jueves, 15 de noviembre de 2012

BARTOLOMÉ Y EL PUEBLO IGNORANTE


Hace unos días, el director del diario La Nación, Bartolomé Mitre, ofreció una entrevista a la revista brasileña Veja. De acuerdo con el director del diario centenario, el gobierno de Cristina Fernández es una “dictadura con votos”. Los pobres votan a Cristina porque están desinformados y porque el gobierno hace todo lo posible para mantenerlos en una condición cuasi-analfabeta. De acuerdo con Mitre, la Argentina ha dejado de ser un país culto. Hay una élite que utiliza su sapiencia, y una gran masa de ignorantes que votan a personajes como Néstor Kirchner y Cristina Fernández. De esta manera, se reproduce la tiranía de las mayorías. 

El concepto es interesante, y pone al descubierto el trasfondo ideológico, xenófobo, que hay detrás de una buena parte de los caceroleros que se congregaron en estos días alrededor del obelisco. Es una expresión que se hace eco de un sentimiento muchas veces expresado por un conjunto de ciudadanos, pagados de sí, en muchos casos de poquísimas luces, que pretenden, contra toda evidencia, pertenecer a la élite cultural del país. 

Más allá del hecho incontestable de ser únicamente una clase imitativa, profundamente mediocre desde el punto de vista intelectual y de escasa imaginación, obsesionada por seguir a pie juntillas los mandatos que le vienen de fuera, las declaraciones de Mitre resultan inquietantes, por un lado, pero explicativas.

Por lo tanto, deberíamos tomar nota, porque, nosotros, quienes hemos insistido en la necesidad de una articulación, de una explicitación, de la ideología de las derechas locales, abocada en estos últimos años a camuflar sus convicciones políticas reaccionarias y antidemocráticas, su adhesión al modelo neoliberal de organización socio-económica y su moralismo ultraconservador, festejamos que un representante importante del aparato mediático que sostiene electoralmente a esta derecha, se atreva a dejar de jugar a la virginidad ideológica y nos muestre sus ideas sin disfraces.
  
A nadie debería sorprenderle la coincidencia en el tiempo de estas declaraciones de Mitre para la revista Deja y las recientes del CEO de Clarín, Héctor Magnetto, emitidas desde Uruguay. La estrategia discursiva es defensiva, ante la inminencia de la aplicación de una ley de la democracia que pone coto a la hegemonía monopólica de estos medios en el mercado audiovisual. 

Sin embargo, los argumentos utilizados por Mitre no hacen más que blanquear un sentimiento extendido entre muchos ultra-opositores del actual gobierno que viven la democracia con malestar. Para muchos de ellos sería mejor erradicarla (como ocurrió durante la dictadura del 76-83), readecuarla para hacerla inane (como en las las falsas democracias que se sucedieron a partir de la llamada "Revolución libertadora" en la cual fue sistemáticamente proscripta la candidatura apoyada por el pueblo), o engañando a la ciudadanía para que vote en contra de sus propios intereses (como ocurrió en la era menemista), utilizando para ello el engaño sistemático y la extorsión con el propósito de saquear el Estado.  Paradogicamente, estos son los que supuestamente defienden la "libertad de expresión" en la Argentina.

lunes, 12 de noviembre de 2012

LA VERDADERA ARROGANCIA


Hace unas horas me ocurrió lo siguiente: Estaba con mi hijo de seis años en una cafetería,  cuando apareció la presidente Cristina Fernández en la pantalla de la TV. El canal que transmitía el discurso desde Santa Fe era Todo Noticias (TN). En cuanto la presidente apareció, un señor bien empilchado comenzó a gritar: "Morite yegua, morite. A vos y a todos los montoneros que te acompañan los vamos a liquidar", y otras cosas por el estilo. La gente en distintas mesas festejaron la ocurrencia del tipo. Lo cual lo animó a seguir insultando: "Hay que matarlos a todos. No aguanto más. No puedo esperar a que se termine".

Cansado de escuchar sus bestialidades y asqueado ante la evidente complicidad de la gente que lo rodeaba (incluido el dueño del local, que detrás de la caja se divertía con las ocurrencias, me levanté, dejé un billete sobre la mesa que cubría el gasto de mi consumición y le dije al tipo que no teníamos por qué escuchar sus insultos, que era un maleducado. La gente se puso de su lado apenas lo escuchó. "¿Sos K?", me gritó el desgraciado. Y me hizo el gesto que le enseñó Lanata, mientras el resto se reía. Alcancé a escuchar que alguien decía: "Son un asco" (se referían a los K, evidentemente). Eran unas siete u ocho personas, hombres y mujeres, que ahora me insultaban desde detrás del cristal, y yo estaba con mi hijo. Era gente adulta, bien vestida, de esas que vimos en la marcha del 8N y que se ufana de ser "civilizada", "educada" y cordial, que no tira papelitos en la calle, que va a las marchas porque quiere y no porque les pagan, que no corta el tránsito (lo cual demuestra que no son como otros "gronchos" piqueteros), y otras peculiaridades diversas. Era esa gente que se llena la boca con la intolerancia K y la dictadura montonera de La Campora, pero no tiene problemas en cagar a trompadas a periodistas (vimos unos cuantos el otro día, hábilmente invisibilizados por los medios). Mi hijo y yo salimos aturdidos de ese bar de Martínez donde quedó demostrado hasta qué punto nuestros temores no eran infundados.

Cuando me subí al automóvil, en la radio sonaba La Cornisa, el programa de Luís Majul. Un consultor de Poliarquía, la encuestadora del diario La Nación, con total desparpajo, ponía en duda el triunfo electoral de Cristina Fernández. Decía que había habido fraude, y que si ganaba en 2013 sólo podía entenderse por fraude (es evidente que el pueblo ya no la quiere). Y luego llamaba a los opositores (otra vez) a unirse para evitar el fraude. Como si Cristina Fernández hubiera ganado las elecciones por unos cuantos votos robados en alguna mesa no fiscalizada y no por 30 puntos de diferencia (lo cual, recordemos, suma algunos millones de votos). En fin, quieren incendiar el país. Quieren llevarnos a una guerra. Luís Majul concluyó su entrevista con el consultor de Poliarquía con una frase rotunda: "Este dato es importante".

No les importa nada, excepto defender sus propios intereses (lo cual destituye a la política). Hace muchos años que la sociedad argentina es arrastrada por las narices a creer cualquier cosa. Nos incendian el país con cualquier verdura.

Por supuesto, estoy seguro que hubo mucha gente bienintencionada que fue a la manifestación del otro día. Iban porque tocaba, porque iban todos, por la seguridad, el 82% móvil, la corrupción, los modales de Cristina, el derecho a comprar dólares, las ganas de protestar, la basura acumulada en la puerta de su casa, las inundaciones recientes, la frustración de no tener a nadie que te represente, contra la televisión pública, los modales de Moreno, las ganas de comprar productos importados que no llegan, los precios en los supermercados, el fin de los juicios de lesa humanidad, contra los programas sociales, la guita del Anses, el voto a los 16, los impuestos al campo, el ABL en la ciudad de Buenos Aires, el negraje de la Villa 31, la desprolijidad social que trajo consigo este gobierno de patanes. En fin, las razones fueron muchas, variadas, contradictorias. Por mi parte, qué puedo decir. Está bien. La gente tiene derecho a decir lo que se plazca. Por qué no. Mientras no atente contra las instituciones o incite a la violencia, está todo bien. Sinceramente, me algro que en este país puedan ocurrir estas cosas sin tener que ver a la policia montada rodeando a los manifestantes, como ocurre en otras latitudes. 

Pero manifiestarse no es sólo un derecho, tenemos que hacernos cargo de lo que hagan con nuestra manifestación. Y lo que están haciendo, y lo que van a hacer con lo que hicimos, no va a ser precisamente algo que merezca nuestros elogios.

Hoy miraba un videito estilo "Coca-cola es así" que colgaron en Facebook, que hablaba de los bonitos caceroleros y su lucha por la libertad, con un toque de publicidad "Benetton" ensalzando una falsa diversidad y pensé: "Nos venden la política como si fuera la última bondiola de moda", y somos tan giles que todavía nos damos el tupé de decir: "No me trajo nadie, vine porque quise". En verdad, me entristece. Porque después salimos a la calle y linchamos al primero que encontramos. Lo hicimos antes y lo seguimos haciendo y lo seguiremos haciendo, y eso es triste.

viernes, 9 de noviembre de 2012

ELOGIO DE LA DEMOCRACIA



Hace un par de semanas, como la mayoría, ando con el 8N rondándome el pensamiento. La marcha vino y se fue como una tormenta de verano. Dejó a su paso un acotado anecdotario y una profusión de materiales para el análisis. La maquinaria mediática, partidaria y periodística, sabrá usufructuar del gesto ciudadano.

Antes de ayer, cuando todavía sonaban las fanfarrias llamando a la embestida, escribí varias entradas. No las publiqué. En su mayor parte, llamaban a la calma, al sosiego de las almas frustradas. La convocatoria de septiembre estuvo llena de sinsabores. Lo que se escuchó, de manera reiterada y ofensiva, no daba lugar a festejo alguno. Las insinuaciones golpistas y los reiterados gestos de discriminación que desplegaron algunos de los convocados resultaban incongruentes con el pretendido civismo del que se ufanaban los participantes.

Por lo tanto, seamos serios y regocijémonos por el empeño organizativo, que aparte de algunos incidentes puntuales (aunque graves) supo mantener contenida la rabia de la gente.  

Por mi parte, a esta hora, sólo me queda  alegrarme por el surgimiento de una nueva militancia. Gente a la que le “embolaba” la política, tiene necesidad ahora de mezclarse con sus compatriotas, pelear la calle y hacerse escuchar. La democracia es un llamado a mezclarnos los unos con los otros para hacer posible la “comunitas”. La democracia es, como dice el sociólogo Pierre Rosanvallon, una anomalía en nuestra época de extremas desigualdades. La idea de que cada ciudadano no vale más ni menos que un voto atenta contra la lógica discriminatoria que en nuestro fuero privado siempre estamos atizando. 

Por lo tanto, ¡bienvenidos a la política! La manifestación de ayer hace de cada uno de sus participantes un ciudadano, junto a otros 40 millones de ciudadanos que participan con su voz y con su voto en la imaginación y ejecución de nuestra Argentina.

Durante algunas horas, quienes no participamos, vimos transitar a través de las pantallas de la TV las protestas. A nadie se le ocurrió salir a detener a los manifestantes.  Quienes no concordamos con las demandas, respetuosamente dimos un paso al costado, escuchamos los cánticos exigiendo un cambio de rumbo y leímos las pancartas con el propósito de entender el ánimo de quienes sí lo hacían. Se trató, en última instancia, de un sano ejercicio democrático que nos hace bien a todos.

Sin embargo, hay que poner las cosas en fila. Yo voté a Cristina Fernández. No la voté por su cara bonita. Antes de emitir mi voto le eché muchas horas de pensamiento a las razones que me llevaron a elegirla como mi candidata a la presidencia. Esas razones son variadas. En ella confluyen cuestiones materiales (estoy convencido que ahora mismo el Kirchnerismo representa la mejor opción para la protección y reproducción de la vida en nuestro país), formales (el Kirchnerismo es la única opción que ha sabido articular orgánica e institucionalmente un proyecto), y de factibilidad (el Kirchnerismo es la única opción a nuestra disposición que puede llevar a término algunas de las transformaciones que urgentemente necesita el país).

Desde el día que emití mi voto, poco es lo que ha cambiado. Aunque lo que ha habido es una intensificación de la batalla política ahora en términos exclusivamente mediáticos, debido a la incapacidad personal, en algunos casos, o la deshora, en otros, de las propuestas alternativas.

El fracaso político de la oposición ha llevado a los actores sociales a lanzarse a la calle con consignas ambiguas, comprensibles en algunos casos, pero carentes de sustancialidad en otros. Ha devuelto la retórica al terreno de la simple emocionalidad,  primero histérica (como vimos en las primeras marchas), y ahora sí, gracias a la cuidadosa organización de estas marchas “espontáneas”, más medidas en términos estéticos. Todavía resuenan en nuestros oídos los gritos de algunos caceroleros y caceroleras de septiembre exigiendo el regreso de los militares. Pero esas expresiones han sido prudentemente  arbitradas por los organizadores y los participantes que obedientemente se plegaron a las consignas y a los métodos dispuestos. Lo cual – dicho sea de paso - pone de manifiesto un potencial interesante para lo que verdaderamente importa.

Porque en democracia las protestas son interesantes pero limitadas. Lo que cuenta es el voto. Y en particular, esto es así, cuando es posible distinguir con claridad cuáles son las opciones que tenemos delante. Y el problema de estos Idus de noviembre es el popurrí inconfesable de facciones que compuso la expresión callejera. Los socialistas de Binner, los ecosocialistas de Solanas, los neoliberales y los desarrollistas del macrismo, los conservadores desheredados, los indignados por cuestiones múltiples, las huestes neofascistas de Pando y sus secuaces, los deprimidos exvotantes de Lilita Carrió, los llamados peronistas federales, y un largo etcétera que incluye desorientados, festejantes y jóvenes apolíticos que se anotan sin demasiada sapiencia a un cosmopolitismo de poca sustancia.

En fin, lo que tenemos que decidir es adónde vamos con este batiburrillo de “bastas” y de hartazgos diversos. Porque si verdaderamente esta multitud legítima, que reclama algo que no se sabe muy bien qué es, quiere convertirse en una opción “política”, no basta el griterío y la chatarra culinaria. Pongámonos de acuerdo de una vez y para siempre: la seguridad la queremos todos; el fin de la corrupción también; el tema de la desigualdad social no parece ser ajeno al kirchnerismo según se viene haciendo. El problema es cómo definimos estas cuestiones y cómo las enfrentamos. Y es aquí donde no nos ponemos de acuerdo.

La corrupción es un problema transversal: no sólo involucra a los políticos nacionales, provinciales y municipales de todos los signos, también a los magistrados de todos los gustos, a los periodistas ni hablemos, el estamento gerencial da pena, y los muchachos de la agroindustria son famosos por delitos que merecen prisión como la evasión fiscal y otros chanchurros como la explotación infantil y otros males que tenemos el deber de combatir. La cuestión de la seguridad e inseguridad no es un invento de este gobierno, lo que se disputa es el modo en que la definimos y la manera en que enfrentamos el problema. Hay quienes pretenden, con una necedad difícil de comprender, que no tienen responsabilidad alguna en el desbarajuste social en el cual se cultiva el crimen. Me refiero a esa burguesía de medio pelo que no hace nada para devolverle al país una educación y una salud pública que permita palear las desigualdades, que saque a las grandes mayorías de la indignidad y de ese modo deshaga las causas que eficientemente acaban llevándonos a la desintegración social que tanto nos asustan.

Dicho esto, tenemos que ser conscientes que no todos los problemas de la agenda política se reducen a cuestiones de administración política. Hay razones de Estado que sólo se comprenden positivamente. Yo, personalmente, creo que nuestra alianza continental es un logro enorme del presente gobierno. No me asusta nuestra alianza con Venezuela, como no le asusta a Lula abrazar y apoyar explícitamente a Hugo Chávez cuando se reconoce un importante soporte de nuestro proyecto nacional y continental. Tampoco me asustan las medidas críticas que toma el gobierno en estas horas aciagas de peligro que vive el planeta en lo que se refiere a la crisis económica y humana. La alternativa eran los ajustes que pauperizan a otras sociedades. El empeño gubernamental por reducir el impacto en los estratos más humildes de la población resulta admirable.

Es decir, yo sigo apoyando el gobierno de Cristina Fernández. Mis críticas, en todo caso, van dirigidas a no hacer lo suficiente en la misma línea propuesta desde el comienzo. Pido que la épica venga acompañada de medidas pragmáticas que nos acerquen a los ideales que nos hemos trazado. 

 Por todas estas razones, agradezco a los participantes de ayer que hayan compartido sus preocupaciones y nos las hayan hecho saber. Pero yo le exijo al gobierno de Cristina Fernández que no tuerza su camino, que lo radicalice, porque esa es la dirección prometida que yo voté.

El año que viene hay elecciones. Harían bien los participantes en exigir a sus políticos que se hagan cargo del asunto y propongan un proyecto a consideración de la ciudadanía. Mientras tanto, dejemos gobernar, cumpliendo de ese modo con la voluntad popular. Permitamos que el país se conduzca a su destino autoimpuesto, sin interpretar perversamente el voto de las mayorías en clave gorila.