Hay nombres que no circulan en el espacio público occidental como meras referencias históricas, sino como signos cargados de autoridad moral. Tíbet, Israel, Venezuela y Cuba pertenecen, de maneras muy distintas, a esa constelación. No son casos equivalentes: no tienen la misma historia, ni la misma estructura política, ni ocupan el mismo lugar en el orden internacional. Sin embargo, comparten una función inquietante: pueden operar como figuras privilegiadas en la gramática imperial que distribuye la compasión, administra la indignación y legitima determinadas formas de violencia.
No me propongo aquí tomar posición sobre la cuestión tibetana frente a China, sobre Israel y Palestina, sobre el exilio cubano frente al castrismo o sobre el exilio venezolano frente al chavismo. El punto es otro: examinar cómo ciertas experiencias de sufrimiento, exilio, persecución o pérdida son transformadas, dentro del campo occidental, en credenciales de autoridad política y justificación moral. Cuando esa transformación se consuma, el potencial crítico de esas causas queda neutralizado: la herida deja de interrumpir el orden y comienza a ser administrada por él; sus representantes, a su vez, corren el riesgo de quedar cautivos del mismo bloque de poder que les concede visibilidad.
Tíbet puede funcionar como imagen espiritual de una nación oprimida por China. Israel puede presentarse como memoria viva de la persecución y del retorno. El exilio cubano puede aparecer como testimonio privilegiado contra el comunismo. El exilio venezolano puede ocupar el lugar de prueba viviente del fracaso del socialismo bolivariano. En todos los casos, el sufrimiento invocado puede ser real. Pero la realidad del sufrimiento no garantiza la inocencia de su uso político.
Ese es el núcleo del problema. El imperio no necesita solamente ejércitos, tratados, sanciones o bases militares. Necesita también relatos morales. Necesita víctimas autorizadas, exilios ejemplares, memorias heridas capaces de organizar el consentimiento. Necesita que determinadas causas aparezcan como «evidentemente» justas, mientras otras formas de sufrimiento quedan fuera del marco de inteligibilidad. Así se distribuye la compasión. Así se administra la indignación. Así se decide quién puede ser llorado y quién puede ser destruido.
La literatura sobre los grupos diaspóricos de influencia en la política exterior estadounidense ha mostrado precisamente que ciertas comunidades exiliadas o diaspóricas pueden desempeñar un papel significativo en la orientación de la política exterior de Estados Unidos. El caso cubanoamericano ha sido estudiado como un ejemplo clásico de esa influencia; el caso israelí aparece regularmente como uno de los modelos más consolidados; y estudios recientes sobre Venezuela muestran cómo el exilio puede modificar los lenguajes, las estrategias y las demandas de sectores opositores, especialmente cuando se internacionaliza la lucha política.
Pero la cuestión decisiva no es solo institucional. No se reduce al lobby. Es más profunda. Se trata de la producción de autoridad moral. Hay exilios que, al ingresar en el circuito político-mediático occidental, adquieren una fuerza de legitimación que excede su propia historia. Se convierten en signos disponibles: Tíbet contra China; Israel contra el mundo árabe y musulmán; Cuba contra el comunismo; Venezuela contra cualquier forma de crítica al capitalismo dependiente. Cada uno de estos nombres queda así inscrito en una gramática mayor: la de Occidente contra sus enemigos.
Por eso debemos prevenirnos. No contra los pueblos, ni contra las víctimas, ni contra quienes han sufrido persecución. Debemos prevenirnos contra el uso imperial de esas heridas. Porque cuando una herida se convierte en credencial geopolítica, puede empezar a justificar nuevas heridas. Cuando el exilio se convierte en autoridad incuestionable, puede legitimar sanciones, bloqueos, intervenciones, ocupaciones o guerras. Cuando la memoria del sufrimiento se vuelve propiedad de un campo político, deja de abrirnos a la justicia y comienza a organizar nuestra obediencia.
La pregunta, entonces, no es si Tíbet, Israel, Cuba o Venezuela merecen simpatía, crítica o defensa. La pregunta es qué hacen esos nombres cuando entran en la maquinaria occidental de producción de legitimidad. Qué silencios producen. Qué violencias autorizan. Qué enemigos ayudan a fabricar. Qué víctimas dejan fuera del marco.
Quizá una ética política mínimamente lúcida deba comenzar por ahí: no aceptando sin examen las autoridades morales que el imperio nos ofrece. Porque el poder contemporáneo no solo domina por la fuerza. Domina también enseñándonos a sentir correctamente: por quién indignarnos, con quién identificarnos, a quién temer, contra quién reclamar castigo, qué sufrimiento reconocer y qué sufrimiento dejar fuera de campo.
Tíbet, Israel, Venezuela y Cuba son, en este sentido, relaciones geopolíticas peligrosas. No porque sus historias carezcan de verdad, sino porque su verdad puede ser capturada. Y una verdad capturada por el poder puede convertirse en una de las formas más eficaces de la mentira.
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