Hay libros cuya ingenuidad es demasiado sofisticada para ser inocente. Born to Flourish, de Richard Davidson y Cortland Dahl, pertenece a esta categoría. Su tesis general parece amable: los seres humanos nacemos con la capacidad de «florecer», y ese florecimiento puede cultivarse mediante el entrenamiento de habilidades como la conciencia, la conexión, la comprensión de uno mismo y el propósito. Nada de esto, considerado de manera abstracta, resulta objetable. ¿Quién podría estar contra la posibilidad de vivir con mayor sentido? El problema comienza cuando estas categorías se presentan como si pudieran flotar por encima de la historia, de la economía política, de la violencia imperial, de la devastación ecológica y de las condiciones materiales que hacen posible el malestar contemporáneo.
El libro despliega una gramática repetida: ciencia contemplativa, neuroplasticidad, sabiduría antigua, bienestar, florecimiento, entrenamiento mental asequible en tiempo y forma para el ciudadano de las aceleradas sociedades contemporáneas, transformación personal, impacto social. Es el vocabulario característico de una espiritualidad tecnificada, apta para instituciones, universidades, fundaciones, gobiernos locales, empresas y élites filantrópicas. La promesa es siempre la misma: si entrenamos la mente, cambiaremos la vida; si cambiamos nuestras disposiciones interiores, podremos transformar el mundo. Pero lo que queda casi siempre fuera de foco es la pregunta decisiva: ¿qué mundo es este que se nos invita a habitar con gratitud, conciencia y propósito?
El final del libro es revelador. Davidson y Dahl imaginan una ciudad próspera de un millón de habitantes en la que la mayoría de las personas aceptan el florecimiento como una cualidad cultivable mediante técnicas antiguas supervisadas por la ciencia y al servicio de la tecnología contemporánea. Las vallas publicitarias, los anuncios en el transporte urbano, los mensajes televisivos y radiofónicos, los podcast, las historias clínicas electrónicas, los servicios municipales, la sanidad, la educación, las comunidades religiosas, las empresas y los lugares de trabajo se sumarían a una gran iniciativa común. Un alcalde podría defender el proyecto y convertir su ciudad en modelo mundial. Si cada ciudadano dedicara unos minutos diarios al entrenamiento de su mente, la ciudad entera se transformaría. El florecimiento, dicen, sería «la comidilla de la ciudad».
La escena es apoteósica, pero también inquietante. Lo que aparece bajo la forma de una utopía benevolente se parece demasiado a un programa integral de gestión de la subjetividad. No se trata solo de meditar, agradecer o cultivar la presencia. Se trata de imaginar una ciudad entera organizada alrededor de una pedagogía emocional, cognitiva y moral administrada desde instituciones públicas, plataformas digitales, sistemas sanitarios, escuelas, empresas y gobiernos locales. La conciencia aparece así como infraestructura. El bienestar se convierte en política pública. La interioridad se vuelve objeto de diseño institucional.
El libro no parece advertir la ambivalencia de esta escena. Una ciudad cubierta de mensajes sobre florecimiento, con apoyos digitales incrustados en las plataformas sanitarias, con educadores formados en habilidades interiores, con economistas midiendo ahorros derivados de la reducción de suicidios, adicciones, costes sanitarios o criminalidad, no es simplemente una comunidad más compasiva. Es también una ciudad en la que la subjetividad se convierte en campo de intervención permanente. La pregunta no es solo si esas prácticas pueden producir efectos positivos. Seguramente logren hacerlo. La pregunta es qué queda neutralizado cuando el sufrimiento social se traduce sistemáticamente en déficit de conciencia, conexión, propósito o autorregulación.
Aquí aparece el núcleo ideológico del libro. La pobreza, la soledad, la ansiedad, la violencia, la enfermedad, la desesperación y la desorientación contemporánea son tratadas como problemas abordables mediante entrenamiento mental. Pero apenas se tematizan las estructuras que producen esas formas de sufrimiento. El capitalismo, la guerra, el colonialismo, la destrucción de los vínculos comunitarios, la precarización laboral, la financiarización de la vida, la militarización de las fronteras o la complicidad de las democracias occidentales con violencias atroces quedan desplazadas a un segundo plano, cuando no directamente ausentes. La mente debe aprender a florecer en un mundo que no se interroga radicalmente.
Por eso la insistencia en la conciencia resulta ambigua. La conciencia puede ser un camino hacia la verdad cuando nos permite ver con mayor claridad lo real y responder con mayor profundidad al sufrimiento concreto. Pero cuando funciona como una tecnología para redirigir la atención lejos de las condiciones históricas y políticas que producen ese sufrimiento, deja de ser sabiduría y se convierte en ideología: una técnica refinada para no ver. En ese punto, la espiritualidad deja de ser una práctica de liberación y se transforma en una pedagogía de adaptación.
El libro habla mucho de la mente, pero muy poco del mundo. Habla mucho del presente, pero casi nada de la historia. Habla mucho de la compasión, pero evita mirar de frente las mediaciones políticas de la crueldad. Después de cientos de páginas pidiéndonos que prestemos atención al momento presente, casi no hay una palabra seria sobre la violencia perpetrada en nuestro nombre y para nuestro beneficio. La gratitud, separada de la historia y de la responsabilidad, se vuelve abstracta, apolítica y éticamente débil.
El problema no es practicar la atención. El problema es convertir la atención en sustituto de la justicia. El problema no es cultivar la gratitud. El problema es agradecer sin preguntarse quién paga el precio de nuestra comodidad. El problema no es hablar de florecimiento. El problema es imaginar que podemos florecer sin confrontar las formas concretas de dominación que impiden a otros vivir, respirar, habitar, trabajar, cuidar, migrar o simplemente sobrevivir.
Born to Flourish quiere presentarse como una síntesis entre ciencia moderna y sabiduría antigua. Pero su horizonte político parece mucho más estrecho: una espiritualidad compatible con las instituciones dominantes, con la filantropía de élite, con el lenguaje de la eficiencia, con la reducción de costes sanitarios, con la productividad emocional y con el gobierno amable de la conducta. No es casual que el libro termine imaginando ciudades enteras reorganizadas bajo el signo del florecimiento. Esa imagen condensa su promesa y su límite: una sociedad más serena, más regulada, más conectada, más eficiente, pero no necesariamente más justa.
Lo que necesitamos no es abandonar la conciencia, sino rescatarla de esta captura. Una conciencia verdaderamente compasiva no puede limitarse a mejorar nuestra relación interior con la experiencia. Tiene que abrirnos al sufrimiento real de los otros y a las estructuras que lo producen. Tiene que volvernos menos adaptables a la injusticia, no más funcionales dentro de ella. Tiene que interrumpir la comodidad moral de las buenas maneras espirituales y devolvernos a la pregunta fundamental: ¿qué estamos dispuestos a ver, a decir y a transformar?
Porque mirar hacia dentro puede ser necesario. Pero cuando el mundo está en llamas, mirar hacia dentro para no mirar hacia fuera no es sabiduría. Es una forma de complicidad.
[1] Davidson, R. J., & Dahl, C. (2026). Born to flourish: How new science and ancient wisdom reveal a simple path to thriving. Simon & Schuster.