jueves, 15 de julio de 2010

LA ESFERA PÚBLICA (II): Reflexiones sobre la Iglesia y la ley de matrimonio igualitario.



Mientras redactaba este post el Senado de la Nación Argentina aprobó la modificación al Código Civil que autoriza el matrimonio a las parejas homosexuales.

Empecemos, como anunciamos en el post de ayer, hablando un poco acerca de la historia del surgimiento de la esfera pública como forma de nuestro imaginario social moderno. Esto nos servirá para encarar en los días que vienen la tarea de reflexionar sobre las manifestaciones de las que hemos sido testigos en éstos días y poder tomar una posición más reflexiva acerca de por qué razón la pretensión de autoridad última de la Iglesia católica necesariamente se encuentra en tensión con el orden moral moderno y, eventualmente, si es posible encontrar una escapatoria a la encrucijada que ese orden moral supone no sólo para la Iglesia, sino para la sociedad secular moderna en general, obligada a lealtades muchas veces contrapuestas.

Lo primero: nos referimos a la esfera pública como un espacio común, compartido, donde los miembros de la sociedad se relacionan a través de diversos medios interrelacionados (medios impresos, electrónicos, etc.), con la intención de discutir ciertas cuestiones de interés común, con el fin de formarnos una opinión común acerca de dichas cuestiones.

De acuerdo con Habermas, la noción de "esfera pública" surgió en el siglo XVIII, a partir de la constatación de que era posible que dos personas estuvieran en contacto, pese a estar distanciadas fisicamente, a través de "medios de comunicación" y llegar a conclusiones conjuntamente Por supuesto, el surgimiento de este espacio dependió materialmente del llamado “capitalismo de imprenta”, pero además, fue necesario cierto contexto cultural.

Ahora bien, la esfera pública no es un mero lugar de encuentro, sino más bien un conjunto de lugares puntuales de encuentro que se entretejen para dar forma a un "metaespacio no presencial" que los incluye a todos.

Por supuesto, el Estado y la Iglesia también eran entonces y siguen siendo fenómenos metaespaciales, pero la diferencia es que la esfera pública se caracteriza por el hecho de ser independiente de la estructura política, aun cuando sus conclusiones son, de algún modo, mandatorias para el gobierno, en el sentido de que lo que en ella se determina tiene un carácter cuasiprescriptivo para el gobernante. De este modo, la esfera pública, en la cual participa potencialmente toda la sociedad, tiene la función de dar forma a una suerte de “mente común” respecto a los temas importantes sirviendo de este modo como guía a la acción gubernamental.

Por lo tanto, señalemos dos aspectos claves:
1.La esfera pública se entiende como un espacio exterior al poder. De ello se desprende que el poder político debe ser supervisado desde el exterior.
2.Debido a la multiplicación de los debates, la antigua idea premoderna de una sociedad sin divisiones ya no es posible. Las sociedades modernas están abocadas ineludiblemente al conflicto y la diferencia.

El antecedente de la esfera pública del siglo XVIII es la llamada “República de las Letras”, que era la expresión con la cual se reconocían a sí mismos los miembros de esa asociación internacional de sabios durante el siglo XVII que se caracterizó, a diferencia de lo que había ocurrido en la polis o la antigua república, por el hecho de haberse entendido a sí mismo como autónomos frente a las estructuras institucionales, dando pie de ese modo a una noción de “pueblo” como una entidad independiente de dichas estructuras.

Por supuesto, esta idea de internacionalidad y extrapoliticidad no es nueva. Ejemplos premodernos son la cosmópolis estoica y la Iglesia cristiana. Pero en el caso de la esfera pública lo novedoso es su secularidad radical.

Es muy importante entender que significa “secular” en este contexto. Se refiere a cierto comprensión de la relación entre la humanidad y el tiempo.

La concepción premoderna era que la sociedad se encontraba fundada en algo que trascendía el tiempo meramente humano, la acción común de los seres humanos. Esa trascendencia podía ser una entidad metafísica (Dios, la Eternidad, las Ideas platónicas, etc.) ; o algo ocurrido en el Tiempo inmemorial en el que los "héroes" habían constituido la sociedad. Un tiempo que era ontológicamente diferente al tiempo profano.

Ahora, en cambio, la acción común no necesita de una dimensión trascendente que la legitime. En ese sentido es radicalmente secular.

Lo peculiar de las sociedades seculares, por lo tanto, es que lo que las constituye es la propia acción colectiva. Esto, por supuesto, choca de lleno con la concepción premoderna para la cual, en dependencia de la visión que las personas tenían de sí mismas, sólo resulta inteligible una colectividad en la medida en que ésta es constituida por algo trascendente.

Por lo tanto, eso es justamente lo novedoso de la esfera pública moderna. Se trata de una agencia fundada puramente, exclusivamente, en sus propias acciones colectivas.

Finalmente, para darle otra vuelta de tuerca, veamos lo que diferencia a las concepciones del tiempo en la modernidad y en la premodernidad.

En el segundo caso, el tiempo profano existe en relación con un tiempo superior o primordial. La función de este tiempo superior o primordial es:

1. o bien ofrecer una referencia inmutable, y con ello una cierta unidad a la fragmentariedad y diversidad del tiempo profano
2. y/o permite una recuperación recurrente (litúrgica) de los acontecimientos fundacionales de la agencia (la sociedad colectiva) desplegada en el tiempo profano.

En cambio, la secularización moderna, entendida como rechazo del tiempo superior, y a favor del tiempo puramente profano, precipita una concepción de simultaneidad que sustituye la unidad trascendente (en cierto sentido “causal”), por la mera concurrencia en un punto de la línea del tiempo profano de una diversidad de eventos enteramente desvinculados (el periódico o el informativo es el artefacto moderno que ilustra de mejor modo esta simultaneidad)

En síntesis, la esfera pública es una forma del imaginario social moderno que se caracteriza por ser un espacio extrapolítico, secular y metatópico.

miércoles, 14 de julio de 2010

LA ESFERA PÚBLICA: Reflexiones en torno a la Iglesia y la ley de matrimonio igualitario


Hoy quiero referirme a la dimensión de la esfera pública. Lo voy a hacer tomando en consideración el actual debate sobre el matrimonio homosexual en Argentina. La batalla política, social y cultural que allí se está librando presenta el siguiente panorama:

1. El Cardenal Bergoglio y otras autoridades de la Iglesia, han declarado que el intento de modificar el código civil es parte de la “guerra contra Dios” que se está librando en la sociedad argentina y en el mundo en general.

2. Algunos sacerdotes “rebeldes”que han adoptado posiciones favorables al matrimonio civil de personas del mismo sexo han sido suspendidas “cautelarmente” de sus oficios y separados de sus comunidades.

3. Hemos visto, además de las manifestaciones a favor de la aprobación de la ley, numerosas marchas en contra de la misma. En la última manifestación frente al Congreso de la Nación abundaban menores, estudiantes de colegios católicos que han optado por dar asueto a nivel nacional a sus estudiantes para promover dichas manifestaciones. Algunos púberes y adolescentes sostenían pancartas del tipo: “Queremos una mamá y un papá”, y otras por el estilo.

4. Hemos asistido a la sorpresiva alianza entre evangelistas y católicos, que han reiterado con empeño los argumentos sobre la función procreadora del matrimonio, categorizando de enfermedades o desviaciones contra natura a las preferencias sexuales homosexuales y abundando en la pretensión de que la modificación de la ley de matrimonio civil igualitario representa una violación por parte del Estado de la obligación de proteger a los menores que ahora podrían ser adoptados por dichas parejas, con el consiguiente peligro de violación o perversión de sus propias tendencias naturales.

5. Se ha citado abundantemente a la ONU, a UNICEF y otras instituciones internacionales. Se han sacado a relucir estudios científicos, en la mayoría de los casos, de dudosa credibilidad.

6. Hemos sido testigo de una sociedad palpablemente prejuiciosa. Los foros de internet ardían al ritmo palpitante de las pasiones que despiertan estas cuestiones en las cuales (creemos) nos jugamos lo más esencial de nuestra identidad, nuestras orientaciones morales fundamentales, nuestros modos de vida más arraigados. Pero también hemos sido testigos de crueldades indecibles, frutos del miedo, del dogmatismo a ultranza y de la incapacidad de un sano raciocionio.

7. Se ha dicho mucho sobre la decadencia moral de nuestra civilización y, en un batiburrillo, se ha puesto a la homosexualidad, el aborto, la inseguridad ciudadana, la corrupción de Estado, el juicio a los militares, el autoritarismo K y el mal gusto de la pareja presidencial en una sóla frase, poniendo en evidencia en este caso el nivel de los argumentos esgrimidos y la “calaña” de quienes los profieren.

Todo esto me ha hecho pensar que es necesario dar un paso hacia atrás (por decirlo de algún modo), con el fin de analizar, no sólo el contenido, sino también el contenedor de todas estas opiniones, argumentaciones, exhabruptos, calamidades e hidalguías. Por ello quiero que hablemos de la esfera pública, de lo que implica participar en la esfera pública, de lo que se espera de nosotros en ella, a qué tenemos que resistirnos, etc.

En lo que sigue, y en los post que iré colgando durante los próximos días, voy a seguir muy de cerca a HABERMAS, Jürgen, Historia y Crítica de la opinión pública (Barcelona: Gustavo Gili, 2004) y a TAYLOR, Charles, Los imaginarios sociales modernos (Barcelona: Paidós, 2004).

Como he dicho, en vista de que el tema es muy amplio y exige un debate pormenorizado, voy a presentarlo en varios post. Lo que puedo adelantar es que tengo la sensación de que es posible abrir un campo de argumentación que nos permita discernir cierta ética comunicacional en lo que se refiere a la participación en la esfera pública. Esta ética podría estar justificada tomando en consideración la naturaleza misma de la esfera pública. Lo cual nos obliga a considera su origen histórico, lo que nos permitirá, por su parte, discernir su naturaleza y función. Por supuesto, el asunto está aun muy verde. Veremos si podemos dar con las palabras y la ordenación adecuada de las ideas.

Más o menos, la reflexión irá por esta vía:

Vamos a comenzar ofreciendo algunas indicaciones acerca de la historia del surgimiento de la esfera pública y algunas clarificaciones respecto a su peculiaridad. En especial, vamos a centrar nuestra atención en lo que implica el hecho de que la esfera pública sea considerada fundamentalmente “extrapolítica” (lo cual en modo alguno significa “apolítica”)

En segundo término, me gustaría explorar la posición eclesiástica en el tema de la homosexualidad a partir de dos ideas que, me parece, muchas veces no se toman suficientemente en cuenta.

1. El hecho de que la institución eclesiástica pertenece, originalmente y estructuralmente, a un orden moral que es ajeno, e incluso opuesto imaginariamente, al orden moral moderno surgido a partir del siglo XVII.

2. El hecho de que la pretensión de participación de la Iglesia en la esfera pública (una dimensión que sólo resulta inteligible en el marco de emergencia del orden moral moderno) se trasluce en su discurso en una tensión inherente que resulta imposible de soslayar y en buena medida, insuperable con el presente imaginario eclesiástico institucional.

En breve, las idealizaciones originales que fundan la sociedad política en lo prepolítico y que la justifican como defensa de ciertos derechos como la libertad son las que están detrás del surgimiento de la dimensión de la esfera pública moderna. Estas idealizaciones ponen en entredicho, justamente, la noción eclesiástica de sociedad y su justificación.

En tercer lugar, quiero saber si es posible, y en qué medida, y de qué modo, sostener un discurso religioso en el marco inmanente que impera en la actualidad, tanto para creyentes como no creyentes, y cuáles son las consecuencias de la asunción de esas mutaciones fundamentales en lo que respecta a la participación del poder eclesiástico en la esfera pública.

martes, 13 de julio de 2010

EL DÍA DESPUÉS


El domingo por la mañana bajé al pueblo. En el bar de la plaza me encontré con Santiago que leía embelesado el AVUI, donde se pormenorizaba la protesta catalana y se analizaba qué hay que hacer de aquí en más. Las fuentes catalanas (bastante más fiables cuando uno mira las fotos sabiendo lo que hay entre Plaza Catalunya y Diagonal) dicen que hubo 1.100.000 personas. Es decir, la manifestación más numerosa de toda la historia de Catalunya. El diario EL PAÍS, amparándose en una agencia subcontratista que le hizo los cálculos a la medida de sus intereses, dice que hubo 56.000. La diferencia no es escandalosa para quien se ha acostumbrado a leer los periódicos, no con la intención de encontrar en ellos la verdad, sino de conocer con mayor detalle los intereses que mueve a los emporios de la información.

Santiago estaba contento. Como no podía ser de otro modo, lo felicité por lo conseguido en la marcha, que no pretendía hacer otra cosa que hacer llegar al otro lado del río una voz unísona de repulsa contra los “ninguneos” que “España” dedica a esta “otra España” que se llama Catalunya. Me dijo que ahora lo que “toca" es administrar esta “victoria” de la calle.

Hoy es martes. En las últimas 48 horas la pancarta que proclamaba: “Som una nació”, ha quedado aplastada por la marea roja que ha producido el triunfo de la selección de fútbol española. Las calles se han llenado de banderas y se han repetido hasta el hartazgo los estribillos por todos conocidos (“soy español, español, español, etc.)

La copa del mundo se ha paseado por las calles de Madrid, pero también han sonado los petardos en Barcelona. EL PAÍS, siempre divulgando sus propios órdenes imaginarios dice que en la Plaza España de Barcelona se congregaron 75.000 personas para seguir el partido y ovacionar después a sus héroes. 75.000 personas que dejan a los 56.000 participantes de la marcha soberanista en una masa vociferantes de provincianos abocados a una pasión anacrónica: una lengua, una nación y el autogobierno.

Los periódicos catalanes de hoy se preguntan si los políticos estarán a la altura de las circunstancias. Si serán capaces de gestionar el malestar de la gente y el apoyo que ésta le ha dado al catalanismo, sin anteponer sus afanes electoralistas. Sin embargo, los problemas internos de Catalunya no se reducen a las malas artes de los políticos demagogos y los burócratas de turno. La pregunta es también si el “empresariado” catalán está dispuesto, y hasta qué punto, a renunciar a una parte de sus propios intereses a favor de este país y de esta gente. El pragmatismo tiene su coste y su precio. Nadie puede ser a un mismo tiempo juez y testigo. Hasta Poncio Pilatos sabía de estas cosas y se lavó las manos con detergente para evitar que le recordaran como el principal propiciante de un crímen. O, para decirlo de otro modo: el problema no son tanto los políticos que tenemos, sino más bien, el modo en el cual la política se encuentra secuestrada enteramente por la economía. Por lo tanto, no alcanza con un cambio de estilo, o un llamado a que "los políticos" se encuentren a la altura de las circunstancias. Se necesita un retorno a cierto republicanismo, cierto humanismo cívico que se enfrente al ethos de una sociedad exclusivamente comercial, en la cual ciertas virtudes están ausentes. Esas virtudes ineludibles que hacen posible la fundación de una "patria".

Por esa razón, pese a que mis simpatías por Catalunya son muchas, creo que hay cierta verdad en la idea de que una parte de este país, pese a sus sentencias definitivas y su gesto ceñudo, “juega a la víctima”. Como una mujer maltratada, muchos se sienten más seguros en una relación malavenida, que en la libertad. Dicen, sin embargo, que la manifestación del sábado marca un antes y un después. Veremos si es así, o acaso lo único que queda en los anales es el gol de Iniesta y Shakira contoneándose en el escenario.

domingo, 4 de julio de 2010

GANAMOS


Alguien puede pensar que lo que sigue a continuación es puro voluntarismo, puro idealismo utópico. Puede ser. Pero dejó para otra ocasión los argumentos para rebatir una objeción de este tipo. Lo que quiero, en cambio, es explicar qué es lo que hay en esta derrota argentina que merece ser capitalizado. Digo “capitalizar”, pero por supuesto, no es eso. Es otra cosa. Pero ya se me entenderá a medida que avance.

Hace unos días, un amigo argentino me envió una nota de Mariano Grondona en la que hablaba del fútbol, del nacionalismo, de las olimpíadas griegas, de Aristóteles y de Churchill, para acabar con una de sus admoniciones habituales. En el último párrafo nos decía: no se atrevan a adueñarse de los goles para hacerse dueños de nuestro destino.

El asunto planteado por Grondona es algo que se viene repitiendo con insistencia en las últimas semanas por casi todos los comentaristas de los diarios Clarín y La Nación: ¡Cuidado! El gobierno K quiere capitalizar el triunfo de la selección para "llevarnos al huerto". Grondona con aquella útlima frase no hacía más que dar otra vuelta de tuerca a la intención de disociar algo que se ha insistido mucho en las últimas semanas desde los medios próximos al proyecto político del gobierno: “jugamos como vivimos”.

En este relato, la conjunción del juego y la vida está asociada a la intención popular de reivindicar un modo de ser denostado dentro y fuera de nuestro territorio. Un modo de ser que es, a un mismo tiempo, signo de lo mejor y lo peor que tenemos los argentinos.

Somos despelotados, pero creativos; arrogantes, pero encantadores; violentos en la verba que sabe con facilidad convertirse en labia poética. Somos chantas pero en nuestra lunfarda profundidad callejera.

Este relato esta asociado a un modo de ser que nos vuelve hipertensos, hiperbólicos y bipolares. Y eso significa que estamos ineludiblemente dispuestos al exabrupto, a una loca apuesta a la dislocación. Todo en nuestra historia convoca al desconcierto, a una crispación que está marcada por un individualismo exacerbado pero que, a diferencia de otros individualismos, cuyo énfasis está puesto en acentuar el monologismo, el "cada uno a la suya", al aislamiento por medio de formas bien estudiadas, el nuestro es un individualismo de una dialogicidad insoportable. Hablamos, gritamos, chillamos, discutimos como si la confusión de las palabras y las gesticulaciones estuvieran imbuidas de un erotismo soberano.

Maradona es un ejemplo desproporcionado (una caricatura, sino se tratara de un Dios caído, como suele retratarlo Galeano) que nos recuerda quiénes somos y cómo somos.

Aquí en Catalunya, un país que aprecio y admiro sin envidia alguna y sin el más mínimo intento por mi parte por parecerme a ellos, un fracaso rotundo como el que vivió ayer la selección argentina hubiera volcado a sus habitantes, de inmediato, a un vilependio del entrenador por fallar en la prágmatica tarea de ganar. Pero nosotros, "los argentinos de veras", los que sabemos que los próceres no son de bronces sino de carne y hueso, no hacemos leña del árbol caído.

Para nosotros, pese a la derrota rotunda, incontestable, absoluta, la experiencia es muy diferente. Nuestro cariño y agradecimiento hacia Maradona y el resto de la plantilla (Messi, Higuaín, Tevez, Agüero, Romero y compañía) no se ve contestado por una eliminación. Con cada gol que nos metían, con cada signo de impotencia, iba creciendo en nosotros la certeza de nuestra lealtad.

Nadie puede ganarle a los argentinos del todo cuando expresamos auténticamente lo que somos. Otros países pierden, pero nosotros no perdemos nunca del todo. Nadie puede gozar enteramente con ganarnos. Los alemanes se llevaron apenas un discreto triunfo deportivo, pero no se llevaron el triunfo definitivo. ¿Por qué? Porque hasta nuestras derrotas son monumentales, sobredimensionadas y amadas por nosotros. Porque nosotros, mal que nos pese, jugamos como vivimos, con todo el corazón, con toda el alma. Incluso perdiendo, ganamos. ¿Quién puede pensar que Hector, derrotado por Aquiles en el campo de batalla, aparentemente humillado al ser su cadáver maltratado por el vengativo griego, haya perdido del todo? Los humanos pierden, no los héroes. Los héroes viven sus momentos trágicos, que siguen mereciendo el canto de los grandes poetas que los inmortalizan. Este mundial no es una escena más, una instancia que debe ser olvidada. Como las derrotas sufridas por Odiseo en su regreso a Itaca, cada una de esas derrotas forma parte de una gran aventura. Gracias Diego.