jueves, 27 de abril de 2017

MY AMERICAN FRIEND

Juliana Awada, entre Trump y Macri, entrando en la Casa Blanca

Mauricio Macri está en los Estados Unidos. Las pantallas de televisión (en la Argentina) repiten insistentemente los detalles de su visita.

Entre los dos hombres, a diferencia de lo ocurrido en otras ocasiones oficiales precedentes, hay una historia anterior en la que los encontramos reunidos cuando ellos aun no se dedicaban a la política. 

Se conocieron en Nueva York. Entablaron una larga y lucrativa amistad sellada por los negocios inmobiliarios. Sabemos que Macri lo admiraba. Él mismo lo manifestó a la prensa en una entrevista memorable en la que dejó plasmada su fascinación casi infantil por el caracter inescrupuloso y atrevido de quien se convertiría en el presidente estadounidense más odiado de la historia.

Las anécdotas que contó Macri en aquella ocasión sobre sus encuentros con el magnate nos permiten imaginar esta página "barroca" de la historia argentina: el taimado, xenófobo y machista magnate neoyorkino, y el avaricioso descendiente de un mafioso calabrés tenían química. Los historiadores tendrán que documentar que otras cosas compartieron entre bromas subidas de tono y gestos de arrogancia los futuros presidentes.

En los primeros minutos de su actual reencuentro en la Casa Blanca coincidieron en lo estrambótico de la situación. Efectivamente, la cita presidencial tenía algo de "inconcebible". Era inimaginable entonces que volverían a verse cara a cara como jefes de Estado de sus respectivos países esos dos empresarios ambiciosos, corruptos, a quienes no les temblaba la mano a la hora de corromper funcionarios y timar a sus conciudadanos. Si no fuera la realidad, sería una broma de mal gusto.

Pero la historia de la relación argentina-estadounidense es demasiado compleja y deficitaria para nuestro país (económica, política y culturalmente) como para reducirla a la contingencia de una amistad entre tramposos (sin que ello signifique en modo alguno que dicha amistad resulta irrelevante). 

¿Cómo podríamos olvidar los oscuros tiempos de las llamadas "relaciones carnales" y a sus protagonistas? ¿Cómo olvidar lo que ha significado para nuestra gente y para nuestro país cada vez que nuestros líderes políticos se prestaron a la escenificación del "discípulo modélico" ante la potencia del norte?

Hoy, mientras el presidente Macri desfila por los pasillos de la Casa Blanca, obsequioso y genuflexo ante el presidente Trump, con un ojo puesto en las elecciones de octubre y otro en los negocios personales que les tiene preparado el destino, la pregunta que nos hacemos es la siguiente: 

¿Cuál será la "moneda de cambio", el precio que deberemos pagar, para ser aceptados en esta nueva relación que nos propone este grupo de CEOs, "hombres" (y algunas mujeres), pero sobre todo "hombres" (machistas y xenófobos), que utilizan sin escrúpulos todos los recursos que tienen a la mano para su propio y exclusivo provecho?

domingo, 16 de abril de 2017

LA VERGÜENZA DEL BUDA

Ilustración de Taylor Shute

En el diario La Nación encontramos hoy un artículo titulado: “Pausas activas en el Estado: las clases de yoga ya son parte habitual en varios organismos”. El texto, firmado por Alan Soria Guadalupe comienza de este modo:

“Sentada sobre una colchoneta estirada en el suelo, Rosario pide que cerremos los ojos, que nos encontremos con nuestro cuerpo. También, nos ordena inhalar y exhalar de manera exagerada. Después, nos pide que estiremos los brazos hacia arriba. Finalmente, nos convoca a sentir ‘cómo nos liberamos’.” 


Según nos cuenta Guadalupe, una vez se encienden los inciensos y la música de meditación envuelve el ambiente, la Jefatura de Gobierno se convierte en un templo. Pero, ¿cómo encajar esta pasión por la paz interior y la libertad individual con el empeño represivo y el autoritarismo del gobierno? O, para decirlo de otro modo: ¿cómo explicar el empeño del gobierno por recortes, despidos y ajustes con este afán por trabajar con “el alma de la población”? ¿Por qué un gobierno de derechas, neoliberal y neoconservador, un gobierno que se ha gastado miles de millones en tecnología represiva y espionaje, que se empeña en imponer una cultura xenófoba que linda con el racismo al referirse a los pobres y a los inmigrantes, se empeña, junto con los medios de comunicación que le son afines, en promover una cultura de la paz manufacturada con una estética oriental de tenderete?


Doce apóstoles estadounidenses del compromiso político

Recientemente, un grupo de 12 famosos maestros estadounidenses de meditación emitieron una "carta abierta" llamando a los practicantes budistas, y a los adherentes de otras tradiciones meditativas de su país, a sacudirse la empalagosa aura individualista que se ha enquistado en el corazón de una buena parte de la nueva espiritualidad de origen asiático que ha conquistado el país, invitándolos a la acción política en tiempos de Donald Trump.

La carta abierta surge en un momento en el cual las antiguas críticas de un sector militante del budismo conocido como "budismo socialmente comprometido" (Socially Engaged Buddhism) ha recrudecido las expresiones antagónicas frente a las formas más recalcitrantes de ese individualismo espiritual. En unos pocos meses, todos los maestros e instructores, habitualmente silenciosos ante las evidentes injusticias del mundo y la propia responsabilidad de su país en crímenes horrendos contra la humanidad, parecen haberse puesto de acuerdo que Donald Trump es el límite de su paciencia. La tradición del yoga está pasando por un momento semejante.

Por otro lado, durante largo tiempo ignoradas entre los científicos sociales no especializados en la religión, las nuevas espiritualidades se han convertido en un lugar habitual de crítica, especialmente entre aquellos que las asocian con nuevos dispositivos de poder, e investigan el “feliz matrimonio” entre la ciencia de la consciencia, las neurociencias, el mundo corporativo y las prácticas contemplativas.


Menos meditación y más política

En un reciente artículo en The Guardian titulado “Be happy, not mindful”, Ruth Whippman señala que “la idea de que la felicidad surge de observarse internamente” en vez de observar lo que ocurre en nuestro entorno tiene un profundo arraigo en nuestra mente colectiva desde hace algunos años. “No consideramos ya el bienestar como una faceta de la comunidad ni nos comprometemos con otras personas”. Por el contrario, entendemos nuestro viaje en la vida como interior, y la búsqueda consiste en enfocarnos en nosotros mismos a nivel personal.

Después de cuantificar el volumen de negocio que supone la búsqueda espiritual en nuestra época, no solo en términos de libros, cursos y seminarios (mercancías habituales en este rubro), nos informa que las aplicaciones tecnológicas dedicadas al autoconocimiento representan un negocio bien remunerado y en alza.


La fiebre argentina

En ese contexto, los argentinos, habituales descubridores de "Mediterráneos", llegan tarde a la ola (tal vez por el impasse populista que mantuvo nuestra atención centrada en la militancia política y la respuesta neoliberal que le hizo frente y creció a ritmo acelerado en los últimos años hasta convertirse en un nuevo frente de gobierno en las últimas elecciones). 


Por supuesto, la coincidencia no es prueba de nada, pero vale la pena explorarla. En el momento en el que se pone en marcha un proyecto político, socio-económico y cultural regresivo, que presenta como inevitable el regreso del país al sendero impuesto por la historia en su marcha teleológica ineludible hacia la modernización que estamos llamados a merecer o padecer, los nuevos dispositivos del alma parecen encontrar terreno fértil para florecer sin límites, incluso dentro de las propias oficinas gubernamentales que se ven invadidas de buenas a primeras por gurúes e instructores con aire santificado y pulcro para mostrar a los agitados funcionarios y empleados de la administración como acceder a una paz inmaculada frente al barro de la historia.


"Materialismo espiritual", un viejo tropo


Las críticas al "materialismo espiritual" tienen larga data. La expresión la impuso a comienzos de los años 70 en los Estados Unidos uno de los pioneros de la transmisión del Budismo tibetano en Norteamérica, el difunto Chogyam Trungpa. Con ello se refería a las prácticas religiosas de origen oriental (también las espiritualidades occidentales, por supuesto) al servicio del atrincheramiento de la subjetividad. 

Esta crítica ha sido el centro de atención de los más renombrados representantes de la tradición, hasta que el afán lucrativo de unos cuantos nuevos profetas de las escuelas anglo-americanas han transformado la religión de sus maestros en bien remuneradas técnicas de auto-ayuda al servicio de la construcción de un "nuevo humanismo secular" que ha articulado una antropología perfectamente compatible con las exigencias del neoliberalismo global.


La meditación y el yoga como dispositivos biopolíticos

La implementación de estas formas de disciplina pueden estudiarse como dispositivos biopolíticos de poder. En el mundo corporativo llevan décadas implementándose. Imponen una visión del mundo y una disciplina o terapia dirigida a reconvertir la subjetividad. El objetivo de estas prácticas consiste en manufacturar un nuevo sujeto, con un rostro hiper-individualizado y competitivo que parece perfectamente compatible y al servicio de las nuevas derechas neoliberales en la región que atenazan a la ciudadanía:

1. Obligándola a reconvertir su "naturaleza ciudadana" en "individualidades alienadas" respecto al mundo social, aunque inmunizadas frente a las patologías que ello supone a través de formas abstractas de reconexión con imaginarios de unión supra-mundana que intoxican la experiencia de los individuos con la dulzura del anonadamiento que sirve para reprimir los malestares que producen la competencia y la instrumentación concertada de todos los aspectos de nuestra vida.

2. La destrucción de los tejidos sociales en donde son aun posibles las prácticas de resistencia frente a un mercado caníbal que se ha adueñado de manera absoluta de la justicia, la acción legislativa y un ejecutivo que actúa policial o incluso militarmente contra la población recalcitrante frente a los nuevos imaginarios.


La ciudad de los zombis

En la imaginería budista, la metáfora de la ciudad habitada por zombis es recurrente. 

Por un lado, la auténtica acción política es exigente. Supone altas cotas de capacidad crítica. En cambio, una sociedad sometida a diversas formas de "manipulación del alma", a través de sofisticados dispositivos milenarios, ahora al servicio del ídolo corporativo, resulta fácil de implementar. Basta entregarse a los cantos de sirena de una nueva gnosis de aparente liberación para ser regresado a la condición de súbditos.

En este sentido, "la ciudad de los zombis" es una ciudad sin ciudadanos, “un demos sin pueblo”, en palabras de Wendy Brown, entregado cada uno de nosotros enteramente a la labor de ser uno mismo "capital" y, por ello, abocados enteramente a invertir en el desarrollo de nuestra propia alma y nuestra propia belleza: "consumir y gozar". 

Una ciudad de individuos cautivos en ese afán de auto-goce, solo puede producir una "farsa democrática" sin relevancia significativa para la vida de todos.

viernes, 7 de abril de 2017

HUELGA GENERAL FRENTE AL WORLD ECONOMIC FORUM



El 10 diciembre de 2015…

… asumió la presidencia de Argentina Mauricio Macri, quien ganó las elecciones con la Alianza Cambiemos, heredera del MENEMISMO UCEDEÍSTA (el peronismo aliado a un partido arraigado, paradójicamente, en el antiperonismo más recalcitrante, defensor acérrimo del libre mercado y continuidad evidente de la política-económica de la dictadura genocida) y el DELARRUISMO (el viejo partido radical de corte popular, reconvertido en arma política de los promotores del consenso de Washington en la región) cuyos imaginarios neoliberales conquistaron a la sociedad argentina durante los noventa.

Sobre esa asunción presidencial quiero recordar dos hechos:

El primero es la decisión por parte del presidente electo de radicalizar la confrontación con la presidente saliente, Cristina Fernández de Kirchner, haciendo asumir a Federico Pinedo como presidente interino durante 24 hs. 

En aquel momento no entendimos lo que significaba ese gesto institucional en toda su magnitud, aunque lo sospechábamos. Macri optó con aquella decisión por escenificar una ruptura con el período anterior que le permitiera legitimar una suerte de refundación del país. Eso explica la exorbitancia retórica con la cual el gobierno de Macri y sus seguidores tratan todo lo realizado en los años previos.

Para los argentinos este tipo de rupturas son significativas. Por un lado, recuerdan de manera ineludible a las dictaduras militares que caracterizaron la historia de nuestro siglo XX. Todas ellas se fundaron en rupturas semejantes que se ensalzaban como un borrón y cuenta nueva, para organizar, reorganizar, refundar o recuperar una patria descarriada, pérdida, mancillada o lo que fuera. Por otro lado, el gesto parece querer re-significar ciertas circunstancias históricas muy dolorosas: el fin traumatizante del alfonsinismo a través de un golpe financiero que permitió el ascenso de Menem al poder; el trágico final del gobierno de De la Rúa, que acabó en el 2001 con el corralito, decenas de asesinatos cometidos por las fuerzas represivas del Estado, y una seguidilla de presidentes interinos que llevaron, finalmente, a la presidencia de Eduardo Duhalde y al comienzo posterior del ciclo kirchnerista.

El segundo aspecto que me interesa destacar de aquella asunción es que aquel momento marca un punto de inflexión de lo que se ha dado en llamar “la fabricación de una crisis” (la cual había comenzado mucho antes, a través de una aceitada maquinaria periodística que fue definida por una de sus plumas más influyentes, Julio Blank del diario Clarín, como "periodismo de guerra", en clara alusión al propósito destituyen del gobierno de Cristina Fernández). 

La idea de "fabricar una crisis" retoma los sabidos argumentos de Naomi Klein en La doctrina del Shock, donde se advierte que la implementación de las políticas neoliberales solo pueden realizarse en un estado de desorientación traumática de la población, fruto de una guerra, una catástrofe medioambiental, o como ocurre en Argentina actualmente, a través de la "fabricación de una crisis" que justifique los "ajustes" que caracterizan el imaginario de la razón neoliberal cuya finalidad es una transformación (entiéndase bien) no solo económica, sino también social, cultural, política e incluso espiritual de la Argentina.

El año que vivimos peligrosamente

Desde el comienzo mismo de su mandato, y a lo largo de todo el 2016, el gobierno rediseñó el campo de batalla donde desplegaría su estrategia política.

La devaluación de la moneda primero; seguida por el fin de las retenciones agropecuarias y mineras que des-financiaron al país; los despidos masivos de empleados del Estado (que dieron rienda suelta a despidos y suspensiones en el ámbito privado); la fuerte suba tarifaria de los servicios básicos de energía y agua potable; (todo ello acometido en el primer cuatrimestre de su mandato), llevaron a la ciudadanía a una crisis profunda, caracterizada por la desorientación y la incertidumbre. 

El gobierno acompañó esta operación sobre el nivel socio-económico de la sociedad con una brutal acometida contra sus imaginarios político-culturales. Atacó los símbolos e instituciones que legitimaron las bondades del ciclo anterior: derechos humanos, inclusión e igualdad. 

Las organizaciones y organismos de derechos humanos fueron ninguneados, perseguidos y estigmatizados. Las relatos significativos de la historia argentina fueron puestos en cuestión para remover los resquemores morales de una población anestesiada por el miedo y por la ira ante la implementación de un proyecto político-económico que suscita notorias remembranzas del proceso cívico-militar que costó la vida a decenas de miles de personas y arruinó la vida de otros cientos de miles de familiares y amigos y conocidos de la víctima, además de dañar profundamente el tejido social, ahora contaminado por la desconfianza, la práctica sistemática de las traiciones y la sospecha.

Mientras los derechos humanos se convirtieron en "un curro" (según la infeliz expresión del presidente) y sus referentes volvieron a ser tildadas de "locas y corruptas", el ideal de inclusión y justicia social fue refigurado. 

Ahora el ideal de la inclusión se entiende como signo de una política que promueve una moral de la vagancia y el oportunismo de las clases bajas, y una política cínica disfrazada de progresismo, que utiliza la pobreza para acceder al poder y sostenerse en él.

La igualdad, por su parte, fue rechazada como un signo de mediocridad o debilidad moral. Los pobres no solo son débiles socialmente, sino que son culpables moralmente por su pobreza. La delincuencia tiene olor a pobre, pero la pobreza no es fruto de la explotación y la desigualdad que fabrica un sistema injusto de distribución de riquezas, sino el resultado de una patología individual por parte de los individuos y sus líderes políticos. 

El pobre que elige el "cambio", elige una suerte de salvación. En este sentido, la meritocracia se convirtió en el signo de la nueva época para los simpatizantes del nuevo gobierno, lo cual ha dado lugar a una retórica arrogante que infecta los platós de televisión y las columnas de opinión. 

La justicia maldita

A este cuadro se sumó la campaña mediático-judicial contra el kirchnerismo y otros referentes asociados al imaginario kirchnerista, cuyo propósito consiste en manufacturar la figura de un "enemigo interior" que justifique la implementación de “excepcionalidades”.

Esas excepcionalidades son elocuentes: 

- Detenciones ilegales como la de Milagro Sala (estigmatizada por la prensa y el propio presidente quien la condenó por vox populi); 

- Los juicios políticos a jueces que se consideran “desviados” del nuevo catecismo (recordemos la persecución lanzada contra Gils Carbó desde la primera hora, y también la dirigida a los jueces que fallaron contra los tarifazos decretados por el Ministerio de Energía, más recientemente, la persecución a quienes fallan contra la gobernación de Buenos Aires en el marco del conflicto docente); 

- O la más diseminada imposición de un nuevo orden que recategoriza a la sociedad, cancelando la división tradicional de clases sociales para transformarla en una división de “castas morales": de un lado están los delincuentes y vagos; del otro lado, los trabajadores y puros (categoría que contiene, tanto al trabajador de las clases bajas y medias bajas recalcitrante que pide mano dura contra sus semejantes, asumiendo junto a ello una actitud xenófoba  y discriminadora contra inmigrantes o compatriotas "extranjerizados" por su apariencia, como también las categorías pretendidamente apolíticas de las clases medias que asumen una espiritualidad excarnada que milita por una transparencia cuyas opacidades están a la vista de todos, como un rey desnudo que nadie quiere mentar; o, finalmente, el especulador financiero o el rentista que sacan pecho autodenominándose "trabajadores" cuando no hace otra cosa que vivir de la renta del dinero o de la tierra). 

A través de un entramado mediático denso en términos cuantitativos, acabó de triunfar un lenguaje basado en dos principios: la frivolización de la política, ahora convertida en un rubro de las prensas rosa y amarilla; y la invisibilización concertada de los temas más calientes para el nuevo gobierno nacional.

Pese a la relevancia de denuncias contra el presidente y sus funcionarios en casos tan sonados como Panama Papers, Correo Argentino, Oderbrecht, además de los escándalos relacionados con las licitaciones y contrataciones directas con amigos y familiares del presidente, el gobierno sorteó sin mayores dificultades causas merecedoras de juicio político gracias a la domada resistencia de una oposición legislativa silenciada mediáticamente, desorientada ante el cambio de paradigma y los aprietes notorios que supuso la instalación de un nuevo sistema de inteligencia basado en la impune fabricación de causas y la revelación concertada de secretos jurídicos que pone en jaque y atemorizan a todos los hombres y mujeres públicas de la Argentina.

Sindicatos y pymes

Marzo dio comienzo a una lucha popular encarnizada ante el avance arrogante del gobierno en la implementación de su agenda neoliberal. El núcleo de esa agenda es convertir a la Argentina en un mercado competitivo. La traducción de esa competitividad es la flexibilización salarial, que se explica fácil del siguiente modo: reducción del salarios, y recorte de los derechos laborales. No hay más. 

El caso testigo (los docentes) puso en la calle a cientos de miles de trabajadores conscientes de la amenaza, y sindicatos y organizaciones combativas que exigieron un plan de lucha para frenar al gobierno antes que sea demasiado tarde. La CGT, a regañadientes, llamó a paro general para el 6 de abril entre insultos y gestos que pusieron en cuestión su legitimidad si el triunvirato no asumía la peligrosidad del momento que viven los trabajadores y actúa en consecuencia.

El gobierno, envalentonado por la demostración del 1 de abril de sus bases caceroleras de antaño, esta vez movilizadas (dicen) para apoyar una república que nadie cuestiona, y que paradójicamente mantienen viva los piquetes y las marchas opositoras, en un contexto en el cual el Congreso Nacional parece silenciado, y la Justicia da muestras claras de comportamientos ilegítimos, decidió confrontar con la protesta de manera agresiva.

Sin embargo, lo más significativo de la protesta no es la brutalidad del gobierno, sino que los sindicatos no fueron solos a la huelga general del 6 de abril. Las confederaciones de pequeños y medianos empresarios se adhirieron al paro bajando las cortinas, lo cual deja patente que el plan de ajuste y reconversión que propone el gobierno reedita para el siglo XXI las expropiaciones de tierras que Marx categorizó como acumulación originaria. 

En este caso, la expropiación es la de un mercado, que es como la tierra fértil donde crece la industria nacional, donde el trabajador argentino gana su sustento, que ahora se ve amenazado por la invasión de mercancías importadas, fabricadas con salarios de esclavos y desprotección laboral, que obliga al ciudadano argentino a convertirse en un recurso poco valuado, empujándolo indefectiblemente a la pobreza y a una vida de incertidumbre e indignidad.

World Economic Forum en Buenos Aires

La coincidencia de la huelga general con la inauguración del World Economic Forum en Buenos Aires es ilustrativa. Mientras los trabajadores expresaban con el lenguaje sindical su descontento con el rumbo del país, y otros trabajadores más combativos invadían las calles ejercitando su genuino derecho a la protesta (la cual fue reprimida brutalmente) el presidente argentino abría la reunión mofándose de los trabajadores y afirmándose en su estrategia de sordera sistemática ante el sufrimiento colectivo que ocasiona su política aparentemente errática (en lo que se refiere a estrategias puntuales), pero consecuente y rotunda en sus fines.

Las élites, atrincheradas en el Hilton, aplaudieron al presidente con entusiasmo cuando este les repitió su objetivo a largo plazo. El cambio que Macri propone no es superficial. Se trata de hacer una nueva argentina. Como Mao Tse Tung, el ideal de Macri es una "Revolución cultural" que se implementará arrancando de cuajo del alma de los argentinos aquello que consideramos el ADN de nuestra identidad colectiva.

El conservadurismo sindical 

En una muestra de estrecha perspectiva histórica, el triunvirato dejó al descubierto los extremos del desencuentro, y con ello puso de manifiesto que a la Argentina no le sirve una salida dialogada. 

Ante las críticas de izquierda que acusan a la CGT de "conservadora", Juan Carlos Schmidt contestó: 

"Si, somos conservadores. Queremos conservar nuestros convenios colectivos”. 

Y su compañero en la frágil fórmula de Unidad, Héctor Daer, decoró la visión del peronismo cegetista con una ingenuidad que desnuda sus limitaciones. El gobierno, decía Daer, no se da cuenta que el pueblo argentino tiene una larga historia sindical, que los argentinos son gente solidaria y que no puede imponer un programa como el que promueve por estas razones.

Pero la historia reciente del mundo en el que vivimos ha demostrado que la política corporativa, cuando se adueña del Estado, como lo ha hecho en Europa o en los Estados Unidos, no tiene miramientos con los sindicatos. Gremios mucho más poderosos e históricamente más relevantes que el sindicalismo argentino fueron arrasados por políticos menos atrevidos que Mauricio Macri. 

Conclusión

El mundo agro-corporativo y financiero le exige a Mauricio Macri un pueblo postrado, rendido a la lógica del mercado neoliberal. Macri les ha vuelto a prometer (mientras los trabajadores y los empresarios locales hacían una huelga general) que no hay vuelta atrás.

El conservadurismo autosatisfecho de la CGT no parece el camino para atajar el mal que nos acecha.  






domingo, 2 de abril de 2017

DEMOCRÁTICAS TODAS LAS MARCHAS



Después de un mes de marchas en las que se reprochó al gobierno su rumbo económico y su insensibilidad social, en una tarde plácida del 1 de abril, algunas decenas de miles de ciudadanos se manifestaron para apoyar al gobierno, orgullosos de las medidas de ajuste y la tenacidad de su presidente. 

El diario La Nación y otros medios afines al gobierno definieron la marcha del 1A como "sin precedentes en la historia argentina". Acompañaron la descripción con narrativas de una gesta heroica por parte de los manifestantes (vecinos de la ciudad) que se acercaron a Plaza de Mayo caminando (por su propio pie) sin autobuses que los condujeran, ni propina para la asistencia. Lo hicieron para agitar sus banderas y repudiar las marchas opositoras: esas sí, pagadas con choripan y vino por una dirigencia corrupta. 

Ya en el colmo de la discriminación, algunos comunicadores hablaron del "hartazgo de la ciudadanía", como si los únicos ciudadanos de valía (o de cuantía) fueran los reunidos en esa fecha heroica que pretendió emular un 17 de octubre despojado de signos plebeyos, y el resto mereciera el olvido, o la simple desaparición por oprobio implícito. 

La estrategia es equivocada y peligrosa. El matonismo es redundante en democracia, y los resultados de estas actitudes son, tarde o temprano, nefastos para la convivencia. 

Agitar primero acusaciones de desestabilización contra los opositores por ejercer sus genuinos derechos democráticos, y luego pretender fumar la pipa de la paz es algo que cuesta tragar para quienes consideran su dignidad democrática pisoteada por las agresiones continuas de quienes, primero los tratan como antagonistas respetables, y luego como enemigos despreciables. 

La grieta sigue profundizándose, la estigmatización y la petulancia de quienes decían ser la nueva cara de la democracia argentina parece agigantarse con el paso de los días, y el mal humor social es creciente en el otro lado de la orilla. 

Se pidió una concertación social, una mesa de diálogo donde consensuar una salida a la crisis que el propio gobierno promovió con su peculiar visión de aquello que (cree) necesitamos todos los argentinos para ser un "país normal". Pero el gobierno prefirió adoptar una retórica belicista (con los bancarios primero, con los docentes después, con los organizaciones sociales en general y las organismos de derechos humanos especialmente y, por supuesto, esa entelequia denostada que componen los K). Encaprichado con un programa de máximas que supone sacrificios desmesurados para los sectores más vulnerables de la sociedad, el presidente exige acabar con relatos que animan a los individuos a adoptar una suerte de orgullo ciudadano e identificarse con cualquier colectivo (trabajadores, docentes, universitarios o lo que fuera). Lo único que cuentan son los individuos de a pie, los cuasi-ciudadanos desvestidos de toda identificación ideológica que no sea la que el imaginario neoliberal inyecta en dosis cada vez más cuantiosas en las venas de los recalcitrantes. 

Según cuentan los cronistas, la manifestación tuvo de todo. Pero no faltaron expresiones que podríamos considerar "auto-destituyentes" (por efecto). 

La osadía de festejar desaparecidos, o la prepotencia de continuar arrogándose el derecho al privilegio del improperio desmesurado contra una dirigente política que una parte de la población (nada despreciable en términos numéricos y equivalente en derechos si hablamos de una democracia que se precie) aun sostiene como referente, son formas desmesuradas de violencia simbólica que acabarán pasándole cuentas, a mediado o largo plazo. La bronca crece. 

Obviamente, estas expresiones rabiosas no son nuevas. El odio destilado en dosis continuadas por la prensa canalla tiene su efecto, especialmente entre los más mayores y las más mayores (que se lucieron de manera destacada entre una asistencia más bien avejentada) quienes emularon (como ocurre en las reuniones de consorcios: también democráticas, pero no políticas) la gratificante tarea de despotricar enervados, evacuar frustraciones, erigirse en amo y señor en una época de la vida en la que, tal vez, por la falta de sana promiscuidad y soledad notoria, se agradece una pasión que avive el cuerpo y el alma casi extinguida. 

Pero, al final, la Argentina de todos no se reduce a banderas (que las hubo) sino a la convivencia que dicen defender cuando les cortan la calle, pero que acaban pisoteando cuando se ríen o festejan los muertos de sus enemigos o desprecian su cultura o sus derechos.