Sobre la recuperación del realismo
Hace unos años, mientras vivía en la isla de La Palma, en el archipiélago canario, entró en erupción el volcán Tajogaite. Las imágenes eran descomunales; no exagero. Sin embargo, ninguna era suficiente para reproducir la experiencia corporal de encontrarse in situ frente al «acontecimiento», utilizando aquí el término en un sentido filosófico.
Lo que más me impresionaba era el movimiento continuo de la tierra bajo mis pies. Por las noches me despertaba una y otra vez y contemplaba cómo la casa se bamboleaba suavemente, como si estuviéramos navegando sobre un lago. Me impresionaba también el rugido persistente del volcán. Unido al enorme penacho que se elevaba sobre la isla y parecía extenderse hasta la estratosfera —como pudimos comprobar después en las imágenes satelitales—, aquel rugido confería a la erupción una dimensión casi estelar, propia de la ciencia ficción.
Ahora bien, lo que me interesa pensar aquí es otra cosa. Allí estaba el volcán, en toda su metafórica majestuosidad, en su descomunal indiferencia hacia nosotros, ajeno a nuestros temores y temblores. El volcán no debatía con nosotros su existencia. No necesitaba de nuestra interpretación ni de nuestro consentimiento para haber ocurrido y seguir ocurriendo, mientras nosotros éramos incapaces de hacer nada para detenerlo.
Tampoco podía ser reducido a la espectacularidad de las imágenes captadas por nuestras cámaras ni a los datos obtenidos mediante nuestros aparatos tecnológicos. El volcán obedecía a procesos y leyes para los cuales nosotros no constituíamos siquiera una exterioridad significativa. Éramos, desde su perspectiva —si se me permite la metáfora—, menos que nada.
Desde el punto de vista filosófico, el volcán se convirtió entonces en la culminación de un giro hacia el realismo que había comenzado algunos años antes y sobre el cual yo había estado trabajando mientras escribía mi tercera investigación, publicada posteriormente con el título Mente y política. Dialéctica y realismo desde la perspectiva de la liberación.
Ese giro implicaba el reconocimiento de que el mundo no es una colonia dócil de nuestros esquemas conceptuales. Pensamos, clasificamos, interpretamos y narramos la realidad, pero eso no significa que la produzcamos soberanamente mediante esos actos. Hay algo que se nos enfrenta, nos limita, nos sorprende y desbarata nuestras expectativas; algo de lo cual dependemos y que, en última instancia, acabará destruyéndonos.
Este reconocimiento es elemental. Sin embargo, buena parte de la filosofía moderna y contemporánea parece haber convertido la relación entre pensamiento y realidad en un problema prácticamente insoluble. Después de Descartes y Kant, la filosofía aprendió a desconfiar no solo de la posibilidad de acceder perceptivamente a las cosas tal como son en sí mismas, sino también —bajo el hechizo del idealismo— de que pudieran existir con plena independencia respecto de las condiciones subjetivas de su aparición. El sujeto, sus categorías, su lenguaje y sus determinaciones históricas pasaron a ocupar el centro de la reflexión. La pregunta por lo que existe fue desplazada progresivamente por la pregunta acerca de cómo conocemos, categorizamos o enunciamos aquello cuya existencia afirmamos.
Indudablemente, este desplazamiento fue intelectualmente fecundo y políticamente eficaz. Nos permitió comprender que ningún conocimiento es completamente neutral, que todas nuestras percepciones deben entenderse desde perspectivas situadas y que las representaciones son construcciones que emergen en el marco de relaciones de poder históricamente constituidas. Sin embargo, también sucumbió a una tentación: confundir la imposibilidad de acceder perceptivamente a la realidad sin mediaciones con la inexistencia de una realidad independiente de esas mediaciones.
El volcán fue un recordatorio de que algo decisivo se pierde cuando olvidamos lo elemental: las condiciones materiales de posibilidad de nuestra existencia como seres corporales y finitos.
Lo real no es una representación
Una erupción puede describirse de muchas maneras. El vulcanólogo habla de magma, presión, gases y estructura geológica. El periodista reconstruye los acontecimientos y recoge testimonios. Los políticos calculan los daños y organizan las evacuaciones. Las víctimas expresan su dolor ante la desposesión y la pérdida de sus memorias. El turista contempla el espectáculo con una mezcla de fascinación y temor.
Se trata de perspectivas diferentes, cada una de ellas relativa al punto de vista desde el cual se formula. Sin embargo, de ello no se sigue que el volcán sea únicamente el resultado de esas perspectivas, aun cuando no podamos acceder a una perspectiva absoluta de la cual deriven todas las demás.
Existe una diferencia decisiva entre afirmar, por un lado, que el volcán es conocido a través de múltiples interpretaciones, muchas veces contradictorias entre sí, y sostener, por otro, que el volcán no es más que el conjunto de dichas interpretaciones. En el primer caso se expresa una suerte de cautela epistemológica. En el segundo, en cambio, se afirma una tesis ontológica mucho más radical y difícil de defender.
Con todas las precauciones del caso, y siendo conscientes de las dificultades lingüísticas ineludibles, podemos decir que hay algo a lo que denominamos volcán que entra en erupción, ruge, expulsa lava y transforma el territorio. La propia isla, desde esta perspectiva, emergió a lo largo de millones de años como resultado de procesos volcánicos anteriores a la presencia humana en la Tierra. El volcán no es una invención de nuestra imaginación, aunque proyectemos sobre eso que llamamos volcán innumerables imaginarios. Es una realidad concreta que impone condiciones en virtud de su propia consistencia.
Quentin Meillassoux utiliza el concepto de «ancestralidad» para referirse a una realidad anterior a la aparición de seres humanos capaces de conocerla. El pasado remoto del planeta representa un desafío para las filosofías que hacen depender el ser de la correlación entre sujeto y objeto. La Tierra existió antes de nosotros. Los volcanes entraron en erupción antes de que hubiera ojos que los contemplaran, lenguajes que los nombraran o comunidades científicas que reconstruyeran su historia y «legalidad natural».
La ancestralidad no elimina el problema del conocimiento. Sabemos acerca del pasado mediante huellas, mediciones, hipótesis y modelos. Pero esas mediaciones solo tienen sentido porque remiten a algo que no depende enteramente de ellas. La huella es una huella porque algo ocurrió.
La alteridad del volcán
La ontología orientada a objetos del filósofo Graham Harman resulta sugerente en este punto porque insiste en que ningún «objeto» se agota en las relaciones que otros objetos mantienen con él. Las cosas no son únicamente aquello que representan para nosotros ni el conjunto de funciones que cumplen dentro de un sistema o de una totalidad relativa. Al juzgar su propuesta, debemos tener presente que se formula como una respuesta al antirrealismo, sin dejar por ello de reconocer las aporías que produce su propia presentación.
Dicho esto, pensemos en el volcán. Puede convertirse en objeto científico, recurso turístico, amenaza territorial, símbolo político o imagen televisiva. Pero no se reduce a ninguna de esas inscripciones. En cada relación aparece parcialmente y, al mismo tiempo, se sustrae. Esta idea de la sustracción del objeto respecto de cualquier relación particular resulta crucial.
Podemos rodear una moneda, pero nunca contemplar simultáneamente todas sus caras desde una única perspectiva. Sin embargo, la tesis de Harman va más allá de esta limitación perceptiva. No sostiene únicamente que el objeto nunca pueda ser visto por completo, sino que tampoco se agota en la totalidad de sus apariciones, usos, efectos o relaciones. Cada aparición revela y oculta. El objeto se presenta, pero nunca comparece de manera exhaustiva.
Este ocultamiento no debe transformarse en una nueva sustancia misteriosa. No significa que detrás de las apariencias exista una cosa absoluta, completamente separada de sus relaciones. Significa, más modestamente, que ninguna relación particular —ni siquiera la suma hipotética de todas ellas— puede reclamar para sí la posesión exhaustiva del objeto.
El volcán es una realidad geológica, pero no es solamente geología. Tiene consecuencias sociales, pero no se reduce a ellas. Da lugar a una experiencia estética, pero no existe para producirnos asombro. Es objeto de representaciones, pero no es idéntico a sus representaciones.
Metafóricamente, podemos decir que el volcán posee un «sí mismo» (self). No en un sentido absoluto o autosubsistente. Tampoco significa que el volcán sea una persona ni que debamos atribuirle una conciencia semejante a la nuestra, como ocurre en algunas propuestas contemporáneas de «reencantamiento» del mundo. La metáfora indica irreductibilidad. El volcán se expresa en su aparición, impone su presencia y manifiesta una alteridad que nuestras categorías no consiguen absorber completamente.
Andreas Weber, cuyo libro Vivificar traduje para la editorial Kairós, avanza en una dirección afín cuando intenta pensar la naturaleza no como un agregado de objetos inertes, sino como un ámbito de expresividad, creatividad y sentido. Su propuesta no coincide con la ontología de Harman, pero comparte con ella el esfuerzo por sustraer lo real a su reducción instrumental y por reconocer en los seres una dimensión que excede las funciones que les asignamos.
La realidad convertida en espectáculo
La cobertura mediática de la erupción mostró, además, otro aspecto del problema.
Al comienzo, el volcán produjo asombro, interés científico y fascinación estética. Las cámaras buscaban las imágenes más impresionantes de la lava y las explosiones. Poco después, la atención se desplazó hacia las pérdidas humanas, las viviendas destruidas, los animales, los cultivos y las evacuaciones.
La multiplicación de imágenes y testimonios produjo también interpretaciones contradictorias, rumores e informaciones falsas. Los expertos y las autoridades debieron intervenir para desmentirlas o corregirlas. Más tarde, las cámaras comenzaron a volverse sobre sí mismas: los periodistas contaban cómo vivían la erupción, qué emociones les producía y qué dificultades encontraban para realizar su trabajo.
Gradualmente, el acontecimiento corría el riesgo de transformarse en una serie televisiva. El volcán se convertía en ocasión para el despliegue del dispositivo mediático. El sujeto que informaba adquiría tanto protagonismo como aquello sobre lo cual informaba.
No se trata de denunciar la práctica periodística. El problema es estructural. En la era de la representación permanente, los acontecimientos tienden a valer por su capacidad de producir imágenes, emociones y circulación. Cuando las imágenes dejan de sorprender y los testimonios pierden su novedad, el acontecimiento desaparece del espacio público.
Pero el volcán no desaparece. Tampoco desaparecen quienes han perdido sus casas, sus medios de vida o sus territorios. Lo que se desvanece es la atención.
El realismo posee aquí una significación ética. Nos recuerda que el sufrimiento no cesa cuando dejamos de mirarlo. Las víctimas no son personajes de una narración mediática cuya existencia dependa del interés del público. La realidad continúa imponiendo sus consecuencias cuando las cámaras se marchan.
El argumento moral del realismo
La recuperación del realismo no constituye únicamente una disputa teórica, sino que apunta directamente a las implicaciones morales y políticas que pueden seguirse de las versiones más radicales del antirrealismo.
Si la realidad pudiera reducirse por completo a nuestras interpretaciones, resultaría difícil explicar en nombre de qué podríamos impugnar una interpretación dominante. Toda crítica presupone alguna diferencia entre lo que se dice y lo que ocurre, entre la representación oficial de una situación y la experiencia efectiva de quienes padecen sus consecuencias.
La injusticia no es únicamente una descripción alternativa dentro de una lucha discursiva. Hay cuerpos dañados, vidas empobrecidas, territorios destruidos y personas excluidas. Esos hechos pueden ser interpretados de diversas maneras, pero no son creados soberanamente por nuestras interpretaciones.
Esto no significa que los hechos hablen por sí mismos. Los hechos deben ser nombrados, contextualizados y comprendidos. La epistemología situada y la crítica del poder siguen siendo indispensables. Pero solo pueden cumplir su tarea si reconocen que algo excede los discursos y puede resistirse a ellos.
La justicia no puede deconstruirse enteramente mediante la remisión a sus causas, sus partes o sus nominaciones, precisamente porque existe un mundo que no se pliega por completo a nuestras voliciones. Una explicación causal, un análisis deconstructivo o una reconstrucción hermenéutica no hacen desaparecer la injusticia perpetrada ni el daño sufrido. Una víctima puede ser silenciada, desacreditada o convertida en culpable, pero esas operaciones no anulan lo que le ha ocurrido.
El argumento decisivo a favor del realismo es, por tanto, moral. Sin hechos y sin seres capaces de ser dañados, la responsabilidad se disuelve en una competición entre narraciones.
De la estética a la liberación
La estética ocupa un lugar privilegiado en esta recuperación del mundo.
La experiencia estética no es una proyección puramente subjetiva ni una simple propiedad física de las cosas. Surge del encuentro entre seres reales y sujetos encarnados dentro de un mundo compartido. La belleza pertenece al cosmos, pero aparece con sentido en la experiencia humana.
El volcán puede parecernos sublime, glorioso o aterrador. Esa experiencia no agota la realidad del volcán, pero tampoco es un añadido completamente arbitrario. Algo en la forma, la magnitud, el movimiento y la potencia del fenómeno suscita nuestra respuesta.
La estética puede interrumpir el encierro narcisista del sujeto porque nos expone a algo que no somos nosotros. La belleza, el temor y el asombro indican que el mundo puede afectarnos antes de quedar domesticado por nuestros conceptos.
Enrique Dussel permite prolongar esta reflexión hacia una estética de la liberación. La ética juzga si la vida común es justa o injusta; la política administra las mediaciones prácticas de esa vida; la economía produce y distribuye sus condiciones materiales. La estética, por su parte, remite a la experiencia gozosa de vivir: la alegría, la felicidad y la belleza como fines de la existencia humana.
La liberación no puede consistir únicamente en corregir instituciones injustas. Debe crear condiciones para una vida que merezca ser vivida y disfrutada. La alegría no es una distracción frívola respecto de la lucha política. Es uno de sus criterios últimos.
Una sociedad justa no es solamente aquella que distribuye bienes de manera igualitaria. Es también aquella que permite contemplar, crear, celebrar, habitar y relacionarse con el mundo sin que todas las dimensiones de la existencia sean sometidas a la acumulación, el consumo y la supervivencia.
Recuperar el mundo
El realismo que necesitamos no es una restauración ingenua de la metafísica tradicional. No consiste en imaginar que podemos observar la realidad desde ningún lugar, libres de lenguaje, historia, cuerpo o perspectiva.
Tampoco exige renunciar a las enseñanzas de Kant, la hermenéutica, la fenomenología, el posestructuralismo o la filosofía budista. De todas ellas hemos aprendido que nuestro acceso al mundo está mediado y que las pretensiones de neutralidad pueden ocultar posiciones de poder.
Pero reconocer las mediaciones no obliga a convertirlas en murallas.
La alternativa al realismo ingenuo no es el encierro dentro de la representación. Podemos admitir que toda experiencia está situada y, al mismo tiempo, afirmar que las situaciones son situaciones dentro de un mundo que las excede. Podemos reconocer que toda verdad se articula mediante lenguajes históricos sin concluir que la verdad es una mera creación del lenguaje. Podemos comprender que los fenómenos están vacíos de existencia inherente sin convertirlos en apariencias fantasmales.
Recuperar el realismo significa recuperar el mundo después de la crítica.
El volcán se origina dependientemente. Su existencia no es absoluta ni autosuficiente. Depende de procesos geológicos, condiciones atmosféricas, relaciones territoriales y escalas temporales que exceden nuestra imaginación. Pero precisamente por ello es real. Su dependencia no disminuye su realidad: constituye su manera de existir.
Bajo el volcán, el sujeto moderno descubre sus límites. Comprende que no es el centro del cosmos ni el soberano de las apariencias. Descubre también que esa pérdida de centralidad no constituye una humillación, sino una liberación.
Hay un mundo fuera de nosotros. Podemos conocerlo sin agotarlo, interpretarlo sin inventarlo, habitarlo sin poseerlo y transformarlo sin convertirnos en sus dueños.
La estética realista nos devuelve ese mundo para que podamos contemplarlo y disfrutarlo. La ética nos obliga a responder ante sus heridas. La política nos exige construir formas comunes de vida que no reduzcan los seres a instrumentos. Y la filosofía de la liberación nos recuerda que la alegría debe convertirse en el tono último de nuestros esfuerzos por crear sociedades más igualitarias y justas.
La erupción del volcán no fue un espejo. Quizá por eso pudo enseñarnos nuevamente a mirar.
Referencias
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