sábado, 15 de agosto de 2009

LA POLÍTICA DEL AMOR (2)

En el post anterior ofrecí una primera aproximación a una idea que aún no ha acabado de tomar forma. La intuición, sin embargo, me hace creer que vale la pena ir profundizando en el asunto de a poco.

El problema de fondo ya ha sido planteado en otras ocasiones y gira en torno a la siguiente cuestión: ¿Es posible hablar de un “Nosotros” antes de que ocurra el reconocimiento del “Tú” y del “Vosotros”, del “Él” y el “Ellos”? Con esta pregunta intentamos ir al fondo de la cuestión de la identidad, a la pregunta acerca del quién y del qué.

Pero vayamos por partes. Hicimos una triple distinción. Hablamos (1) de una política del consenso; (2) hablamos de una política agonística del enfrentamiento; y (3) hablamos de una política del amor. Permítanme que dé algunos detalles respecto a esto para que podamos continuar nuestra charla con mayor profundidad.

En primer lugar, no estoy diciendo que la política del amor pueda substituir absolutamente las otras dos formas de política. Creo que existen ámbitos en los que, en principio, la política del consenso y la política agonística del enfrentamiento son insubstituibles. Digo “en principio”, porque aún me queda mucho pensar sobre el asunto, pero parecería que eso es así.

En segundo lugar, cuando hablamos de política de consenso, es evidente que ésta sólo puede ocurrir entre fuerzas simétricas, porque en cuanto existe una asimetría, automáticamente pasamos a la política agonística del enfrentamiento como única vía. Me explico: la política de consenso, en las sociedades democráticas occidentales se ha propagado sobre la base de una ficción tremenda. Esto es, que los agentes políticos se encuentran en relación de simetría entre sí. Por supuesto esto no es así de modo alguno. Pero se sostiene sobre la lectura atomista-individualista que considera a los agentes, entidades autosubsistentes dotados de iguales derechos.

Ahora bien, cuando los agentes políticos se encuentran en disparidad, cuando uno posee la fuerza para imponer su voluntad de dominio sobre el otro, la política de consenso es una mascarada. Cuando me refiero a fuerza quiero decir no sólo poder represivo, sino también potencia seductora mediática, lobbies, y otros factores desequilibrantes que imponen una cierta interpretación de lo real.

Una vez se ha producido la disparidad, la disimetría, el oprimido se encuentra en una situación tal que sólo le queda como alternativa la demostración de su capacidad de resistencia para forzar al otro a regresar a la mesa del consenso. El oprimido sin poder, sólo puede solicitar caridad, pero no puede negociar porque no es reconocido como agente real. En el ámbito del consenso uno es en la medida de su poder. Su identidad, al no ser efectiva, no es reconocida como tal en el ámbito de la política de consenso.

Una vez que nos encontramos en una situación en la que se exige una política agonística de enfrentamiento, cabe preguntarse hasta que punto esta política puede llevarnos hasta el final del camino. La pregunta es utópica. ¿Cuál es el final del camino? Lo que estamos diciendo nosotros es que debemos articular, no sólo un discurso y actividad estratégica en nuestra labor revolucionaria, sino también una política y actividad utópica que de cabida a la conversión última del otro en un “nosotros”, en contraposición de propugnar por su exterminio o aniquilación.

Sabemos que en la esfera de la política del consenso, lo que propugna nuestro contrincante es la desaparición, el extermino del otro. Un ejemplo de ello lo vemos en el ámbito económico, en el que las sinergias de las grandes corporaciones, liberadas de toda limitación o regulación, tienden al exterminio de sus competidores, en la forma de fusiones monopólicas.

En la esfera del consenso, la pugna se resuelve siempre con la desaparición del otro o la búsqueda de un enfrentamiento agonístico en otra esfera de mayor radicalidad.

Ahora bien, si la política agonística es el horizonte último de nuestro discurso político, el resultado será un retorno eventual a los comportamientos consensuales una vez alcanzados nuestros objetivos estratégicos, o por el contrario, la asunción de simetrías bipolares en perjuicio de otros agentes en un consenso ventajoso de opresión conjunta por parte de las fuerzas ahora equilibradas.

En cambio, la política del amor propone como horizonte último, utópico y revolucionario, la creación de un nosotros a partir del reconocimiento de tres instancias que he ilustrado a partir de las imágenes cristianas:
(1) La expulsión de los mercaderes del templo
(2) el autosacrificio y el suplicio en la cruz
(3) y el mandato de “poner la otra mejilla”.

A fin de no exponerme a las objeciones partidistas, ofrezco ahora un ejemplo de la iconografía tántrica a fin de clarificar el contenido y modulación de ese “nosotros” que propicia la política del amor. La deidad aparece en la forma del yab-yung: Lo masculino y lo femenino, no sólo se presentan en un abrazo sexual, sino que además lo hacen portando todas sus armas. La deidad masculina porta el espectro y la campana; la deidad femenina el cuchillo curvo ensangrentado y la copa-calavera (kapala)

El “nosotros” es el mutuo reconocimiento del otro, no como un socio-competidor-aliado, no como un amigo-enemigo, sino como un sí mismo.
Cuando consensuamos, negociamos o combatimos, necesariamente, el otro se ve reducido a cifra, oportunidad, obstáculo, o lo que fuera.

La política del amor es una política del reconocimiento radical. Es lo opuesto al vaciamiento del otro de su identidad esencial, a la confusión de las partes en un todo, pero también a la pretensión de la subsistencia de lo individuado independientemente de su trasfondo existencial.

lunes, 10 de agosto de 2009

DE LA POLÍTICA AGONÍSTICA A LA POLÍTICA DEL AMOR

Aquí amor no significa “fusión” (en todo caso, es lo contrario de la con-fusión). Aquí amor es máxima oposición. ¿Pero en qué sentido? Si lo pensamos en términos ético-religiosos (y vale la pena que lo hagamos en esos términos, y no en términos meramente politológicos), el amor es el reconocimiento absoluto del otro como un sí mismo.

Por lo tanto, a fin de evitar malentendidos, decimos que la política del amor es aún más radicalmente opuesta a la política del consenso (la política liberal de la negociación), que la política agonística en la que pusimos nuestras esperanzas en esta primera década del siglo XXI.

Aquí política agonística es aquella que se articula a partir de la relectura que la izquierda comunitarista ofreció de la noción schmittiana de lo político como articulación de la identidad a partir de la afirmación del enemigo.

Lo que propongo es que pensemos toda esta cuestión a partir de la noción de esperanza y desesperanza que nos propuso Ricardo Foster en el artículo que he citado en mi post anterior, para que pensemos juntos algo más que estrategias electorales, y nos interroguemos sobre el imaginario de nuestra actividad política de aquí en adelante.

La pregunta es la siguiente: ¿Qué puede nutrir en la desesperanza?

La desesperanza aquí se entiende como asunción de una injusticia radical, sistémica, estructural, a la cual no parece que podamos dar respuesta adecuada, al menos por el momento. Se me ocurre, distinguir dos tipos o clases de respuestas frente a esta injusticia estructural:

(1) El primer grupo de respuestas sería aquellas que se construyen a partir del odio.

Pero también, a partir de la indiferencia, el aburrimiento, el desaliento, todas estas formas modulaciones del odio, de la agresión, del miedo.

Por el otro, el tipo de actividad pragmática que ante la injusticia elige la instrumentalización de la misma a fin de producir un provecho.

Me inclino a pensar que estas respuestas a la desesperanza son diversas maneras del olvido.

Hay el olvido que propone el espíritu pragmático enfocado en exclusivamente en el futuro, y al que el pasado estorba, sobre todo cuando este se muestra como reclamo de justicia ante la injusticia cometida. El pragmático responde al presente en términos de cifras y gestión. Sin pasado, sin historia, sin narración, el hombre deja de ser un agente con identidad y se convierte en número.

La rabia hace olvida de un modo más sutil. Sobre el pasado la rabia se tiende para hacer manejable, digerible, lo que nos hiere.

Ambas respuestas, cada una en su medida, nutren la desmemoria. Por lo tanto, hay una memoria que promueve el olvido.

(2) El segundo grupo de respuestas gira en torno al amor.

Aquí amor, como he dicho, es la asunción radical del sí mismo del otro.

Ahora bien, quiero recordarles unas enseñanzas cristianas que podrían ayudarnos a disipar el pésimo trato que se da a esta noción (el amor) en el ámbito de la ciencia y filosofía política.

Para ello propongo 2 imágenes iniciales, y una tercera que acompaña a modo de contraposición.

La primera imagen es la de Jesús expulsando a los mercaderes del templo.

La segunda imagen es la del suplicio y sacrificio de Cristo en la Cruz.

La tercera modalidad del amor sería la imagen de “dar la otra mejilla”.

Lo que propongo, por lo tanto, es:

(1) En relación a la primera imagen, dar forma a un tipo de política futura que nos preserve como comunidad (en este caso hablo de la patria en su conjunto, pero también podría hablar de ello en términos globales).

Como he dicho en otra ocasión, una política que supere el individualismo egoista a través de la destitución, la refutación del odio, como alternativa política (especialmente, el odio que se manifiesta a la manera de (1) la indiferencia ante el dolor del otro; o aun peor, (2) en la forma del pragmatismo o gestión o administración de la injusticia).

(2) En relación con la segunda imagen, propongo dar forma a una “mística” del sacrificio que de respuesta a la corrupción de los nuestros.

(3) Finalmente, en relación con la tercera imagen, oponer al imaginario reduccionista criminal de la política-mercado, la reinvención de un "nosotros" que supere la retórica agonística en pos de una política del amor. Fijar al otro en el lugar del enemigo es justificar su palabra y su gesto ofreciéndole una realidad ontológica que no posee. Nuestra fortaleza es que el egoísmo no tiene base ontológica de ningún tipo, en cuanto el individuo atomizado que proponen nuestro contrincantes en el debate, es una imposibilidad, una ficción.
Dar solidez a la identidad del enemigo conlleva perpetuar el conflicto en detrimento de los débiles.

Nuestra tarea, ahora mismo, es hacer que el otro se haga uno de los nuestros.

martes, 4 de agosto de 2009

LA RAÍZ DE TODOS NUESTROS MALES

He tenido la fortuna de vivir dos años en Bogotá, bajo esos cielos imponentes, escuchando muchos, pero muchos ladridos.

En el 89, presencié el famoso "caracazo". Esos días alumbrados en el que el ejercito venezolano encomendado a un proyecto neoliberal disparó contra su propio pueblo, para acabar con la módica cifra de 3000 muertos. El diario El País de entonces fue el que dio la cifra. Creo que el corresponsal era José Comas, que después estuvo viviendo en Buenos Aires.

También tuve ocasión de presenciar el Plesbiscito chileno del 88. Escuché a los opositores, pero tuve la fortuna de charlar largo y tendido con pinochetistas bien acomodados del régimen. Uno de ellos, simpático como pocos, se desvivió por convencerme que era necesario exterminar a los zurdos en el continente, y que pasara lo que pasara, nunca cambiaría nada en su país. Que el poder estaba bien consolidado.

Me he pasado años en Europa, hablando con gente de las más diversas índoles.
He vivido en Euskadi, y actualmente vivo entre los catalanes. Les he prestado atención, mucha atención, escucho sus reclamos y los contraargumentos que ofrecen quienes mandan.
En Holanda conocí racistas convencidos, y he pasado la mayor parte de mi vida adulta entre inmigrantes.

He vivido en Asia durante más de diez años: India ha sido mi hogar, también Indonesia. En Jakarta he compartido largas horas con las jóvenes opositores del régimen de Suharto, pero también me he sentado en la mesa de empresarios que animaban las charlas hablando con crueldad de la "chusma", y para quienes resultaba incomprensible e idiota las pretensiones de las poblaciones indígenas de algunas islas, o criticaban la paciencia de Jakarta ante la insurrección en Timor.

He trabajado durante dos años con un isralí extraordinario, desertor del ejercito e historiador. Con él presenciamos azorados desde una televisión en blanco y negro, la transmisión entusiasmada de la CNN de los bombardeos sobre Bagdad en la primera guerra del Golfo.

He vivido en las chabolas de Yogya y Nueva Delhi. He escuchado a los tibetanos, pero también a los chinos. He visto como Beijing caricaturizaba al Dalai Lama hasta el punto de convertirlo en un terrorista.

Una mañana de invierno, sentado en mi hermita en Dharamkot, ante la foto del lider tibetano, comprendí que para millones de personas, ese hombre considerado un santo para muchos, era un terrorista, el mal encarnado.

He visto que para someter a nuestros semejantes, para reducirlos a esclavos, escoria o cifra, para matar y exterminar a nuestro prójimo, el opresor necesita caricaturizar a su víctima.
Los nazis hicieron con los judios lo que la tradición europea les enseñó durante siglos (léase sino "El Mercader de Venecia"); los españoles hicieron con los indígenas, lo que habían prácticado con el moro y el judio en su propia tierra; los estadounidenses esclavizaron a los negros reduciendo su humanidad como los "conquistadores del oeste" hicieron con los indios; los colonos judios han hecho con los palestinos, lo que han aprendido del maltrato prodigado a su propio pueblo. Por su puesto, la lista no es inclusiva, porque es interminable.

Los budistas dicen que la ignorancia es la raíz de todos nuestros males, del aferramiento y el odio que nos nutre. De allí me viene eso que siempre repito como un eslogan: "La ignorancia es moralmente reprochable".

Los que insisten con el "eje del mal" y sus análogos, los que alimentan las consignas que llevan a la destrucción y al exterminio del otro, especialmente cuando están en posesión de las armas y la legitimidad que les otorga el poder -es decir, son dueños de las leyes y las palabras reinantes-, los que pretenden que los otros, son "absolutamente condenables", acaban justificando todos los horrores.

Mi intención en mis notas ha sido desenmascarar a los caricaturistas que formatean nuestro mundo. Como los prestidigitadores de los que nos habló Platón en el célebre mito de la caverna, nos ofrecen sombras, mientras nos mantienen encandenados ante las pantallas de piedra en la que proyectan sus invenciones.

Quienes denuncian la violación de la libertad de expresión en Venezuela, bienvenidos sean si están en lo cierto; sin embargo, aún no han respondido con sus vociferaciones a lo que me preocupa. Las radios y televisiones venezolanas no llegarán a todos los rincones del planeta, no ordenaran nuestra mente con sus mentiras, no darán forma a nuestros discursos, ni construirán los edificios de la falsificada verdad en la habitamos nuestros días en esta tierra.

La prensa corporativa viola nuestro derecho a una información veraz cada día de nuestra vida. Fabrica guerras, oculta destrucciones, proclama como héroes a los traidores, y silencia a quienes luchan por la libertad y la justicia.

Por lo tanto, no deberíamos comprar las insitaciones que esa prensa produce con tanta liviandad, porque antes, y por sobre nuestro derecho a la libertad de expresión, hay el derecho a la verdad, sin el cual, nuestro derecho a expresarnos se convierte en mero ventriloquismo.

lunes, 3 de agosto de 2009

RECORDANDO A COLIN POWELL (2): Otra vuelta de tuerca.

A continuación ofrezco mi respuesta a un comentario realizado a la nota titulada: "Recordando a Colin Powell", que no he podido insertar en la sección correspondiente debido a su extensión.


PT,

Me alegra mucho que se haya animado a hacer su comentario. Creo que es una buena ocasión para intercambiar pareceres. Lamento que me haya prejuzgado. En realidad, nunca he querido otra cosa cuando me decidí a editar este blog que crear ocasiones para debatir estos asuntos. Por lo tanto, permítame que le dé alguna respuesta a lo que me plantea.

Para empezar, recordarle que los últimos artículos que he editado son respuestas a dos colaboraciones que han sido publicadas en el diario El País de España, y una de ella reeditada en el diario La Nación recientemente. Por lo tanto, de lo que se habla en estos artículos no puede entenderse plenamente si uno desconoce el objeto de los mismos, que es reflexionar sobre los trasfondos inarticulados de estos y otros autores que suelen escribir en las columnas de los periódicos citados.

Pasemos ahora al contenido de su comentario.

Mientras yo pongo en entredicho las justificaciones que ha utilizado el gobierno colombiano para invadir el territorio soberano de sus países vecinos con las razones que fueran, usted por el contrario pretende asegurarnos que el gobierno colombiano tiene pleno derecho para hacer tal cosa. Me dice que no tiene noticia de las incursiones colombianas en territorio Venezolano, por lo tanto le recuerdo que uno de los primeros “líos” diplomáticos entre las dos naciones ocurrió cuando un comando especializado del gobierno colombiano secuestro a un guerrillero en las calles de Caracas, sin haber mediado autorización alguna por parte del gobierno Venezolano en el asunto.

Ahora imaginemos por un momento que algo de semejante calibre hubiera ocurrido en los años noventa en Francia. Imaginemos que un comando español hubiese entrado en territorio francés y hubiera secuestrado a un etarra. La respuesta hubiera sido inmediata por parte del gobierno francés. Pero algo de ese estilo nunca hubiera ocurrido.

O imaginemos que el autor material del famoso atentado terrorista a Cubana de aviación en los años 70 (el señor Carriles) en el que murieron 400 civiles hubiera sido secuestrado en Miami por la inteligencia cubana. ¿Qué cree usted que hubiera pasado?

Hay, sin embargo, un precedente a una acción semejante. Y casualmente uno de los protagonistas de dicha operación fue el gobierno argentino de Arturo Frondizi, cuando un comando del Mosad, los servicios de inteligencia israelí, secuestraron al criminal de guerra y genocida Eichman. El asunto causó mucho revuelo y una respuesta firme del gobierno argentino. De algo podemos estar seguros, ni usted ni yo deseamos que se generalice una práctica semejante. Y menos aún cuando el gobierno de Venezuela, nos guste o no, es un gobierno que ha sido elegido democráticamente en elecciones libres, y en reiteradas ocasiones apoyado en referendums y consultas populares.

El hecho de que un gobierno como el de Uribe se haya permitido violar repetidamente la soberanía de los estados fronterizo puede que se deba, entre otras cosas, porque se sabe en posesión de una superioridad militar desproporcionada en relación a sus vecinos; y por otro lado, porque es consciente de que una respuesta militar estaría amparado por la estrategia de Washington.

La tesis de la guerra preventiva (en este caso se trata de intervenciones preventivas) creadas por la la derecha norteamericana han sido un precedente peligroso, y la utilización por parte de Colombia de argumentaciones de este estilo, rehusando tomar nota del repudio que ha suscitado en todos los países de la región, debería hacernos reflexionar respecto a este extremo.

Con respecto a las pruebas, creo que deberíamos ser más cuidadoso y estudiar con mayor detenimiento lo que se ha dicho y lo que se ha hecho al respecto. Permítame recordarle que, en lo que respecta al ordenador de Reyes, y en lo que respecta a las declaraciones del Mono Jojoy, y la supuesta conexión de las FARC con los gobiernos de Venezuela y Ecuador, nada ha sido probado. Muy por el contrario, después de haber lanzado el bulo internacionalmente sobre la información que habían recabado los servicios de inteligencia colombianos en el “mágico” ordenador de Reyes, los expertos que fueron enviados a Colombia para confirmar la legitimidad de las informaciones esgrimidas declararon que los ordenadores habían sido manipulados. Queda aun por verse qué hay de cierto en las acusaciones a Correa.

Aún así, y como he intentado dejar claro en el artículo, aún cuando esa conexión fuera real, queda aún por responder una pregunta que es verdaderamente preocupante: ¿Quiénes son los que realizan estas denuncias? ¿qué intereses persiguen? Creo que esto no es una cuestión baladí.

Por esa razón he intentado una reflexión en torno a los sucesos e informaciones que llevaron a la guerra de Irak. Recordar a Colin Powell, recordar a José María Aznar, recordar a Tony Blair, recordar a George W. Bush, debería sonrojarnos. Estos personajes escenificaron un engaño de enormes proporciones. Le dijeron al mundo que las razones para realizar una intervención militar en Irak era la existencia de armas de destrucción masiva y la conexión del régimen de Saddam Hussein con Alqeda. Como usted sabrá, todo el asunto fue una mentira absoluta. Nunca hubo conexiones entre el régimen de Saddam Hussein y Alqeda, ni tampoco había armas de destrucción masiva. Pero la prensa internacional y las grandes corporaciones que tenían prometida una parte de la torta que repartía la guerra se empeñaron en ofrecer esta imagen a la opinión pública mundial.

Pasemos a los tres puntos con los cuales termina su comentario.

Respecto a 1, creo que no es mi opinión personal únicamente la que cuenta en este caso. No sólo países como Nicaragua y Cuba han puesto peros a la instalación de bases norteamericanas en Colombia. Chile y Brasil han hecho lo propio. Y el escándalo que ha suscitado el acuerdo secreto llevado a cabo por el gobierno de Uribe con Washington en la propia Colombia no puede subestimarse.

Con respecto a 2, me parece que es un error comparar el régimen dictatorial que gobernó la Argentina durante los años setenta y ochenta, y las hipotéticas faltas que pueden endilgarse al lider venezolano. Me sorprende, de todos modos, que me diga "que la gente de mi postura puso un grito al cielo" cuando los "milicos" intentaron silenciar a la oposición. Estoy seguro que aún cuando no comparte mi postura, el "silenciamiento" realizado en aquellos años es también por usted condenado, ¿O me equivoco?

Recordemos que no hay causa abierta en ningún lugar del mundo por desaparición de personas, o asesinatos de enemigos políticos, contra el gobierno de Chávez. Las acusaciones que se propagaron poco después de cometido el golpe de estado a su gobierno, que aducían el asesinato de manifestantes por parte de grupos paramilitares, se demostró que fue orquestado por las propias fuerzas opositoras para producir una revuelta. El periodista inglés John Pilger ha ofrecido recientemente pruebas gráficas contundentes respecto a ello.

En Argentina, además de los muertos en enfrentamientos directos con la policia y las fuerzas armadas existe un número de desaparecidos que oscila entre los diez mil y los treinta mil. Estas personas no sólo fueron ejecutadas, muchas fueron sometidas a tortura y sus cuerpos desaparecidos. Circunstancias similares se han reiterado en todo el continente. Los documentos desclasificados de la CIA han confirmado la participación de la inteligencia norteamericana en el exterminio de los opositores políticos, y la intimidad ideológica que ha existido entre las élites locales y sus contrapartes norteamericanas.

La acusación respecto a mi hipocresía ideológica debido a mi (hipotética) simpatía hacia la Revolución Cubana es un lugar común que no merece comentario.

Respecto a 3, es evidente que los gobiernos de Honduras, Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Venezuela, etc. - gobiernos que han llegado al poder por medio de elecciones libres, y que mantienen el apoyo de buena parte de la población (Gallup sostiene que el apoyo al gobierno de Zelaya en Honduras es del 53%, mientras sólo el 28% apoya el golpe de estado)- tienen derecho a realizar políticas comunes. Una cosa es una tratado entre países soberanos, nos guste o no el color de su gobierno, y algo muy diferente es interferir en los asuntos internos de esos países, socavando la voluntad popular y obstaculizando los caminos de integración que ha realizado el continente en la última década.

Finalmente, no comparto en modo alguno su idea de la política, y el festejo relativista que propone. No creo que la política sea un asunto de camisetas.´Es alarmante concebir el asunto de ese modo.

Por el contrario, creo que pese a que existen una pluralidad de posiciones en el mundo que habitamos, eso no significa que estas posiciones sean necesariamente inconmensurables. No deberíamos considerarlas de ese modo, al menos, no deberíamos hacerlo a priori. Siempre tenemos ocasión de sentarnos unos frente a otros, con una actitud intelectual honesta, a comentar nuestras "notas" sobre la realidad para intentar una mejor comprensión de los asuntos que nos conciernen. El resultado de nuestras disquisiciones nunca será definitivo. Pero podemos ir afilando nuestro discurso y comparando posiciones para deshechar las más burdas, en pos de las más refinadas y plausibles. Como le he dicho, para ello es necesario cultivar virtudes intelectuales y humanas. Eso significa, en breve, anteponer la verdad al interés particular; el bien al beneficio propio; y la valentía a la comodidad. Pero creo que en este extremo estamos plenamente de acuerdo.

Espero que mi respuesta sea de utilidad. Le agradezco su comentario y espero su futura participación en el blog.

RECORDANDO A COLIN POWELL

Fue un día memorable. Es decir, un día que debería estar en nuestra memoria, para evitar ese misterio burdo, como decía Borges, que es el olvido.

Leo en el diario El País otra de esas maravillas de la prensa liberal española que nos ponen sobre aviso de lo que planean estos tipos. La firma de la nota es la del prof. Román D. Ortiz, profesor en el departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de los Andes, Bogotá.

El título del artículo dice: “Relaciones Peligrosas”, y como es de esperar, viniendo de Colombia, y firmado por un consultor privado en seguridad, las peligrosas relaciones de las que hemos de hablar son las que mantiene Ecuador y Venezuela, los vecinos ariscos de la nación colombiana, con las FARC.

La tesis del señor Ortiz es sencilla. No deberíamos mirar hacia otro lado. Chávez es como Milosevic o Saddam Hussein. La agresividad de su política exterior debería, hace tiempo, haber animado a la comunidad internacional a tomar medidas contundentes frente al caso.

No me detendré a analizar los datos que ofrece el señor Ortiz para probar esa conexión porque ninguno de ellos puede tomarse en serio. Según Ortiz, la peligrosidad de Chávez no se queda en Latinoamérica. Pretende tener pruebas de una conexión entre un alto funcionario venezolano y la introducción del terrorismo de Hezbollah en la región (Hollywood a tope). Ortiz acusa además a Chávez de haber iniciado un proceso de rearme de dimensiones monumentales, y nos ofrece una larga lista en la que especifica las armas que el gobierno venezolano ha comprado en el mercado, anunciando a continuación que esas armas pueden estar a disposición de los terroristas colombianos en cualquier momento.

El señor Ortiz no dice una palabra del poderoso ejército colombiano, beneficiado desde hace años con la caritativa empresa bautizada en su momento con el contundente "plan Colombia", y que para peor, está comandado por un gobierno que sostiene la tesis (hecha celebre por la administración Bush) de que en la lucha contra el terrorismo no reconoce límites en la soberanía de otras naciones. El gobierno de Uribe ha invadido la soberanía de Venezuela y Ecuador en varias ocasiones. Todas las naciones de la región han llamado la atención al presidente colombiano sobre el asunto, pero arropado por las sucesivas admnistraciones norteamericanas, y el beneplácito de una parte importante de los negocios europeos, a Colombia se le permite delinquir sin problemas. Como he apuntado en otras ocasiones, pese a las contradicciones que esto supone (las causas abiertas en la Justicia de Dinamarca por violación reiterada a los derechos humanos, los descubrimientos mediáticos de masacres a indigenas, homosexuales e inocentes utilizados como carne mediática por el ejercito, y la no menos elocuente conexión personal y familiar del dirigente con el paramilitarismo) Uribe es la joya de la corona en Latinoamérica.

Ha recibido gestos de todo tipo. El Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, lo ha estrechado entre sus brazos y le ha premiado como un defensor de la libertad en el mundo, y la corona española, por iniciativa del Partido Popular, le ha concedido premios que agitaron, en su momento, la indignación de ciento cuarenta y cuatro organizaciones no-gubernamentales del país, sin que los medios dieran cuenta del escándalo.

La nota del señor Ortiz acaba con el siguiente reproche a la comunidad internacional. Dice Ortiz:

“Tras el 11-S, pareció cristalizar un consenso sobre la necesidad de una política de tolerancia cero hacia aquellos países que tuviesen lazos con grupos violentos. En este contexto, se ha acumulado una evidencia abrumadora sobre las conexiones del Gobierno venezolano con las FARC y los intentos de Caracas de desestabilizar a los países vecinos. Sin embargo, el Gobierno del presidente Chávez no ha recibido ninguna sanción por este comportamiento. Esta inacción puede resultar muy costosa para la estabilidad de América Latina.”

¿Qué nos está pidiendo el señor Ortiz? ¿Por qué razón el diario El País ofrece una plataforma de este tipo a un consultor privado de seguridad? No hay que ser demasiado espabilado para comprender los planes que el señor Ortiz estaría dispuesto a ofrecernos si así se lo pidiéramos. Y después del golpe en Honduras, cuesta imaginarse al periódico en cuestión y otros que orbitan estrellas semejantes, condenando una intervención militar en Venezuela.

Al leer la nota, pensé: ¿A qué te recuerda toda esta campaña contra Chávez? Me metí en Youtube y escuché de punta a punta el discurso que Colin Powell llevó a cabo en el Consejo de Seguridad para dar el golpe de gracia diplomático que justificó el comienzo de la guerra contra Irak.

Es evidente que Chávez nos es Milosevic, ni tampoco Saddam Hussein. Pero aún si lo fuera, cabe preguntarse quiénes son los que están detrás de estas denuncias. Sabemos que la guerra de Irak, cuya intención hipotética era eliminar un peligroso dictador, ha causado, según los más modestos cálculos, 500.000 muertos entre la población civil del país invadido. También hemos sabido que las pruebas aducidas por la Administración Bush para demostrar la conexión de Saddam con Alqeda o la posesión de armas de destrucción masiva, eran orquestadas ficciones que algunos de sus socios europeos (Tony Blair y José María Aznar, entre otros) estuvieron dispuestos a ratificar. El General Colin Powell confesó que habían sido engañados por las agencias de espionaje. ¿De qué puede servirnos ahora la verdad frente a un hecho consumado de esta dimensión?

Mientras los periódicos europeos continúan su campaña de desprestigio de la izquierda latinoamericana, los estadounidenses avanzan estratégicamente en el continente. Nada se dice por estos lares de las tensiones que ha provocado la decisión del presidente colombiano de permitir la instalación de bases norteamericanas en su territorio, y cuando se dice, este decir se encuentra camuflado tras cortinas de humo.

La nota del diario El País que anunció en su momento la decisión de Uribe, estuvo precedida por un abultado informe que el Congreso de los Estados Unidos filtró en el que se señalaba a Venezuela como un país narcotraficante. La nota sobre las bases norteamericanas instaladas en Colombia ocupaba, en cambio, un rincón oculto de la portada, detrás del siguiente título: “Colombia autoriza la utilización de sus bases a los aviones estadounidenses”.

Mientras tanto, Micheletti, en Honduras, ha demostrado a los poderosos de siempre, que la historia es cíclica, y que ha llegado la hora de la revancha. Como los malevos de Borges, vuelven las generaciones a enfrentarse a las mismas encrucijadas movidos por la atracción que prodiga el cuchillo.

Que la memoria nos preserve de otra traición.