domingo, 30 de octubre de 2016

CONTINUIDADES: DEL 11-S A LA CRISIS DE REFUGIADOS


George W. Bush es informado del atque terrorista el 11 de septiembre de 2011



Hace algunos años, en la época en la cual la llamada “Guerra contra el Terror” todavía preocupaba a la opinión pública, se debatió la legitimidad de la tortura. El filósofo John Gray dio en el clavo cuando explicó que aceptar la tortura oficialmente implicaba transformar enteramente nuestros imaginarios y prácticas sociales. En breve, si la tortura era legitimada oficialmente, como pretendían algunos importantes ideólogos neo-conservadores y otros “realistas”, debíamos considerar serias transformaciones en nuestras institucionales y prácticas sociales. Gray caricaturizaba el resultado de semejante mutación diciendo que sería pertinente que nuestros médicos recibieran una educación adecuada para asistir en las cámaras de tortura a los especialistas del tema, con el fin de lograr mayor eficacia en la implementación de la tecnología en uso. De manera semejante, los niños deberían recibir en su currículo escolar la información necesaria para poder distinguir entre los usos legítimos e ilegítimos de la tortura por parte de la sociedad, e incluso debería ser promovida la práctica de la tortura como una posible vocación a la cual un niño podía ser "llamado" (como ser bombero, policía o jugador de fútbol). Los psicólogos deberían ser entrenados para asistir terapeútica y preventivamente a los torturadores. Sin hablar de la difícil tarea que supondría para los legisladores y jueces, llamados a la casuística y la prudencia quirúrgica en cada caso. Todo el tejido social se vería reconfigurado si esto ocurriera.Y la sociedad en su conjunto debía prepararse para asistir económicamente y honrar, como se hace con los bomberos, policías, artistas, científicos y deportistas destacados.

Desde el 11 de septiembre del 2011 (elegida esta fecha como símbolo inaugural del nuevo paradigma) – aunque deberíamos retrotraernos a la desaparición de la Unión Soviética como acontecimiento determinante en la cancelación efectiva, a nivel simbólico, de lo que nos diferencia a “ellos” de “nosotros” en términos morales – han ocurrido un sinnúmero de acontecimientos que han relativizado de manera creciente, e incluso socavado, nuestro compromiso con los ideales universalistas que encarnan los derechos humanos.

Quizá, el acontecimiento más catastrófico para nuestra propia auto-comprensión (desde el establecimiento de los centros de detención de Abu Ghraib y Guantánamo, y la indisimulada justificación de todos los medios al servicio de un único fin: acabar con el terrorismo yihadista) sea la respuesta que la Unión Europea está dando ante la llamada "crisis de refugiados". 

Los efectos “colaterales” de nuestra resistencia a hacernos cargo de esta crisis se están haciendo sentir de manera creciente en los cimientos morales del proyecto europeo. En muchos sentidos, la desintegración política que estamos experimentando está asociada o, más bien, se ha visto acelerada, por los temores crecientes de la sociedad civil frente a la parálisis política que ha producido el “acontecimiento” de los refugiados. La incapacidad de Europa (de sus líderes políticos y de sus intelectuales y referentes “espirituales”) de tomar cartas en el asunto de manera responsable, asumiendo – no sólo los costos materiales del desafío, sino también invirtiendo en una respuesta discursiva capaz de preservar los imaginarios que legitiman a la Unión, ha dado carta blanca a los euro-escépticos y a los más recalcitrantes en el escenario, a ganar importantes posiciones. Esto está produciendo una implosión en la frágil construcción identitaria europea.

La tibia, vacilante, contradictoria, política europea frente a la crisis de refugiados está produciendo algo análogo a lo que John Gray advertía cambiaría si nos atrevíamos a legitimar la tortura: una mutación acelerada de todas las instituciones y prácticas sociales, y su comprensión última. La agenda política, reflejada en los discursos que se entrecruzan en el esfera pública, da cuenta de una creciente polarización y radicalización en este asunto, pero lo que es más importante, una reconfiguración de las fronteras de lo posible y lo pensable moralmente por nosotros.

Fueron los acontecimientos televisados, como el ataque terrorista a las Torres Gemelas de  Nueva York, y sus réplicas en territorio europeo, los que forzaron una re-figuración de la realidad en la que vivimos. El mundo no volverá a ser el mismo - nos decíamos - después del 11-S. Pese a que, en términos objetivos, el atentado a las Torres Gemelas fue sólo uno entre otros muchos sucesos de la “Guerra” en la que han estado embarcados los Estados occidentales en su intento por mantener su hegemonía planetaria en una época global crecientemente multi-polar y excluyente. 

De manera semejante, las imágenes de los centenares de cadáveres de refugiados (entre ellos ancianos, mujeres y niños – sobre todo niños) descubiertos en las playas europeas; las  fotografías descarnadas de desplazados avanzando a través del continente en busca de socorro; las imágenes de los campos hacinados en Grecia; su represión, en países como Hungría; la visión de multitudes vociferante oponiéndose a la recepción en Alemanía; o las noticias incomprensibles de la propia legislatura danesa, oponiéndose a la implementación de una respuesta humanitaria, respetuosa de la dignidad de los solicitantes; todo esto ha convertido este momento en un umbral, del otro lado del cual, acechan los peores fantasmas de Europa. Fantasmas que la despojarán de su frágil y cuestionada legitimidad. Pese que estos acontecimientos son uno más en el entramado de relatos de injusticia de los que Europa es, en su mayor parte, principal responsable, y que explican los campos atestados de Medio Oriente, África y Asia. 

sábado, 29 de octubre de 2016

EUROPA SE MIRA EN UN CAMPO DE REFUGIADOS

Campo de refugiados en Grecia



La “crisis de refugiados” – como se la ha bautizado, ha puesto en jaque el imaginario europeo. Nadie duda (seriamente) de la responsabilidad que tiene la propia Europa (su política exterior) en las circunstancias que han suscitado la tragedia. Nadie duda tampoco que la política migratoria ha resultado un fiasco que puede llegar a convertirse en una tragedia histórica que hunda definitivamente los ideales que alguna vez alimentaron la auto-comprensión de Europa, y con ello el músculo de su Unión.

Nadie duda que la acumulación de errores en este sentido han dado lugar, y están acelerando el proceso de “desintegración” que padece la unión. El Brexit es, en parte, producto de una campaña deshonesta de los “populistas” británicos, pero fundamentalmente, es el resultado de una serie de circunstancias a la que han contribuido los tecnócratas al mando, por un lado, y los titubeos de una izquierda fantasmal, incapaz de hacerse cargo de la responsabilidad frente a una crisis que, prologándose en el tiempo, y afrontada con mano de hierro por el Bundesbank, amenazaba con destruir el frágil constructo identitario de los pueblos de Europa.

Por ese motivo, vale la pena regresar brevemente al dilema que enfrentamos sintetizando las posiciones extremas del debate implícito que subyace a la crisis de refugiados. La pregunta  es, en principio, simple y milenaria: ¿Qué es Europa?


Los pensadores más conservadores e idealistas se han desvivido por plantearla en términos abstractos de mil maneras, despojándola de las complejidades que encierra su actual encarnación contemporánea, enfatizando un legado político-cultural - de ambigua relevancia en este caso - mientras sus contrincantes en el debate desacreditan las idealizaciones restauradoras endilgándole el mote de mera ideología negacionista (en el sentido marxista del término).

Para los primeros, Europa no es un territorio, un accidente geográfico, un conjunto variopinto de poblaciones humanas asentadas en un perímetro más o menos reconocible. Por el contrario, para este primer grupo, Europa es antes que ninguna otra cosa una suerte de ideal cultural, moral y político. El cual puede ser entendido en términos soteriológicos o espirituales; o bien puede ser reducido a una elevada meta histórica intramundana cuando se practica una suerte de autocontención discursiva secular.  Europa, nos dicen, es el producto de una herencia única, la confluencia de un matrimonio – el de Atenas y Jerusalén, cuya proyección se extiende a todo lo largo y ancho del planeta. Europa está llamada a ser, en el más febril de los ensueños, la Tierra misma.

Para otros, en cambio, Europa es una suerte de “logo”, una marca registrada, detrás de la cual se esconde el capital financiero, infiltrado en el entramado político-institucional con el fin de facilitar su operatividad, quebrar las resistencias sociales que aún alimentan el anhelo de recuperación del estado de bienestar, de una política redistributiva más justa e igualitaria, y una política democrática más radical.  

La crisis de refugiados se ha convertido indudablemente en el más serio desafío a la concepción idealista de Europa, y la más nítida evidencia del carácter ideológico detrás de su retórica etnocéntrica. Sin el pretendido compromiso de modelarse a sí misma a la luz de los ideales ilustrados y los derechos humanos, Europa es simplemente “ideología”, y las políticas abocadas a su expansión y consolidación pierden toda otra legitimidad que no sea el poder mismo: la mera excepcionalidad que impone el antagonismo con otras regiones del mundo en esta lucha de civilizaciones a la que ha sido reducida la política exterior.

Por ese motivo, cuando pensamos en la crisis de refugiados, y nos detenemos ante las reacciones políticas y sociales que está suscitando a lo largo del continente el dolor y la injusticia que padecen tantos millones arrojados a un océano de vulnerabilidad; cuando constatamos que, atemorizados por la inseguridad y la escasez de la crisis económica, nos resistimos al cumplimiento de nuestras propias promesas de respeto a la humanidad y nos entregamos sin filtros a la xenofobia, el racismo y la discriminación; resulta tan perturbador. Los refugiados nos obligan a mirarnos frente al espejo. Y al hacerlo, nuestro reflejo horada la pretensión de una falsa identidad, de una historia y un destino común traicionado. No somos lo que pretendíamos ser. Y eso nos enoja y nos violenta. Todos los horrores de nuestro pasado se cristalizan en los íconos trágicos que ha ido construyendo esta crisis, todas nuestras dudas acerca de la sociedad que estamos construyendo salen a la luz como monstruos nacidos en una pesadilla.


La crisis de refugiados se ha convertido en el talón de Aquiles de la construcción europea. Sin embargo, cabe advertir que no son las “invasiones bárbaras”, los ejércitos de terroristas, las bombas en Madrid, Londres y París, las que ponen en cuestión quiénes somos, sino la dureza de nuestros corazones y las limitaciones de nuestra inteligencia que, obstinadas en el miedo, están haciendo trizas el sueño de Europa. 

P.S.

Como señala Slavoj Zizek, Europa debe asumir la responsabilidad que le cabe en la presente crisis. Y hace referencia a Jürgen Habermas, quien de manera rotunda se opone al sentimentalismo reinante. No se trata de recibir a los refugiados en casa. Se trata de que la Unión Europea, y los Estados miembros, se hagan cargo de la situación. 
El tema es cómo hacerlo, cómo organizar la operación. Lo que no podemos seguir haciendo es lavarnos las manos ante la catástrofe. Obviamente, existen diversas opciones. Una de ellas consiste en utilizar el músculo diplomático con el fin de forzar a los socios árabes más ricos a recibir un contingente de refugiados. Este se ha convertido en un argumento habitual entre los euro-escépticos. 
Sin embargo, es obvio que Europa no puede exigir algo de este estilo. Los países árabes están gobernados por crueles dictaduras que sólo se sostienen debido al lugar que ocupan en el engranaje capitalista. 
La posición de Zizek consiste en militarizar los campamentos de refugiados en Medio-Oriente, con el fin de organizar los desplazamiento de refugiados a Europa. En este sentido, la falta de asunción plena de la responsabilidad por parte de Europa, no sólo resulta problemática en términos de principios, sino que es un impedimento para la articulación de una solución práctica a un problema demasiado evidente como para poder esconderse debajo de la alfombra. 

viernes, 28 de octubre de 2016

NOSOTROS, EUROPA

Campo de refugiados en Calais

Nosotros, la Europa-condón,
La Europa de la abominación,
La Europa fea, retorcida, cretina...

La Europa escandalosa que no se avergüenza de sí misma.
La Europa soberbia y pretenciosa...

La Europa de Heidegger y otros cuantos como él:magníficos filósofos de la oscuridad que se venden en el FNAC.

La Europa que aún se dice (y se cree) "alfa y omega" de la cultura universal,
Como si no hubieran existido Auschwitz, Birkenau o Treblinka, ni sus otras vergüenzas de la humanidad...

Pero por sobre todas las cosas:
La Europa hipócrita...
Altisonante ¡eso sí!
pero hipócrita...

Racista hasta los tuétanos
Y explotadora habitual.
Que se hace llamar: 

"Defensora de los derechos humanos..."
Y se indigna gratuitamente por una dignidad que no sabe y no quiere respetar...

Ella (él), que se hizo rica justificando el saqueo con la florida retórica de la escolástica española,
que inventó la tortura inquisitorial, modernizada en Guantánamo y en Abu Ghraib,
que inventó los campos de exterminio, que luego exportó (innovadora) para deleite de su clase empresarial,
que inventó el negocio lucrativo de la esclavitud, que luego convirtió en flexibilización laboral,
que inventó la aniquilación nuclear, y la destrucción medioambiental,
y la más sofisticada y sistemática explotación infantil y sexual que se hayan conocido jamás sobre la faz de la tierra...

Ella (él), la corrupta, de pies a cabeza...
Democráticamente corrupta...
Corruptos sus políticos por exceso.
Corruptos sus ciudadanos por defecto.

Enfundada en el moralismo de los mediocres,
maniqueos, fanáticos (liberales o de otro tipo)
amantes del único y absoluto y omnipresente y omnipotente Dios-dinero...

La Europa corruptora de nuestras "almas bellas"
(latinoamericanas, africanas, asiáticas)
convertidas, en vuestros claustros y salas de lectura
en capataces coloniales al servicio de la peor barbarie que llaman "civilización".

Eso, Europa, "la civilizada".
Pero, por sobre todas las cosas:
Europa, la miedosa, acobardada,
la que aterrada se rindió al Imperio de la crueldad...
La "vieja Europa" que mentaba George W. Bush y que Mr. Obama se apuró a lustrar como un zapato...

Esa "vieja Europa" orgullosa que en aquellos días exaltados de protestas contra la Guerra de Irak nos hizo soñar que éramos otros que nosotros mismos,
pero en los que acabamos descubriendo que éramos los de siempre:
La Europa colaboracionista (al mejor estilo francés).

La Europa de los académicos,
de los intelectuales,
de los científicos,
de los cineastas,
de los periodistas,
de los artistas,
de los poetas de entrecasa
y terremotos en el living-room.

Ay, Europa del ajuste,
de la austeridad,
del hambre,
de la miseria,
de la tristeza,
de la angustia como política cultural.


Ay, Europa de las dos velocidades
que supo reinventar su estandarte
para convertirlo en símbolo de la desigualdad
de la tiranía y el egoismo institucional.

La Europa restauradora.
Al final, siempre triunfadora,
pese a los titubeos y las vacilaciones y las bellas maneras de esa otra "europa",
pequeña, minúscula, soñadora, bondadosa,
que duerme con la cabeza apoyada
en los laureles cosechados en sus mejores días de glorias estéticas...

Ay, Europa de los PIGS y los barking dogs...
Europa de la derecha militante "a diestra y siniestra",
Europa fascista, pero también socialista, comunista y ecologista

¡Me da igual! Es solo Europa: 
la vieja, cansada y explotadora Europa,
sofisticadamente distraída,
y vulgarmente inocente...
La Europa de siempre...

¡Aquí estamos!

jueves, 20 de octubre de 2016

NI UNA MENOS

Marcha en la ciudad de Buenos Aires
El machismo no se cambia de un día para el otro. Necesitamos toda una vida para dejar de ser machistas.
No se deja de ser machista sólo por fuerza de voluntad. Necesitamos estrategias pedagógicas, necesitamos prácticas, necesitamos instituciones. 
No dejo de ser machista por haber puesto un “me gusta” en mi muro. 
Yo soy machista, pero estoy convencido que no debería serlo. La pregunta es ¿Qué voy a hacer para dejar de ser machista? 
Lo primero es estar atento a mis propias perspectivas y actitudes machistas. Tengo que verme con claridad, sacarme la máscara y trabajar con ello. 
Porque estoy condicionado a serlo, porque he sido educado para serlo, porque mis amigos son machistas, porque consumo publicidad para machistas, porque me informo a través de machistas, porque estoy inmerso en un universo de lenguajes y gestos machistas. 
Entonces, decir "No" a la discriminación de género, decir No al machismo, decir No a todas las formas de violencia que ejercemos contra las mujeres consiste en asumir un compromiso. 
Los compromisos son promesas que nos hacemos a nosotros mismos y a los otros. Esa promesa consiste en ser uno mismo a la luz de la mirada del otro. En este caso, las otras son ustedes (las mujeres) las que nos están mirando. 
Ayer salieron a la calle y nos dijeron muy claro a nosotros (los varones): ¡Ni una Menos!, y pusieron al descubierto nuestra hipocresía. 

sábado, 15 de octubre de 2016

LA JUSTICIA COMO ESPECTÁCULO


Esta es una de las entrevistas más interesantes que se han hecho en los últimos tiempos. Y lo es porque pone en cuestión muchas cosas: el entramado comunicacional, la complicidad judicial, la connivencia política, la verdad sobre la verdad misma que se construye a espaldas del ciudadano para "manufacturar" el sentido común que nos domina, el poder como dispositivo burocrático para la creación de la verdad, y muchas otras cosas.

Probablemente, quienes ya tienen tomadas decisiones acerca de todos los asuntos habidos y por haber, que se entregan con fruición al pandemonio mediático que todo lo embarra y lo corrompe (vean sino lo que está ocurriendo con Lula en Brasil, después del escándalo que supuso la destitución golpista de Dilma), ni siquiera se tomarán el trabajo de verla, o - peor aún - me acusarán por publicarla señalándome como un "fanático K" (Ka de kirchnerista, no de kafkiano que vendría más al caso). 

Comienzo, por lo tanto, advirtiendo: de ninguna manera tomo posición, ni defiendo a Lázaro Baez (aún no condenado por ningún tribunal), ni nada por el estilo, que sería tanto como meterme dentro de un burro y decir "te quiero". 



Después de todo, ¿cómo podría hacerlo si sólo conozco lo que me muestran los medios de comunicación? ¿En qué cabeza entra, en los tiempos que corren, con organizaciones como Wikileaks que nos des-burran de nuestras ingenuidades más arraigadas, o los Snowden, que han abierto un agujero negro desvelando lo que todos sabíamos: que en la diplomacia estadounidense no se puede confiar ni un poquito, como informan todos los documentos desclasificados de los últimos cien años que ponen de manifiestos la complicidad con todos los crímenes, también habidos y también por haber? Nadie en su sano juicio puede a esta altura creer lo que los medios de comunicación tienen para contarnos, y mucho menos los epítetos y adjetivaciones a las que son proclives a la hora de tratar a sus enemigos. Y si uno decide creer, cabe preguntarse qué quiere, qué busca, adónde piensa trepar repitiendo verdades que pecan de mentiras. Eso es , sencillamente, ideología. 



El caso Baez, mal que nos pese, no es territorio conocido. Con cada informe que se produce en la prensa oficialista, se oscurece un poco más el orden de la verdad. Todo lo que sabemos es lo que dicen que dicen otros, a quienes sabemos comprometidos por intereses que los descalifican como árbitros imparciales.



Por esa razón, para cumplir con el mandato constitucional y de universal relevancia que es la "igualdad ante la ley", dejamos estos "juicios" en manos de la justicia. 



Pero ocurre que hemos dejado de confiar en la justicia y en quienes la encarnan. Es más, podemos decir que, si teníamos dudas, ahora parecen habernos fallado definitivamente. Prácticamente en todas las causas que han quedado en sus manos, las suspicacias tienen más peso que las investiduras, y esto debido, entre otras cosas, porque la porosidad y la sumisión del poder judicial al poder mediático es notoria y, por ello, vergonzosa. 

Por esa razón creo que vale la pena escuchar y reflexionar sobre los argumentos que ofrece Rusconi en la causa que se ha convertido en el alfa y omega, el paradigma último, la encarnación de la corrupción en la Argentina. 



Siempre son bienvenidas las de-construcciones, las des-mitificaciones, los exorcismos a nuestras "supersticiones". Puede que Baez sea el monstruo corrupto que la prensa hegemónica nos pinta, o puede que no sea lo que dicen. Lo importante es que tengamos elementos suficientes para poder protegernos de la manipulación concertada que se ejerce sobre nosotros. Por eso los invito a escuchar esta entrevista, aunque más no sea para entender que el estado de derecho no puede ejercerse desde los plató de televisión, los micrófonos radiales y las columnas de opinión de los diarios hegemónicos. 

Como señala Rusconi, necesitamos investigar. Pero también necesitamos "jueces y fiscales que tengan las espaldas para llevar las causas" que les tocan, con la independencia (no sólo del poder político, sino también del poder mediático que enardece a los ciudadanos, regresándonos a regímenes inquisitoriales como en el que estamos viviendo) y la valentía que muy pocos demuestran en su quehacer cotidiano y en su "faranduleo" creciente. 

Otro giro interesante en la entrevista ocurre cuando Rusconi define ciertas formas procesales (la aplicación de la prisión preventiva en el caso que le compete, por ejemplo) como nuevas formas, análogas a la tortura de antaño, utilizadas para arrancar de los imputados confesiones u otros objetivos semejantes, no con el propósito de clarificar la verdad, sino con el fin de lograr impacto político-mediático. La figura del "arrepentido" es un punto importante a considerar. Algunos casos sonados de los últimos meses muestran la fragilidad de dicha figura cuando la justicia se encuentra inmersa en un proceso de disolución debido a su exposición a la lógica del raiting del espectáculo. 

Después de tantos años de mistificación del caso Baez, de tantas horas televisivas dedicadas a la cuestión, de tantas puestas en escena (¿Recuerdan las excavaciones en medio de la nada que protagonizó el fiscal Marijuán?) escuchar al abogado defensor de Baez, quien fuera Fiscal General de la Nación, admirado en ese momento por su integridad profesional, da que pensar. Y pensar es lo que tenemos que hacer en tiempos de oscuridad.

Repito: con esto no quiero "sentenciar" la inocencia o culpabilidad de nadie. En todo caso, quiero poner en el tapete una idea (para la mayoría evidente) que la democracia argentina (como otras democracias actuales) se encuentra transitando horas aciagas. 



La democracia no se reduce al ejercicio electoral. Incluye además la división e independencia de los poderes. Cuando el poder de los individuos se encuentra coartado en lo que respecta a su derecho al acceso a una información confiable; cuando la mediación discursiva desarma y coloniza la subjetividad ciudadana; cuando el derecho a la pluralidad de voces se ve mermado debido al inmenso poder corporativo, el cual, aliado con el poder político (tanto en su esfera ejecutiva, como judicial en este caso) ahoga el pensamiento crítico, y acorrala a las voces disidentes, entonces la democracia se convierte únicamente en el nombre de una "liturgia de legitimación", y no una forma de vida: libre, igualitaria y solidaria, expresada en los modos de participación ciudadana que hace del pueblo el conductor de su propio destino, y no un espectador pasivo de eso que, algunas vez, se llamó "la sociedad del espectáculo". 

viernes, 14 de octubre de 2016

¿A QUIÉN PERTENECE LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA?



La imagen que encabeza este post es el satélite espacial lanzado por la empresa estatal ARSAT.
El actual gobierno argentino, entre muchas otras medidas en desmedro de los esfuerzos realizados en los últimos años en esta materia, pretende reducir la inversión presupuestaria en ciencia y tecnología. 23.000 científicos y estudiantes han firmado hasta el momento un manifiesto y han convocado una movilización al congreso para oponerse al giro político que se pretende.

Frente a esta situación y la alarma que ha suscitado, el Ministro Lino Barañao (ex Ministro de ciencia, tecnología e innovación productiva durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, y actual ministro del gobierno de Mauricio Macri) acude a la inversión privada en busca de ayudas con vacilantes razones.

Pero, ¿qué puede significar esta movida?

Simple: los "privados" fijarán las prioridades, establecerán los objetivos, y la ciencia y la tecnología (una vez más) se pondrá al servicio de la ambición de los poderosos (que no tienen patria, ni lealtad hacia nadie) y no al servicio de la necesidad de los que menos tienen. Se repartirán los logros del esfuerzo colectivo de los últimos años, y los publicitarán como producto exclusivo de su esfuerzo, riesgo e innovación.

No nos olvidemos, la ciencia y la tecnología en Argentina es el producto de un enorme esfuerzo colectivo, nos pertenece a todos. Como las universidades públicas, que tanto denigran, las cuales son el gran motor de la movilidad social. No dejemos que nos las roben.
Miles de estudiantes, cuyos padres apenas si habían podido acabar la escuela primaria, se introdujeron en el sistema de educación universitaria. Pero nuestros antagonistas dicen que nuestras universidades públicas están politizadas. La respuesta es esta: ¡faltaba menos!, hay que defenderlas de quienes pretenden tener la hegemonía cultural. Luchemos a favor de la educación pública universal y su autonomía.

Si todavía no te diste cuenta, se llama "ideología". Ellos tienen la suya. La nuestra no es la felicidad frívola que festejan las élites en desmedro de las grandes mayorías. Para nosotros el cambio no puede ser un retroceso, tiene que traducirse en nuevas oportunidades para todos, inclusión. El actual modelo es de exclusión, miseria y privilegio para unos pocos.

Nuestros antagonistas aplican la vieja receta depredadora de siempre y la ocultan bajo eslóganes pegadizos que sólo intentan ponerte de rodillas.
Cuando dicen "sinceramiento" quieren decir "baja la cabeza y acepta lo que tienes y quién manda".

Cuando dicen "meritocracia" quieren decir que los mejores asientos están reservados para ellos, para sus hijos y sus amigos.

Por eso tenemos que reinventar la retórica del amor y la justicia. Hay que reinventar la retórica de un país en el que "la patria es (y siga siendo) el otro", y no una jungla de tristeza, violencia y muerte como a la que parecen querer conducirnos, en parte, para facilitar el proceso de saqueo. No olviden que en todos los rincones del planeta, la estrategia de las grandes corporativas comienza con un política de Shock que paraliza a la población, y luego la somete a un programa de recuperación en la que se regala la soberanía por migajas de promesas.

Por otro lado, no queremos la felicidad hueca que se mira el ombligo, la estrategia de un individualismo sofisticado que trueca el bienestar colectivo, por pseudo-milagrosas correcciones en la psiquis de los individuos para convertirlas en "almas buenas", pero inútiles.

Por supuesto, todo esto no significa defender lo indefendible del pasado. Todo lo contrario. Pero tampoco significa renunciar a lo que nos hizo bien, como individuos y como sociedad. No hay que tirar el bebé con el agua de la bañera. Sino discriminar qué es lo que queremos defender, a posteriori extender, y consolidar.

Finalmente: la grieta es un hecho global, no la ignoremos, ni pretendamos que es un problema local fruto de nuestra idiosincracia. En todos lados, el 1% pretende someter y explotar al 99% restante. Ellos dicen que la responsabilidad es de los populistas de izquierda que le hacen creer a la gente que tienen derechos que no son razonables.

Por lo tanto, la grieta es un hecho: "acá y en la china" - como se decía cuando era chico.

miércoles, 12 de octubre de 2016

VIGILAR Y CASTIGAR: SOBRE ESPIONAJES Y OTROS ESCRACHES.


Mensaje dirigido a exkirchneristas, pejotistas Pro, radicales neoliberales y socialistas travestidos del "Tiempo nuevo" y otros amigos que se dicen "equidistantes". 






Esta semana comenzó a desvelarse públicamente algo que todos sabíamos. El gobierno nacional, a través de la AFI, espía ilegalmente las cuentas privadas de periodistas críticos. Esta es solo la punta del Iceberg de una práctica habitual de la política PRO, cuyo esfuerzo más notorio consiste en perseguir mediática y judicialmente, de manera parcial y partidista, a opositores y críticos.

Con ello se pone de manifiesto: 


(1) La enorme apuesta del gobierno de Cambiemos por controlar y manipular las redes sociales (el porcentaje presupuestario dedicado a estos asuntos ha crecido exponencialmente y la preocupación por la comunicación es un síntoma de esta obsesión);

(2) El empeño por silenciar a críticos y opositores por medio de una aceitada "política de medios" dirigida a desacreditar de manera sistemática y encarnizada a cualquiera que alce su voz contra la actual implementación de medidas regresivas (se escudriña en el pasado, o simplemente se lo inventa o distorsiona, se lo echa sobre la mesa pública sin escrúpulos, se manufactura el odio, como en el pasado, pero ahora con la totalidad del aparato gubernamental y mediático en sus manos).

(3) La embestida legislativa y judicial dirigida a la re-monopolización de la esfera pública, con el objetivo de desarmar y amedrentar narrativamente y reprimir violentamente a la sociedad civil (la política de medios favorece la continuidad del "periodismo de guerra", que ahora se ha convertido en "vigilancia y represión 'en tiempos de guerra'": la figura de "traición a la patria reflotada judicialmente por letrados y jueces fanáticos que la utilizan en el llamado "caso Nisman" es una ilustración de ello).

(4) La implementación de una gestión disuasoria contra los agentes políticos “recalcitrantes” que enfrentan la actual política antipopular del gobierno, haciéndolos "desaparecer" por medio de campañas mediáticas de descrédito, judicializando sus opiniones, el empleo patoteril de las fuerzas de seguridad o la delincuencia común (como en el caso de la jueza Martina Forns en el que se unió la parcialidad político-judicial con una notoria discriminación de género), con el fin de imponer una única voz, un "pensamiento único" - como solía decirse en los noventa - entre fiscales, jueces, dirigentes, periodistas y otros actores claves de la sociedad civil.

(5) Finalmente, la obsesión patológica por acabar con el llamado "pasado K" y todo lo que esté asociado a la cultura nacional y popular - reiteración miope del inútil atraco a la memoria colectiva que supuso la mal llamada "Revolución Libertadora". Y el empeño por reescribir la historia, en un esfuerzo "negacionista" por hacer desaparecer las huellas del horror en la propia genealogía del PRO, heredero "secularizado" de dictaduras y políticas antidemocráticas, hoy legítima manifestación de las derechas argentinas a través del voto popular, que ahora intenta arraigarse en la consciencia colectiva, más allá de la fortuna que supuso el 1% que le dio la victoria, gracias al rejunte de radicales empedernidos con su gorilismo, socialistas despechados y pejotistas ofendidos, en una época de "ruido y furia" política, de avanzada neoliberal y neoconservadora en todo el continente y el mundo.

La detención ilegal de la dirigente social Milagros Sala y otros miembros de la Tupac-Amaru;
La implementación de una política tarifaria arbitraria y confiscatoria de los servicios básicos, y el aumento exponencial de la pobreza, especialmente la pobreza infantil, con casos ilustrativos de la gravedad del asunto en términos de mortalidad infantil y el aumento de la delincuencia juvenil.
La creciente represión policial sobre los movimientos sociales y la exacerbación discriminatoria de las fuerzas de seguridad con los pobres;
La completa indiferencia del Estado Nacional frente a la explotación indiscriminada de los recursos naturales del país y los daños ecológicos, como en el caso de la contaminación reiterada e impune de la Barrick Gold.

Todo esto, acompañado por una estrategia cuyo objetivo consiste en: (i) desorientar a la población, promocionando sus más bajos instintos por medio de la incansable exacerbación de conflictos internos; (ii) mantener a la opinión pública en la superficie de sus emociones: el miedo, la frustración y la bronca; (iii) facilitando de este modo la reimplantación de políticas que creíamos superadas de manera definitiva: (a) la remilitarización del espacio público; (b) el regreso oficial de la CIA y la DEA (justificado por la amenaza terrorista y el narcotráfico) al aparato represivo local; (c) la subordinación de las políticas sociales, económicas y políticas locales a los mandatos de los organismos multilaterales como el FMI o el Banco Mundial.

Todo esto obstaculiza cualquier articulación crítica que pueda traducirse en formas de resistencia popular a las políticas de saqueo, las cuales, a todas luces, están siendo acompañadas por una gestión eugenésica de la pobreza y un recorte acelerado de los derechos civiles, políticos, socio-económicos y medioambientales.

Ejemplos paradigmáticos de estos retrocesos en el ámbito de los Derechos humanos son:

Muchos lo señalan desde hace meses. Los argentinos están im-plosionando (explotando hacia adentro), con el resultado previsible que supone la creciente asunción de discursos anti-garantistas, xenófobos, que animan a la mano dura y al gatillo fácil, a la justicia por mano propia (lo cual ha desembocado en numerosos linchamientos que el propio Presidente justifica en una muestra evidente de ligereza moral o amoralidad manifiesta).

Muchos amigos y colegas, críticos frente a las políticas del actual gobierno, quienes habían estado denunciando atropellos e ilegalidades, se han visto obligados a "retirarse" de las redes sociales. Prefieren mantenerse en el anonimato ahora que los cuadros políticos (otrora opositores) se han dado la vuelta de manera oportunista y han decidido unirse a los festejos del saqueo.

Sabemos que somos espiados, que somos incluidos en listas negras, que nuestras opiniones son archivadas con el fin de asegurar que, llegado el caso, podamos ser denunciados, desprestigiados, y desacreditados ad-hominem.

Espero que seamos conscientes que Argentina (América Latina en su mayor parte) está viviendo otra vuelta de tuerca de la época de "El silencio es salud" que hizo celebre la dictadura militar.

No es exagerada la afirmación del presidente Correa cuando señalaba, hace unas pocas semanas, que estamos viviendo una nueva versión del “Plan Cóndor” en nuestra región.

Tampoco es banal afirmar que las reacciones del pueblo argentino en mucho se asemejan a las que tuvo en el pasado más negro de su historia: en muchos casos indiferencia, y en otros, complicidad explícita.

Por supuesto, en el marco sofisticado que facilitan las nuevas tecnologías, la muerte física es traducida en muerte civil y política, y en linchamiento mediático-judicial.

En síntesis, este momento comparte con los noventa el "tufo" neocolonialista y neoliberal que caracterizó al menemismo, y el alcahueteo indecente que hizo trepar a muchos civiles, cuyos hijos ocupan puestos destacados en la actual administración, a las alturas privilegiadas que vehiculó la cúpula militar.

El macrismo exige sacrificios indecentes a quienes quieren entrar en su fiesta. Los aspirantes (otrora kirchneristas, pejotistas, radicales o socialistas) son alistados, luego pasados por la sedazo de la humillación que supone toda "traición pública" a las propias convicciones anteriores. Para sellar el pacto, se les exige muestras evidentes de crueldad que en su mayor parte ejercen sin sonrojarse. Como todo en el espacio PRO del "sinceramiento" promovido por su "neolengua", la representación es burda, con rasgos de grotesca obscenidad.

Pese a las declaraciones rimbombantes, los defensores de la actual política desprecian a la "Argentina profunda", a su gente y a su historia de pasiones y resistencias ante la injusticia. Son el relevo en nuestra narración nacional, de los personajes más siniestros de nuestro panteón, y ejemplos criollos de una fealdad universal.

domingo, 2 de octubre de 2016

UN PAÍS HORRIBLE





Mientras el Fondo Monetario Internacional (FMI) y otros organismos multilaterales elogian las decisiones de la actual conducción política del país; mientras Míster Obama y sus enviados especiales se deshacen en gestos que buscan legitimar dichas decisiones; mientras la prensa corporativa internacional festeja al unísono las “potenciales” oportunidades de negocios que promueve el nuevo gobierno al reducir salarios, liberalizar la economía, flexibilizar el empleo y asegurar un aparato represivo que eluda las desagradables sorpresas que supone una sociedad descontenta; mientras los capitanes del mundo empresarial y los ejecutivos de las corporaciones multinacionales no dejan de satisfacer la demanda oficialista de dar señales de esperanzas a una población atormentada por el desplome de sus ingresos y la disolución de su horizonte existencial; una parte nada desdeñable (y creciente) de la ciudadanía cree que Argentina se ha convertido en un país “horrible”.

El discurso de la “pesada herencia” está dejando de producir el efecto deseado. Para muchos, ha pasado de ser la pretendida descripción del “estado de la cuestión” (un supuesto diagnóstico) para convertirse en una retórica fácil con el fin de sacarse de encima responsabilidades.

Por supuesto, la estrategia enerva, tensa los conflictos, y enroca a los entrevistados y oradores en los foros públicos en la cueva de sus propias subjetividades, cegándolos ante el desatino que suponen la mayoría de sus medidas desde la perspectiva popular. La gente está triste, y aunque se siente impotente, tiene bronca. La tristeza y la bronca pueden ser malas consejeras, especialmente cuando quedan acorraladas por una coyuntura feroz, depredadora. El conflicto social está a las puertas. No es inteligente seguir alimentando la desgracia, a menos que uno esté dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias. La recientes muertes por mano propia, y la indiferencia ante la multiplicación de ollas populares, demuestran que este gobierno no le tiene miedo al descontento y la rabia, habiendo apostado a un aparato represivo blindado por los bajos instintos de un cuerpo mediático que ha dejado de lado toda deontología periodística.
El viento ya no es de cola. No nos impulsa la coyuntura internacional. En un navío conducido con fiereza por piratas de estirpe corporativa, animada por una banda de liberales resentidos y vengativos ante cualquier gesto que consideren “populista”, o haga referencia vaporosa a la noción de “justicia social”, la calma chicha en la que estamos estancados sólo puede dar lugar a una estrategia eugenésica (hay que deshacerse del peso muerto, la parte de la población que no sirve).

Los pobres se irán pudriendo en su propio caldo de pobreza, justificados por una supuesta estructura social que se asume como rasgo natural en nuestras latitudes. Ninguna decisión política del gobierno debe ser interpretada como causalmente conectada con los resultados maquillados en las estimaciones actuales. Macri insiste: “yo no hice nada”, pese a que todo el espectro mediático-institucional lo aplaude por sus medidas “revolucionarias”. ¿Hizo o no hizo algo este gobierno? En el colmo del cinismo, el gobierno se ufana de su “sinceridad”, pero se niega a hacerse cargo del 20% consumido del mandato que le fue delegado.

Como en otras épocas, la naturalización de la pobreza y su curva ascendente, (después de una década de recuperación sostenida – innegable, excepto para ideólogos maliciosos - y los esfuerzos para evitar el retroceso de se recuperación a través de medidas de redistribución de mediano impacto) tiene el objetivo de allanar la liberalización de la economía, la concentración del capital, el desguace del estado. Objetivos que sólo pueden ser realizados por medio de un brutal aparato mediático-represivo (el cual está tomando creciente impulso) y que recuerda las peores épocas de nuestra historia nacional.

Repito, para quienes no forman parte de la ecuación que propone el salvajismo del capitalismo de los actuales hacedores de la política nacional, el país se ha vuelto “horrible”. Quienes no forman parte de esa ecuación son muchos: como mínimo, según las estimaciones, 1 de cada 3 argentinos (aunque muchos creen que el número está maquillado), y 1 de cada 2 niños de nuestro país.

Mientras tanto, vuelve la frivolidad, el faranduleo en todos los escenarios de la vida nacional. El “noventismo” está a tope. El presidente baila la cumbia, se saca fotos en un colectivo trucho, y hace gala de su estilo “cool” repitiendo las barbaridades de una sociedad desquiciada, como si se tratara de una sabiduría milenaria. Como señaló Beatriz Sarlo en un reportaje reciente, los comentarios de Macri suelen mostrar a un hombre con escasa densidad ética.

Lo cierto es que sus “retiros espirituales” colectivos, parecen estar dedicados enteramente a interpretar la medición de imagen y diseñar estrategias que atenacen la subjetividad de la población, y no a reflexionar sobre las consecuencias reales de las políticas implementadas. El macrismo es la manifestación desquiciada del emotivismo que explica su atractivo. Una sociedad posmoderna, mediatizada hasta en sus junturas, sólo puede responder a la emoción que produce la velocidad que impone el mercado de la comunicación. El macrismo es producto de ese tiempo, y lo demuestra cuando manifiesta su obsesión por el "minuto a minuto", el rating de la emoción social. El presidente y sus ministros y sus funcionarios periodísticos diseminados por el entramado informativo-recreacional no le hablan a la historia, porque creen o (quizá) saben, que no habrá historia, que todo dura lo que dura el presente de una emoción. De este modo, la población (ya no la ciudadanía que decide su futuro) se ve atrapada en la paradoja que expone un relato que la interpreta para sujetarla y convertirla a una fe que le es, cuando menos, adversa, sino francamente antagonista.

Mientras tanto, como un condimento recomendado en los manuales milenarios de la mal llamada “política maquiavélica”, que el gobierno y su horda funcionarial y periodística practica con desvergüenza, la venganza se ha convertido en el motor infame de la cultura local. El linchamiento mediático está a la orden del día. La credibilidad de la justicia se deteriora sin que esto haga mella en su efectividad perniciosa, incluso cuando sólo se manifiesta como vociferación mediática sin sustento legal. La arbitrariedad y parcialidad funcionarial tan evidente que cuesta trabajo siquiera hablar de ello, como si la desnudez del rey fuera al fin de cuentas la seña de identidad de la lealtad que exige el cambio.

Por estos y otros motivos, Argentina se ha convertido en pocos meses en un país horrible, donde su gente festeja con el asentimiento moralista de la prensa y la horda, la justicia por mano propia, y es testigo impávido del hundimiento de las condiciones de supervivencia y dignidad de sus congéneres y compatriotas.

Pero quienes hoy sostienen embelesados el relato M, serán mañana los protagonistas de otros relatos en los que aparecerán “malos, feos y sucios” en sus entrañas. Sin embargo, lo preocupante es que se ha perdido todo embarazo. Como el presidente golpista Michel Temer afirmó en estas horas: “A mi no me importa la popularidad”.

Como los malvados con los cuales nos hemos familiarizado a través de las historias de superhéroes, si hay algo que emparenta a muchos de estos hombres de hoy es su desprecio por la opinión moral de sus contemporáneos y el cinismo evidente que practican sistemáticamente ante el sufrimiento de sus congéneres. En los países horribles que imaginan, la población “sobrante” debe ser cercada y sometida, sus representantes políticos linchados en la arena pública y encarcelados, en nombre de una verdad que hace de la pobreza y la injusticia social parte ineludible de nuestra naturaleza socio-biológica.

Desde la perspectiva ideológica del PRO, como otras políticas de su estirpe, la caridad es un lujo que puede ser ejercitado discrecionalmente. El bienestar y la dignidad no son derechos inalienables del ser humano. Son metas utópicas, en un proyecto distópico, que maquillan con la oratoria de la crueldad que sostiene el afán de avaricia de quienes la implementan, en su propio nombre, o en nombre de otros.