«SIN NOVEDAD EN EL FRENTE OCCIDENTAL». TRUMP Y MILEI SE COMPROMETEN A AVANZAR EN LA DIVISIÓN INTERNACIONAL DEL TRABAJO

 La división internacional del trabajo se reorganiza en América Latina. Washington recupera el control estratégico del petróleo venezolano mediante acuerdos con el Gobierno de Delcy Rodríguez. Argentina pone sus recursos minerales a disposición de grandes inversiones internacionales vinculadas a los intereses estadounidenses. El Salvador recibe deportados de Estados Unidos para recluirlos en sus cárceles de máxima seguridad. Costa Rica participa en la recepción de migrantes expulsados del territorio estadounidense. El continente no solo suministra materias primas: también asume funciones de control migratorio y seguridad que Washington desplaza fuera de sus fronteras.

Israel amplía su influencia regional en estrecha alianza con Estados Unidos. En abril de 2026, Javier Milei y Benjamin Netanyahu anunciaron los Acuerdos de Isaac, destinados a extender la cooperación política, militar, tecnológica y comercial israelí a otros países latinoamericanos, siguiendo el modelo de los Acuerdos de Abraham promovidos por Trump. En Colombia, el Gobierno de Abelardo de la Espriella acaba de restablecer el acuerdo comercial con Israel y trasladar su embajada a Jerusalén, revirtiendo la ruptura diplomática impulsada por Gustavo Petro en 2024. Como señalé recientemente, la competencia geopolítica con China también se libra en el terreno cultural y religioso, mediante redes de influencia cuyos antecedentes se remontan a la Guerra Fría.[1]

El próximo 25 de octubre, la segunda vuelta de las elecciones brasileñas podría ampliar este bloque de alianzas. Flávio Bolsonaro disputa la presidencia a Lula da Silva. Una victoria bolsonarista acercaría políticamente a Washington a la mayor economía sudamericana, miembro de los BRICS y socio comercial estratégico de China. Brasil ocupa además una posición decisiva por sus recursos energéticos, minerales y capacidades industriales.

La reorganización hemisférica abarca así mucho más que el comercio. Comprende el abastecimiento de recursos, las inversiones, las alianzas militares, el control migratorio y las redes de influencia política y cultural. Bajo nuevas condiciones tecnológicas y geopolíticas reaparecen las viejas relaciones de poder entre el centro y la periferia.

El Estado regresa, aunque nunca se había marchado

En un artículo publicado en junio de 2026, Evgeny Morozov describe una transformación del capitalismo estadounidense. Detrás de las extravagancias de Donald Trump se despliega una estrategia relativamente coherente: reconstruir el poder industrial, militar y tecnológico de Estados Unidos mediante una intervención estatal cada vez más directa.[2]

El Pentágono ya no se limita a adquirir armamento. Participa en la financiación de empresas, la selección de inversiones y la reorganización de cadenas de suministro. Fondos privados, corporaciones tecnológicas y organismos públicos intervienen conjuntamente para asegurar la supremacía estadounidense frente a China.

La novedad no es la intervención estatal. Como recuerda Morozov, el Estado estadounidense siempre desempeñó un papel fundamental en el desarrollo tecnológico y militar. Lo significativo es que ahora reivindica abiertamente funciones de planificación que durante décadas permanecieron disimuladas bajo la retórica del libre mercado.

La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 confirma esta orientación. Washington declara prioritaria la recuperación de su capacidad industrial y reivindica explícitamente un «corolario Trump» a la Doctrina Monroe. América Latina aparece como un espacio estratégico donde asegurar recursos, limitar la influencia de competidores extrarregionales y favorecer la expansión empresarial estadounidense.[3]

La paradoja resulta evidente: la potencia que durante décadas promovió la liberalización económica considera ahora indispensable recuperar instrumentos de intervención estatal para proteger su soberanía industrial.

Milei y la libertad de mercado

Mientras Trump reivindica la intervención estatal para reconstruir capacidades productivas, Javier Milei proclama las virtudes de la desregulación, la apertura económica y la iniciativa privada.

Sin embargo, la contraposición es engañosa. Milei tampoco prescinde del Estado. Lo utiliza para establecer condiciones jurídicas, tributarias y cambiarias extraordinarias, favorables a las grandes inversiones.

El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), establecido mediante la Ley 27.742, constituye su principal instrumento. Concede beneficios fiscales y aduaneros, garantiza estabilidad normativa durante treinta años y establece una liberación progresiva de las obligaciones de ingreso y liquidación de divisas provenientes de las exportaciones.[4]

No estamos ante la desaparición del Estado, sino ante una reorientación de sus capacidades. Mientras Washington interviene para fortalecer sectores estratégicos nacionales, Buenos Aires organiza un régimen especial de garantías e incentivos para grandes inversores.

La diferencia reside en los objetivos que cada Estado prioriza, las condiciones que impone al capital y las capacidades productivas que intenta desarrollar.

Los minerales críticos y la complementariedad estratégica

La articulación entre ambas políticas aparece expresamente reconocida en los acuerdos bilaterales.

El instrumento sobre minerales críticos firmado el 4 de febrero de 2026 relaciona la demanda industrial y las capacidades estadounidenses de almacenamiento estratégico con el RIGI argentino. Ambos gobiernos proponen coordinar financiación pública y privada, facilitar proyectos mineros y desarrollar cadenas de suministro destinadas a tecnologías avanzadas y de defensa.[5]

Un día después, ambos países firmaron un acuerdo comercial y de inversiones que incorpora disposiciones sobre minerales críticos, seguridad económica, tecnología y cooperación regulatoria.[6]

La lógica de esta articulación es evidente: Estados Unidos procura asegurar recursos indispensables para su desarrollo industrial y militar; Argentina ofrece condiciones favorables para las inversiones capaces de suministrarlos.

La articulación entre ambas políticas refuerza una división internacional del trabajo en la que los recursos estratégicos argentinos se integran en cadenas productivas orientadas por las necesidades industriales estadounidenses. La extracción y la exportación adquieren prioridad sobre la construcción de capacidades tecnológicas e industriales propias.

La persistencia de la dependencia

Un informe de la CEPAL publicado en 2025 permite situar estas preguntas en perspectiva histórica.[7]

América Latina posee importantes reservas de minerales necesarios para la transición energética y las tecnologías contemporáneas. Sin embargo, aproximadamente el 62 % de sus exportaciones de minerales críticos entre 2019 y 2023 correspondió a productos sin procesamiento o con refinación básica.

La abundancia de recursos naturales no garantiza diversificación industrial, aprendizaje tecnológico ni desarrollo de capacidades productivas nacionales.

La CEPAL insiste en la necesidad de articular la inversión extranjera con políticas industriales, desarrollo de proveedores, investigación y fortalecimiento institucional.

El problema, por tanto, no consiste simplemente en determinar quién invierte ni cuánto capital ingresa, sino qué estructura económica resulta de esas inversiones.

Una economía puede incrementar sus exportaciones y conservar simultáneamente una posición subordinada en las cadenas internacionales de valor.

Sin novedad en el frente occidental

De este modo, la aparente contradicción entre Trump y Milei adquiere otra significación.

El nacionalismo económico estadounidense y el liberalismo argentino desempeñan funciones complementarias dentro de una reorganización internacional de la acumulación. Mientras Washington fortalece sus capacidades industriales, financieras y tecnológicas, Buenos Aires establece condiciones privilegiadas para las inversiones que contribuyen a asegurar los suministros estratégicos de la potencia norteamericana. Los acuerdos bilaterales sobre minerales críticos formalizan esta articulación entre ambas políticas.

La reorganización impulsada por Washington reproduce las asimetrías entre centro y periferia que Raúl Prebisch identificó en 1949 y que las teorías latinoamericanas de la dependencia analizaron posteriormente. La integración en el mercado mundial, lejos de garantizar el desarrollo de las capacidades productivas de las economías periféricas, consolida su subordinación dentro de la división internacional del trabajo.[8]

La competencia con China, la inteligencia artificial y los minerales críticos introducen transformaciones profundas. Pero la reorganización tecnológica no elimina las asimetrías históricas entre quienes controlan las actividades estratégicas y quienes suministran los recursos que las posibilitan.

La ironía es que Estados Unidos recupera la intervención estatal porque considera que el libre mercado no garantiza su soberanía económica, mientras sus aliados latinoamericanos utilizan el poder del Estado para abrir sus economías, garantizar condiciones privilegiadas a los inversores extranjeros y poner sus recursos estratégicos a disposición de las necesidades industriales estadounidenses. La ideología neoliberal revela aquí su carácter instrumental: el libre mercado se invoca para justificar la apertura de unas economías, mientras la intervención estatal se utiliza para asegurar la acumulación de capital en otras. Esta misma lógica opera dentro de los países centrales, donde la liberalización y la intervención pública no constituyen principios incompatibles, sino instrumentos que pueden alternarse o combinarse para favorecer la acumulación y preservar el poder económico de las clases dominantes.

En el frente occidental están ocurriendo muchas cosas. Las tecnologías cambian, los gobiernos se suceden y las alianzas se rompen o se renuevan. Sin embargo, bajo estas transformaciones persiste una vieja división internacional del trabajo: unos Estados aseguran su soberanía económica y geopolítica mediante la apropiación de los recursos y el control de los territorios de otros, subordinando sus poblaciones a las necesidades de su propia acumulación de capital.

Notas

[1] Gobiernos de Argentina e Israel (2026, 19 de abril). Joint Declaration of the Governments of Argentina and Israel. Declaración constitutiva de los Acuerdos de Isaac. Documento oficial.

[2] Morozov, E. (2026, junio). «Cuando el Estado estratega fusiona defensa, capital-riesgo e inteligencia artificial». Le Monde diplomatique, edición española.

[3] The White House (2025). National Security Strategy of the United States of America, especialmente pp. 13–19. Documento oficial.

[4] República Argentina (2024). Ley 27.742, Ley de Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos. Título VII, arts. 183, 193, 198 y 201. Texto oficial.

[5] República Argentina y Estados Unidos (2026, 4 de febrero). Marco para Garantizar el Suministro en la Minería y el Procesamiento de Minerales Críticos, art. 2. Cancillería argentina.

[6] United States Trade Representative (2026, 5 de febrero). Agreement between the United States of America and the Argentine Republic on Reciprocal Trade and Investment, secciones 3–5. Documento oficial.

[7] CEPAL (2025). Inversión extranjera directa en la minería y potencial de los minerales críticos en América Latina y el Caribe. Claves de la CEPAL para el desarrollo, n.º 23. Documento completo.

[8] Prebisch, R. (1949). El desarrollo económico de la América Latina y algunos de sus principales problemas. Comisión Económica para América Latina (CEPAL), Naciones Unidas, documento E/CN.12/89. Santiago de Chile. Texto completo disponible en el repositorio institucional de la CEPAL: https://repositorio.cepal.org/handle/11362/30088

ÉTICA O GEOPOLÍTICA. LA COMUNIDAD BUDISTA FRENTE AL GENOCIDIO EN GAZA

Hay circunstancias en las que una tradición queda expuesta a sus propios criterios morales. No porque sus principios se modifiquen, sino porque deben aplicarse fuera de las condiciones en las que fueron originalmente formulados. Gaza constituye uno de esos momentos para el budismo contemporáneo.

La ofensiva israelí posterior al 7 de octubre de 2023 no comenzó en un vacío histórico, como explica la propaganda israelí. En 1948, alrededor de 750.000 palestinos perdieron sus hogares y medios de vida. Hoy, alrededor de 5,9 millones de refugiados palestinos reciben ayudas de UNRWA [1]. Desde 1967, Israel ocupa Cisjordania y Jerusalén Este. En julio de 2024, la Corte Internacional de Justicia consideró ilegal la presencia continuada de Israel en el territorio palestino ocupado y señaló, entre otras cosas, la expansión de asentamientos, las confiscaciones de tierras, el desplazamiento forzoso y las medidas discriminatorias aplicadas a la población palestina [2].

En diciembre de 2024, Amnistía Internacional concluyó que Israel había cometido y continuaba cometiendo genocidio contra la población palestina de Gaza. Su informe documentó asesinatos de civiles, destrucción de infraestructura, desplazamiento forzoso, restricciones de agua, alimentos, energía y ayuda humanitaria, y analizó conjuntamente esas prácticas y las declaraciones de dirigentes israelíes [3].

El acceso independiente a Gaza ha estado además severamente restringido. Israel ha impedido durante la guerra la entrada libre de periodistas internacionales, de modo que gran parte de la documentación ha dependido de periodistas palestinos que trabajaban dentro del territorio. En junio de 2026, el Committee to Protect Journalists había verificado 209 periodistas y trabajadores de medios muertos por fuerzas israelíes en Gaza y centros de detención israelíes desde octubre de 2023 [4]. Tras revisar su propia base de datos, CPJ seguía señalando en septiembre de 2026 que las fuerzas israelíes eran responsables de la gran mayoría de los periodistas muertos en Israel y los territorios palestinos desde 2023 [5].

La controversia reciente en torno al documental NAZA permite observar otro aspecto de este problema. Dirigido por los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, el documental recoge testimonios procedentes del propio aparato militar y de inteligencia israelí sobre los procedimientos utilizados para seleccionar objetivos en Gaza y calcular anticipadamente las víctimas civiles, definidas mediante el acrónimo NAZA como «daños colaterales». Como explicaron recientemente los directores en una entrevista a The Guardian, el documental reconstruye un sistema en el que el número previsto de civiles muertos forma parte del propio procedimiento de selección y autorización de los ataques [6]. La película recibió el Premio Especial del Jurado en Venecia en septiembre de 2026 [7]. La respuesta política dentro de Israel fue inmediata. El ministro de Cultura, Miki Zohar, anunció que intentaría retirar la ciudadanía israelí a Abraham y Szor y los acusó de traición. Benjamin Netanyahu calificó la película de intolerable [8]. La controversia resulta significativa porque muestra que la discusión sobre Gaza no se refiere únicamente a los hechos, sino también a las condiciones bajo las cuales esos hechos pueden ser investigados y expuestos públicamente.

En este contexto apareció, en 2024, el texto de Bhikkhu Bodhi No Time for Silence. Bodhi es monje theravāda, uno de los principales traductores contemporáneos del canon pali y una figura reconocida del budismo estadounidense. Es también de origen judío. Su crítica estaba dirigida a su propia comunidad. Desde las primeras semanas de la ofensiva había buscado declaraciones de maestros, centros y publicaciones budistas sobre Gaza. Encontró algunas excepciones. Lo que predominaba, según su relato, era el silencio [9].

Bodhi observaba además una diferencia entre la base de practicantes y los dirigentes institucionales. Una petición por un alto el fuego redactada junto con Alan Senauke obtuvo cerca de dos mil firmas en pocas semanas, pero Bodhi seguía constatando una fuerte reticencia entre maestros y responsables budistas a intervenir públicamente.

Pocos meses después apareció Gaza: Calling for a Dharma Response, una publicación colectiva de maestros, monásticos, dirigentes de sanghas y practicantes. Su introducción señalaba expresamente que el silencio de maestros y centros había dejado a muchos miembros de las comunidades budistas sintiéndose abandonados. La publicación se proponía responder a ese silencio y al quietismo que identificaba dentro de las instituciones del Dharma [10].

La cuestión planteada por Bodhi era doctrinal además de política. En su interpretación, la ecuanimidad no exige suspender el juicio moral. Puede coexistir con la compasión y con una acción destinada a impedir o corregir un daño. Esta observación resulta relevante porque parte del lenguaje utilizado por las comunidades budistas ante conflictos políticos suele recurrir precisamente a la ecuanimidad, el diálogo, la superación del odio y la necesidad de evitar la polarización.

El contraste con la actividad política de las instituciones tibetanas en el exilio es claro. Durante décadas, la Administración Central Tibetana, el Parlamento Tibetano en el Exilio y las Oficinas del Tíbet han buscado activamente apoyo internacional para denunciar las políticas chinas en Tíbet. Su trabajo incluye contactos con gobiernos, parlamentos y organizaciones internacionales. La Oficina del Tíbet en Washington declara entre sus funciones movilizar a los poderes ejecutivo y legislativo de Estados Unidos y Canadá en favor de la resolución de la cuestión tibetana [11]. La Oficina para América Latina establece como misión equivalente movilizar a los poderes ejecutivos y legislativos de los gobiernos latinoamericanos [12].

No se trata, por tanto, de instituciones que hayan entendido tradicionalmente la práctica budista como retirada de la política. La defensa de los derechos humanos, la libertad religiosa, la preservación cultural y la no violencia ha sido una parte central de su actividad pública. En 2025 y 2026, el Parlamento Tibetano continuó desarrollando campañas de presión política, reuniones con parlamentarios y llamamientos a gobiernos extranjeros para obtener apoyo a la causa tibetana [13].

La diferencia con Gaza es visible. En la documentación institucional tibetana pública revisada desde octubre de 2023 no hemos encontrado una movilización comparable respecto de la población palestina. Esto no significa que no hayan existido pronunciamientos individuales de practicantes o maestros tibetanos. Cuando aparecen, sin embargo, pueden adoptar la forma de declaraciones generales que eluden la atribución de responsabilidades. Es el caso del propio Dalái Lama. En marzo de 2025 manifestó su tristeza por el sufrimiento de los inocentes en Gaza y llamó al diálogo y la negociación. Un año después volvió a referirse a los conflictos de Oriente Medio reclamando diálogo, diplomacia y respeto mutuo [14] [15]. En ninguno de los dos pronunciamientos menciona al gobierno israelí ni atribuye responsabilidad alguna por las matanzas y la destrucción de Gaza.

El contraste resulta todavía más significativo si atendemos al lenguaje utilizado para referirse al propio Tíbet. Cuando se trata de la situación tibetana, tanto el Dalái Lama como las instituciones del exilio identifican actores, describen políticas concretas, atribuyen responsabilidades y formulan demandas políticas precisas. No se limitan a reclamar genéricamente diálogo, paz o consideración mutua entre las partes. La diferencia no consiste, por tanto, en que el budismo tibetano rechace por principio la atribución política de responsabilidades, sino en que esa atribución aparece con claridad cuando se trata del Tíbet y desaparece cuando se trata de Gaza.

La situación geopolítica del exilio ayuda a entender el contexto de esta diferencia. Las instituciones tibetanas expresan regularmente su gratitud a India, Estados Unidos, Europa y Japón por el apoyo recibido desde 1959. En julio de 2025, el Parlamento Tibetano en el Exilio agradeció explícitamente a esos gobiernos y sociedades más de seis décadas de asistencia humanitaria, apoyo político y ayuda para preservar la identidad religiosa y cultural tibetana [16]. En junio de 2026, la presidenta del Parlamento volvió a agradecer al gobierno estadounidense su apoyo sostenido y destacó específicamente la relación de USAID con la Administración Central Tibetana [17].

La relación no es solo simbólica. En noviembre de 2024, USAID, The Tibet Fund y la Administración Central Tibetana pusieron en marcha conjuntamente un programa de cinco años destinado a reforzar la resiliencia económica, social y cultural de las comunidades tibetanas en India y Nepal [18]. India, por su parte, sigue siendo el espacio territorial fundamental del exilio tibetano y alberga sus principales instituciones políticas, educativas y religiosas.

Estas dependencias no permiten establecer una explicación causal del silencio sobre Gaza. Pero sí permiten situarlo dentro de una estructura concreta de relaciones políticas. Las instituciones tibetanas dependen para su continuidad de Estados que desempeñan un papel central en su protección internacional y que mantienen sus propias alianzas e intereses en Oriente Medio. Esa situación constituye el contexto material en el que se producen tanto sus declaraciones como sus silencios.

Existe además una particularidad histórica propia del sistema tibetano. Durante casi cuatro siglos, la autoridad política y espiritual estuvieron reunidas en la institución del Dalai Lama. El actual Dalai Lama renunció formalmente a su autoridad política en 2011 y transfirió esas responsabilidades a dirigentes elegidos democráticamente. Él mismo describió entonces el gobierno personal de una autoridad religiosa como anacrónico y defendió la separación entre liderazgo espiritual y responsabilidad política [19].

La democratización institucional es un hecho. Sin embargo, también lo es la persistencia de una estrecha relación simbólica entre autoridad religiosa, identidad nacional y representación política. La propia Oficina del Tíbet en América Latina se define simultáneamente como representación del Dalai Lama y de la Administración Central Tibetana. Entre sus funciones figuran tanto la difusión de sus compromisos espirituales como la movilización política en favor de Tíbet y el fortalecimiento de relaciones con centros budistas tibetanos [12].

Para los practicantes occidentales esta superposición plantea un problema. La recepción del budismo tibetano llegó acompañada, en muchos casos, de una determinada comprensión de la historia política tibetana. La solidaridad con Tíbet, la denuncia de la represión china y la autoridad espiritual de los maestros quedaron estrechamente asociadas. La separación formal entre religión y política producida en 2011 no elimina automáticamente esa configuración cultural.

El fenómeno resulta especialmente visible hoy en América Latina. Entre junio y septiembre de 2025, una delegación de monjes de Drepung Loseling, acompañada por representantes de la Oficina del Tíbet, recorrió Brasil, Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica y México. La gira visitó veintiuna ciudades y combinó enseñanzas, ceremonias, actividades culturales y presencia institucional [20].

La propia Oficina del Tíbet afirma que uno de sus objetivos en la región es obtener apoyo de gobiernos y parlamentos latinoamericanos para la causa tibetana [12]. Este despliegue coincide con un momento de creciente competencia entre Estados Unidos y China en América Latina. Un informe del Congressional Research Service de mayo de 2026 señala que la segunda administración Trump convirtió el hemisferio occidental en una prioridad de política exterior y de defensa y reforzó explícitamente los esfuerzos destinados a limitar la influencia china y rusa en la región [21].

De esto no se sigue que el trabajo tibetano en América Latina sea una prolongación automática de la política estadounidense. Lo que pone de manifiesto es que se desarrolla dentro de un escenario en el que la cuestión tibetana posee también un valor geopolítico en la competencia entre Washington y Pekín. En América Latina, este contexto tiene además una historia específica. Durante la Guerra Fría, iniciativas religiosas, educativas y humanitarias procedentes de Estados Unidos se superpusieron con frecuencia con los objetivos de su política exterior. La historiografía ha documentado, por ejemplo, la estrecha relación entre sectores del evangelicalismo estadounidense, el anticomunismo y la acción del Departamento de Estado en la región. Billy Graham y otros dirigentes evangélicos presentaban públicamente sus misiones como religiosas, mientras mantenían contactos con responsables estadounidenses y participaban de un lenguaje común sobre democracia, libertad religiosa y anticomunismo [22].

Iván Illich había advertido antes sobre un problema semejante desde dentro del catolicismo. Su crítica a los programas misioneros norteamericanos en América Latina señalaba que la presencia religiosa podía funcionar, incluso sin una coordinación política directa, como vehículo de valores, modelos sociales y formas de autoridad procedentes de Estados Unidos [23]. En otros términos, estudios posteriores han mostrado también cómo el crecimiento de las redes evangélicas estadounidenses en América Latina quedó ligado a circuitos de política exterior, derechos humanos, anticomunismo y poder transnacional [24].

Brasil ofrece un caso ejemplar. Las relaciones entre organizaciones religiosas conservadoras brasileñas y estadounidenses tienen una historia larga y documentada. Esas redes no pueden reducirse a una operación dirigida desde Washington, pero tampoco pueden separarse completamente de la circulación hemisférica de recursos, organizaciones, discursos y proyectos políticos [25]. En ese marco, el actual despliegue tibetano en América Latina merece ser observado no solo como expansión religiosa o cultural, sino también como una presencia que se inserta en un espacio históricamente atravesado por la relación entre misión, influencia cultural y política internacional.

Para un practicante budista contemporáneo, estos elementos pueden distinguirse. La práctica religiosa, la solidaridad con el pueblo tibetano, la posición política de la Administración Central Tibetana y las alianzas internacionales de esa administración no son la misma cosa. Tampoco existe una razón doctrinal por la que deban ser asumidas conjuntamente.

El problema planteado por Gaza puede formularse entonces de manera bastante simple. Las instituciones budistas y tibetanas han desarrollado durante décadas un lenguaje público sobre compasión, no violencia, derechos humanos y responsabilidad internacional. También han reclamado que gobiernos y sociedades extranjeras apliquen esos principios al caso tibetano. Ante Gaza, parte de esas mismas instituciones ha mostrado una respuesta muy limitada y precavida que pone en duda su ecuanimidad.

La contradicción no necesita exagerarse. Basta con exponerla. Si los principios invocados en defensa de Tíbet son universales, su alcance no depende del lugar en que se produzca la violencia, ni de la identidad del Estado responsable. Gaza permite observar hasta qué punto esa universalidad se mantiene cuando entra en contacto con las alianzas, dependencias y condiciones políticas reales de las instituciones que la proclaman.

Referencias

[1] United Nations Relief and Works Agency for Palestine Refugees in the Near East. (s. f.). Palestine refugees. UNRWA. https://www.unrwa.org/palestine-refugees

[2] International Court of Justice. (2024, 19 de julio). Summary of the Advisory Opinion of 19 July 2024: Legal consequences arising from the policies and practices of Israel in the Occupied Palestinian Territory, including East Jerusalem. https://www.icj-cij.org/node/204176

[3] Amnesty International. (2024, 5 de diciembre). Amnesty International investigation concludes Israel is committing genocide against Palestinians in Gaza. https://www.amnesty.org/en/latest/news/2024/12/amnesty-international-concludes-israel-is-committing-genocide-against-palestinians-in-gaza/

[4] Committee to Protect Journalists. (2026, 25 de junio). CPJ undertakes review of its documentation of journalists killed in Israel-Gaza war since 2023. https://cpj.org/2026/06/cpj-undertakes-review-of-its-documentation-of-journalists-killed-in-israel-gaza-war-since-2023/

[5] Committee to Protect Journalists. (2026, 24 de septiembre). CPJ completes review of journalists killed in Israel and the Occupied Palestinian Territory. https://cpj.org/2026/09/cpj-completes-review-of-journalists-killed-in-israel-and-the-occupied-palestinian-territory/

[6] Brooks, X. (2026, 11 de septiembre). ‘They know the house they are bombing is full of children’: NAZA’s directors on their devastating film about Israeli intelligence. The Guardian. https://www.theguardian.com/film/2026/sep/11/naza-directors-film-israeli-intelligence-rachel-szor-yuval-abraham-

[7] La Biennale di Venezia. (2026, 12 de septiembre). Official awards of the 83rd Venice International Film Festival. https://www.labiennale.org/en/news/official-awards-83rd-venice-international-film-festival

[8] RTVE.es. (2026, 13 de septiembre). Israel amenaza con retirar la ciudadanía a los directores del documental ‘Naza’, premiado en Venecia. https://www.rtve.es/noticias/20260913/ministro-cultura-israeli-amenaza-con-retirar-ciudadania-a-directores-del-documental-naza-premiado-venecia/17223333.shtml

[9] Bodhi, B. (2024, 29 de julio). No time for silence. One Earth Sangha. https://oneearthsangha.org/articles/no-time-for-silence/

[10] Sacred Justice Coalition. (2024, 27 de abril). Gaza: Calling for a Dharma Response [Webzine]. https://alokavihara.org/wp-content/uploads/2024/05/Gaza-Calling-for-a-Dharma-Response-updated-april-27-2024.pdf

[11] Office of Tibet. (s. f.). Office mission and role. https://tibetoffice.org/office-mission-and-role

[12] Oficina del Tíbet para América Latina. (s. f.). Misión y rol. https://spanish.tibetoffice.org/about/mision-y-rol

[13] Tibetan Parliament-in-Exile. (2026, 10 de marzo). Statement of the Tibetan Parliament-in-Exile on the commemoration of the 67th anniversary of the Tibetan National Uprising. Central Tibetan Administration. https://tibet.net/statement-of-the-tibetan-parliament-in-exile-on-the-commemoration-of-the-67th-anniversary-of-the-tibetan-national-uprising/

[14] Dalai Lama. (2025, 14 de marzo). A prayer for peace. The Office of His Holiness the Dalai Lama. https://www.dalailama.com/news/a-prayer-for-peace

[15] Dalai Lama. (2026, 31 de marzo). Message. The Office of His Holiness the Dalai Lama. https://www.dalailama.com/news/message

[16] Tibetan Parliament-in-Exile. (2025, 6 de julio). Statement of the Tibetan Parliament-in-Exile on the occasion of the commemoration of the 90th birthday of His Holiness the Great 14th Dalai Lama. Central Tibetan Administration. https://tibet.net/statement-of-the-tibetan-parliament-in-exile-on-the-occasion-of-the-commemoration-of-the-90th-birthday-of-his-holiness-the-great-14th-dalai-lama/

[17] Tibetan Parliament-in-Exile. (2026, 23 de junio). Speaker Dolma Tsering Teykhang meets US Embassy delegation. https://tibetanparliament.org/speaker-dolma-tsering-teykhang-meets-us-embassy-delegation/

[18] Central Tibetan Administration. (2024, 25 de noviembre). Five-year programme to strengthen economic, social, and cultural resilience of Tibetan communities in India and Nepal launched. https://tibet.net/five-year-programme-to-strengthen-economic-social-and-cultural-resilience-of-tibetan-communities-in-india-and-nepal-launched/

[19] Dalai Lama. (2011, 19 de marzo). His Holiness the Dalai Lama’s remarks on retirement. The Office of His Holiness the Dalai Lama. https://www.dalailama.com/the-dalai-lama/biography-and-daily-life/retirement/retirement-remarks

[20] Central Tibetan Administration. (2025). His Holiness the Dalai Lama’s 90th birthday celebrated across Latin America. https://tibet.net/his-holiness-the-dalai-lamas-90th-birthday-celebrated-across-latin-america/

[21] Congressional Research Service. (2026, 26 de mayo). U.S. foreign policy in the Western Hemisphere: Issues for Congress (R48960). https://www.everycrsreport.com/reports/R48960.html

[22] Kirkpatrick, D. C. (2023). The Latin American bullring: US evangelicals and the reception of anti-Protestant violence from Cold War Colombia. Journal of American Studies, 57(4), 513–539. https://doi.org/10.1017/S0021875823000257

[23] Illich, I. (1967, 21 de enero). The seamy side of charity. America. https://www.americamagazine.org/from-our-archives/1967/01/21/seamy-side-charity/

[24] Lahr, A. M. (2007). Putting the trumpet to their lips. In Millennial dreams and apocalyptic nightmares: The Cold War origins of political evangelicalism (pp. 75–100). Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/acprof:oso/9780195314489.003.0004

[25] Cowan, B. A. (2021). Moral majorities across the Americas: Brazil, the United States, and the creation of the religious right. University of North Carolina Press. https://doi.org/10.5149/northcarolina/9781469662077.001.0001


SOBERANÍA CONDICIONAL: APUNTES SOBRE MALVINAS Y CEUTA


Hay coincidencias que no son muy significativas. Pero cuando las coincidencias se acumulan apuntando en una misma dirección, dejan de ser meros accidentes y comienzan a interpelarnos.


Estados Unidos reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental cuando Marruecos normalizó sus relaciones con Israel. Años más tarde, Washington utiliza la cuestión de las islas Malvinas como instrumento de presión sobre el Reino Unido por las resistencias de este último a la hora de acompañar sus aventuras militares. Casi en simultáneo, un comité del Congreso de Estados Unidos empieza a hablar sobre el «futuro estatuto» de Ceuta y Melilla. Mientras tanto, España atraviesa uno de sus enfrentamientos diplomáticos más graves con Washington y con el Gobierno de Benjamin Netanyahu. Si pensamos en estos hechos de manera aislada, la secuencia admite explicaciones diversas. Observados conjuntamente, sugieren un patrón: las disputas territoriales comienzan a funcionar como moneda de cambio dentro de unas relaciones internacionales cada vez más «transaccionales».

El precedente más claro es Marruecos. En diciembre de 2020, Rabat se incorporó a la arquitectura de normalización árabe-israelí promovida por Donald Trump. Marruecos no fue el único país musulmán que participó en los llamados «Acuerdos de Abraham» —Emiratos Árabes Unidos y Baréin lo precedieron—, pero sí fue el único del Magreb [1]. Su incorporación tuvo, además, una característica decisiva: Estados Unidos acompañó la normalización de relaciones con Israel con el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. El 10 de diciembre de 2020, Trump proclamó oficialmente que Washington reconocía como parte de Marruecos la totalidad del territorio saharaui [2].

La importancia del episodio reside en la lógica que revela. Una cuestión vinculada al derecho de autodeterminación de un pueblo que Naciones Unidas continúa considerando pendiente de descolonización quedaba de este modo incorporada a una negociación geopolítica. La fórmula puede expresarse de manera sencilla: normalización con Israel a cambio de una ganancia diplomática territorial. La territorialidad se convierte de este modo en una pieza negociable dentro de una arquitectura regional diseñada por Washington.

España se encontró a partir de entonces ante una correlación de fuerzas desfavorable. Madrid no había reconocido formalmente a la República Árabe Saharaui Democrática, pero durante décadas había sostenido una posición más próxima al principio de autodeterminación promovido por Naciones Unidas. Esa posición cambió sustancialmente en 2022, cuando Pedro Sánchez pasó a considerar la propuesta marroquí de autonomía como «la base más seria, creíble y realista» para resolver el conflicto [3]. El giro llegó después de una prolongada confrontación con Rabat y la crisis de Ceuta de 2021. Para entonces, Marruecos ya había conseguido de la principal potencia occidental algo que llevaba décadas buscando, y lo había conseguido en el marco de su acercamiento estratégico a Israel.

Este antecedente es fundamental porque permite entender lo ocurrido en 2026. La política territorial estadounidense vuelve a adquirir un carácter abiertamente instrumental.

Malvinas


En abril, Reuters reveló un correo interno del Pentágono en el que se estudiaban posibles medidas de castigo contra miembros de la OTAN considerados poco cooperativos con las operaciones estadounidenses en su guerra contra Irán. Entre las opciones aparecían dos particularmente significativas: suspender a España de la Alianza Atlántica y revisar la posición estadounidense respecto de la reclamación británica sobre las Malvinas [4].

El dato modifica el significado político de la cuestión. Malvinas no aparece aquí como un problema histórico que Washington hubiese decidido reconsiderar a partir de una nueva interpretación del colonialismo, la autodeterminación o el derecho internacional, sino como una de las posibles represalias contra aliados que no se comportan como Estados Unidos espera. La controversia territorial se convierte explícitamente en parte de la caja de herramienta de presión de la potencia hegemónica.

Cuatro meses después, el 31 de agosto, Trump confirmó públicamente que estaba revisando la posición estadounidense sobre las islas [5]. La Argentina de Javier Milei se encontraba de ese modo con una oportunidad diplomática extraordinaria. Y no se trataba de cualquier Gobierno argentino: Milei ha hecho de su proximidad personal e ideológica con Trump y de su respaldo al Gobierno de Netanyahu dos de los pilares de su política exterior.

En ese contexto resulta relevante la creciente hostilidad israelí hacia Londres. Las relaciones entre Israel y el Reino Unido atraviesan su peor momento en décadas, después del reconocimiento británico de Palestina, las restricciones sobre exportaciones de armas, la paralización de negociaciones comerciales y las sanciones relacionadas con la política israelí en los territorios ocupados. Yair Netanyahu, hijo del primer ministro, llegó a calificar al Gobierno británico de «antisemita», «comunista» y «yihadista» y respaldó públicamente la reclamación argentina sobre las Malvinas [6]. Su argumento condensaba de manera casi transparente una concepción de las relaciones internacionales: Argentina es amiga de Israel; Gran Bretaña se ha vuelto hostil.

La coincidencia con la lógica expresada en el documento del Pentágono es sustantiva. En ambos casos, una controversia territorial comienza a ser reinterpretada según una distinción entre aliados confiables y aliados díscolos. El derecho deja de aparecer como marco estable y empieza a adquirir el aspecto de un recurso político cuya interpretación puede variar según el grado de alineamiento.

El caso español permite observar el mismo desplazamiento desde otro ángulo. España reconoció el Estado de Palestina en 2024 y posteriormente consolidó un embargo de armas a Israel [7]. En 2026, además, se negó a permitir que Estados Unidos utilizara las bases de Rota y Morón para sus ataques contra Irán, lo que obligó a abandonar territorio español a aeronaves estadounidenses implicadas en aquellas operaciones [8].

La respuesta de Washington fue beligerante. El documento del Pentágono mencionado anteriormente llegó a contemplar la suspensión de España de la OTAN. Seis días después apareció otra señal difícil de considerar irrelevante. El 30 de abril de 2026, el Comité de Apropiaciones de la Cámara de Representantes aprobó un informe que, después de reafirmar la histórica alianza entre Estados Unidos y Marruecos y asignarle financiación de seguridad, describía Ceuta y Melilla como ciudades «administradas por España» situadas «en territorio marroquí». El Comité respaldaba además conversaciones entre Rabat y Madrid acerca del «futuro estatuto de Ceuta y Melilla» [9].

El lenguaje merece especial atención. No estamos ante una modificación formal de la posición estadounidense sobre la soberanía española, pero sí ante algo políticamente significativo: una institución del Congreso de Estados Unidos introduce como materia negociable el «futuro estatuto» de dos ciudades cuya españolidad Madrid considera fuera de discusión. Para un aliado existe una diferencia enorme entre que Washington trate su integridad territorial como un supuesto estable y que empiece a sugerir que una parte de ella podría ser objeto de negociación con un Estado vecino.

En ese punto reaparece Israel. Durante la reciente crisis de Ceuta se ha documentado la actividad de redes digitales proisraelíes hostiles al Gobierno español. Una investigación de El País describió la difusión de narrativas alarmistas desde un ecosistema mediático afín a Netanyahu, incluidos mensajes que presentaban Ceuta como una suerte de nueva Gaza y acusaban a Sánchez de entregar territorio español a Marruecos [10]. No se trata de convertir esas redes en prueba de una cadena de mando estatal, sino advertir la coincidencia política: España confronta con Netanyahu por Gaza, reconoce Palestina, impone un embargo de armas, se enfrenta a Trump por Irán y niega el uso de sus bases; al mismo tiempo, Washington endurece su posición hacia Madrid, Marruecos mantiene su reivindicación territorial y un ecosistema político y mediático proisraelí utiliza Ceuta como instrumento de ataque contra el Gobierno español.

La acumulación de estos elementos ofrece razones suficientes para pensar que la dimensión israelí no es ajena al nuevo clima diplomático. Estados Unidos, Israel y Marruecos comparten una arquitectura estratégica que se consolidó con los Acuerdos de Abraham y cuyo primer gran resultado territorial fue precisamente el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Cuando seis años después Ceuta y Melilla reaparecen en el lenguaje político estadounidense en medio del deterioro de las relaciones de Madrid con Washington y Jerusalén, el antecedente resulta difícil de ignorar.

Las derechas


Esta dinámica internacional tiene también una dimensión doméstica, y aquí España y Argentina ofrecen dos escenas aparentemente opuestas que, observadas con atención, revelan una contradicción semejante. En España, PP y Vox han utilizado la crisis de Ceuta para intensificar su ofensiva contra el Gobierno de Sánchez. Vox ha hablado abiertamente de «traición» y ha reclamado la utilización del artículo 102 de la Constitución contra el presidente, mientras el PP ha endurecido también su ofensiva política y judicial contra el Ejecutivo [11]. El problema no reside, naturalmente, en cuestionar la actuación del Gobierno durante la crisis —hay motivos legítimos para hacerlo—, sino en la contradicción política que aparece cuando quienes denuncian la vulnerabilidad de la soberanía española han convertido precisamente a Trump y Netanyahu en referentes privilegiados de su imaginario internacional.

La contradicción es difícil de soslayar. Una parte importante de la derecha española ve en Trump la restauración de una política exterior basada en la fuerza, la defensa del interés nacional y el rechazo del multilateralismo; y en Netanyahu, un modelo de determinación frente a los enemigos internos y externos. Pero son precisamente Estados Unidos e Israel los que aparecen en el trasfondo del deterioro del contexto estratégico español: Washington pretende sancionar a España por negarse a acompañar su guerra contra Irán y una institución del Congreso introduce el «futuro estatuto» de Ceuta y Melilla en el lenguaje diplomático estadounidense, mientras la confrontación del Gobierno español con Netanyahu alimenta un ecosistema político y mediático proisraelí abiertamente hostil a Sánchez. La derecha española denuncia entonces las consecuencias de una política de poder cuyos principales protagonistas internacionales son, paradójicamente, algunos de sus referentes políticos.

En Argentina encontramos el reverso de la misma contradicción. Milei ha convertido su alineamiento con Trump y Netanyahu en una seña de identidad de su política exterior y presenta ahora la posible revisión de la posición estadounidense sobre Malvinas como una confirmación de los beneficios de esa alianza. Tras las declaraciones de Trump, el Gobierno argentino endureció su política respecto de la explotación petrolera en las islas y Milei interpretó la reconsideración estadounidense como una oportunidad para avanzar en la histórica reivindicación de soberanía argentina [12]. Lo paradójico es que una causa construida durante generaciones alrededor de la reivindicación de la soberanía nacional aparece ahora fortalecida precisamente por una concepción de las relaciones internacionales que hace depender el reconocimiento de esa soberanía de la proximidad personal e ideológica con la potencia hegemónica.

España y Argentina ocupan así posiciones inversas dentro de una misma lógica. La derecha española protesta porque la soberanía de España puede verse relativizada cuando el Gobierno se distancia de Washington y Tel Aviv; la derecha argentina celebra que la soberanía reivindicada sobre Malvinas pueda verse reforzada porque Milei se encuentra extraordinariamente próximo a Trump y Netanyahu. En un caso, la soberanía condicional aparece como amenaza; en el otro, como oportunidad. Pero la regla que se acepta implícitamente es la misma: el estatuto de un territorio puede depender menos de un principio jurídico universal que de la relación política que un Gobierno mantenga con quienes poseen suficiente poder para respaldar o debilitar una determinada reclamación.

Ésta es quizá la contradicción más profunda. Una política que se presenta a sí misma como soberanista termina aceptando una concepción radicalmente heterónoma de la soberanía. La nación es exaltada retóricamente, pero su capacidad para hacer valer sus derechos se deposita en la benevolencia de una potencia exterior. En España, esa contradicción conduce a admirar a quienes contribuyen a aumentar la presión sobre el propio Estado; en Argentina, a interpretar como afirmación de independencia nacional aquello que depende precisamente del favor del presidente estadounidense. El nacionalismo termina así subordinado a una jerarquía imperial: se reivindica la soberanía, pero se acepta que sea el poder de otros quien determine cuándo merece ser reconocida.

Y es justamente aquí donde la política exterior y la política doméstica se encuentran. La soberanía deja de funcionar solamente como principio jurídico y se convierte también en instrumento de lucha partidista. En España, la vulnerabilidad territorial sirve para intensificar la deslegitimación del Gobierno; en Argentina, la eventual modificación de la posición estadounidense puede presentarse como prueba del éxito internacional de Milei. Las dos derechas extraen conclusiones políticas contrarias de una misma transformación geopolítica porque ocupan posiciones diferentes respecto de ella. Pero ninguna parece cuestionar la premisa que debería resultar más problemática para cualquier pensamiento genuinamente soberanista: que sea una gran potencia extranjera la que pueda decidir qué soberanías son firmes, cuáles son discutibles y cuáles merecen ser recompensadas.

Soberanía condicional


Quizá lo más inquietante de esta secuencia no sea ninguna de sus decisiones por separado, sino el cambio de lógica que aparece cuando las observamos juntas. Durante mucho tiempo, los aliados de Estados Unidos pudieron asumir que ciertos desacuerdos tenían límites. Podían discutir sobre comercio, gasto militar, guerras o relaciones con terceros países, pero la pertenencia al mismo bloque suponía determinadas garantías tácitas. Entre ellas, que Washington no utilizaría las vulnerabilidades territoriales de sus propios aliados como instrumento para disciplinarlos. Eso es precisamente lo que comienza a ponerse en cuestión.

El Sáhara ofrece el precedente en sentido positivo. Marruecos normaliza sus relaciones con Israel y Estados Unidos modifica radicalmente su posición territorial en beneficio de Rabat. Una controversia pendiente de descolonización se incorpora a una negociación diplomática más amplia y el reconocimiento territorial funciona como recompensa. Seis años después, la misma lógica parece funcionar en sentido inverso. Londres se distancia de determinadas posiciones de Washington e Israel y Malvinas vuelve a adquirir disponibilidad política. España se enfrenta a Netanyahu por Gaza, reconoce Palestina, restringe sus relaciones militares con Israel y se niega a poner su territorio al servicio de operaciones estadounidenses contra Irán; poco después, Ceuta y Melilla comienzan a aparecer en Washington como territorios cuyo «futuro estatuto» podría discutirse con Marruecos.

El mecanismo no necesita adoptar la forma de una amenaza explícita. El poder imperial rara vez necesita decir: «si no obedeces, perderás territorio». Puede operar de una manera mucho más eficaz, introduciendo incertidumbre allí donde antes existía una garantía. Una posición diplomática considerada estable deja de ser inamovible; una disputa territorial dormida vuelve a adquirir actualidad; un vecino descubre que su reivindicación recibe una atención inesperada; una cuestión hasta entonces marginal comienza nuevamente a circular en los espacios donde se toman decisiones.

A esta capacidad de administrar políticamente la incertidumbre territorial podemos llamarla «soberanía condicional». Los Estados siguen siendo jurídicamente soberanos y sus fronteras no dejan de estar protegidas por el derecho internacional. Lo que cambia es otra cosa: el apoyo efectivo de la potencia dominante a determinadas configuraciones territoriales deja de funcionar como un principio estable y empieza a depender de la posición que cada Estado ocupa dentro de una estructura jerárquica de alianzas. Mientras el aliado cumple la función esperada, la disputa permanece cerrada. Cuando se distancia, puede volver a abrirse.

Por eso el caso del Sáhara resulta tan revelador. Allí vemos el mecanismo positivo: una determinada conducta internacional —la normalización de Marruecos con Israel— se encuentra acompañada por una recompensa territorial de enorme importancia diplomática. Malvinas y Ceuta permiten contemplar su reverso: la posibilidad de que una controversia territorial vuelva a ser políticamente movilizada cuando el aliado deja de comportarse como Washington espera.

La soberanía empieza entonces a adquirir la apariencia de una moneda política. Puede respaldarse, relativizarse o problematizarse dependiendo del grado de proximidad con la potencia hegemónica. Y ahí surge una contradicción difícil de ignorar. Estados Unidos continúa presentándose como garante de un orden internacional basado en reglas, pero un orden verdaderamente regulado por principios no puede decidir qué reclamaciones territoriales merecen respaldo según la proximidad política de los gobiernos involucrados. Si la posición frente al Sáhara, Malvinas o Ceuta cambia siguiendo la distinción entre gobiernos amigos, obedientes o díscolos, ya no estamos ante la aplicación consistente de una norma. Estamos ante una jerarquía.

Las jerarquías imperiales no necesitan abolir la soberanía formal de los Estados subordinados. Les basta con recordarles que algunas de las seguridades que consideran permanentes dependen, en último término, de la continuidad del reconocimiento político de quienes ocupan la posición dominante. Eso es lo que hace significativos los episodios de estos últimos meses. Bajo Trump, la política exterior estadounidense está haciendo cada vez más explícito aquello que durante décadas quedó parcialmente oculto bajo el lenguaje de las alianzas: los aliados no ocupan la misma posición que la potencia hegemónica y, por tanto, tampoco disponen del mismo control sobre las condiciones políticas que garantizan su soberanía. Los aliados no son iguales. Y, quizá, tampoco lo sean sus soberanías.

Más allá de Trump


Pero la cuestión decisiva comienza precisamente allí donde termina el problema estadounidense. ¿Qué ocurriría si la soberanía condicional dejara de ser una particularidad del voluntarismo de Trump y comenzara a convertirse en una regla general de la nueva geopolítica? Si Estados Unidos se reserva el derecho de recompensar, relativizar o problematizar la soberanía de otros Estados según su grado de alineamiento, resulta difícil imaginar que China, Rusia, Turquía u otras potencias acepten indefinidamente un principio que solo Washington puede ejercer.

El problema no consiste, por tanto, únicamente en que Estados Unidos viole las reglas que dice defender. Las grandes potencias siempre lo han hecho. La soberanía westfaliana nunca produjo un mundo de Estados efectivamente iguales y Stephen Krasner pudo describirla, por ello, como una forma de «hipocresía organizada» [13]. Durante siglos, la igualdad jurídica convivió con imperios, protectorados, intervenciones y zonas de influencia. Sin embargo, la contradicción entre norma y práctica conservaba una importancia decisiva: incluso las potencias que violaban la soberanía de otros Estados necesitaban justificar sus actos como excepciones a una regla que, al menos formalmente, continuaban reconociendo.

Lo que parece estar emergiendo ahora es algo diferente. La excepción amenaza con transformarse en principio. La soberanía deja de funcionar como una condición universal de pertenencia al sistema internacional y comienza a depender crecientemente de la posición que cada Estado ocupa dentro de una correlación global de fuerzas. No todas las soberanías pesan lo mismo porque no todos los Estados poseen la misma capacidad para hacerlas respetar.

Si esa lógica se generaliza, el mundo que se perfila no es simplemente multipolar. Es un mundo organizado nuevamente alrededor de esferas de influencia, en el que cada gran potencia reclama un derecho especial sobre los espacios que considera estratégicos. Estados Unidos puede hacerlo en su arquitectura atlántica; Rusia en el espacio postsoviético; China alrededor de Taiwán y del mar de China; Turquía en su entorno regional. Los casos son distintos, obviamente, y por ello no deben confundirse, pero la lógica subyacente resulta semejante: la soberanía de los Estados periféricos comienza a quedar subordinada a los imperativos de seguridad, expansión o estabilidad definidos por las grandes potencias.

En ese punto, la soberanía condicional adquiere una dimensión propiamente interimperialista. Ya no se trata solamente de una potencia que disciplina a sus aliados, sino de varias potencias que disputan simultáneamente el derecho a determinar las condiciones de soberanía de los demás. La frontera deja de ser únicamente una línea jurídica y vuelve a convertirse en una relación de fuerzas.

Éste es quizá el aspecto más preocupante del momento actual. Durante las décadas posteriores a 1945, el sistema internacional intentó universalizar normativamente un principio que nunca consiguió realizar plenamente: la igualdad soberana de los Estados. La Carta de Naciones Unidas no abolió los imperios ni las jerarquías, pero estableció una gramática común desde la cual esas jerarquías podían ser impugnadas. Lo que podría estar debilitándose ahora no es simplemente el llamado orden westfaliano, sino la pretensión de que exista una regla universal capaz de limitar, aunque sea parcialmente, la voluntad de las grandes potencias. Y aquí aparece inevitablemente la pregunta por la guerra.

Tal vez sea hiperbólico afirmar que estamos ya ante la antesala de una Tercera Guerra Mundial. Pero sería igualmente ingenuo ignorar que las grandes guerras interimperiales suelen comenzar mucho antes de que se produzca el primer enfrentamiento directo entre potencias. Comienzan cuando el mundo vuelve a organizarse en bloques, cuando las zonas de influencia se endurecen, cuando los territorios periféricos se convierten en espacios de negociación entre centros de poder y cuando cada potencia considera legítimo aquello que denuncia como intolerable cuando lo hace su adversario.

La cuestión decisiva no es entonces si Trump está destruyendo por sí solo el orden internacional. Trump puede estar acelerando, radicalizando y haciendo explícita una transformación cuyos fundamentos son más profundos. El verdadero peligro aparece cuando la lógica que hoy observamos en Washington deja de ser una anomalía estadounidense y se convierte en una autorización general.

Si Estados Unidos puede decidir qué soberanías son negociables según sus intereses, Rusia y China reclamarán el mismo derecho. Si cada potencia posee su propia periferia, su propia zona de seguridad y sus propias excepciones al derecho internacional, la soberanía universal empieza a descomponerse en soberanías tuteladas por imperios rivales.

Quizá ése sea el umbral histórico que estamos atravesando: no el final de la soberanía, sino su transformación en objeto de disputa entre grandes potencias.Y entonces la pregunta deja de ser únicamente quién posee un territorio. La pregunta pasa a ser quién tiene poder suficiente para decidir quién puede seguir siendo soberano.

Notas 


[1] U.S. Department of State, The Abraham Accords y documentación relativa a la declaración conjunta entre Estados Unidos, Israel y Marruecos, diciembre de 2020.

[2] The White House, Proclamation on Recognizing the Sovereignty of the Kingdom of Morocco over the Western Sahara, 10 de diciembre de 2020. La proclamación reconoció explícitamente la soberanía marroquí sobre todo el territorio del Sáhara Occidental.

[3] Presidencia del Gobierno de España, intervención de Pedro Sánchez ante el Congreso, 8 de junio de 2022; véase también la carta de Sánchez a Mohamed VI de marzo de 2022.

[4] Phil Stewart, «Pentagon email floats suspending Spain from NATO, other steps over Iran rift», Reuters, 24 de abril de 2026.

[5] Steve Holland y Bo Erickson, «Trump says reviewing US position on Falkland Islands», Reuters, 31 de agosto de 2026.

[6] Financial Times, «How UK-Israel relations reached their worst point in decades», 2 de septiembre de 2026. El artículo documenta tanto el deterioro bilateral como las declaraciones de Yair Netanyahu favorables a la reclamación argentina.

[7] Presidencia del Gobierno de España, «Declaración institucional […] sobre el reconocimiento del Estado de Palestina», 28 de mayo de 2024; Consejo de Ministros, medidas relativas al embargo de armas a Israel, septiembre de 2025.

[8] Reuters, «US aircraft leave Spain after government says bases cannot be used for Iran attacks», 2 de marzo de 2026.

[9] U.S. House of Representatives, Committee on Appropriations, National Security, Department of State, and Related Programs Appropriations Bill, 2027, House Report 119-631, 30 de abril de 2026, p. 88. El documento habla literalmente de las ciudades «Spanish-administered», afirma que están situadas «in Moroccan territory» y propone diálogo sobre su «future status».

[10] El País, «Histeria bélica y desinformación en una red digital proisraelí: “Ceuta es ahora Gaza”», 4 de septiembre de 2026.

[11] Véanse las informaciones sobre la ofensiva política y judicial de PP y Vox durante la crisis de Ceuta, incluidas las acusaciones de «traición» formuladas por Santiago Abascal y la petición de recurrir al artículo 102 de la Constitución: El País, «Feijóo y Abascal fían a la vía penal su ofensiva contra Sánchez por la crisis de Ceuta», 4 de septiembre de 2026; EFE, «Abascal llama a Sánchez “traidor” por estar “al servicio como lacayo de Marruecos”», 2 de septiembre de 2026.

[12] Reuters, «Argentina’s Milei steps up Falklands sovereignty claims with oil sanctions», 4 de septiembre de 2026; Associated Press, «Argentina’s Milei escalates Falklands dispute, seizing on Trump comments and oil tensions», 3 de septiembre de 2026. Ambas informaciones sitúan el endurecimiento de la reivindicación argentina en el contexto de las declaraciones de Trump sobre una posible reconsideración de la posición estadounidense.

[13] Stephen D. Krasner, Sovereignty: Organized Hypocrisy, Princeton University Press, 1999.

BAJO EL VOLCÁN

 

Sobre la recuperación del realismo

Hace unos años, mientras vivía en la isla de La Palma, en el archipiélago canario, entró en erupción el volcán Tajogaite. Las imágenes eran descomunales; no exagero. Sin embargo, ninguna era suficiente para reproducir la experiencia corporal de encontrarse in situ frente al «acontecimiento», utilizando aquí el término en un sentido filosófico.

Lo que más me impresionaba era el movimiento continuo de la tierra bajo mis pies. Por las noches me despertaba una y otra vez y contemplaba cómo la casa se bamboleaba suavemente, como si estuviéramos navegando sobre un lago. Me impresionaba también el rugido persistente del volcán. Unido al enorme penacho que se elevaba sobre la isla y parecía extenderse hasta la estratosfera —como pudimos comprobar después en las imágenes satelitales—, aquel rugido confería a la erupción una dimensión casi estelar, propia de la ciencia ficción.

Ahora bien, lo que me interesa pensar aquí es otra cosa. Allí estaba el volcán, en toda su metafórica majestuosidad, en su descomunal indiferencia hacia nosotros, ajeno a nuestros temores y temblores. El volcán no debatía con nosotros su existencia. No necesitaba de nuestra interpretación ni de nuestro consentimiento para haber ocurrido y seguir ocurriendo, mientras nosotros éramos incapaces de hacer nada para detenerlo.

Tampoco podía ser reducido a la espectacularidad de las imágenes captadas por nuestras cámaras ni a los datos obtenidos mediante nuestros aparatos tecnológicos. El volcán obedecía a procesos y leyes para los cuales nosotros no constituíamos siquiera una exterioridad significativa. Éramos, desde su perspectiva —si se me permite la metáfora—, menos que nada.

Desde el punto de vista filosófico, el volcán se convirtió entonces en la culminación de un giro hacia el realismo que había comenzado algunos años antes y sobre el cual yo había estado trabajando mientras escribía mi tercera investigación, publicada posteriormente con el título Mente y política. Dialéctica y realismo desde la perspectiva de la liberación.

Ese giro implicaba el reconocimiento de que el mundo no es una colonia dócil de nuestros esquemas conceptuales. Pensamos, clasificamos, interpretamos y narramos la realidad, pero eso no significa que la produzcamos soberanamente mediante esos actos. Hay algo que se nos enfrenta, nos limita, nos sorprende y desbarata nuestras expectativas; algo de lo cual dependemos y que, en última instancia, acabará destruyéndonos.

Este reconocimiento es elemental. Sin embargo, buena parte de la filosofía moderna y contemporánea parece haber convertido la relación entre pensamiento y realidad en un problema prácticamente insoluble. Después de Descartes y Kant, la filosofía aprendió a desconfiar no solo de la posibilidad de acceder perceptivamente a las cosas tal como son en sí mismas, sino también —bajo el hechizo del idealismo— de que pudieran existir con plena independencia respecto de las condiciones subjetivas de su aparición. El sujeto, sus categorías, su lenguaje y sus determinaciones históricas pasaron a ocupar el centro de la reflexión. La pregunta por lo que existe fue desplazada progresivamente por la pregunta acerca de cómo conocemos, categorizamos o enunciamos aquello cuya existencia afirmamos.

Indudablemente, este desplazamiento fue intelectualmente fecundo y políticamente eficaz. Nos permitió comprender que ningún conocimiento es completamente neutral, que todas nuestras percepciones deben entenderse desde perspectivas situadas y que las representaciones son construcciones que emergen en el marco de relaciones de poder históricamente constituidas. Sin embargo, también sucumbió a una tentación: confundir la imposibilidad de acceder perceptivamente a la realidad sin mediaciones con la inexistencia de una realidad independiente de esas mediaciones.

El volcán fue un recordatorio de que algo decisivo se pierde cuando olvidamos lo elemental: las condiciones materiales de posibilidad de nuestra existencia como seres corporales y finitos.

Lo real no es una representación

Una erupción puede describirse de muchas maneras. El vulcanólogo habla de magma, presión, gases y estructura geológica. El periodista reconstruye los acontecimientos y recoge testimonios. Los políticos calculan los daños y organizan las evacuaciones. Las víctimas expresan su dolor ante la desposesión y la pérdida de sus memorias. El turista contempla el espectáculo con una mezcla de fascinación y temor.

Se trata de perspectivas diferentes, cada una de ellas relativa al punto de vista desde el cual se formula. Sin embargo, de ello no se sigue que el volcán sea únicamente el resultado de esas perspectivas, aun cuando no podamos acceder a una perspectiva absoluta de la cual deriven todas las demás.

Existe una diferencia decisiva entre afirmar, por un lado, que el volcán es conocido a través de múltiples interpretaciones, muchas veces contradictorias entre sí, y sostener, por otro, que el volcán no es más que el conjunto de dichas interpretaciones. En el primer caso se expresa una suerte de cautela epistemológica. En el segundo, en cambio, se afirma una tesis ontológica mucho más radical y difícil de defender.

Con todas las precauciones del caso, y siendo conscientes de las dificultades lingüísticas ineludibles, podemos decir que hay algo a lo que denominamos volcán que entra en erupción, ruge, expulsa lava y transforma el territorio. La propia isla, desde esta perspectiva, emergió a lo largo de millones de años como resultado de procesos volcánicos anteriores a la presencia humana en la Tierra. El volcán no es una invención de nuestra imaginación, aunque proyectemos sobre eso que llamamos volcán innumerables imaginarios. Es una realidad concreta que impone condiciones en virtud de su propia consistencia.

Quentin Meillassoux utiliza el concepto de «ancestralidad» para referirse a una realidad anterior a la aparición de seres humanos capaces de conocerla. El pasado remoto del planeta representa un desafío para las filosofías que hacen depender el ser de la correlación entre sujeto y objeto. La Tierra existió antes de nosotros. Los volcanes entraron en erupción antes de que hubiera ojos que los contemplaran, lenguajes que los nombraran o comunidades científicas que reconstruyeran su historia y «legalidad natural».

La ancestralidad no elimina el problema del conocimiento. Sabemos acerca del pasado mediante huellas, mediciones, hipótesis y modelos. Pero esas mediaciones solo tienen sentido porque remiten a algo que no depende enteramente de ellas. La huella es una huella porque algo ocurrió.

La alteridad del volcán

La ontología orientada a objetos del filósofo Graham Harman resulta sugerente en este punto porque insiste en que ningún «objeto» se agota en las relaciones que otros objetos mantienen con él. Las cosas no son únicamente aquello que representan para nosotros ni el conjunto de funciones que cumplen dentro de un sistema o de una totalidad relativa. Al juzgar su propuesta, debemos tener presente que se formula como una respuesta al antirrealismo, sin dejar por ello de reconocer las aporías que produce su propia presentación.

Dicho esto, pensemos en el volcán. Puede convertirse en objeto científico, recurso turístico, amenaza territorial, símbolo político o imagen televisiva. Pero no se reduce a ninguna de esas inscripciones. En cada relación aparece parcialmente y, al mismo tiempo, se sustrae. Esta idea de la sustracción del objeto respecto de cualquier relación particular resulta crucial.

Podemos rodear una moneda, pero nunca contemplar simultáneamente todas sus caras desde una única perspectiva. Sin embargo, la tesis de Harman va más allá de esta limitación perceptiva. No sostiene únicamente que el objeto nunca pueda ser visto por completo, sino que tampoco se agota en la totalidad de sus apariciones, usos, efectos o relaciones. Cada aparición revela y oculta. El objeto se presenta, pero nunca comparece de manera exhaustiva.

Este ocultamiento no debe transformarse en una nueva sustancia misteriosa. No significa que detrás de las apariencias exista una cosa absoluta, completamente separada de sus relaciones. Significa, más modestamente, que ninguna relación particular —ni siquiera la suma hipotética de todas ellas— puede reclamar para sí la posesión exhaustiva del objeto.

El volcán es una realidad geológica, pero no es solamente geología. Tiene consecuencias sociales, pero no se reduce a ellas. Da lugar a una experiencia estética, pero no existe para producirnos asombro. Es objeto de representaciones, pero no es idéntico a sus representaciones.

Metafóricamente, podemos decir que el volcán posee un «sí mismo» (self). No en un sentido absoluto o autosubsistente. Tampoco significa que el volcán sea una persona ni que debamos atribuirle una conciencia semejante a la nuestra, como ocurre en algunas propuestas contemporáneas de «reencantamiento» del mundo. La metáfora indica irreductibilidad. El volcán se expresa en su aparición, impone su presencia y manifiesta una alteridad que nuestras categorías no consiguen absorber completamente.

Andreas Weber, cuyo libro Vivificar traduje para la editorial Kairós, avanza en una dirección afín cuando intenta pensar la naturaleza no como un agregado de objetos inertes, sino como un ámbito de expresividad, creatividad y sentido. Su propuesta no coincide con la ontología de Harman, pero comparte con ella el esfuerzo por sustraer lo real a su reducción instrumental y por reconocer en los seres una dimensión que excede las funciones que les asignamos.

La realidad convertida en espectáculo

La cobertura mediática de la erupción mostró, además, otro aspecto del problema.

Al comienzo, el volcán produjo asombro, interés científico y fascinación estética. Las cámaras buscaban las imágenes más impresionantes de la lava y las explosiones. Poco después, la atención se desplazó hacia las pérdidas humanas, las viviendas destruidas, los animales, los cultivos y las evacuaciones.

La multiplicación de imágenes y testimonios produjo también interpretaciones contradictorias, rumores e informaciones falsas. Los expertos y las autoridades debieron intervenir para desmentirlas o corregirlas. Más tarde, las cámaras comenzaron a volverse sobre sí mismas: los periodistas contaban cómo vivían la erupción, qué emociones les producía y qué dificultades encontraban para realizar su trabajo.

Gradualmente, el acontecimiento corría el riesgo de transformarse en una serie televisiva. El volcán se convertía en ocasión para el despliegue del dispositivo mediático. El sujeto que informaba adquiría tanto protagonismo como aquello sobre lo cual informaba.

No se trata de denunciar la práctica periodística. El problema es estructural. En la era de la representación permanente, los acontecimientos tienden a valer por su capacidad de producir imágenes, emociones y circulación. Cuando las imágenes dejan de sorprender y los testimonios pierden su novedad, el acontecimiento desaparece del espacio público.

Pero el volcán no desaparece. Tampoco desaparecen quienes han perdido sus casas, sus medios de vida o sus territorios. Lo que se desvanece es la atención.

El realismo posee aquí una significación ética. Nos recuerda que el sufrimiento no cesa cuando dejamos de mirarlo. Las víctimas no son personajes de una narración mediática cuya existencia dependa del interés del público. La realidad continúa imponiendo sus consecuencias cuando las cámaras se marchan.

El argumento moral del realismo

La recuperación del realismo no constituye únicamente una disputa teórica, sino que apunta directamente a las implicaciones morales y políticas que pueden seguirse de las versiones más radicales del antirrealismo.

Si la realidad pudiera reducirse por completo a nuestras interpretaciones, resultaría difícil explicar en nombre de qué podríamos impugnar una interpretación dominante. Toda crítica presupone alguna diferencia entre lo que se dice y lo que ocurre, entre la representación oficial de una situación y la experiencia efectiva de quienes padecen sus consecuencias.

La injusticia no es únicamente una descripción alternativa dentro de una lucha discursiva. Hay cuerpos dañados, vidas empobrecidas, territorios destruidos y personas excluidas. Esos hechos pueden ser interpretados de diversas maneras, pero no son creados soberanamente por nuestras interpretaciones.

Esto no significa que los hechos hablen por sí mismos. Los hechos deben ser nombrados, contextualizados y comprendidos. La epistemología situada y la crítica del poder siguen siendo indispensables. Pero solo pueden cumplir su tarea si reconocen que algo excede los discursos y puede resistirse a ellos.

La justicia no puede deconstruirse enteramente mediante la remisión a sus causas, sus partes o sus nominaciones, precisamente porque existe un mundo que no se pliega por completo a nuestras voliciones. Una explicación causal, un análisis deconstructivo o una reconstrucción hermenéutica no hacen desaparecer la injusticia perpetrada ni el daño sufrido. Una víctima puede ser silenciada, desacreditada o convertida en culpable, pero esas operaciones no anulan lo que le ha ocurrido.

El argumento decisivo a favor del realismo es, por tanto, moral. Sin hechos y sin seres capaces de ser dañados, la responsabilidad se disuelve en una competición entre narraciones.

De la estética a la liberación

La estética ocupa un lugar privilegiado en esta recuperación del mundo.

La experiencia estética no es una proyección puramente subjetiva ni una simple propiedad física de las cosas. Surge del encuentro entre seres reales y sujetos encarnados dentro de un mundo compartido. La belleza pertenece al cosmos, pero aparece con sentido en la experiencia humana.

El volcán puede parecernos sublime, glorioso o aterrador. Esa experiencia no agota la realidad del volcán, pero tampoco es un añadido completamente arbitrario. Algo en la forma, la magnitud, el movimiento y la potencia del fenómeno suscita nuestra respuesta.

La estética puede interrumpir el encierro narcisista del sujeto porque nos expone a algo que no somos nosotros. La belleza, el temor y el asombro indican que el mundo puede afectarnos antes de quedar domesticado por nuestros conceptos.

Enrique Dussel permite prolongar esta reflexión hacia una estética de la liberación. La ética juzga si la vida común es justa o injusta; la política administra las mediaciones prácticas de esa vida; la economía produce y distribuye sus condiciones materiales. La estética, por su parte, remite a la experiencia gozosa de vivir: la alegría, la felicidad y la belleza como fines de la existencia humana.

La liberación no puede consistir únicamente en corregir instituciones injustas. Debe crear condiciones para una vida que merezca ser vivida y disfrutada. La alegría no es una distracción frívola respecto de la lucha política. Es uno de sus criterios últimos.

Una sociedad justa no es solamente aquella que distribuye bienes de manera igualitaria. Es también aquella que permite contemplar, crear, celebrar, habitar y relacionarse con el mundo sin que todas las dimensiones de la existencia sean sometidas a la acumulación, el consumo y la supervivencia.

Recuperar el mundo

El realismo que necesitamos no es una restauración ingenua de la metafísica tradicional. No consiste en imaginar que podemos observar la realidad desde ningún lugar, libres de lenguaje, historia, cuerpo o perspectiva.

Tampoco exige renunciar a las enseñanzas de Kant, la hermenéutica, la fenomenología, el posestructuralismo o la filosofía budista. De todas ellas hemos aprendido que nuestro acceso al mundo está mediado y que las pretensiones de neutralidad pueden ocultar posiciones de poder.

Pero reconocer las mediaciones no obliga a convertirlas en murallas.

La alternativa al realismo ingenuo no es el encierro dentro de la representación. Podemos admitir que toda experiencia está situada y, al mismo tiempo, afirmar que las situaciones son situaciones dentro de un mundo que las excede. Podemos reconocer que toda verdad se articula mediante lenguajes históricos sin concluir que la verdad es una mera creación del lenguaje. Podemos comprender que los fenómenos están vacíos de existencia inherente sin convertirlos en apariencias fantasmales.

Recuperar el realismo significa recuperar el mundo después de la crítica.

El volcán se origina dependientemente. Su existencia no es absoluta ni autosuficiente. Depende de procesos geológicos, condiciones atmosféricas, relaciones territoriales y escalas temporales que exceden nuestra imaginación. Pero precisamente por ello es real. Su dependencia no disminuye su realidad: constituye su manera de existir.

Bajo el volcán, el sujeto moderno descubre sus límites. Comprende que no es el centro del cosmos ni el soberano de las apariencias. Descubre también que esa pérdida de centralidad no constituye una humillación, sino una liberación.

Hay un mundo fuera de nosotros. Podemos conocerlo sin agotarlo, interpretarlo sin inventarlo, habitarlo sin poseerlo y transformarlo sin convertirnos en sus dueños.

La estética realista nos devuelve ese mundo para que podamos contemplarlo y disfrutarlo. La ética nos obliga a responder ante sus heridas. La política nos exige construir formas comunes de vida que no reduzcan los seres a instrumentos. Y la filosofía de la liberación nos recuerda que la alegría debe convertirse en el tono último de nuestros esfuerzos por crear sociedades más igualitarias y justas.

La erupción del volcán no fue un espejo. Quizá por eso pudo enseñarnos nuevamente a mirar.

Referencias

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