sábado, 15 de agosto de 2009

LA POLÍTICA DEL AMOR (2)

En el post anterior ofrecí una primera aproximación a una idea que aún no ha acabado de tomar forma. La intuición, sin embargo, me hace creer que vale la pena ir profundizando en el asunto de a poco.

El problema de fondo ya ha sido planteado en otras ocasiones y gira en torno a la siguiente cuestión: ¿Es posible hablar de un “Nosotros” antes de que ocurra el reconocimiento del “Tú” y del “Vosotros”, del “Él” y el “Ellos”? Con esta pregunta intentamos ir al fondo de la cuestión de la identidad, a la pregunta acerca del quién y del qué.

Pero vayamos por partes. Hicimos una triple distinción. Hablamos (1) de una política del consenso; (2) hablamos de una política agonística del enfrentamiento; y (3) hablamos de una política del amor. Permítanme que dé algunos detalles respecto a esto para que podamos continuar nuestra charla con mayor profundidad.

En primer lugar, no estoy diciendo que la política del amor pueda substituir absolutamente las otras dos formas de política. Creo que existen ámbitos en los que, en principio, la política del consenso y la política agonística del enfrentamiento son insubstituibles. Digo “en principio”, porque aún me queda mucho pensar sobre el asunto, pero parecería que eso es así.

En segundo lugar, cuando hablamos de política de consenso, es evidente que ésta sólo puede ocurrir entre fuerzas simétricas, porque en cuanto existe una asimetría, automáticamente pasamos a la política agonística del enfrentamiento como única vía. Me explico: la política de consenso, en las sociedades democráticas occidentales se ha propagado sobre la base de una ficción tremenda. Esto es, que los agentes políticos se encuentran en relación de simetría entre sí. Por supuesto esto no es así de modo alguno. Pero se sostiene sobre la lectura atomista-individualista que considera a los agentes, entidades autosubsistentes dotados de iguales derechos.

Ahora bien, cuando los agentes políticos se encuentran en disparidad, cuando uno posee la fuerza para imponer su voluntad de dominio sobre el otro, la política de consenso es una mascarada. Cuando me refiero a fuerza quiero decir no sólo poder represivo, sino también potencia seductora mediática, lobbies, y otros factores desequilibrantes que imponen una cierta interpretación de lo real.

Una vez se ha producido la disparidad, la disimetría, el oprimido se encuentra en una situación tal que sólo le queda como alternativa la demostración de su capacidad de resistencia para forzar al otro a regresar a la mesa del consenso. El oprimido sin poder, sólo puede solicitar caridad, pero no puede negociar porque no es reconocido como agente real. En el ámbito del consenso uno es en la medida de su poder. Su identidad, al no ser efectiva, no es reconocida como tal en el ámbito de la política de consenso.

Una vez que nos encontramos en una situación en la que se exige una política agonística de enfrentamiento, cabe preguntarse hasta que punto esta política puede llevarnos hasta el final del camino. La pregunta es utópica. ¿Cuál es el final del camino? Lo que estamos diciendo nosotros es que debemos articular, no sólo un discurso y actividad estratégica en nuestra labor revolucionaria, sino también una política y actividad utópica que de cabida a la conversión última del otro en un “nosotros”, en contraposición de propugnar por su exterminio o aniquilación.

Sabemos que en la esfera de la política del consenso, lo que propugna nuestro contrincante es la desaparición, el extermino del otro. Un ejemplo de ello lo vemos en el ámbito económico, en el que las sinergias de las grandes corporaciones, liberadas de toda limitación o regulación, tienden al exterminio de sus competidores, en la forma de fusiones monopólicas.

En la esfera del consenso, la pugna se resuelve siempre con la desaparición del otro o la búsqueda de un enfrentamiento agonístico en otra esfera de mayor radicalidad.

Ahora bien, si la política agonística es el horizonte último de nuestro discurso político, el resultado será un retorno eventual a los comportamientos consensuales una vez alcanzados nuestros objetivos estratégicos, o por el contrario, la asunción de simetrías bipolares en perjuicio de otros agentes en un consenso ventajoso de opresión conjunta por parte de las fuerzas ahora equilibradas.

En cambio, la política del amor propone como horizonte último, utópico y revolucionario, la creación de un nosotros a partir del reconocimiento de tres instancias que he ilustrado a partir de las imágenes cristianas:
(1) La expulsión de los mercaderes del templo
(2) el autosacrificio y el suplicio en la cruz
(3) y el mandato de “poner la otra mejilla”.

A fin de no exponerme a las objeciones partidistas, ofrezco ahora un ejemplo de la iconografía tántrica a fin de clarificar el contenido y modulación de ese “nosotros” que propicia la política del amor. La deidad aparece en la forma del yab-yung: Lo masculino y lo femenino, no sólo se presentan en un abrazo sexual, sino que además lo hacen portando todas sus armas. La deidad masculina porta el espectro y la campana; la deidad femenina el cuchillo curvo ensangrentado y la copa-calavera (kapala)

El “nosotros” es el mutuo reconocimiento del otro, no como un socio-competidor-aliado, no como un amigo-enemigo, sino como un sí mismo.
Cuando consensuamos, negociamos o combatimos, necesariamente, el otro se ve reducido a cifra, oportunidad, obstáculo, o lo que fuera.

La política del amor es una política del reconocimiento radical. Es lo opuesto al vaciamiento del otro de su identidad esencial, a la confusión de las partes en un todo, pero también a la pretensión de la subsistencia de lo individuado independientemente de su trasfondo existencial.

11 comentarios:

AdrianaRT dijo...

Hola Manu R... Me alegra enormemente encontrarte de nuevo (aunque sea por internet) y escucharte (a través de la lectura) como lo hice en tu paso por Bogotá. Poco sé de política, la verdad todo lo mido desde la óptica de cómo se afecta a los demás y de las motivaciones.

Hace un mes comprendí en mi primer Vipassana dos de las imágenes de las que hablas. La del templo y la de la cruz. La imagen Jesús crucificado me era desagradable por tanto dolor. Siempre me gustó la del resucitado y ascendido. La afirmación¨murió en la cruz por nosotros y por eso estamos salvos" no me llenó nunca,nos la enseñan incompleta además de quitarnos responsabilidad ante nuestra vida y actos. Bueno, se transformó en "Jesús da el ejemplo de qué hacer". Transitar el camino hacia la verdadera naturaleza de la mente, aunque sea doloroso, con la motivación correcta (bodichita) y crucificar el ego y todo lo que impida llegar a esa mente. La resurrección sería entonces la imagen de esa realización (Se convierte en el Cristo).La política siempre debe ser la del amor,es la que mejor entiendo y la que día a día me comprometo a desarrollar.

Estoy en el camino. A ti Manu R.., Gracias por mostrarme parte de él, antes y ahora.
Adriana Rico Tovar

Juan Manuel Cincunegui dijo...

Hola Adriana,

Primero, agradecerte el comentario. Segundo, decirte que me alegro muchísimo saber de vos y mandarte mis mejores recuerdos.
Pero ahora dejame que te diga algunas cositas que deduzco de tu mail. En principio, creo que es imprescindible recuperar las enseñanzas cristianas. Lo que quiero decir es que para entendendernos a nosotros mismos, comprender el trasfondo de significaciones desde donde construimos nuestras opciones actuales. Hay un aspecto del trabajo que debemos realizar que es histórico. Histórico-personal e histórico-comunitario. La narración de cómo hemos llegado aquí es tan importante (muchas veces más importante) que el hecho de tener una posición tomada. Las posiciones que tenemos hoy son, como bien sabes, en muchos sentidos pasajeras, porque mientras estamos con vida, hay un tipo de apertura inevitable que nos enfrenta a la necesidad de articular y rearticular nuestras comprensiones y la posibilidad continua de nuevas "conversiones".
Con respeto al desinterés por la política, creo que es una asunto reprochable. Antes que nada, cuando me refiero a la Política no me refiero al partidismo, a la política minúscula, sino al compromiso cívico, local, provincial, nacional, regional y planetario.
Es posible que no podamos hacer grandes cambios, pero nuestra comprensiones e incomprensiones, nuestra ignorancia y nuestro desinterés, hacen posible o no ciertas decisiones relevantes para el bienestar de los individuos concretos.
Por lo tanto, creo que debemos llevar nuestra atención a los asuntos comunitarios con urgencia. No sólo porque son relevantes para los individuos, sino porque las comunidades son lo que hacen posible a los individuo, y determinan en buena medida el tipo de individuos que estamos llamados a ser.
Un beso grande,

Manu

AdrianaRT dijo...

Hola!
No tengo partido politico,pero si hablas de compromiso cívico,local, provincial, nacional, regional y planetario,lo tengo y es lo que me lleva a ser cuidadosa con lo que pienso, hago y digo. Diariamente hablo de ello para sembrar en otros. De ver mas allá de uno,de pequeñas acciones que determinan beneficios para todos. Mi "política" es muy básica, es ese compromiso.

Referente al discurso de los políticos, intuyo personas buenas. Por ejemplo,a Mockus, lo siento honesto, eduativo,de participación ciudadana, aunque muchos dicen que no sirve para nada porque no ven agresividad o logros materiales. Galán me gustaba, de resto CERO, no los "siento" bien. Como ves no tengo muchos parámetros de conocimiento para determinar si lo que dicen es verdad ante los compromisos.

Me imagino que el sentimiento y actuar de acuerdo a compromisos, y "all you need is love" como cantaban los Beatles, no es suficiente verdad?.

Si se necesita más, cuéntame qué es y cómo aplicarlo, cuáles son las condiciones.
Besos y abrazos
Adriana

Juan Manuel Cincunegui dijo...

Hola Adriana,

Sólo apuntaré a una cuestión: El triunfo de cierta manera de hacer política que nos ha convencido que debemos ser a-políticos. Nada más.

Tomar consciencia de que nuestra pretendida a-políticidad, no es más que una posición política enmascarada en la neutralidad, al servicio de cierto modo de imaginar el mundo, nuestras sociedades, el Estado, las relaciones internacionales, y el lugar que en todo este entramado ocupamos como individuos, agentes morales y ciudadanos.

Si es verdad que nuestras actitudes tienen tanta relevancia para la gente que nos rodea y con las cuales entramos en contacto, ¿Crees que es edificante "pasar" de la política?

Si la política implica y conlleva al establecimiento de las condiciones para la convivencia en todos los estratos de asociación humana, pero fundamentalmente, por el modo en el cual históricamente nos toca, en la nación; y en el contexto de las tensiones que produce, para bien y para mal, el proceso de globalización, deberíamos resistirnos al discurso que promueve que nos hagamos a un lado, que dejemos hacer a otros los que nos toca a hacer a nosotros, y hacernos cargo de esa parte de nuestra identidad que es la ciudadanía.

Eso no significa que uno deba o pueda tomar posiciones definitivas en vista de las alternativas disponibles.

Es evidente que el disgusto con la actividad política está plenamente justificado. Este disgusto es una experiencia valiosa en la que deberíamos reflexionar como reflexionamos y trabajamos con otros aspectos que involucran nuestra identidad.

Saludos,

Manu

claudia dijo...

..con relación al tema de recuperar las enseñanazas cristianas, me pregunto en qué sentido lo dices...te refieres a lo teórico e histórico ...
..recuerdo que el Dalai Lama siempre dice que debe uno quedarse en su propia religión, eso lo entiendo ... no sé...

PT dijo...

“Ahora bien, cuando los agentes políticos se encuentran en disparidad, cuando uno posee la fuerza para imponer su voluntad de dominio sobre el otro, la política de consenso es una mascarada. Cuando me refiero a fuerza quiero decir no sólo poder represivo, sino también potencia seductora mediática, lobbies, y otros factores desequilibrantes que imponen una cierta interpretación de lo real.”

Decís “no solo”, pero parecieras ignorar que el poder represivo sigue siendo una de las armas primordiales con la que se impone lo que vos llamás la política del consenso. Los ejemplos ya los he dado en este foro y son, a todas luces, muy claros. Sí, los grupos económicos intentan avanzar hasta donde se les permite, pero no son los únicos malos de la película. Asimismo, hablar de monopolio no es sinónimo de empresa privada (vuelvo a los mismos ejemplos).
En resumen, cada lado del espectro político puede argumentar los puntos con los que vos sostenés tu teoría utilizando ejemplos propios muy válidos. Me parece que tendés a obviar aquellos que no justifican tu posición ideológica.

La opresión de condenable, independiente del fin que supuestamente la justifique.

Juan Manuel Cincunegui dijo...

Hola Claudia

Dos cuestiones.
1) En primer lugar, la cultura occidental moderna es un proyecto que se enraiza en la cosmovisión cristiana. Por lo tanto, recuperar el cristianismo es recuperar algo importante acerca de quienes somos. No podemos entender plenamente (eso creo) lo que los Otros nos están diciendo (los otros en tu caso es Oriente, esp. Budismo), sin saber desde dónde estás estableciendo ese encuentro. Mucho de lo que hacemos con el Budismo, por ejemplo, muchas de nuestras críticas, de nuestra terapeutización de la doctrina, incluso del ateísmo que con ligereza endilgamos a la tradición, es producto de esa larga marcha de reforma iniciada en Occidente en el seno de la cultura cristiana, y sus contestaciones modernas. Un ejemplo puede ayudar. La noción que tenemos de la vida corriente, nuestro igualitarismo e individualismo (que se fundan en la noción cristiana de agape) y el modo en el cual encaramos la benevolencia práctica (absolutamente ausente en las tradiciones budistas clásicas) Por otro lado, nuestra lectura de la vacuidad, sobre el trasfondo de un cosmos desencantado, y desde una perspectiva atomista y radicalmente individualista.

2) Nuestra lectura del cristianismo es bastante infantil. En una ocasión un estudiante de Budismo en la Facultad me reprochó la defensa que hacía de la tradición budista diciendo que no podía aceptar una tradición en la cual su fundador había abandonado a su hijo recién nacido, e intentó explicarme las consecuencias que sacaba de la historia. Mi respuesta fue la siguiente. El Budismo es un movimiento histórico con innumerables matices, que ha recorrido sus propios procesos dialécticos. Nosotros recibimos, incluso por parte de los maestros tibetanos cuando nos dan su catecismo, y especialmente por parte de ellos, una versión fosilizada. Se saltan el elemento histórico, en el que vemos que las respuestas no son definitivas, que estamos frente a civilizaciones muy complejas, y que una negación absoluto de alguna de ellas (lease Cristianismo, Budismo, incluso la Civilización Post-secular en la que vivimos) resulta una prueba de nuestra propia ignorancia.
Deberíamos seguir charlando del asunto porque es muy interesante. Te recomiendo, de todas maneras, un libro de Paul Williams, The unexpected Way. Williams es uno de los tibetólogos de habla inglesa más renombrados. Fue budista practicante durante treinta años. Recientemente se convirtió al catolicismo. No estoy proponiendo nada semejante, pero vale la pena conocer su experiencia después de haber dedicado tantos años al estudio de Tsong Kha Pa y Tomás de Aquino. Hay muchas historias del proceso contrario. Por eso vale la pena pensar sus razones.

Un beso,

Manu

Juan Manuel Cincunegui dijo...

Hola PT,

Primero agradecerte tu participación en el blog. Me encanta. Eso no quita que piense que, como nos ha ocurrido en el pasado, volvamos a estar en desacuerdo. En principio parecería que nuestra divergencia es puntual, pero creo que es mucho más profunda.
Estoy de acuerdo, cien por cien, y no creo que haya en el artículo nada que signifique lo contrario, respecto a lo que apuntas sobre el poder.
De todas maneras, creo que lo que remarcás, en realidad esconde un conjunto de significaciones que nos alejan de las coincidencias.
A mi entender, los problemas más groseros, las amenazas más funestas y los atentados más destructivos contra las libertades y nuestras democracias "liberales" no vienen de los "malos" de la película, sino del poder desorbitante que las grandes corporaciones ejercen sobre las instituciones y el entramado burocrático que han montado en su asalto al poder, forzando una agenda que en muchas ocasiones (especialmente en la periferia) va en contra de las aspiraciones de los ciudadanos.
Todo lo demás, vale, te entiendo, esta muy bien tu deseo de poner el punto sobre las íes, pero desde mi perspectiva, tu modo de plantear las cosas es un lugar común muy extendido en los mass-media. Nos dicen: Bueno, puede que no les guste del todo la manera en que actuamos, pero ¿Acaso prefieren ser gobernados por esta gente? Y señalan a los Chávez, y compañía, asegurándose de que hemos comprendido que son la última versión detestable y que debemos odiarlos con todas nuestras fuerzas.
Para mi estas argucias son una cortina de humo al servicio del status quo. La situación histórica concreta que estamos atravesando hace un poco infantil seguir discutiendo sobre Corea del Norte como si este fuera el gran obstáculo del mundo que debemos encarar para resolver los problemas reales. Acaso Corea del Norte pone en jaque la igualdad en el planeta, la justicia social, la sostenibilidad ecológica, la crisis energética, la distribución equitativa de alimento, salud y educación para todos, o amenaza el espíritu de nuestros ideales democráticos, de autogobierno y dignidad ciudadana. Seamos serios. Esta bien, digamos que los norcoreanos son malos (malísimos), que Chávez es un mono feo y peligroso (peligrosísimo con sus armas rusas) y Fidel es inaguantable, hipócrita y dictatorial (muy pero muy dictatorial). Pero si nos deshiciéramos de ellos, ¿el mundo se habría librado de los problemas más graves que lo amenazan?


Un saludo cordial,

Manu

PT dijo...

He llegado a la conclusión de que los Chávez, Castro y demás personalidades que mencionás son necesarias para llegar a nivel mundial a lo que los budistas llaman el camino del medio.

Sería mejor, creo, que ambas partes no sean tan extremistas, pero quién empieza primero a ver en el otro un complemento y no un ente al que hay que eliminar?

Agustín dijo...

Hola a todos:
Antes que nada, quiero agradecerte Manu, por crear este espacio de reflexión y debate.
Estoy de acuerdo contigo, si queremos que la situación cambie debemos ser revolucionarios, y la mayor revolución frente al estado actual no puede basarse sino en el amor radical y universal.
Comparto tu definición del amor, para mí implica hacerse cargo de lo que le sucede a los demás, ser consciente y responsable de cada uno de nuestros actos, buscando la felicidad del otro o la disminución de su sufrimiento. Al interactuar en sociedad, niguna de nuestras acciones es neutral. Por ejemplo nuestras decisiones de consumo afectan a otras personas y otros seres vivientes. Nos quieren hacer creer que no es así, o que lo es en una medida tan pequeña que no vale la pena preocuparse.
La política está muy condicionada por la estructura económica, a mi parecer, y si pretendemos cambios debemos comenzar por revisar nuestra manera de comprar: a quien le compramos, cómo se produce lo que consumimos, etc. Cuando nuestras decisiones responsables y motivadas por el amor comiencen a sumarse, lograremos generar un espacio de poder que podrá influir políticamente buscando el bien común. Y la única manera de no perder el sustento ideológico es mantener la coherencia, seguir actuando motivados por un amor irrestricto a todos los seres, viendo y tratando a quienes no tienen nuestras mismas motivaciones y valores con amor.
Agustín

claudia dijo...

Bueno, entiendo que recuperar las raices cristianas sea importante para saber de dónde partimos; es como estructurar un mapa ... nos criamos en una sociedad fuertemente influenciada por la religión católica.
Muchos de nuestros valores, moral y ética dependen de la visión cristiana(católica)un poco desgastada hoy día; y en ese sentido no sé si el tema sea recuperar las 'enseñanzas' cristianas, ya que de alguna manera es difícil abstraerse de ellas del todo; aunque existan nuevas formas de espiritualidad hoy por hoy. Entre la gente joven, por ejemplo, se ve ese fenómeno en el cual parecen no practicar, ni creer en la religión formal, sin embargo existe un interés grande por el tema de la espiritualidad, lo ven como otra opción y le ven cabida a pesar de vivir de alguna manera en una época de poca fé en las religiones formales como tal.
Intentaré conseguir el libro de Williams, por estas latitudes el tema de ciertos libros no es fácil... gracias por tus comentarios.