domingo, 30 de octubre de 2016

CONTINUIDADES: DEL 11-S A LA CRISIS DE REFUGIADOS


George W. Bush es informado del atque terrorista el 11 de septiembre de 2011



Hace algunos años, en la época en la cual la llamada “Guerra contra el Terror” todavía preocupaba a la opinión pública, se debatió la legitimidad de la tortura. El filósofo John Gray dio en el clavo cuando explicó que aceptar la tortura oficialmente implicaba transformar enteramente nuestros imaginarios y prácticas sociales. En breve, si la tortura era legitimada oficialmente, como pretendían algunos importantes ideólogos neo-conservadores y otros “realistas”, debíamos considerar serias transformaciones en nuestras institucionales y prácticas sociales. Gray caricaturizaba el resultado de semejante mutación diciendo que sería pertinente que nuestros médicos recibieran una educación adecuada para asistir en las cámaras de tortura a los especialistas del tema, con el fin de lograr mayor eficacia en la implementación de la tecnología en uso. De manera semejante, los niños deberían recibir en su currículo escolar la información necesaria para poder distinguir entre los usos legítimos e ilegítimos de la tortura por parte de la sociedad, e incluso debería ser promovida la práctica de la tortura como una posible vocación a la cual un niño podía ser "llamado" (como ser bombero, policía o jugador de fútbol). Los psicólogos deberían ser entrenados para asistir terapeútica y preventivamente a los torturadores. Sin hablar de la difícil tarea que supondría para los legisladores y jueces, llamados a la casuística y la prudencia quirúrgica en cada caso. Todo el tejido social se vería reconfigurado si esto ocurriera.Y la sociedad en su conjunto debía prepararse para asistir económicamente y honrar, como se hace con los bomberos, policías, artistas, científicos y deportistas destacados.

Desde el 11 de septiembre del 2011 (elegida esta fecha como símbolo inaugural del nuevo paradigma) – aunque deberíamos retrotraernos a la desaparición de la Unión Soviética como acontecimiento determinante en la cancelación efectiva, a nivel simbólico, de lo que nos diferencia a “ellos” de “nosotros” en términos morales – han ocurrido un sinnúmero de acontecimientos que han relativizado de manera creciente, e incluso socavado, nuestro compromiso con los ideales universalistas que encarnan los derechos humanos.

Quizá, el acontecimiento más catastrófico para nuestra propia auto-comprensión (desde el establecimiento de los centros de detención de Abu Ghraib y Guantánamo, y la indisimulada justificación de todos los medios al servicio de un único fin: acabar con el terrorismo yihadista) sea la respuesta que la Unión Europea está dando ante la llamada "crisis de refugiados". 

Los efectos “colaterales” de nuestra resistencia a hacernos cargo de esta crisis se están haciendo sentir de manera creciente en los cimientos morales del proyecto europeo. En muchos sentidos, la desintegración política que estamos experimentando está asociada o, más bien, se ha visto acelerada, por los temores crecientes de la sociedad civil frente a la parálisis política que ha producido el “acontecimiento” de los refugiados. La incapacidad de Europa (de sus líderes políticos y de sus intelectuales y referentes “espirituales”) de tomar cartas en el asunto de manera responsable, asumiendo – no sólo los costos materiales del desafío, sino también invirtiendo en una respuesta discursiva capaz de preservar los imaginarios que legitiman a la Unión, ha dado carta blanca a los euro-escépticos y a los más recalcitrantes en el escenario, a ganar importantes posiciones. Esto está produciendo una implosión en la frágil construcción identitaria europea.

La tibia, vacilante, contradictoria, política europea frente a la crisis de refugiados está produciendo algo análogo a lo que John Gray advertía cambiaría si nos atrevíamos a legitimar la tortura: una mutación acelerada de todas las instituciones y prácticas sociales, y su comprensión última. La agenda política, reflejada en los discursos que se entrecruzan en el esfera pública, da cuenta de una creciente polarización y radicalización en este asunto, pero lo que es más importante, una reconfiguración de las fronteras de lo posible y lo pensable moralmente por nosotros.

Fueron los acontecimientos televisados, como el ataque terrorista a las Torres Gemelas de  Nueva York, y sus réplicas en territorio europeo, los que forzaron una re-figuración de la realidad en la que vivimos. El mundo no volverá a ser el mismo - nos decíamos - después del 11-S. Pese a que, en términos objetivos, el atentado a las Torres Gemelas fue sólo uno entre otros muchos sucesos de la “Guerra” en la que han estado embarcados los Estados occidentales en su intento por mantener su hegemonía planetaria en una época global crecientemente multi-polar y excluyente. 

De manera semejante, las imágenes de los centenares de cadáveres de refugiados (entre ellos ancianos, mujeres y niños – sobre todo niños) descubiertos en las playas europeas; las  fotografías descarnadas de desplazados avanzando a través del continente en busca de socorro; las imágenes de los campos hacinados en Grecia; su represión, en países como Hungría; la visión de multitudes vociferante oponiéndose a la recepción en Alemanía; o las noticias incomprensibles de la propia legislatura danesa, oponiéndose a la implementación de una respuesta humanitaria, respetuosa de la dignidad de los solicitantes; todo esto ha convertido este momento en un umbral, del otro lado del cual, acechan los peores fantasmas de Europa. Fantasmas que la despojarán de su frágil y cuestionada legitimidad. Pese que estos acontecimientos son uno más en el entramado de relatos de injusticia de los que Europa es, en su mayor parte, principal responsable, y que explican los campos atestados de Medio Oriente, África y Asia. 

3 comentarios:

lanagloria dijo...

La guerra crea la fantasía del poder, aniquilar al otro, ignorando sus cimientos para la propia aniquilación.

lanagloria dijo...

La guerra crea la fantasía del poder, aniquilar al otro, ignorando sus cimientos para la propia aniquilación

Gorka dijo...

Los medios con la sobreexposición de las tragedias con poco discurso crítico, están contribuyendo a una insensibilidad social, de que es algo inevitable, como el hambre,
las epidemias y demás catástrofes globales enviadas por la naturaleza o el cielo.
La estrategia del miedo como elemento dominador tantas veces utilizada para contener las demandas sociales, lleva al individuo ha encerrarse en su celda de "seguridad" esperando que a él no le toque.
Mientras no comprendamos la afectación para todos de estos mecanismos de manipulación que sólo conducen a la insolidaridad y contribución del sufrimiento general, no tendremos las fuerzas éticas suficientes para hacerle frente al dominio del terror.
Si existe una salvación posible, sólo puede ser la de todos !