lunes, 29 de noviembre de 2010

LA ESFERA DE LOS ÁNGELES.




Llevo dos semanas dándole vueltas a las líneas iniciales de Las Elegías de Duino. No puedo sacármelas del alma. Por momento me olvido, pero entonces, de manera imprevista vuelven a aparecer sacudiéndome con un estremecimiento insondable. Pero no había caído en la cuenta hasta qué punto me estaba afectando la lectura de Rilke hasta esta tarde, cuando le respondí a mi padre una larga carta que me envió desde Buenos Aires. De pronto, caí en la cuenta de algo próximo y monstruoso.

En la carta, mi padre me hablaba de la injusticia que reina en este mundo que habitamos. No sabemos muy bien qué sea la justicia exactamente, pero sabemos lo que es la injusticia. Sabemos lo que es la crueldad que nos rodea y en la que, de manera alegre e indiferente, muchas veces participamos. También sabemos de ella porque, cuando se presenta en nuestra vida con el rostro descubierto, sentimos de que modo orada nuestro cuerpo dejándonos a flor de piel, o mejor, con la piel arrancada, en carne viva. El mundo duele tanto cuando lo miramos de ese modo, cuando las diversiones dejan de esconder la cara más horrenda de la realidad que habitamos.

De todos modos, el mensaje de mi padre era tan triste, que le insistí para que levantara el animo, que hiciera un esfuerzo para ver las cosas con un poco de alegría. Le recordé que pese a todo lo terrible y oscuro que nos envuelve, pese a la injusticia y el sufrimiento enorme que nos golpea, siempre hay pequeños regalos que parecen caídos del cielo por los cuales podemos y debemos estar agradecidos.

Cuando acabé de leer su carta, subí a la habitación de mis hijos. Les dí un beso y me quedé charlando con ellos de sus cosas. Su pequeñez es tan inmensa. Y tan absurdos son sus balbuceos. Y tan conmovedor es estar junto a ellos, con la inmensidad de esa responsabilidad infinita que es ser padre o madre de alguien.

Entonces caí en la cuenta de lo mucho que había aprendido desde entonces, cuando yo era como ellos. Pensé en todos los lugares que había conocido, en todas las personas con las que había tenido ocasión de conversar, en todos los libros que había leído, en todos los cuadros, en todas las películas, en todas las muchas noticias que había tenido del mundo en los años que llevaba habitando el planeta. Pero al tiempo que rememoraba todas estas cosas, caí en la cuenta que toda esa acumulación de experiencias no había ayudado a descifrar por qué razón, verdaderamente (si es que hay una razón para ello) estamos en este mundo que, por momentos, nos parece tan ajeno.

A veces me pasan esas cosas. Supongo que le ocurren a todo el mundo. Miro a mi alrededor y todo es extraño, asombrosamente extraño.

Entonces me asalta un vacío en el corazón, una tristeza enorme sin ningún motivo aparente. Una angustia que ningún abrazo humano parece poder sosegar. Un anhelo de amor que parece no poderse colmar con ninguna presencia humana. Un ansia de consuelo que ninguna palabra humana parece poder ofrecerme, una suplicante sed de perdón por la ignorancia y la crueldad meditada o impremeditada que he ejercitado en mi vida, que ningún alma humana parece poder concederme.

Parece que nadie en esta tierra puede enseñarme amar ese rostro que me mira del otro lado del espejo cuando realmente me detengo a mirarme, y no me escapo en cambio con un gesto apurado o una pose estudiada para el resto.

Ahí esta mi boca, mis ojos, mi nariz.
Ahí esta mi cuerpo.
Ahí está eso que soy yo, pero a lo que sin embargo siempre parezco revelarme, como si fuera una celda que arrincona el deseo inabarcable, que constriñe las ansias infinitas de ser, que no llevan nombre, ni máscara.

Entonces, me acordé de esas líneas de Rilke de las que les hablaba más arriba, y comprendí que todos los hombres y mujeres del mundo quieren ser amados de esa manera incondicional y absoluta que yo tanto ansiaba. Pero también comprendí, tristemente, que somos incapaces de amar de ese modo incondicional y absoluto que tanto necesitan quienes nos rodean.

Comprendí que hay en todas nuestras relaciones una injusticia radical, un desorden rotundo, que es la disparidad entre el amor infinito que requerimos para vivir eternamente, y el limitado amor que somos capaces de ofrecer a nuestro prójimo.

Pero mientras pensaba todas esas cosas, me vinieron de nuevo a la mente las palabras de Rilke, y se me ocurrió que debía compartirla con ustedes:

“Wer , wenn ich schriee, hörte mich denn aus der Engel
Ordnungen?, und gesetzt selbst, es nähme
einer mich plötzlich ans Herz: ich verginge von seinem
stärkeren Dasein. Denn das Schöne ist nichts
als des Schrecklichen Anfang, den wir noch grade ertragen,
und wir bewundern es so, weil es gelaßen verschmächt,
uns zu zerstören. Ein jeder Engel ist schrecklich.”


(“¿Quién me oiría, si gritase yo, desde la esfera de los ángeles?
Y aunque uno de ellos me estrechase de pronto
contra su corazón, su existencia más fuerte
me haría perecer. Pues lo hermoso no es otra cosa que el comienzo
de lo terrible en un grado que todavía podemos soportar
y si lo admiramos tanto es sólo porque, indiferente,
rehúsa aniquilarnos. Todo ángel es terrible.”)

domingo, 21 de noviembre de 2010

LA NATURALEZA, EL HOMBRE, LA HISTORIA Y LO BUENO. Comentario a cuatro aforismos de Wittgenstein.


Voy a referirme a unos cuantos aforismos de Wittgenstein que aparecen en las primeras páginas de Cultura y valor.

Dice Wittgenstein en el aforismo (1):

“Cuando oímos a un chino, nos inclinamos a considerar su lenguaje como un balbuceo inarticulado. Pero quien entiende el chino reconocerá allí el lenguaje. Así, con frecuencia, no puedo reconocer al hombre en el Hombre.”

¿De verdad cuando escuchamos el balbuceo de un chino, su lenguaje aparece como un balbuceo inarticulado? Sabemos que se trata de un lenguaje, pero sólo de manera inferencial. Es decir, escuchamos un balbuceo inarticulado, incomprensible, al que, a posteriori, concedemos un sentido que nos resulta oscuro, secreto, esotérico. En cambio, cuando escuchamos a un interlocutor que habla nuestro idioma, el balbuceo, la base sobre la cual establecemos el sentido, desaparece completamente. Desde el primer momento, lo que tenemos es significaciones, no un balbuceo al que le concedemos una significación. La base (los sonidos), y la significación parecen indistinguibles. Sólo si aplicamos una razón analítica (en contraposición a la aprehensión natural cotidiana), una razón teórica, la base y la significación pueden abstraerse la una de la otra. Hasta allí el asunto está claro. Pero a continuación, nos dice Wittgenstein:

“Así, con frecuencia, no puedo reconocer al hombre en el Hombre.”

Por un lado tenemos al Hombre (con mayúscula), la “cosa” delante de nosotros que es como un balbuceo para el habla: esa máquina biológica, ese organismo dotado de una serie de rasgos sobre el cual podemos establecer al hombre concreto (con minúscula), al hombre de carne y hueso, al individuo en el cual se encarna exclusivamente el sentido, la significación.

Hay momentos, dice Wittgenstein, en que no veo al hombre de carne y hueso, sólo al Hombre de la especie, al organismo, a esa máquina biológica de la que hablaba.

En esas ocasiones en las que sólo percibo el balbuceo del hombre, el sentido del hombre concreto es esotérico, secreto.

Pero ¿Quién ese hombre concreto misterioso, ese "chino" del que nos habla Wittgenstein? Ese hombre concreto misterioso es es el extranjero, el extraño, el samaritano frente al judío. Y aquí la partícula “extra” es fundamental. Se trata de aquello que esta “fuera” del círculo de mis convenciones, fuera del círculo de mi lenguaje, el que habita otra forma de vida.

El aforismo (8), dice:

“Deja hablar sólo a la Naturaleza y reconoce por encima de la Naturaleza unicamente algo mayor, pero no lo que otros pudieran pensar.”

¿A qué se refiere Wittgenstein cuando dice “Naturaleza”? ¿Hacia dónde tenemos que dirigir nuestra atención? Uno está tentado a creer que la naturaleza son los bosques vírgenes y las cumbres heladas. Por supuesto, esa es la naturaleza. Sin embargo, la naturaleza lo es todo. Los cristianos dirían que es la creación. Los budistas la totalidad de la esfera fenoménica: cada cosa visible y pensable de manera discreta, los entes.

Por lo tanto, no te quedes atrapado "solipsisticamente" en tí mismo. Escucha la realidad. Esta hablando, esta diciendo algo. Presta atención al mundo, a tu cuerpo, a los cuerpos de los árboles. Que tu interés no se agote exclusivamente en tu gusto, en tu placer, en tu dolor, en tu sufrimiento. Tienes que ir más allá de tí mismo y escuchar la naturaleza, la realidad.

Sin embargo, debes reconocer que además del círculo de los existentes hay algo más. Escucha la naturaleza, pero reconoce algo más. Reconoce, acepta, que hay algo más, "pero no lo que otros pudieran pensar."

Esta última idea se encuentra relacionado con otro aforismo en el que Wittgenstein dice: (3) “¡Qué bueno que no me dejo influir!”.

No se trata de aceptar lo que otros dicen o piensan sobre el más allá, sobre ese “algo mayor". No se trata de eso, de ningún modo. Se trata, sencillamente, de reconocer que hay algo más, algo mayor, por encima (o por debajo) de la Naturaleza.

El aforimo (18), dice:

“Cuando pensamos en el futuro del mundo, nos referimos siempre al lugar en que estará si sigue el camino que lo vemos seguir ahora mismo, y no pensamos que no sigue un camino recto sino curvo y que cambia constantemente su dirección.”

¿Hacia dónde va el mundo? ¿Hacia dónde va nuestra vida? En cierto modo, parece que el tiempo nos asegura una línea recta sobre la cual hacemos equilibrio intentando llegar hasta el final. Si perdemos la línea, pensamos, estamos fuera de la historia. En cierto modo, la historia es una línea recta que parece quitarse de encima a quienes se desvían. Pero ese no es el sentido del aforismo. La pregunta es hacia dónde se dirige el mundo. No, cuál es el sentido de la historia. La historia puede leerse lineal o circularmente, pero el mundo no procede de ese modo. La marcha del mundo es como un balbuceo en el que por momentos es difícil interpretar una historia. Parecía que tenía cierta dirección, pero resulta que hace un bucle y cambia de color, y parece no tener ningún sentido.

Los aforismos (20) y (21) van en un tándem.

“Cuando algo es bueno, también es divino. Extrañamente así se resume mi ética.
Sólo lo Sobrenatural puede expresar lo Sobrenatural.”

“No es posible guiar a los hombres hacia lo bueno, sólo puede guiárseles a algún lugar. Lo bueno está más allá del espacio fáctico.”

Recordemos: el espacio fáctico es el de la naturaleza y de la historia. Los hombres pueden ser guiados hacia algún lugar de la naturaleza y de la historia. Alguien puede decirnos: ¡Presta atención! Mira lo que ocurre si hacés A, ¿No crees que sería preferible que hicieras B? Es decir, los hombres pueden ser guiados hacia diferentes escenarios existenciales. Pueden construir infiernos o paraísos en la tierra. Pueden llevarnos a una historia de dominación o libertad. Sin embargo, hay algo más que no puede expresarse desde dentro de la esfera contenida de la naturaleza y de la historia. Algo que debe expresarse desde el más allá. Los cristianos hablan de Dios. Los budistas del Dharmakaya. Pero recuerden, ese “algo más” no es lo que los otros piensan.

sábado, 13 de noviembre de 2010

L'OMBRA DE CATALUNYA


Aquest article està dirigit a tots els catalans de bona voluntat. Per això ho escric en català. No només perquè entenguin el que vull dir, sinó perquè entenguin que ho dic des de dins, des del cor mateix d'aquesta Catalunya que m'ha regalat tantes alegries, i a la qual he dedicat tantes hores d'aquesta vida meva, acotada, finita, aquesta vida meva que és l'única que tinc i a la qual em moro ineludiblement.

Com deia, els escric a vostès, gent seria i sensible que ha construït aquest país, perquè els estimo i em preocupo per vosaltres.

Una onada de maldat més mortífera que la que produeix la històrica disputa contra l'espanyolisme militant i anticatalanista fa ombra sobre el futur ara mateix, una ombra que si acaba per donar de ple en la ciutadania, s'arrossegarà amb si tot el respecte i simpatia que li hem prodigat molts.

Tota entitat, pel sol fet de la seva existència mereix el respecte que li atorga la seva categoria de esser. Hi ha un veritat ontològica inqüestionable: el que és, per ser-ho, ja és bo i val la pena que romangui en l'existència.

Per descomptat, necessitem molt espai per desplegar arguments que sostinguin una afirmació tan contundent. Però és perquè creiem que l'ésser és millor que el no res que rebutgem la pena de mort, i encara que sembla que ens resulta indiferent posar verí al jardí per desfer-nos de les formigues que amenacen les nostres flors, no sembla descuidat mostrar als nostres fills que no es mata perquè sí quan els veiem dedicats a la crueltat.

És a dir, la prioritat de l'ésser sobre el no res ens exigeix de vegades el sacrifici d'un bé per a la preservació d'un altre bé que jutgem més, per les raons que fossin. Però això no indica, de cap manera, que haguem de fer una excepció al principi de la prioritat de l'ésser sobre el no res.

Això passa en tots els àmbits, no només entre els objectes materials, sinó també amb les imaginacions. Les nacionalitats, com a comunitats imaginades, per example, pel sol fet d'haver estat concebudes en l'existència, mereixen la consideració que donem a tot l'existent. Per això, en breu, la meva simpatia cap a tota reivindicació de la imaginació col.lectiva.

No obstant això, les nacionalitats, com els fruits de la natura, a més de la dignitat existencial que li confereix el seu propi esser, es jutgen en funció de la relació que existeix entre la seva pròpia existència i altres entitats relatives. Com els fruits, n'hi ha bells, n'hi ha nutricis, n'hi ha verinosos i n'hi ha francament fastigosos.

Creure, com de vegades es pretén, que només n'hi ha prou amb l'existència, i que la resta és cosa indiferent, és cosa perniciosa i de molt mal gust, si m'ho permeten.

Tot això ho dic per referir-me al que, amb tristesa, veig que passa a Catalunya ara mateix, a aquesta onada que creix fent ombra d'aquest país, que amenaça per destruir tots els racons de la seva gramàtica ciutadana, contaminant tot amb la suspicàcia i l'odi, amb la perversitat de les justificacions marcides per tots coneguts.

Em refereixo a la xenofòbia creixent, que primer van ser idioteces de tertulians i comentaristes incapaços de mesurar l'efecte de la seva semàntica mediàtica. Em refereixo a les condemnes de la gent bé cap als col.lectius de moros, xinesos i sudaques, i les justificacaciones idiotes que sempre acompanyen la discriminació solapada, però que ara s'ha convertit en una onada que reclama un país sense immigrants, un país sense equatorians , sense senegalès, sense argentins, sense pakistanesos, "un país per a nosaltres", com diu la plataforma que dirigeix Anglada a Vic, i davant la qual tots els partits polítics es rendeixen als seus peus, "un país que primer pensi en els nostres ".

Un país, francament els hi dic, força detestable, que mereix el meu respecte existencial, però al que, arribat el cas, caldria oposar-se fins i tot amb la força.

Per tant, als homes de bé d'aquesta Catalunya que he après a estimar, els dic: no permetin el desprestigi que promouen aquells que per la mera existència, pel sol fet d'haver nascut aquí, li fan a la digna i bella qualitat d'aquesta geografia. No permetin que la lletjor converteixi aquesta terra fecunda i generosa en una porqueria.

Hi ha potser, un nacionalisme més gran, més digne i esplèndid que aquell que aspira merament a ser, i és aquell que aspira a ser eminentment bo.

domingo, 7 de noviembre de 2010

ESFERAS DE ACOGIDA Y POLÍTICAS DE INCOMUNICACIÓN



Después de varios días encendidos, hay que volver cada uno a su sitio. Pero hace falta que la clarividencia que despertó en la ciudadanía la confrontación ineludible con la contingencia, no se disuelva en el tiempo como una estela en el agua que desaparece sin dejar rastro a poco de marcharse la embarcación que trazó su dibujo. Hay que hacer camino de los acontecimientos, labrar el surco de nuestros pasos futuros.

Lo que pretendo en este post es pensar dos o tres cuestiones para que la reflexión pase de ser un fenómeno puramente hermenéutico, explicativo, y se convierta en una suerte de ejercicio hermético, que nos transforme vitalmente. La historia ciudadana es como un libro que hay que aprender a leer. Como un libro, la ciudad política nos acoge y nos enseña. Sin embargo, vivir la ciudad, la patria, el mundo en su dimensión política es producto de un cultivo previo que se realiza en el seno de la familia, donde aprendemos (cuando la familia no sufre de una seria patología) el uso de la palabras. Donde se nos inicia en la conversación, donde se nos acoge para convertirnos en respondentes, responsables.

Sin embargo, la construcción del yo no sólo necesita del nosotros familiar y ciudadano para hacerse. También necesita de ese otro lugar que antiguamente, de manera exclusiva, nos ofrecía la religión. Ese espacio de acogida que señalaba el sentido último de nuestro ser en el mundo. Pero, de nuevo, el acceso auténtico, no distorsionado de la vida religiosa o espiritual, sólo puede ser el resultado de la integración por parte del individuo de las enseñanzas específicas de las esferas de acogida familiar y ciudadana, donde aprendemos facetas de nosotros mismos sin las cuales nuestras existencias se vuelven imperfectas o incompletas.

La vida ética, la vida política y la vida contemplativa son aspectos irrenunciables de nuestra educación si nuestra intención es hacer uso pleno de nuestra condición humana.

Uno de las conclusiones que con alegría extraigo de la experiencia argentina de las últimas semanas es la aparición en el espacio público de unas generaciones jóvenes que, pese a no haber participado ni activa ni pasivamente de las atrocidades de la dictadura, ni de las traiciones de la democracia neoliberal, están prevenidas acerca de la necesidad de participar de manera efectiva y vigilante en el proceso de construcción de la identidad futura de la nación. Eso significa que vuelven a funcionar masivamente las esferas de acogida, que la palabra vuelve a ponerse en funcionamiento, que estos años de lucha verbal, de combate dialéctico, no han sido en vano.

El antropólogo catalán Lluís Duch habla de la cultura como la actividad de empalabramiento de la realidad. La familia, la ciudad y el templo (el lugar del recogimiento y la contemplación), son las esferas donde el anthropos, cada uno de nosotros, mujeres y hombres, aprendemos a ser empalabradores del mundo en que vivimos, aprendemos a participar en la construcción de esta realidad humana, esta esfera semántica donde recogemos en el presente el pasado y el futuro, en la forma de la memoria y la imaginación.

Estas esferas de acogida, donde crece la palabra, donde se escriben los relatos que nos dan nombre y donde aprendemos a nombrar las cosas de nuestro mundo, sin embargo, se encuentran amenazadas por esos poderosos mecanismos de la incomunicación al servicio del exclusivo economicismo de la realidad que son los medios de comunicación.

Hemos aprendido de manera acelerada, que los medios de comunicación incomunican. No sólo mienten, no sólo tergiversan y manipulan, sino que además nos incomunican. Basta con volver la mirada a esa plaza atestada de dolor, para comprender que donde ayer no había nadie, donde ayer había sólo la ausencia, de pronto se hizo presencia un nosotros que había sido mantenido desarticulado a través de una estrategia insistente de fragmentación y desvinculación que los poderes fácticos ejercitan sobre esa masa, hasta ese momento neutral, atomizada, que de pronto se convierte en un nosotros-pueblo.

Me pregunto, aun a sabiendas de los peligros que acechan a eso que llamamos patria y a eso que llamamos pueblo, si por mor de protegernos de dichos peligros, debemos vivir una vida mutilada, fragmentada como la que nos ofrece la experiencia liberal ilustrada de la desvinculación, una experiencia de yos dispersos aterrados ante la idea de reconocer su pertenencia intrínseca a un nosotros.

El precio de semejante temor se ve reflejado en la fractura de las esferas de acogida de las que hablé más arriba, en la incomunicación que reina en el seno de esas “comunidades” de palabra que son la familia, la ciudad y el templo. Es posible, como se dice en estos días en mi patria, que haya llegado la hora, no sólo de hablar de una política de justicia, sino también de una política del amor.

Por eso se me ocurre que ante el contundente fracaso neoliberal, ahora disfrazado de republicanismo, cabe ser más incisivo a la hora de escuchar e interrogar a las alternativas políticas que se nos proponen.

Sabemos que aquellos que ondean la bandera de la eficiencia administrativa sólo construyen "ciudades" aplicando políticas eugenésicas (deshaciendose de las vidas sobrantes); prefieren acogerse a las castas sacerdotales que nos obstaculizan nuestra entrada al templo; y promueven un modelo de familia que pretende exclusivamente ser un eficaz mecanismo de transmisión de privilegios.

Mientras tanto, se respiran nuevos aires. Se ha colado en el discurso político de la patria la palabra "amor". Lo cual parece estar en sintonía con esa recuperación de las esferas de acogida de las que hablábamos más arriba. Si fuera así, nos encontraríamos en los umbrales de una verdadera revolución que todos deberíamos festejar.