martes, 29 de diciembre de 2015

LA IMPOSTURA DEMOCRÁTICA



EL YO Y SU MÁSCARA

Mi nombre es Juan Manuel Cincunegui. Soy argentino, nacido en Buenos Aires. Ahora vivo en Barcelona, España. Estoy sentado en mi estudio tecleando una entrada en mi blog, el cual lleva el nombre pomposo "Claro del bosque", pensando en el Lichtung de Heidegger.

Escucho en la sala a mis hijos jugando, y actividad culinaria en la cocina. La ciudad está más o menos tranquila en vísperas de año nuevo.

En medio de todo esto, tengo la sensación incontestable de "ser yo mismo".

Bajo todos los puntos de vista convencionales, yo soy yo. Lo reconocen, mi mujer, mis hijos, mi madre, mis hermanos, mis estudiantes y otros compañeros de trabajo. Todos ellos pueden dar testimonio de mi identidad. ¿quién soy yo, sino soy "yo mismo"? El veredicto será unánime en caso de ser interrogados: "yo soy yo".

Sin embargo, una reflexión más "filosófica" cuestiona esta certeza.

A lo largo de los años han cambiado muchas cosas en mi vida, y esos cambios han producido notorias repercusiones en mi "manera de ser". Mis gustos, mis opiniones políticas, mis convicciones religiosas, mis amistades, hasta mi cuerpo ya no es lo que era. Todas estas cosas y muchas otras han ido variando sin pausa. 

En este contexto podríamos preguntarnos: ¿Cuál de todas estas manifestaciones o verdades que he encarnado es la más verdadera? O, para decirlo de otro modo, más coloquial, quizá: ¿Cuál es mi verdadero yo?

Una respuesta posible y plausible es que el yo está vacío de existir de una manera definitiva, que ninguna de las instancias o manifestaciones de eso que llamo "yo" es última o absoluta, sino meramente circunstancial. Eso no significa que sea arbitraria, que sea cualquier cosa que me plazca o le plazca a quienes me rodean. El yo no es el resultado de una actividad puramente voluntarista, sino más bien la compleja consecuencia provisoria de una intrincada red de causas y condiciones.

Ahora bien, aunque el yo está vacío de existir de manera "intrínseca" de este u otro modo, siempre está buscando apropiarse de una identidad concreta. Cuando lo hace, sin embargo, corre el peligro de reificarse, de creerse más sólido y definitivo de lo que realmente es,   cayendo de ese modo en una suerte de alienación. Cuando esto ocurre, el yo actúa más o menos como un impostor, pretende ser algo que no es. Se atribuye una identidad imposible, permanente, unitaria y autosuficiente. 

LA DEMOCRACIA Y SUS IMPOSTURAS

La democracia nos muestra que algo semejante ocurre con la identidad colectiva. 

Lo social, el campo donde se disputa la política, es un fenómeno siempre cambiante, cuya identidad (su horizonte de sentido, su dirección) es imposible de determinar de manera definitiva de una vez para siempre. La sociedad, decía Ernesto Laclau, es imposible. Sin embargo, siempre está buscándose a sí misma, inventándose a sí misma, atribuyéndose una identidad. 

A través del sedimento de la historia que da forma a una identidad provisional y la voluntad política (la libertad), el sujeto político, fruto de acuerdos y discordias, adopta cada vez una determinación circunstancial. 

La sociedad se vuelve de derechas o de izquierdas, socialista o neoliberal, oligárquica o populista, comunitarista, machista, xenófoba, racista o lo que sea. 

Ahora mismo no voy a entrar en el tema del modo en que esto ocurre. Lo que me interesa es ese fenómeno extraño que es la sumatoria de voluntades individuales y el inestable sujeto colectivo que surge en una contienda electoral. 

A diferencia de lo que ocurría con el Antiguo Régimen, en el cual el rey ocupaba el lugar vacío de la sociedad de manera absoluta como representante de Dios en la Tierra,  en la democracia ese lugar vacío sólo se ocupa circunstancialmente, provisionalmente, imperfectamente por el representante político.

En este sentido, el representante es legítimamente una suerte de impostor: se calza la máscara de la autoridad y ejercita en el marco de la escenografía institucional, el poder. 

Bajo todos los puntos de vista convencionales, si el representante ha cumplido con los requisitos formales previstos y no ha incurrido en maniobras reprochables, se convierte en el legitimo representante del pueblo o la sociedad. Sin embargo, lo es siempre imperfectamente. Por esa razón, cuando pretende serlo de manera absoluta, se convierte en una mentira de sí mismo, incluso desde el punto de vista convencional.

LA TENTACIÓN KIRCHNERISTA

La tentación kirchnerista consistió en intentar convertirse en el auténtico, genuino representante del pueblo argentino por siempre jamás. 

Hasta cierto punto, esto parecía comprensible si lo pensamos históricamente:  

(1) Por la herencia peronista que lo avalaba, y lo que el peronismo ha representado en nuestra historia.  

(2) Por el carácter cuasi-fundacional de la situación en la cual accedió al poder Néstor Kirchner. 

Y (3) por la pugna que entabló el kirchnerismo con los poderes concentrados que llevaron a la Argentina al quiebre social y político del 2001, herederos de una tradición impopular que se remonta al siglo XIX, pero cuyos símbolos en el siglo XX lo convirtieron en el "afuera" de la patria: la llamada "Revolución libertadora", el Onganiato, la dictadura militar del 76, el menemismo, el delarruismo, la debacle del 2001.

Lo cierto es que, más allá de lo mucho o poco que pueda achacarse a los poderes mediáticos corporativos del fracaso electoral del FpV que llevó a Mauricio Macri a la presidencia, quizá el principal error del kirchnerismo haya sido olvidar que, en la democracia, el lugar de la representación política es siempre un lugar vacante.

¿EL MACRIARATO?

El macrismo debe abstenerse de cometer el error democrático de insistir con su estrategia de discontinuidad institucional con el gobierno saliente. Estrategia ideada con el fin de justificar el establecimiento de un nuevo orden, un nuevo comienzo. 

Los elementos simbólicos de esa escenificación de ruptura institucional comenzaron con el "conflicto de la envestidura", que en clave cuasi medieval, fue resuelto a través del poder judicial, invistiendo como presidente a Federico Pinedo, teatralizando un "estado de excepción", creando de este modo una discontinuidad en la línea de sucesión democrática. 

En segundo término, judicializando el período democrático anterior como si se tratara de una anomalía o un gobierno ilegítimo, sometiéndolo a un escrutinio exagerado por medio de auditorias publicitadas de manera rimbombante, dramatizando la herencia recibida, persiguiendo a sus militantes y simpatizantes en los estamentos del Estado y en el mundo de la cultura, señalándolos en listas publicitadas por los grandes medios y desarmando el exigüe aparato comunicacional de esta oposición como si se tratara del aparato de un Estado totalitario (hemos visto que ese aparato era insignificante: el apagón informativo es casi completo, aparte del movimiento en las redes sociales).

La Argentina del 2015 merecía una transición democrática normal, no el estado de excepción en el cual nos hemos sumido, el cual se alimenta de persecuciones y estigmatización, enardece la oposición, y hace imposible la convivencia democrática de cara al futuro, haciendo pasar la normalidad de la transición democrática como una reedición de la debacle 2001-2003.

Con todo esto se pretende volver a foja 0. Es decir: "organizar", "reorganizar", o como decía el presidente Mauricio Macri antes de asumir (refiriéndose a Carlos Saúl Menem, "un transgresor") "refundar" la patria a la medida de los intereses de los intereses de clase y las grandes corporaciones multinacionales.

Se trata, a todas luces, de una restauración neoconservadora y neoliberal que, pese a las diferencias enormes respecto a otras épocas (definitivamente no es una dictadura, aunque se acumulan los gestos autoritarios) se inscribe en una tradición muy clara de nuestra historia y debe ser leída como una variación de ese relato. 



lunes, 28 de diciembre de 2015

EL ANTAGONISMO EN POLÍTICA Y LA "FELICIDAD"



Todos los individuos quieren ser felices y no quieren sufrir. Por supuesto, “felicidad” es sólo un nombre. Podríamos haber dicho: “Todos los individuos quieren vivir una vida plena y no quieren vivir una vida de insignificancia y sinsentido”. Sea como sea, cada uno de nosotros puede atestiguar esta pulsión.

Ahora bien, “felicidad”, “plenitud”, “sentido”, son significantes vacios. Esto quiere decir que en el lugar de "la felicidad" o "la plenitud" podemos poner muchas y diversas cosas. Hay quienes creen que la felicidad está relacionada con el placer sensorial o la sofisticación cultural (en el arte, la literatura o el deporte). Hay quienes la asocian al poder sobre la naturaleza u otros individuos. Hay quienes la buscan en el reconocimiento social o personal. En general, todas estas alternativas pueden producir algún atisbo o limitada experiencia de plenitud, pero es bien sabido que su capacidad de satisfacernos es limitada. Nunca hay suficiente placer, ni suficiente poder, ni suficiente reconocimiento para colmar nuestra sed.

Ahora bien, una de las consecuencias de nuestra búsqueda de felicidad es que en muchas ocasiones otros individuos se convierten en medios para nuestro fin. Esto da lugar a una intensa lucha entre nosotros para no ser reducidos o reducir a otros a medios para nuestros propósitos. En este sentido, podemos leer la historia de la humanidad como una lucha por el reconocimiento de nuestra autonomía y dignidad. Pero, también, una esfuerzo por despreciar esa lucha, por silenciarla.

Si pensamos históricamente en una noción como los derechos humanos, más allá de los aspectos paradójicos que tiene esta tradición, y que en su momento vale la pena analizar, los seres humanos hemos estado luchando denodadamente por ser reconocidos en nuestra identidad y diferencia. Las diversas formas de discriminación, explotación, opresión o exclusión que hemos sufrido han estado  siempre basadas en algún tipo de retórica que descalifica, de un modo u otro, a cierto grupo humano o individuos.

La democracia es un régimen político que se caracteriza por lo siguiente: el lugar del poder está vacío de manera absoluta. No hay un Dios, un rey u otra realidad ultramundana que pueda mentarse como fundamento último y definitivo del orden socio-político que habitamos. No hay ninguna ley universal, ni siquiera las leyes de la biología o del mercado, que pueda exigirse como tribunal supremo que legitime o des-legitime el orden político que somos. El lugar vacío del poder lo llena circunstancialmente el soberano (el pueblo) con sus representantes en una elección libre. Nadie (ni Cristina Kirchner, ni Mauricio Macri) representa de manera definitiva y absoluta al pueblo, y el propio pueblo tiene una identidad siempre en mutación.

Sin embargo, justamente por eso, la democracia se encuentra tensionada entre dos principios que le son inherentes. Estos principios son: (1) el de la amistad y (2) el del antagonismo político. 

Por un lado, la identidad política, para serlo, debe estar fundada en algún tipo de reconocimiento mutuo. Formar parte de una unidad política implica identificarse con un significante: somos argentinos todos por igual, nos identificamos con un nombre, una bandera, y hasta cierto punto con una historia común. 

Pero, al ser ese significante, un significante vacío, luchamos por darle un sentido determinado. Ninguno de los sentidos es un sentido último o definitivo. El sentido de nuestra identidad se encuentra en disputa. 

Por lo tanto, el segundo principio es el de la enemistad o antagonismo, que es inherente a la política democrática.

Si sólo hay amistad política, caemos en una suerte de totalitarismo en el cual las diferencias son acalladas. 

Si sólo hay enemistad política o antagonismo caemos en el otro extremo y nos desbarrancamos hacia la guerra civil.

Ahora bien, la razón de la amistad y la enemistad se definen en torno a la igualdad, la libertad y la fraternidad. Nuestros amigos son nuestros iguales, aquellos que respetan nuestra libertad, y con quienes podemos abrazarnos fraternalmente en un destino común. El antagonismo es producto de la desigualdad, del sometimiento y el desprecio moral.

Como ya hemos señalado, el antagonismo es parte inherente de la política democrática. Es un principio que asegura que los individuos y las colectividades avancen en el proceso de reconocimiento de aquellos derechos negados u olvidados. Sin antagonismo político, muchos de los derechos de los cuales hoy gozamos, no existirían. Han sido el fruto de luchas, muchas veces denodadas y cruentas, y el sacrificio de muchas mujeres y hombres que han dado su vida para que nosotros gocemos de ellos.

Lo que está en disputa es siempre la igualdad y la libertad de los individuos, principios indispensables si queremos una patria fraterna. Y, cuando hablamos de igualdad y libertad no nos referimos exclusivamente a una igualdad y a una libertad política y jurídica, sino también económica, cultural y medioambiental.

La Argentina ha logrado muchas cosas importantes en estas últimas tres décadas. Ha habido momentos de retroceso, pero hemos alcanzado una alta consciencia política – una ciudadanía exigente. Participamos en las decisiones políticas, las discutimos, las refrendamos o las rechazamos con pasión. Una ciudadanía exigente se traduce necesariamente en antagonismos. El antagonismo es, además de una posición en el campo de relaciones, una pasión. La pasión es una energía. Ser dueños de nuestras pasiones para evitar que el antagonismo oculte enteramente el principio de amistad y de ese modo caigamos en la guerra civil, es crucial en nuestra formación ciudadana.

Sin embargo, el moralismo, el emotivismo individualista, la “indiferencia” espiritual o el mero conformismo frente a la cosa pública son tan peligrosos y corrosivos del orden social como la confrontación violenta. La totalización de la sociedad en una suerte de bonhomía ciudadana puede llevar a una violencia aun mayor. Todas las grandes catástrofes humanas: genocidios y exterminios, guerras coloniales, esclavismo y otros males terribles de nuestra historia han necesitado del condimento de la complicidad de una ciudadanía indiferente ante el mal. 

Ahora mismo Argentina se debate entre estos dos extremos. Entre la complicidad ingenua de aquellos que piden silenciar o poner entre paréntesis la pugna política. Y aquellos que no han asumido el antagonismo como un fenómeno inherente a la democracia y lo asumen como excepcional.


La imperfección de nuestras sociedades es análoga a nuestra finitud como individuos. Seguiremos luchando por hacer nuestras comunidades y la humanidad en su conjunto más justas, aún sabiendo que la justicia no es un bien eterno que existe en las nubes metafísicas de algún filósofo, sino el resultado de un reconocimiento siempre frágil de cada uno y de todos de nuestro derecho a buscar eso que llamamos, a falta de un mejor nombre, "felicidad".

viernes, 25 de diciembre de 2015

MÁTALOS SUAVEMENTE



(1)

El diario La Nación publica en su edición de hoy un artículo de Andrés Hatum, profesor en la Escuela de Negocios de la Universidad Torcuato Di Tella titulado: “Argentina S.A., los primeros 100 días de su CEO” (refiriéndose a Mauricio Macri, el presidente de los argentinos). El título no es inocente, por supuesto. Está en línea con la "revolución cultural" que propone Cambiemos, cuyo objetivo principal es despolitizar el escenario en disputa: una sociedad despolitizada es una sociedad obediente.

Prácticamente la totalidad de los Ministerios y otros altos departamentos están ocupados por altos ejecutivos de importantes multinacionales (Techint, HBSC, Monsanto, Shell, LAN, etc.). La escenografía que se publicita emula la que habitan las élites corporativas: abunda la trasparencia, regresan los "equipos" a reunirse en gabinete. Los elementos discursivos que componen el acervo macrista están disociados de cualquier referencia política: la hipotética eficiencia y el carácter lúdico de los encuentros entre administradores es la nota característica. La utilización de eufemismos sienta bien a los "Cardenal Newman Boys" y sus allegados.

(2)

El problema de fondo es que la lógica corporativa se da de bruces con la lógica democrática. El talante dialoguista y el espíritu de grupo que impera entre las élites se combina con el decisionismo brutal de los grandes ejecutivos a los que no se le opone norma alguna.

En estos círculos, la transgresión es festejada como muestra de testosterona y creatividad. Las antiguas herramientas que aseguran precariamente el equilibrio de poderes son pisoteados en nombre de relaciones y negocios.

Los ciudadanos, como los accionistas de poca monta, son ninguneados. En el mundo corporativo, un persona no vale un voto. La estructura es jerárquica y piramidal. Se sugiere pero no se vota.

El igualitarismo en estos círculos es el obstáculo a vencer. Para ello se utilizará la coerción (la gestión de la protesta social, la represión), pero más importante: la manipulación mediática que permite la transferencia de la soberanía a quienes conducen "con mano de hierro" la opinión pública.

El “círculo rojo”, tantas veces mentado durante la campaña (Marcri lo exaltó en reiteradas ocasiones), habla la lógica de los grandes accionistas.

(3)

Un ejemplo de esta lógica del "círculo rojo" lo encontramos, otra vez, en La Nación de hoy.

El periodista José Krettaz titula su nota: “Un paso previo al principal objetivo: desactivar el conflicto con los medios”.

Sin pelos en la lengua, nos informa que la aseveración del Ministro de Comunicaciones, Oscar Aguad, de que la intervención de la Afsca y la Aftic no implica por el momento que se tocará la Ley de Medios, es sólo una estratagema circunstancial. Dice Krettaz: “pronto lo será”. Y explica que el gobierno de Macri tiene planes.

Esos planes consisten en unificar la ley de Medios y Tecnología con el propósito de hacer más efectiva la conectividad. Desactivar el conflicto con los medios conlleva, por lo tanto, suspender una ley que les perjudica, aun cuando el pueblo argentino la votó a través de sus representantes, pese que haya sido la ley más consensuada, consultada y refrendada por la sociedad civil de toda la historia de nuestra democracia, pese a que la propia Corte Suprema de Justicia ratificó su constitucionalidad.

El precio que hay que pagar para tener a los medios a favor es la propia democracia.

A esta altura no parece una exageración decir que son los grandes conglomerados mediáticos los que nos gobiernan, junto con el entramado corporativo al que dichos medios están asociados.

Todo esto apunta a dejar sin efecto las particiones a las que debía someterse el Grupo Clarín para limitar su presencia dominante e incluso monopólica en algunos lugares de nuestra geografía. Es decir, Macri trabaja para unificar otra vez el negocio.

En este sentido, nos dice Krettaz: “el gobierno de Macri está logrando un alto y llamativo consenso entre las empresas involucradas”. Y agrega cínicamente que esto es sorprendente (es decir, un gran logro de Macri) si se piensa en el conflicto del cual venimos con el anterior gobierno.

(4)

Mientras leía el artículo recordé algunas escenas de la película “Mátalos suavemente”, dirigida por Andrew Dominik y protagonizada por Brad Pitt. La película no tiene desperdicio, y las asociaciones tangenciales con la realidad política argentina son numerosas y sorprendentes.

El personaje central (Brad Pitt) es Jackie Cogan, un sicario contratado por la mafia para deshacerse de un par de delincuentes que se han quedado con su dinero. Tipos de poca monta que han cometido el error de asaltar una partida ilegal de Póker en la cual la mafia tenía participación.

Lo interesante de la película (la cual recomiendo especialmente) es que entre las imágenes bizarras de los bajos fondos y la delincuencia, entre asesinatos despiadados y absurdas conversaciones sobre lealtades y códigos morales entre asesinos a sueldo, se escuchan los discursos de Barack Obama y George W. Bush emitidos a través de radios y televisores.

De hecho, la película comienza con el famoso discurso de campaña de Obama conocido como el "Yes, we can". A lo largo del film se escucha a George W. Bush hablando de la necesidad de generar confianza. O el famoso discurso en el cual exige al congreso un paquete de medidas para salvar a los bancos. Y finalmente, los discursos de Obama llamando a la unidad y el espíritu de los estadounidenses.

En este contexto, la retórica política de unidad, igualdad, democracia y libertad contrasta con el mundo de miseria y violencia que reina en las calles de un país saqueado por políticas regresivas, inversión sostenida al entramado industrial militar, la crisis económica y la cuantiosa transferencia de capital de las arcas públicas hacia el sector privado que supuso el plan de salvamento del sistema financiero.

Como señala el filóso político Sheldon Wolin en Democracia S.A. (Editorial Katz), los Estados Unidos se han convertido, como mucho, en una "democracia dirigida" en la que el pueblo norteamericano ya no es soberano, sino que es sometido a una concertada manipulación mediática. De acuerdo con Wolin, en los Estados Unidos el poder corporativo no responde ya a los controles del Estado.

De manera oscura, el espectador comprende que los intereses mafiosos y políticos están estrechamente vinculados, que la retórica de los asesinos es la imagen invertida en el espejo que refleja el cinismo de los  CEO-políticos.

Al final, el sicario Jackie Cogan sentencia: “Estados Unidos no es una Nación. Es sólo un negocio. Estamos todos solos”.

En la Argentina del cambio que una mayoría estrecha votó en las últimas eleccions, oscuros vasos comunicantes se vislumbran entre las élites corporativas, los nuevos CEOs de la política local, los "equipos" de trabajo que representan a las grandes multinacionales en los ministerios y los bajos fondos.

Quizá Argentina, como apunta Andrés Hatum, está abandonando su truncado anhelo de convertirse en una nación democrática y republicana para devenir eso que Jackie Cogan señalaba: sólo una oportunidad de negocios. Si es así, estamos todos sólo, cada uno a la intemperie de la barbarie que instituyen los poderosos. 

miércoles, 23 de diciembre de 2015

LA REPÚBLICA PERDIDA


El macrismo se apresta al saqueo silenciando medios, echando periodistas, limitando la protesta social, ignorando el poder legislativo, blindándose judicialmente. 
Mientras tanto, los argentinos nos aprestamos a vivir un nuevo saqueo, gestionado por los legítimos herederos del menemismo y el delarruismo, y con la complicidad activa y pasiva del 50% de su población (como entonces).
Nos toca vivir otra vez el silencio cómplice de quienes lo votaron, quienes acompañaron la estigmatización, quienes injuriaron, quienes convirtieron, otra vez, un gobierno popular en objeto de su furia y su ignorancia.
¿Nos tocará otra vez salir a la calle, volver a ser agredidos, silenciados, desaparecidos?
Como señalaron sin vergüenza la vice-presidenta, Michetti, y la ministra de seguridad, Patricia Bullrich, no les temblará la mano a la hora de reprimir. Volverán a pegar cuantas veces sean necesarias, para escarmentar, para disciplinar, para facilitar el proceso de restauración oligárquica en Argentina. 
Son la derecha roñosa e inescrupulosa de siempre. Son los que legitimaron la dictadura, los que hoy explican con circunloquios los desaparecidos, las apropiaciones ilegitimas, las torturas y los vuelos de la muerte. Los que se complacen coqueteando con aquellos que hundieron una generación en la miseria, provocada por su ambiciosa barbarie. Los que se persignan con las manos ensangrentadas. Los que hablan de amor cínicamente. Los que prometen con una mano a los desheredados, un futuro que les robarán con la otra.
Los apoyan los mismos jueces que cajonearon habeas corpus durante la dictadura, son el partido judicial de siempre, los mismos apellidos, las mismas complicidades, el mismo secretísimo. 
Son los mismos que festejaron la multiplicación de sus riquezas mientras en Argentina llorábamos los muertos durante el 2001. Los que se cagan en los negros, los que reniegan de nuestra estirpe mestiza y les asalta la arrogancia de su blancura imaginaria.
Son ellos, los que siempre te despreciaron, y vienen a por vos. 
Primero te convencieron con el mismo discurso travestido y orweliano con el cual viajan por el mundo otros como ellos, esclavizando gente, hambreándolas y matándolas para conservar un lugar entre las élites. 
Ellos, los que desinforman, los que censuran masivamente, los que llenan de insatisfacción y odio cada día de tus días. 
Después, con tu voto, lograron lo que más querían, unir a sus fuerzas corporativas la administración de tu Estado, con el cual ensancharán la diferencia que te esclaviza.
¿Qué vas a hacer, pibe? ¿Te vas a quedar sentado mirando TN mientras te joden tu futuro como jodieron el futuro de tus padres? 
¿Te vas a quedar sentado mirando como se roban tu país, tu petróleo, tu línea de bandera, tu ciencia y tu tecnología, tu lugar en el mundo? 
En España, el 60% de los jóvenes están desempleados, y el otro 40% está precarizado, vive con los llamados "contratos basura". Esos serán los contratos que tendrás pronto: con flexibilización laboral complementaria, para echarte en cuanto abras la boca, para hacerte competir con tus pares. Para hacerte odiar a inmigrantes de todas las latitudes, para hacerte xenófobo, racista, idiota. Todo a cuenta de su beneficio. Y, claro, "si se puede": ellos pueden gracias a vos. 
¿Sabés quién ha estado gobernando en España, estigmatizando la protesta social, privatizando los bienes públicos, sometiendo a la población a la disciplina mediática concertada, censurando a los movimientos progresistas y escrachando sistemáticamente a los líderes rebeldes como "radicales" mientras habla de unidad y respeto a las instituciones? 
Te cuento: los socios de Mauricio Macri. Si, los socios de Mauricio Macri, el Partido Popular, que pertenece al bloque del Partido Popular Europeo, el mismo que se pasa por el forro de las pelotas a millones de refugiados, a los inmigrantes, el que no es capaz de dotar con un salario mínimo a su población, el que promete en breve quedarse con sus pensiones, el que ha puesto en venta la educación pública, el que forzó a Grecia a aceptar un acuerdo ominoso, el que tiene centenares de funcionarios imputados por corrupción, el que llena las juntas de administración de las grandes multinacionales y los directorios de los organismos internacionales como el FMI, el que promueve guerras, asesinatos selectivos y acepta sin chistar las políticas represivas de sus socios en el sur de Europa. El Partido Popular Europeo que negocia el futuro de Europa secretamente, el que vende la soberanía a las Corporaciones a las que sirve, el que ha entregado el futuro del continente a un Tratado de Libre Comercio que dejará desprotegidos jurídica y judicialmente a los trabajadores de toda Europa. ¿Te suena? 
Por eso te digo: si querés saber lo que te espera, ahí tenés un espejo donde mirarte. 
Si crees que tipos como Aguad o como Patricia Bullrich van a defender tus derechos laborales y tu libertad de expresión, sos un gil. Ellos están allí para defender a la patronal, a las corporaciones, a sus amos. 
Si crees que a tipos que vienen de Techint, de LAN, de Monsanto, de Shell, del HBSC van a defender tus derechos humanos, sos un ignorante. Ahora son tus ministros. ¿Qué te parece? 
Todos estos tipos trabajaron (y aun trabajan, te lo aseguro) para corporaciones que han sido acusadas sistemáticamente por las más flagrantes violaciones a los derechos fundamentales. Son los capataces de un sistema corrupto que fuimos capaces de contener de manera reducida y fugaz en nuestra patria durante unos pocos años. 
Logramos cosas importantes, aunque endebles y limitadas, pero que hacen una diferencia en la vida de la gente. 
No preguntes ya por tus derechos, porque están confiscados o condicionalmente vigentes. Es lo que querías, ¿no es cierto?

viernes, 18 de diciembre de 2015

LO IMPOSIBLE





El shock

Estas últimas semanas han sido, para muchísimos argentinos, un “shock”, en el sentido político que le dio al término la periodista canadiense Naomi Klein.

Primero fue la sorpresa del fracaso electoral del FpV en la primera vuelta.

A continuación, el balotaje que trajo consigo el triunfo de Cambiemos, aunque barajada la derrota desde la primera convocatoria electoral, fue experimentada por quienes apoyaron al kirchnerismo como un mal sueño (para no decir una pesadilla).

Luego vinieron, (1) la despedida de Cristina, que regaló a una parte de la ciudadanía algunas horas de consuelo y esperanza. A otros la presencia de la entonces mandataria les produjo el resquemor habitual, la rabia y el asco reiterado con fruición durante los últimos años.

Después, (2) vino la asunción presidencial, enmarcada en una pugna escandalosa que opaco el traspaso simbólico en la Casa de Gobierno, la presidencia fugaz de Pinedo (quien asumió interinamente a través de una cautelar y una orden judicial).

La siguiente escena trajo las primeras palabras y gestos del nuevo presidente. Sus seguidores interpretaron las mismas como el comienzo de un nuevo ciclo político en la Argentina, marcado por la esperanza de un consenso cordial entre su simétrica participación electoral. Para otros, la cínica manifestación de la derecha tradicional aggiornada a la medida de la posmodernidad.

Luego empezó la danza de los anuncios.

Primero fue el descubrimiento del famoso "equipo" del Ingeniero Macri, quien fue generoso a la hora de repartir los diversos estamentos del Estado entre los representantes de las grandes multinacionales, sazonando su gabinete con figuras polémicas en el ámbito de la cultura. Recordemos que todos estos nombres se mantuvieron en secreto durante la campaña para no crear suspicacia entre los votantes

Las primeras medidas apuntaron a la línea de flotación de la resistencia popular: los ataques fueron dirigidos sin miramientos a blindar los poderes en los que el macrismo juega con holgada ventaja: la justicia y la corporación mediática (ambos poderes "impermeables" a la voluntad democrática).

Los nombramientos a dedo de dos jueces de la corte (pese a la estridente crítica de propios y ajenos), acompañado de presiones a la Procuradora General del Estado, Gils Carbó. La disolución del AFSCA como organismo autárquico, junto a los ataques casi personales al funcionario que la dirige, Martín Sabatella. Además, la "feliz" coincidencia de varias sentencias que en tiempo y forman favorecen a los grandes medios (condonando deudas históricas y suspendiendo la adecuación que legalmente se les exige). Todo esto auguro una política judicializada y mediatizada, en contraposición a una política parlamentaria y con la tan añorada división de poderes en la que tanto insistieron los adalides del club del teléfono rojo.

Arreados al matadero

Con la difusión de las tan esperadas (y previsibles) políticas económicas, el escenario anímico de una parte importante de la población comienza a ser una resaca desoladora.

En shock todavía por el “acontecimiento” que supuso la asunción de un presidente neoconservador y neoliberal en nuestras latitudes (incluso entre muchos de quienes acompañaron con voto y discurso al presidente electo), Prat Gay y compañía nos dieron la buena nueva: retenciones 0 en algunos casos, reducción generosa en otros, política fiscal regresiva, mega-devaluación, liberación de la política cambiaria, endeudamiento, reducción o quita de subsidios, emergencia energética y de seguridad.

Los garrotazos han superado las expectativas de los más pesimistas. Pero el sacudón no afecta exclusivamente a los que preferían la continuidad del modelo nacional de inclusión social, desendeudamiento y crecimiento del mercado interno. La sorpresa afecta por igual a aqueos y troyanos.

Ha ocurrido lo imposible, aunque el escenario es de manual "neoliberal". Una parte importante de la ciudadanía ha sido arreada hacia su propio sacrificio.

Ahora bien, la pregunta es cuánto tiempo necesitaran para reconocer su error y prevenir mayores males quienes ha sido condición de posibilidad de esta catástrofe, y si acaso serán capaces de responder al desafío del día después.

Las emociones destructivas

Es bien sabido que las emociones son como el alcohol. Envalentonado, el borracho suele ser un peligro para sí mismo y para quienes lo rodean. Si asume una responsabilidad (conducir un automóvil, por ejemplo), el peligro aumenta proporcionalmente al grado etílico que tenga su organismo.

Con las emociones negativas ocurre algo similar.

Ni el deseo obsesivo, ni el odio compulsivo son signos de lucidez. Cuando la lujuria nos desborda, tomamos decisiones de las cuales, en muchas ocasiones (sino en la mayoría de ellas) acabamos arrepintiéndonos.

Un jugador compulsivo pone en peligro la estabilidad de su familia. La infidelidad produce víctimas. Las víctimas son personas amadas, seres que confiaban en nosotros, que son postergados para satisfacer cueste lo que cueste nuestro deseo.

Algo semejante ocurre con el odio desbocado. Borrachos de ira, decimos cosas hirientes que no pueden ser desdichas sin dejar una herida. Rompemos un objeto o golpeamos a un ser querido con el fin de quitarnos de encima la sensación desagradable que nos produce aquello que se interpone con nuestra satisfacción.

Algunos votantes de Cambiemos lo hicieron por convicción. Creen en el libre mercado, asumen una visión caníbal de la realidad social y están dispuestos a correr los riesgos. Están asociados a las grandes fortunas o sirven a los afortunados con la esperanza de ser como ellos. Sea como sea, más allá del antagonismo, su voto es fruto de una convicción ideológica.

La mayoría, sin embargo, votó contra Cristina. Prueba de ello fue el travestismo que ejercitó Macri para ganar su favor.

En estos días lo constatamos cuando escuchamos la inseguridad que manifiestan al justificar las medidas de su candidato devenido presidente de la República. En este caso, el asco y la rabia les jugo una mala pasada.

Incautos, se alimentaron con los contenidos manufacturados por las estrellas periodísticas del momento, contratados por las grandes corporaciones, justamente, para seducir e indignar a la ciudadanía y conducirla hacia sus propios objetivos. Empachados de bronca, mascullando bestialidades sin filtro, borrachos de ira, votaron a Mauricio (el presidente Mau, dice la señora Giménez).

Una semana después, la borrachera se acabó. Nos duele la cabeza, se nos revuelve el alma. Un poco avergonzados observamos el desastre que hemos colaborado a producir. Una retahíla de vanas justificaciones son hilvanadas sin demasiada convicción.

¿Qué hacer? Para empezar, tomar nota del engaño al cual hemos sido arrastrados. No es inteligente seguir justificando nuestro traspié. A continuación, hacer un listado mental de quienes nos engañaron. Efectivamente, no son confiables. Lo lógico sería dejar de prestarles nuestro beneplácito.


lunes, 14 de diciembre de 2015

LA COMPRENSIÓN DEL OTRO. De la política al más allá.


Introducción

El título de este post comenzó siendo “La oportunidad”. Quería mostrar que, más allá de los peligros que acechan al proyecto "nacional y popular" que pretende encarnar el kirchnerismo, el triunfo de Cambiemos puede servirnos para profundizar el reconocimiento de derechos de una manera más amplia. Lo cual no quita reconocer la peligrosidad que supone para los intereses populares un gobierno neoliberal y neoconservador como el de Mauricio Macri, que ha llegado al poder a través del voto popular, con enormes recursos debido al control territorial del Estado y de los distritos más populosos y ricos del país, con las espaldas bien guardadas por el poder mediático y judicial. Los recientes nombramientos de miembros de la Corte Suprema por decreto confirman nuestros temores. Algo de eso diré a continuación.

Ahora bien, cuando leí las noticias sobre las elecciones en Francia se me ocurrió que un elemento importante que estábamos olvidando en nuestro análisis y que es crucial que recuperemos si queremos establecer una estrategia constructiva para los próximos años es el hecho de que el triunfo cuantitativo de Cambiemos oculta una importante derrota cultural. Esta derrota (no cuantitativa, repito, sino cualitativa) puede ser el trampolín desde donde pensar el proceso de empoderamiento colectivo del cual habló Cristina Fernández en su discurso despedida en la Plaza de Mayo. Por esa razón, el título alternativo del post es: “La izquierda de la derecha; y al revés”. Algo más diré sobre esto. 

Finalmente, las declaraciones de Máximo Kirchner sobre la necesidad de hacer un Frente para la Victoria más amplio, más incluyente, me hicieron pensar en la necesidad de vehicular una idea de Argentina como totalidad que nos permita pensar kirchnerismo y macrismo como momentos dialécticos de un mismo  proceso de construcción identitaria. Lo que es evidente, más allá de la retórica de unidad que promueve Cambiemos, el mismo resuena porque existe un malestar de fondo al que hace referencia. Ese malestar gira en torno a la conflictividad de la vida social y el anhelo de unión con el que se topa. En síntesis, ¿Es posible, en una situación de antagonismo como la que vivimos, trabajar en pos de una identidad común fundada en la diferencia? Parece necesario encontrar alguna fórmula alternativa que nos permita interrumpir los ciclos de disyunción que caracterizan a la Argentina fraticida. Es en este sentido que titulé al artículo: "La comprensión del otro. De la política al más allá". Con esto no me refiero a una suerte de consenso solapado a la Rawls, aunque es evidente que algún tipo de consenso procedimental es indispensable en las sociedades modernas. En el caso de una sociedad como la nuestra, necesitamos algo más "sustancial". A continuación desplegaré algunos argumentos en esta dirección

(1)

Comienzo con una evidencia. 

Los problemas más acuciantes a los que se enfrenta la política argentina actual giran en torno a lo sesgado de los juicios respecto a nuestros contrincantes en el debate. Es un lugar común recurrir a la suspicacia respecto a las motivaciones morales de nuestros antagonistas. 

Podría ser que, ahora que el kirchnerismo ha dejado circunstancialmente el poder (después de doce años de estigmatización ininterrumpida por parte de una oposición desgarrada por el odio y el prejuicio) haya llegado la hora de comenzar a abordar el análisis de los discursos y las políticas públicas de otro modo. No en función de hipotéticas “motivaciones perversas” que se despliegan de cara a la galería – lo cual ineludiblemente nos lleva a deformar la argumentación estudiada – sino en vista de su estricto contenido ideológico. Se trata de abordar la política críticamente: echando luz sobre las condiciones de posibilidad de lo que se explicita y se hace, en contraposición a la mera crítica ideológica. 

Por supuesto, las retóricas de gobernantes, políticos opositores y comunicadores en general, deben confrontarse con la realidad de los hechos. No hay duda que se miente, y que se lo hace descaradamente. Los últimos doce años han sido un festín de publicistas, escrachadores, denunciadores seriales y mentirosos inveterados. Es obvio (y no tan obvio), como señala Ignacio Ramonet, que en nuestra época se desinformar informando, que los discursos y las puestas en escenas se articulan, no sólo para mostrar, sino también (y en gran medida) para ocultar la realidad. 

Pero es posible, precaviéndose con la contrastación empírica de los hechos y los discursos, echar luz sobre los trasfondos que animan a los contendientes. Metodológica y estilísticamente, se echa en falta un Chomsky en nuestras latitudes, alguien que tenga la capacidad para desmontar los discursos confrontándolos con la realidad. Lo más próximo que se ha intentado en los últimos años ha sido el programa 6-7-8 y sus órbitas mediáticas, cuya estrecha relación "personal" con el gobierno le ha costado una credibilidad más amplia, pese a los aciertos del formato y el objetivo definido. 

Lo que necesitamos es hacer comprensible al otro. Entender su estrategia, por supuesto, pero también la ontología, la antropología y la ética que sustenta su visión del mundo. La caricaturización de nuestros contrincantes los convierte en blanco fácil de nuestros ataques, pero lo alejan de nosotros como objetos de entendimiento. Los monstruos no existen. Los agentes, incluso aquellos que actúan en principio de manera incomprensible, que nos indignan o subvierten nuestras emociones, lo hacen en el marco de sus propias lógicas existenciales. Entender esas lógicas es imprescindible si queremos tener lucidez a la hora de juzgar los escenarios humanos.

Los fragmentos discusivos y los actos y medidas puntuales son incomprensibles fuera de sus contextos. Entender a nuestros antagonistas supone prestar atención a los ideales que los animan, las mutaciones que sufren, el mestizaje que traen consigo las alianzas que establecen con otros agentes. En definitiva, ser conscientes del movimiento de la vida humana, específicamente, de su dimensión socio-política. 

Para ello debemos huir de los estereotipos, sin olvidar que las matrices y categorías que utilizamos para ordenar la experiencia no son enteramente arbitrarias. Debemos volvernos asiduos lectores de los libros de nuestros contrincantes, conocedores dedicados de su argumentación, asiduos escuchas de sus discursos, atentos a los dilemas y paradojas a las que se enfrentan.  Solo así seremos capaces de articular más claramente nuestras propias opciones morales y políticas.Después de todo, la política, como la religión, no puede juzgarse desde una perspectiva neutral. En nuestro caso, ni el kirchnerismo, ni el macrismo, tienen, tendrán, o deberían tener, la última palabra.

(2)

El resultado de las elecciones francesas de las últimas horas señala que el Frente Nacional ha sido derrotado por la coalición de Nicolás Sarkozy y el Socialismo. Estos han establecido una alianza, como en ocasiones anteriores (una suerte de cordón sanitario alrededor de la derecha radical representada por Marine Le Pen) con el fin de proteger a la República del radicalismo racista y xenófobo. 

Desde el punto de vista cuantitativo, sin embargo, el triunfo de la coalición es relativo.  Si prestamos atención a la totalidad del campo donde se enfrentan las diversas fuerzas, el “extremismo” resulta victorioso en un sentido fundamental: empuja al resto de los agentes a inclinarse a la derecha para captar el malestar que ha empoderado a los ultras. Es decir: triunfa culturalmente.

De manera análoga, aunque el triunfo cuantitativo de Mauricio Macri es indiscutible, éste sólo fue factible a través de una “kirchnerización” discursiva de Cambiemos, que debió adoptar ideales ajenos a su identidad histórica para captar el voto descontento que quiso deshacerse de 12 años de kirchnerismo nominal, pero no de los derechos adquiridos durante este período. 

Aquellas políticas que atenten contra los pilares del imaginario cultural hegemónico deberán enfrentarse a diversas formas de resistencia popular. La estrategia del macrismo consiste en camuflar esos cambios, al tiempo que dispone la trama narrativa para hacer un giro cultural que le permita regresar al núcleo ideológico duro del cual es heredero.

Sin embargo, los tránsitos de ida y de vuelta no están asegurados. Como ocurre en la vida individual, las experiencias colectivas producen mutaciones imprevisibles. Los intereses sectoriales en pugnan pesan, pero también la idiosincrasia de la población, los malestares y frustraciones, lo que en cada momento histórico es aconsejable y permisible.

(3)

Ahora bien, los dilemas frente a los que nos sitúa una sociedad plural, confrontada por anhelos contradictorios e identidades agonísticas, nos obligan a cuidar los mecanismos constitucionales que la democracia nos ofrece con el fin de superar las tentaciones siempre presentes de la violencia. 

Eso no significa que la única vía sea una "democracia consensual". La unidad no consiste exclusivamente en guardar ciertas formas, ni siquiera en apostar a una razón comunicativa y dialóguica blindada procedimentalmente para encontrar una vía media que conforme a todas las partes.

Además, estamos obligados a prestar atención a las asimetrías que los marcos procedimentales, las formas en las cuales se ciñe el hipotético diálogo, ocultan.

En ese sentido, dos esferas preocupan especialmente a quienes no ostentan poder y dinero en esta encrucijada: la justicia y los medios de comunicación.  Sin resolver la parcialidad de la primera, y promover la multiplicación genuina de las voces, las decisiones finales que la ciudadanía toma en las contiendas electorales se tornan ilegítimas (aunque pudan presumir de legalidad). Esto ocurre cuando los agentes políticos se sienten amenazados jurídicamente o silenciados en la esfera pública.  


domingo, 13 de diciembre de 2015

LOS ARGENTINOS Y SUS DERECHOS




1.     

1. El mundo de la vida (el mundo de la cultura y la cotidianeidad) está acosado por dos subsistemas: el capital corporativo (dinero) y el Estado burocrático (poder). En épocas recientes hemos visto como el capital corporativo y el Estado burocrático actúan conjuntamente, no ya como competidores sino como socios incestuosos, haciendo más difícil a los ciudadanos tener control sobre sus vidas.

2. Los medios de comunicación masiva y las redes sociales han transformado la esfera pública, ampliándola, pero también dislocándola y diluyéndola en un océano de voces en el cual resulta difícil para la mayoría orientarse. Sólo a través de una estrategia concertada de los movimientos políticos y sociales de los de abajo (como ejemplifica la consciencia en el terreno medioambiental, fruto del empeño estridente de los grupos ecologistas durante más de cincuenta años) pueden afectarse positivamente los “imaginarios sociales”.

3. Los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández fueron importantes, especialmente si los contrastamos con lo que le antecedió (saqueo del Estado y quiebre institucional). Lejos estuvieron de cumplir con todos los anhelos de emancipación, igualdad y solidaridad que nos motivan, pero fueron capaces de poner en marcha un movimiento de reivindicaciones que se asocia a los grandes hitos históricos de resistencia popular del continente.

4. Sin embargo, hay una parte importante de la ciudadanía argentina que ha asumido el discurso mediático corporativo como propio, y habita un imaginario en el cual el Kirchnerismo (como en otras épocas el comunismo o, actualmente, el islamismo) es el origen de todos los males. Un imaginario de estas características es (no debería hacer falta decirlo) absolutamente fraudulento. Los conflictos de la sociedad argentina no nacieron con el kirchnerismo, ni van a terminar cuando o si el kirchnerismo desapareciera.

5. Borrachos de aversión, los armadores políticos (periodistas, consultores de imagen y publicistas) construyeron una alternativa política al kirchnerismo en la cual ubicaron en el centro de la escena a Mauricio Macri y su “equipo” de trabajo. La tradición política de Macri es neoconservadora y neoliberal. Tiene una mirada elitista de la política (los asuntos importantes se discuten entre los que cuentan: el famoso “círculo rojo”, es decir, de espaldas a la ciudadanía). Entiende la economía con una mezcla bien sazonada de libre mercado e instrumentalización de los recursos del Estado. Basta echar un vistazo a sus héroes más allá de nuestras fronteras para constatar de qué estamos hablando: (1) Donald Trump; (2) José María Aznar y Rajoy; (3) Mario Vargas Llosa.

6. Desde el punto de vista comunicacional, como ocurre con otros políticos de la nueva derecha mundial, Cambiemos se presentó con un doble discurso: el de la efectividad empresarial (sus ministerios están dirigidos en su mayor por CEOs de grandes multinacionales) y el de la nueva espiritualidad (que combina una ética hedonista, condimentada por cierta visión neo-estoica o neo-budista de la realidad, que recupera en clave retórica nociones ilustradas como “beneficencia mutua” con aditamentos de “compasión” o “altruismo” budista.

7. En esta misma dirección, el discurso de Mauricio Macri durante la campaña enfatiza el individualismo en detrimento de cualquier noción colectiva fuerte. Dos datos bastan para confirmar esta intuición: (1) el reiterado uso del segundo pronombre singular durante la campaña (el “vos”, en detrimento al “nosotros”) y (2) su reticencia a hablar de la patria. Incluso en el momento de la asunción, cuando eludió jurar por la patria y, en cambio, lo hizo por una categoría subjetiva como es la “honestidad”. Echando un vistazo a los archivos más recientes, descubrimos que, para Macri, los temas de soberanía están supeditados a las necesidades del mercado. Ejemplo de ello fueron sus definiciones acerca del tema Malvinas y su alineación con la política exterior estadounidense desde el primer día.

8. Lo anterior no es una crítica, sino simplemente la constatación de los elementos ideológicos que sustentan a la fuerza política triunfadora. Lo que se evidencia es, en breve, que Cambiemos se alinea con una cierta manera de entender la sociabilidad y la individualidad humana. 


9. Ahora bien, si echamos un vistazo al mundo que nos rodea, constatamos que el giro hacia la derecha neoliberal y neoconservadora en Argentina no es una anomalía local. Todo lo contrario, el giro se da a escala mundial. El capitalismo siempre se ha caracterizado por su tendencia a la monopolización. El Estado moderno ha sido al mismo tiempo su posibilidad y su límite. Pero el neoliberalismo ha logrado domar al Estado, agigantando de este modo sus posibilidades y derrumbando todo límite pretérito. Los resultados han sido y están siendo catastróficos. Las consecuencias en términos de sufrimiento humano y deterioro medioambiental, trágicos.

10. Desde el 2007, con la manifestación de los desequilibrios de la ruleta financiera alrededor de las sub-prime, que trajo consigo la masiva transferencia de recursos del Estado a las corporaciones, vía salvamento bancario, Europa vive las consecuencias de esta política plutocrática. Los resultados están a la vista. Los países del sur de Europa se encuentran quebrados, con deudas que ascienden, en algunos casos al 160% de su PBI. Sometidos a privatizaciones masiva, ajustes estructurales que ponen en crisis los sistemas sanitarios y educativos, y mantiene a una parte sustancial de la población desempleada (el 24% en España, por ejemplo), o precarizada. Mientras tanto, bancos y empresas reciben subvenciones directas e indirectas, y sus cuentas cierran anualmente con números de crecimiento astronómico.

11. En América Latina, pionera en la implementación del modelo neoliberal en los años noventa, un conjunto de gobiernos progresistas triunfaron en elecciones libres con políticas dirigidas a recuperar el rol del Estado, y la política genuinamente democrática. En Argentina, dicho proceso giró en torno a tres ejes fundamentales: políticas sociales, soberanía y derechos humanos. El éxito relativo del proyecto político es incuestionable. Más allá de los problemas, los datos objetivos son elocuentes: desendeudamiento sin ajuste (Argentina tiene la tasa de deuda relativa más baja del mundo: 19% del PBI); exitosa política de reparación histórica en derechos humanos, acompañada por una ambiciosa política de ampliación de derechos; y un abanico de medidas efectivas para minimizar la desigualdad estructural.

12. La respuesta a este proyecto ha sido un ataque concertado instrumentalizado a través de los monopolios globales comunicacionales acompañado de la judicialización permanente de la política pública y el blindaje judicial de las corporaciones económicas. No estamos hablando de un fenómeno local. Boaventura de Sousa Santos habla en su Sociología del Derecho de los mecanismos utilizados por el neoliberalismo para lograr el “epistemicidio” de los pueblos del sur: (1) los ataques a los imaginarios sociales emancipadores a través de una aceitada industria informativa y cultural que hace mella entre la ciudadanía, y (2) un entramado jurídico institucional que perpetua las estructuras neocoloniales que se encuentran al servicio del capital transnacional.

13. Ahora bien, en estos días hemos visto algunas cosas interesantes. Las dos preocupaciones centrales de Macri han girado en torno a dos organismos: el AFSCA, que preside Martín Sabatella, dedicada a monitorizar la política comunicacional e implementar la Ley de Medios Audiovisuales; y la Procuradoria General del Estado, presidida por Alejandra Gils Carbó, cuyo propósito es representar a la ciudadanía frente a todos los estamentos del Estado. Los medios de comunicación y la Justicia son los dos estamentos que utiliza el poder corporativo para pasar por encima de la democracia representantiva popular.

14. También hemos sabido, gracias al sinceramiento reciente de Alfonso Prat Gay, que el país no está tan mal como habían anticipado los formadores de opinión, y que, por ello, las medidas de choque que aparentemente se necesitaban pueden esperar.

15. El tema institucional que el macrismo, como el resto de la oposición de entonces, tanta importancia concedió, no parece ya una prioridad del actual gobierno. La derogación de la ley de Medios audiovisuales, la ley más debatida de la historia del país, fue realizada a través de un DNU.

16. Más preocupantes aún son los gestos en torno a la política de derechos humanos. Después de la editorial de La Nación, y la blanda respuesta de Mauricio Macri respecto a la necesidad de suspender los juicios por crímenes de lesa humanidad, las designaciones recientes y la reposición de los dictadores genocidas en el panteón del portal digital de Casa Rosada no alientan esperanzas en esta dirección. Su silencio al respecto durante sus discursos de jura y traspaso, resultó atronador.

17. Finalmente, una nota color: cuando diarios como La Nación y Clarín dejan sus estridencias de lado, Argentina es un país normal, con sus problemas, con sus dificultades, con sus triunfos y sus fracasos. Lo que Argentina no es y no fue durante los últimos años es lo que la opinión de la gente quiso creer: una dictadura al borde de su propio abismo. Noam Chomsky solía decir que uno de los consensos que se manufacturan para someter a sus pueblos es hacerles creer que viven en “Estados fallidos”. La estrategia comunicacional en Argentina ha sido de manual.

18. Lo preocupante es lo siguiente. Lograron convertir la imagen de un gobierno medianamente normal, comprometido con el país y con su gente, pese a sus evidentes errores y sus casos de corrupción, en una dictadura que llevó al país a la quiebra y que utilizó los derechos humanos para sus propio beneficio electoral. Lograron eso, y convertir a Mauricio Macri y a su lobby, apoyados por los Mitre (La Nación) y los Magneto (Clarín), los mismos que escondieron los muertos y los desaparecidos, los mismos que apoyaron todas las dictaduras militares y todos los programas de empobrecimiento, en los “salvadores de la patria”, los promotores de una abstracta unidad nacional.

19. A quienes pensamos en términos históricos y releemos con atención la retórica de los golpes militares y otras zancadillas en la historia a los movimientos populares, las odas a la Unidad de estos días, y las admoniciones a cerrar el pico de aquellos que no comparten la alegría de la abstracta unidad nacional, junto al glamuroso chismorreo sobre la primera dama y las galas del Colón, nos retrotraen a otras épocas.

Finalmente, no seamos ingenuos. Los Europeos vivieron el holocausto y asumieron el compromiso de los derechos humanos. Hoy dejan ahogar en sus costas a los niños, las mujeres y los ancianos refugiados de Siria, después de décadas de genocidio concertado fuera de sus fronteras. En Francia, el país de “la libertad, la igualdad y la solidaridad”, el partido de Le Pen, la derecha islamofóbica y xenófaba, se apresta a gobernar los próximos años. Los derechos adquiridos no son derechos asegurados. Hay que militar, no por el Kirchnerismo per se, sino por aquello que la resistencia de los de abajo ha logrado, con sangre, sudor y lágrimas.