con buenas maneras, que "afane"(*) haciendo ostentación de su eficaz eficiencia.

Maradona es, a su manera, una rebelión contra las verdades establecidas de los falsos señores. Pero ellos no se dan cuenta, como señoras gordas que son (anoréxicas sería más acertado en esta época de espejos distorsionantes), mientras comen “masitas” a la hora del té, se revuelven en sus asientos, incómodas cuando escuchan que el Diego se desboca y las manda a ejercer su oficio más auténtico. Pero cuando pasa la tormenta, lo que queda es la verdad. Diego sigue siendo fiel a sí mismos, mientras los otros se arrebatan los residuos que ofrece la obsecuencia. De este modo se explica por qué razón, para Maradona, Argentina es también, y por sobre todas las cosas, el “Ché”.


(*) "afanar" - voz lunfarda que significa hurtar, estafar, robar.