lunes, 30 de julio de 2012

ALEMANIA, LOS MERCADOS Y LA ARROGANCIA DE LA DESMEMORIA




Hace unos días, el secretario de Estado español para la Unión Europea, Iñigo Méndez de Vigo, pidió solidaridad a Alemania para enfrentar la crisis del euro y recordó los beneficios que ese país tuvo tras la II Guerra Mundial gracias al Plan Marshall.

Mucho se habló en su momento del  llamado “milagro alemán”. Sin embargo, es necesario hacer historia. La geopolítica de la guerra fría exigía una Alemania poderosa que sirviera como tapón ante el avance incontenible del comunismo ruso. La mega-inversión de Estados Unidos para recuperar a Alemania de la catástrofe de la guerra y el hundimiento político y moral que significó el nazismo fue el verdadero artífice de la viabilidad de la Alemania de hoy, además del consentido olvido que sufragó la posguerra para que la sociedad alemana se desentendiera de la responsabilidad que le cupo en el más espantoso crimen colectivo de la historia contemporánea.

La crisis financiera es, en primer lugar, una crisis humana. Decenas de millones de vidas humanas están siendo arrastradas al desánimo y a la desesperanza, por no hablar de los miles de excluidos a los que las crisis les costará la vida, por lo ocurrido y por lo que se asoma en el horizonte a partir de las decisiones que están tomando las élites ante la bancarrota económica y social.

Alejados de la ingenuidad, concluimos que la llamada crisis financiera y la obstinación política en la Eurozona y en los Estados Unidos por no cambiar de rumbo,  pese a las señales de fracaso de las medidas de ajuste dispuestas, tienen como razón de ser, más la voluntad de poder, que la ignorancia producida por un marco teórico inadecuado.

Con respecto a la inadecuación teórica, no debería sorprendernos. La modernidad se inició con el ejemplo paradigmático de una revolución epistémica que le dio la vuelta a todas las prácticas conocidas hasta entonces. Pasamos del geocentrismo, al heliocentrismo. De la ontología del ser, a la epistemología del sujeto. De una política fundada en la trascendencia, a una política desfundamentada o ejercida desde el puro decisionismo.

Sin embargo, como bien comprobamos en las disputas que caracterizaron esas épocas de cambio, los motivos por los cuales se aferraban los ortodoxos a sus doctrinas y recetas no estaban justificados por las convicciones de verdad de sus protagonistas. En la mayoría de los casos, lo que estaba en juego era el poder.

Ajustando la mirada, comprobamos que la crisis beneficia a ciertos actores en detrimento de otros. Pensar que los mercados, por ejemplo, mantienen una postura pasiva ante lo que ocurre es desconocer las verdades elementales del poder financiero que actúa de manera dinámica con el fin de producir sus propias condiciones de ganancia, incluso en medio de la debacle, o mejor aún, gracias a ella.

De manera semejante, la extensión del proceso de privatizaciones de las naciones "residuales" de Europa, que se viene cumpliendo de manera concertada desde el comienzo mismo de la crisis, se sostiene gracias a la voluntad política de los países centrales por eludir los compromisos comunitarios con los ciudadanos de los países del sur y en detrimento explícito de los mismos.

Ya al comienzo de la crisis se puso en evidencia la actitud oportunista de Alemania, por ejemplo, cuando falseó las cuentas españolas con el fin de salir beneficiado con la depreciación de sus bonos y forzarlo a tomar medidas de ajuste reforzando su autoridad política en el concierto comunitario.

O el modo en el cual se articuló el primer “salvataje” a Grecia, forzado a aceptar tasas usureras de interés y comprometer la mayor parte del paquete en la compra de armamentos a las fábricas francesas y alemanas.

La negativa y ninguneo por parte de las élites europeas de  la voluntad popular, al no reconocer o travestir el resultado de las diversas consultas electorales que se hicieron en vista al rumbo que estaba tomando el proyecto comunitario antes que se manifestara la crisis, nos demostró en su momento hasta qué punto esta  Europa de los mercados no era una Europa pensada para sus ciudadanos, sino más bien una Europa ideada en detrimento de ellos.

En vista de todas estas cuestiones, la expresión del secretario del Estado español se torna comprensible y pone en evidencia la crisis moral que acompaña la crisis financiera y social de la eurozona.

Desde Alemania nos llega la justificación discursiva de las presentes circunstancias. En última instancia, se nos dice, existe una superioridad cultural (cuasi biológica, aunque no se la exprese) de las sociedades del norte frente al talante caprichoso, desprolijo, derrochador y perezoso de la población meridional.

Aunque el giro xenófobo de estos discursos no es comparable al racismo de la Alemania nazi, quienes se apresuran a explicar las razones de la crisis con estas paupérrimas expresiones de pseudo-antropología práctica deberían hacer memoria. No vaya a ser cierto que la historia, como decía Marx, se repita primero como tragedia, para luego hacerlo como comedia.


domingo, 29 de julio de 2012

LOS DESARMES


En entradas anteriores constatamos que la violencia delincuencial que sostiene el llamado estado de “inseguridad” que define nuestro ánimo socio-cultural, se encuentra estrechamente relacionado con ciertas prácticas de exclusión ideadas, en principio, para la superación del miedo.

Evidentemente, vivimos en sociedades medrosas. Pero dicha medrosidad no tiene una causa exclusivamente coyuntural. Es necesario recordar que el miedo es un estado afectivo constitutivo de la existencialidad humana. No voy a elaborar una fenomenología del miedo. Me remito a los capítulos de Ser y Tiempo en los cuales Heidegger rastreó estas cuestiones y las expuso a nuestra consideración. Lo que quiero, en cambio, es mostrar de qué modo el miedo, al ser un constitutivo existencial del ser humano, se exacerba cuando se asume una versión hiperindividualista (y, por ende, distorsionada) de nuestra condición.

En segundo término, quiero referirme a la temporalidad, y con ello al carácter impermanente o transitorio de todas nuestras experiencias. No cabe duda que en la era de la técnica, como la llamaba Heidegger, la experiencia de la temporalidad adquiere una característica distintiva que se funda en una concepción espacializada del tiempo, como nos enseñó Walter Benjamin en sus “Tesis sobre la filosofía de la historia”, que tiene un impacto decisivo en los modos de autocomprensión del hombre moderno.

Sin embargo, como ocurre con el miedo y lo que el miedo dice acerca del modo de nuestra autoaprehensión como entidades autónomas, además de la caracterización epocal es necesario recurrir a la investigación ontológica para acceder al modo constitutivo de nuestra existencialidad en este respecto. No es mi intención progresar en estos análisis ahora mismo. Me basta con dejar sentada la necesidad de una reflexión en esta dirección. Lo que pretendo, en cambio, es echar luz sobre dos anhelos religiosos que pueden ayudarnos a comprender la naturaleza de nuestros padecimientos y comprender el verdadero sentido de ciertas prácticas contemporáneas que nos asombran o nos indignan.

Los budistas, como los adherentes religiosos de otras tradiciones, hablan de un estado absoluto sin miedo. En el caso budista, esta condición es ejemplificada por Buda. Ahora bien, al contrario de lo que ocurre con nuestras apuestas armamentistas con las cuales pretendemos proveernos de la seguridad que requerimos, Buda adoptó una solución inversa: el desarme.

En una de sus acepciones se dice que armar se refiere “a vestir o a poner a alguien armas defensivas u ofensivas”. En otra de sus acepciones se refiere a las acciones dirigidas a concertar o juntar varias piezas a la hora de la composición de un artefacto. Lo que pretendo a continuación es establecer la relación interna entre estas dos acepciones de modo que podamos echar luz a las cuestiones que nos incumben desde el comienzo.

En primer lugar, es un hecho preocupante e incontestable que existe una estrecha conexión entre la exacerbada sensación de inseguridad que viven los individuos y las colectividades, por un lado, y el avance incontenible de la aplicación de tecnologías y políticas de la seguridad. Lo que debemos establecer es (1) cuál es la relación existente entre esas experiencias de inseguridad y las prácticas que se les contrapone en términos ontológicos, lo cual nos permitirá (2) elaborar sobre ese perenne anhelo de paz que alimenta a los seres humanos.

A partir de las enseñanzas budistas podemos inferir dos modos de “desarme”. Por un lado, el desarme puede referirse a la renuncia a las prácticas belicistas, como cuando mentamos el desarme armamentista o la renuncia a la carrera armamentista en el ámbito de la política internacional. De modo análogo, podemos referirnos al desarme en términos individuales como una renuncia explícita de cualquier modo de protección o estrategia violenta a la hora de lograr nuestros objetivos. Sin embargo, esta no es la única acepción de la palabra armar que nos incumbe. Hemos visto que armar puede referirse a la acción de concertar o juntar piezas a la hora de dar forma a un conjunto, es decir, a la acción de totalizar. En este sentido, podemos hablar de desarme cuando nos referimos a las prácticas deconstructivas de nuestras identidades entendidas como surgidas de la actividad totalizadora del sujeto respecto a sí mismo y a sus comunidades de pertenencia.

Ahora bien, comencemos exponiendo una advertencia. En otras entradas de este blog puede constatarse que el autor se resiste de manera concertada a las concepciones posmodernas que aun hegemonizan la cultura contemporánea. En este sentido, el erudito tibetano Tsong-Kha-pa sostenía que no es posible la “desconstrucción” que pretende el “yoga de la vacuidad” que promueve la filosofía madhyamika para un individuo que todavía no ha establecido su identidad relativa. De manera semejante, como ha advertido el filósofo argentino José Pablo Feinmann, es necesario, antes de matar al sujeto, construirlo. Las modas postmodernas han infectado nuestra cultura con un afán nihilizante que elude la acuciante necesidad constructiva que antecede cualquier práctica filosófica seria. La maestría de la subjetividad es un a priori ineludible antes de cualquier práctica deconstructiva. La cultura de masas dificulta la asunción de esta responsabilidad insoslayable. O incluso más, sus mecanismos sociales contribuyen a la disolución de cualquier construcción identitaria auténtica.

Dicho esto, pasemos a la cuestión que nos interesa ahora mismo. Las apuestas de desarme en su acepción común (renunciar a las armas), sólo pueden tener éxito si van acompañadas por un desarme identitario. En este sentido, consideramos a las identidades como el emergente de una práctica de armado, como la concertación o conjunción de rasgos sedimentados de nuestra personalidad en equilibrio y consonancia con las aspiraciones que dan sentido teleológico a nuestra actividad existencial.

Somos un carácter, una condición relativa y un conjunto de fines que nos definen. Al tiempo que definen a los otros (potenciales antagonistas y enemigos) quienes no comparten algunos de dichos caracteres con nosotros. De este modo, el desarme bélico debe estar acompañado o fundado en un desarme identitario. Cuando reconocemos nuestra común humanidad, o nuestra común condición sufriente vamos en esa dirección. Lo mismo ocurre cuando relativizamos, utilizando un análisis genético o estructural, nuestra condición identitaria. O cuando enfatizamos la dependencia conceptual de dichos constructos. En todo caso, lo importante es que no podemos reducir la violencia sin hacer esfuerzos en el desarme de nuestras identidades. Lo constatamos en todos los niveles de las relaciones interhumanas y en el modo en el cual establecemos nuestra relación con el resto de la naturaleza sentiente.

Una herramienta eficaz que puede ayudarnos a disminuir nuestra fijación identitaria son aquellas reflexiones en torno a nuestra temporalidad. La conciencia de que somos, como decía Heidegger, seres-para-la-muerte, puede ayudarnos a disminuir nuestra obstinación y recurrencia en lo que somos. De manera análoga, la conciencia de las ineludibles pérdidas que hemos sufrido y nos depara el futuro. Lo perderemos todo. Aquello que con esfuerzo acaparamos esta llamado a la dispersión. Aquellos reunidos por el afecto, de manera análoga, están llamados a la despedida.

En este sentido, las prácticas budistas se distinguen de nuestras habituales formas de alienación. Mientras nosotros enfatizamos el ocultamiento de nuestra condición finita y la inmortalidad que provee la experiencia acelerada que anula la temporalidad, el realismo budista nos convoca a una experiencia no censurada del sufrimiento como presupuesto ineludible para alcanzar la anhelada paz.

martes, 24 de julio de 2012

PAUL KRUGMAN EN BUENOS AIRES






 Hace un par de días terminé con la lectura del último libro del economista y premio Nobel Paul Krugman.  Lleva como título ¡Acabemos ya con esta crisis! y hay que leerlo con la vista puesta en los últimos datos que nos llegan de España, por ejemplo, y la sumisa política que ejecuta su gobierno ante el autoritarismo de los “mercados” y sus representantes institucionales.

Krugman apunta de manera rotunda contra los ortodoxos, a quienes el establishment mima, bien por su obsecuencia y recaudo oportunista, o por su obstinada fe en un modelo caduco. El "neoliberalismo" ha dado muestras de estar fundado en una cosmovisión reduccionista de la actividad económica. Su terminología cientificista ya no deja perpleja a la gente de a pie. Todo lo contrario. Debido a la obstinada negación de la realidad de los antiguos gurúes, la gente hace bien en sospechar que detrás del fanatismo y la petulancia de estos personajes almidonados que ya no cuadran con la experiencia de la época, se esconde una ignorancia grosera o un perverso oportunismo. Estos expertos, que fallaron todos los pronósticos, o a sabiendas recitaron sus falsas promesas acompañando todos los procesos de empobrecimiento popular, siguen parloteando con arrogancia su hipotético expertise de un lado y otro del océano, mientras sus castillos de naipes se derrumban dejando en el tendal a las grandes mayorías en Europa, o pretendiendo aquí torcer la voluntad popular con el fin de aplicar sus recetas recesivas para beneficiar el enriquecimiento de los menos, en desmedro de las mayorías.

El libro de Krugman pretende historiar, diagnosticar y ofrecer una alternativa a los problemas mundiales de la economía planetaria, atendiendo especialmente a la situación estadounidense y europea. Pero nosotros deberíamos leerlo con los ojos puestos en el debate interno que de manera sesgada acontece en Argentina.

Y digo que ese debate se lleva a cabo de manera sesgada porque no caben ya muchas dudas respecto a la incomodidad de la derecha ante la magnitud empírica de la refutación que le atañe.  Por lo tanto, insisto en leer a Krugman con la vista puesta en la encrucijada local, intentando, como debe hacer cualquier persona de inteligencia mediana, extraer de lo particular lo que nos concierne por universal. Aquellos que se resisten a establecer analogías no deberían leer a Dostoievski ni escuchar a Beethoven, ni practicar el yoga, el kung-fu o la meditación. Porque es bien sabido que cada una de esas manifestaciones culturales echa raíces en su propia tierra. El empeño por nulificar parentesco entre las diversas situaciones, en todo caso, apunta a otra cosa. Pone en evidencia cierta incomodidad. Son un acuse que no debería perderse de vista. 

Pero esta discusión sobre la economía tiene que estar ceñida a la cuestión política de fondo. Porque la alternativa a la propuesta “germana” en Europa, o al modo timorato con el cual los demócratas enfrentaron la recuperación en los Estados Unidos, debe ser interpretada, en primer lugar, en términos políticos.

Porque lo que no se dice. Lo que se empeña en ocultar, es que la situación relativamente contenida que vive la Argentina es producto, fundamentalmente, de voluntad política. Por lo tanto, volvemos a la ya ajada, aunque no por ello menos relevante discusión acerca de la necesidad de privilegiar lo político por sobre lo económico, que fue, al fin y al cabo, el gran redescubrimiento keynesiano que, sin embargo, los ortodoxos insisten en ocultar leyendo a Keynes en registro pura y exclusivamente cientificista.

Habría que tomarse el trabajo de establecer empíricamente hasta qué punto las políticas económicas, en términos de su eficacia material, y el “placebo” que imprime la voluntad política de resistencia y transformación,  colaboran en el sostenimiento de un modelo sociopolítico y cultural.

Ahora bien, todas estas cuestiones tienen que ayudarnos a pensar el otro punto en la balanza del poder que son los medios masivos de comunicación, que responden de manera hegemónica al poder económico y disputan al poder político su voluntad de acción soberana. Es allí donde se pone de manifiesto de manera grotesca a aquellos que se mantienen atentos al intríngulis del momento, el empeño concertado por torcer dicha voluntad por medio del ataque vil y la mentira. Hemos tenido muchas pruebas de ello esta última semana. Indiferentes a la violencia que generan, al malestar que producen en la población, los medios que responden al poder corporativo, con voz unánime, proceden a desvirtuar todo aquello que pueda beneficiar la valoración popular del gobierno, aún cuando ese programa de quiebre vaya en detrimento de los intereses nacionales. 

Mientras tanto, siguen apareciendo en el horizonte investigaciones históricas que corroboran hasta qué punto la estrategia resulta conocida y lo que podemos esperar en un futuro en vista a los intereses que se ha puesto en entredicho la actual política de transformación.

En los últimos meses, algunos movimientos dentro de las propias filas kirchneristas muestran que el sostenimiento de dicha voluntad siempre está amenazada, no sólo por la acción de los “enemigos” declarados y los antagonistas naturales, sino también, por aquellos que circunstancialmente pertenecen a la tropa, pero que lo hacen debido al oportunismo exacerbado que se practica en esta época desideologizada que transitamos.

Pero no se malinterprete esta última frase. Lo que pretendo, en última instancia, es que tomemos consciencia de la fragilidad de nuestras circunstancias, de la gran oportunidad que tenemos entre manos, y el tamaño de la amenza que enfrentamos. Quienes practican el travestismo, lo hacen, en primer lugar, porque desconocen el desafío que nos impone la historia, la posibilidad de cumplir con el anhelo aún vigente de hacer posible un sueño: crear las condiciones para una vida decente para todos. ¿Qué otra cosa necesitamos para practicar una ética? Al fin y al cabo, la educación comienza ayudando al educando a descubrir e inventar un futuro. Asistiéndolo en la comprensión de lo que es necesario para alcanzar sus anhelos. Nuestra política se ocupa del sueño popular (he aquí nuestra democracia) y la efectivización de ese sueño por medio de la gestión y la resistencia ante quienes pretenden torcer la voluntad popular. 

Mientras tanto, habrá que seguir calibrando los discursos, analizando con esmero el modo en el cual se construyen los relatos, estableciendo con especial énfasis los bienes a los que apuntan, en última instancia, cada uno de los actores enredados en la pugna por el sentido. 

La insistencia por desligar, en estos tiempos de cerrada oscuridad planetaria, los discursos locales de la derecha nativa, de otros discursos "internacionales" que hasta ayer formaban parte del acervo ideológico de estos mismos actores, empecinados en ensalzar las bondades de una lógica construida sobre un pretendido realismo, imperturbable ante el sufrimiento extenso de los muchos, pone en evidencia la necesidad de insistir en la labor hermenéutica, con el fin de articular, con espíritu emancipatorio, los trasfondos que sostienen la cosmovisión de nuestros antagonistas.

Hay que leer y escuchar a nuestros oponentes, y a partir de allí, sacar a la luz lo que verdaderamente quieren. Para ello es indispensable de-contruir el maquillaje publicitario con el cual se presentan. Bajo las luces de neón, esas caras lavadas tienen otra apariencia.

lunes, 2 de julio de 2012

HORACIO GONZÁLEZ: ¿QUÉ SIGNIFICA PENSAR (EN POLÍTICA)?




En el programa 6-7-8 de ayer, el sociólogo y actual director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, participó de un debate en el cual salieron a la luz algunas cuestiones que nos interesan.

Efectivamente, como enunciaba González, de un tiempo a esta parte viene evidenciándose una suerte de agotamiento en el arsenal discursivo entre los defensores del actual modelo. Este agotamiento, nos dice González, es producto de una inercia en la confrontación como trampolín para la construcción de identidad. De esa confrontación con sus otros más significativos en cada etapa de su despliegue y desarrollo fueron surgiendo diferentes kirchnerismos. En su ADN, esta "anomalía" (Forster) que nació en el 2003 de la mano de Néstor Kirchner, tiene entre sus caracteres la agudeza ante la contingencia radical, lo cual le ha permitido, pese a las permanencias incuestionables de algunas de sus apuestas, y la explícita anunciación por parte de sus líderes de su empeño en los ideales que orientan al movimiento, explotar circunstancias adversas como si se tratara de magníficas oportunidades para su crecimiento. 

Sin embargo, de acuerdo con González, la mecánica confrontativa como modelo de construcción identitaria está llegando a un punto muerto. De acuerdo con el sociólogo, la disputa en la Argentina está en empate técnico (pese al tan mentado éxito kirchnerista en la batalla cultural que Beatriz Sarlo anunció hace largo, y los logros eleccionarios indiscutibles). Lo que necesitamos, nos dice González, es volver la mirada sobre nosotros mismos, ejercitar el autodiscernimiento. Lo cual, se apura a decirnos el director de la Biblioteca Nacional, no significa eludir el compromiso que implica la lucha política, ni menospreciar la capacidad ofensiva de nuestros antagonistas. Si algo es seguro en estos días, es que la derecha no se amilana ante nada. Paraguay y las repercusiones que el golpe tuvo en Argentina, auguran dificultades que nos tendrán que mantener alerta. No es teatral la preocupación de los mandatarios de la región ante los eventos.

Parte de la preocupación de González surge, en lo inmediato, a partir de los acontecimientos de la semana pasada en torno a la convocatoria de Moyano al paro y la movilización. Sería fácil, como se ha hecho, que el abracadabra del dirigente sindical, quien ayer mismo exaltaba el proceso histórico abierto en el 2003 con la llegada de Néstor Kirchner al poder y ahora se alinea con los más férreos e intransigentes opositores al gobierno, sea interpretado en clave maniquea. El problema está, sin embargo, en la significación que tiene la dislocación en sí, más allá del contenido de dicha dislocación.

Moyano se convirtió en opositor. Ahora dice de este gobierno lo que dijeron en semanas anteriores las caceroleras y los caceroleros de Recoleta, que este gobierno es peor que la dictadura y cosas por el estilo, para juntar voces al griterío de su protesta. Pero lo interesante no es su oposición, sino que un juego de malabares de estas características sea posible en la Argentina. Hemos visto otros casos, pero lo de Moyano, pese a los antecedentes de la ruptura por todos conocidos (recordemos ese fin de semana incierto en el cual el dirigente de la CGT amenazó con un paro general y movilización debido al exhorto judicial que llegaba de Suiza), parece ponernos sobre la evidencia de una política de la inmediatez que permite cualquier travestismo.

Es ahí donde González apunta cuando nos llama a un discurso en el que además del afrontamiento a los poderosos de turno, señalados (con razón) como enemigos públicos del proyecto nacional y popular que se invoca, debemos afilar nuestra tarea autorreflexiva para constatar los motivos que subyacen a nuestra movilización política. Está demás decir que no pretendemos diluir u ocultar el carácter agonístico que define lo político. Pero está claro que el peligro del moralismo en política no sólo atañe a las derechas liberales en su empeño por desmovilizar las colectividades. Hay un moralismo de signo progresista que impide una discusión seria acerca de algunas cuestiones centrales del proceso. Por ejemplo: sabemos que el énfasis de Moyano en cuestiones como la del mínimo no imponible y la ampliación del derecho a la AUH fue una mascarada que escondía intenciones plebiscitaria frente al proceso eleccionario en el que se disputa su liderazgo frente a la CGT. También sabemos que el apoyo tácito de Scioli y el reacomodamiento del rompecabezas opositor están atados a las dificultades que conlleva el tránsito sucesorio del 2015. Tres años es mucho, pero también un suspiro, especialmente cuando hay limitaciones que avivan las esperanzas de muchos que pretenden quedarse con la jefatura de gobierno o aspiran a ver a sus fuerzas políticas encabezando el proceso futuro.

José Pablo Feinmann, hace pocos meses, habló del asunto de manera desacertada cuando lo entrevistaron para La Nación. Pese a que el medio elegido para decir lo que dijo y el modo en el cual lo dijo acabaron en un escándalo de pasillos y la turbación de sus fieles, lo interesante fue la advertencia: cuidado con una política que no se ocupa de las ideas y los argumentos, y en cambio se empeñe exclusivamente en la difícil e ineludible tarea de posicionar en el tablero sus fichas y reagrupar sus fuerzas. En el TEG las ideologías (como bien se sabe) no cuentan: basta con distinguir los colores y recordar la misión que se nos encomienda. 

Un argumento semejante fue el que ofreció González anoche, lo cual produjo un revuelo entre los contertulios que salieron a defenderse como si el director de la Biblioteca Nacional hubiera ido "a por ellos". Se lo acuso de tibio, de sutil, de generoso (peyorativamente), razonando que las épocas eran demasiado peligrosas para andarse con remilgos. El golpe de Estado en Paraguay y el alineamiento ideológico que produjo entre los representantes de la derecha nacional, no son cuestiones baladíes. Tampoco son intrascendentes las operaciones mediáticas que están a la orden del día con su cuota inflada de mentiras y tergiversaciones. El fichaje oportunista de Moyano y cia abre una puerta a un escenario al que hay que permanecer muy atento. El populismo reaccionario es un fenómeno universal y exitoso. La posibilidad de reconducir a una parte de los trabajadores a una realineación ideológica está siempre latente. La xenofobia y el individualismo militante de las clases en ascenso no son característica exclusiva de las clases medias acomodadas. Todo lo contrario. 

El kirchnerismo supo unir al desarrollo y la expansión económica, y al proyecto redistribucionista, bienes que no son inherentes a esos posicionamientos socioeconómicos: ejemplo de ello son el énfasis en los derechos humanos, lo cual incluye una solidaridad desconocida con propios y extraños. La afrenta de Moyano hace temer muchas cosas, especialmente si prestamos atención al discurso emblemático de su hijo Pablo, quien representa una buena parte de la sensibilidad de base. Creer que la derecha no puede capitalizar la bronca y hacerse con esos apoyos y votos en un futuro no tan lejanos, es desconocer nuestra historia y la historia en general.

Los llamados de González y de Feinmann en su momento, tienen un común denominador. Hay que parar la pelota y pensar, no sólo estratégicamente, instrumentalmente, sino con "prudencia”. Lo de Moyano no tendría que haber pasado. Hay que hacerse cargo.