sábado, 15 de octubre de 2016

LA JUSTICIA COMO ESPECTÁCULO


Esta es una de las entrevistas más interesantes que se han hecho en los últimos tiempos. Y lo es porque pone en cuestión muchas cosas: el entramado comunicacional, la complicidad judicial, la connivencia política, la verdad sobre la verdad misma que se construye a espaldas del ciudadano para "manufacturar" el sentido común que nos domina, el poder como dispositivo burocrático para la creación de la verdad, y muchas otras cosas.

Probablemente, quienes ya tienen tomadas decisiones acerca de todos los asuntos habidos y por haber, que se entregan con fruición al pandemonio mediático que todo lo embarra y lo corrompe (vean sino lo que está ocurriendo con Lula en Brasil, después del escándalo que supuso la destitución golpista de Dilma), ni siquiera se tomarán el trabajo de verla, o - peor aún - me acusarán por publicarla señalándome como un "fanático K" (Ka de kirchnerista, no de kafkiano que vendría más al caso). 

Comienzo, por lo tanto, advirtiendo: de ninguna manera tomo posición, ni defiendo a Lázaro Baez (aún no condenado por ningún tribunal), ni nada por el estilo, que sería tanto como meterme dentro de un burro y decir "te quiero". 



Después de todo, ¿cómo podría hacerlo si sólo conozco lo que me muestran los medios de comunicación? ¿En qué cabeza entra, en los tiempos que corren, con organizaciones como Wikileaks que nos des-burran de nuestras ingenuidades más arraigadas, o los Snowden, que han abierto un agujero negro desvelando lo que todos sabíamos: que en la diplomacia estadounidense no se puede confiar ni un poquito, como informan todos los documentos desclasificados de los últimos cien años que ponen de manifiestos la complicidad con todos los crímenes, también habidos y también por haber? Nadie en su sano juicio puede a esta altura creer lo que los medios de comunicación tienen para contarnos, y mucho menos los epítetos y adjetivaciones a las que son proclives a la hora de tratar a sus enemigos. Y si uno decide creer, cabe preguntarse qué quiere, qué busca, adónde piensa trepar repitiendo verdades que pecan de mentiras. Eso es , sencillamente, ideología. 



El caso Baez, mal que nos pese, no es territorio conocido. Con cada informe que se produce en la prensa oficialista, se oscurece un poco más el orden de la verdad. Todo lo que sabemos es lo que dicen que dicen otros, a quienes sabemos comprometidos por intereses que los descalifican como árbitros imparciales.



Por esa razón, para cumplir con el mandato constitucional y de universal relevancia que es la "igualdad ante la ley", dejamos estos "juicios" en manos de la justicia. 



Pero ocurre que hemos dejado de confiar en la justicia y en quienes la encarnan. Es más, podemos decir que, si teníamos dudas, ahora parecen habernos fallado definitivamente. Prácticamente en todas las causas que han quedado en sus manos, las suspicacias tienen más peso que las investiduras, y esto debido, entre otras cosas, porque la porosidad y la sumisión del poder judicial al poder mediático es notoria y, por ello, vergonzosa. 

Por esa razón creo que vale la pena escuchar y reflexionar sobre los argumentos que ofrece Rusconi en la causa que se ha convertido en el alfa y omega, el paradigma último, la encarnación de la corrupción en la Argentina. 



Siempre son bienvenidas las de-construcciones, las des-mitificaciones, los exorcismos a nuestras "supersticiones". Puede que Baez sea el monstruo corrupto que la prensa hegemónica nos pinta, o puede que no sea lo que dicen. Lo importante es que tengamos elementos suficientes para poder protegernos de la manipulación concertada que se ejerce sobre nosotros. Por eso los invito a escuchar esta entrevista, aunque más no sea para entender que el estado de derecho no puede ejercerse desde los plató de televisión, los micrófonos radiales y las columnas de opinión de los diarios hegemónicos. 

Como señala Rusconi, necesitamos investigar. Pero también necesitamos "jueces y fiscales que tengan las espaldas para llevar las causas" que les tocan, con la independencia (no sólo del poder político, sino también del poder mediático que enardece a los ciudadanos, regresándonos a regímenes inquisitoriales como en el que estamos viviendo) y la valentía que muy pocos demuestran en su quehacer cotidiano y en su "faranduleo" creciente. 

Otro giro interesante en la entrevista ocurre cuando Rusconi define ciertas formas procesales (la aplicación de la prisión preventiva en el caso que le compete, por ejemplo) como nuevas formas, análogas a la tortura de antaño, utilizadas para arrancar de los imputados confesiones u otros objetivos semejantes, no con el propósito de clarificar la verdad, sino con el fin de lograr impacto político-mediático. La figura del "arrepentido" es un punto importante a considerar. Algunos casos sonados de los últimos meses muestran la fragilidad de dicha figura cuando la justicia se encuentra inmersa en un proceso de disolución debido a su exposición a la lógica del raiting del espectáculo. 

Después de tantos años de mistificación del caso Baez, de tantas horas televisivas dedicadas a la cuestión, de tantas puestas en escena (¿Recuerdan las excavaciones en medio de la nada que protagonizó el fiscal Marijuán?) escuchar al abogado defensor de Baez, quien fuera Fiscal General de la Nación, admirado en ese momento por su integridad profesional, da que pensar. Y pensar es lo que tenemos que hacer en tiempos de oscuridad.

Repito: con esto no quiero "sentenciar" la inocencia o culpabilidad de nadie. En todo caso, quiero poner en el tapete una idea (para la mayoría evidente) que la democracia argentina (como otras democracias actuales) se encuentra transitando horas aciagas. 



La democracia no se reduce al ejercicio electoral. Incluye además la división e independencia de los poderes. Cuando el poder de los individuos se encuentra coartado en lo que respecta a su derecho al acceso a una información confiable; cuando la mediación discursiva desarma y coloniza la subjetividad ciudadana; cuando el derecho a la pluralidad de voces se ve mermado debido al inmenso poder corporativo, el cual, aliado con el poder político (tanto en su esfera ejecutiva, como judicial en este caso) ahoga el pensamiento crítico, y acorrala a las voces disidentes, entonces la democracia se convierte únicamente en el nombre de una "liturgia de legitimación", y no una forma de vida: libre, igualitaria y solidaria, expresada en los modos de participación ciudadana que hace del pueblo el conductor de su propio destino, y no un espectador pasivo de eso que, algunas vez, se llamó "la sociedad del espectáculo". 

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