domingo, 30 de mayo de 2010

UN SINDICALISTA ESPAÑOL ACUSA AL PRESIDENTE DE LA CEOE DE SER UN SICARIO


Hace unos días, un sindicalista español llamó al presidente de la CEOE, “sicario”. Y aclaró que lo llamaba de ese modo porque “sicario significa asesino a sueldo”. Todos entendimos perfectamente lo que pretendía el sindicalista con esas palabras, y si nos tomamos el trabajo de reflexionar, pudimos llegar a imaginarnos por qué razón, después de una extenuante negociación en la cual la patronal se llevó todo, desacreditando con arrogancia las pretensiones de los trabajadores y las bases más desprotegidas de la sociedad, el sindicalista acabó ofreciendo esa descripción acerca del CEO en cuestión.

Pero, ¿qué es un asesino a sueldo? Alguien que comercia con la vida de la gente, que vende su habilidad para deshacerse de aquellos que representan un estorbo para sus clientes, quienes pagan justamente por su sangre fría, por su falta de escrúpulos en estas cuestiones.

Recuerdo, vagamente, que hace unos años, la revista del diario El País publicó un reportaje sobre la virgen de los sicarios en una ciudad de Colombia (probablemente Cali, pero no estoy seguro). Lo más llamativo del artículo era el testimonio de uno de estos hombres de oficio que aseguraba que antes de cumplir con uno de sus trabajos se postraba ante la virgen patrona y le rezaba para que lo asistiera en su faena.

No cabe la menor duda que incluso en un sicario, que realiza labor tan despreciable, pueden encontrarse gestos inequívocos de humanidad. Seguro, como ilustraba Benedetti en uno de sus cuentos, el asesino y el torturador encuentran en su tiempo libre ocasión para ser piadoso y cantarle nanas a sus hijos.

Con esto no pretendo que todos los CEOs son como sicarios, pero es bien sabido por las poblaciones que han sufrido los efectos de la eficacia mezquina, de la cirugía desalmada de algunos de sus más exitosos exponentes, que más de uno entre ellos merece el apelativo que utilizó el sindicalista.

La lista de crímenes que puede achacarse a algunos de estos hombre y mujeres es larga y se extiende a innumerables artículos e incisos del código penal. Su peligrosidad no se reduce a las cuestiones humanas particulares, sino que en ocasiones su actividad instrumental es la que se encuentra detrás de las grandes amenazas que azotan nuestro planeta y por ello, la supervivencia de la vida misma de todos nosotros. Pensemos en las amenazas medioambientales, en la empresa armamentística, y en los innumerables acosos que sufren las economías locales y la burocracia estatal en todos los rincones del planeta cuando se ven asaltadas por las imposiciones formulisticas de los grandes poderes comerciales. En todas estas instancias, hay hombres de negocios que dan vida a las formas corruptas. Puede que alguno de ellos, engañado acerca de la naturaleza de su actividad, convencido de que al juego del mercado no le van los remilgos morales, acaben siendo inocentes víctimas de su ignorancia. Pero sea como sea, lo que es cierto es que detrás de todos los males de nuestro tiempo hay algún personaje formado en una escuela de negocios. Por ello, el desembarco en la arena pública de algunos de estos personajes no augura, como algunos quieren creer, una renovación de la política, sino todo lo contrario. Lo que puede esperarse, en cambio, es una mayor profundización de la decadencia política, que ahora vendrá acompañada no sólo con la hipocresía, sino con el descarado cinismo que ofrece la pretensión de una eficacia que se encuentra a salvo de toda crítica moral porque pretende reposar en una esfera de neutralidad valorativa.

Lo que quiero decir es que, en última instancia, debemos encontrar un vocabulario moral que nos permita pensar la actividad gerencial (especialmente la de aquellos hombres y mujeres que representan a corporaciones que manejan entre bambalinas las políticas públicas e internacionales) a partir de aquello que por medio de nuestros ojos desnudos somos capaces de constatar y padecemos en nuestra vida de manera directa.

La ideología reinante nos hace dudar acerca de lo evidente. Nos creemos simplones cuando acusamos a la banca y a la gran empresa de la catastrofe financiera, económica, social, energética y medioambiental que padecemos. Pero nuestro sentido común es correcto, nuestra intuición no es descabellada. No se trata simplemente de problemas estructurales, como nos quieren hacer creer los economistas que hasta ayer pretendían ser profetas y ahora como falsos gurúes se apresuran a convertirse en expertos de la catastrofe.

El lenguaje del “mercado” nos ha acostumbrado, debido a la censura explícita que los medios de masas ejecutan, a no utilizar (públicamente) un vocabulario de condena moral cuando nos referimos a la actividad de estos hombres y mujeres. Se trata de una suerte de tabú expresivo que tiene como función proteger la actividad económica-financiera tal como se practica en nuestras sociedades, de ser objeto directo de nuestra reflexión moral, como si perteneciera a un mundo neutro, como el de los quarks y los átomos, cuya regular eventualidad no puede ser sometida a las razones humanas.

Cuando el Dalai Lama, en un viaje reciente a Nueva York, expresó, ante decenas de miles de seguidores, que una sociedad como la estadounidense, que permite las desigualdades hasta el punto de la indignidad de una parte importante de su población, es una sociedad inmoral, muy pocos de sus seguidores parecieron darse por aludidos. Aquí la palabra inmoral tiene el mismo sentido y la misma fuerza que en las ocasiones en las que la utilizamos para hablar de un robo o un asesinato. Puede que incluso esos ejemplos sean nimiedades cuando somos confrontamos con el tamaño del daño ejecutado y la fría indiferencia y calculada coartada que sus ejecutores articulan.

La pregunta es: ¿Qué ha pasado para que una expresión de este tipo no llegue a su destino? ¿Qué filtros se han impuesto al lenguaje para que la noción de inmoralidad cuando se aplica a nuestro comportamiento económico resulte tan opaco? Puede que la noción de inmoralidad, cuando se predica sobre una actividad que se las ha ingeniado para hacerse pasar por ser un objeto que no pertenece a la esfera valorativa, sea lo que permite a sus expertos mantenerse protegidos por un halo de impunidad.

Pero las inmoralidades que se realizan en el ámbito económico, como he dicho, son del mismo tipo de las que se realizan en la política y en la vida social en general. No sólo son un atentado contra la vida de las personas en general, contra sus derechos particulares, sino que pueden (cuando no estamos obnubilados en nuestra epistemología por las falsas premisas morales de la ideología reinante) ser consideradas afrentas directas a los derechos humanos e incluso crímenes de lesa humanidad, cuando llevan al hambre, a la guerra y a la destrucción de los bienes culturales que las civilizaciones llevaron siglos, incluso milenios en edificar.

De la misma manera que los puños de un boxeador son considerados un arma letal fuera del cuadrilatero y juzgadas en consecuencias sus acciones, el poder económico debe ser considerado por nosotros como una peligrosa arma que amenaza la vida de la comunidad cuando es ejercitado irresponsablemente.

Como vemos continuamente, la legislación vigente en estos asuntos tiende a mantener los crímenes de los responsables de estas acciones impunes. El primer paso para que una legislación permisiva como ésta se modifique es extender la condena moral en todos los foros que tengamos a nuestra disposición, como hacemos con los políticos corruptos, los periodistas mentirosos y los sacerdotes pederastas. Es en este sentido que damos la bienvenida a la expresión del sindicalista español.

FILOSOFÍA, POLÍTICA E IDENTIDAD.


Con la política y la antipolítica pasa algo semejante a lo que ocurre con la filosofía y la antifilosofía. La antifilosofía fue el anuncio largamente pronunciado del fin de la filosofía, y la antipolítica la pretensión del fin de la política a favor del mercado. Es posible establecer correspondencias entre estas pretensiones, porque entre la historia de la filosofía y la história de la política hay correlatos ineludibles. Hay casos paradigmáticos: Platón y Aristóteles, por un lado, Heidegger y Kojève, por el otro. Pero lo importante no son, necesariamente, las correspondencias que encontramos en la actividad política individual de los hombres que hacen filosofía, sus fracasos y traiciones, sino más bien en lo que hay de político en toda filosofía, y lo que subyace filosóficamente a toda política.

La praxis, después de todo, y si creemos en el mandato hegeliano que insiste en que pensar implica la negación de la cosa presente, sólo puede ser comprendida desde el trasfondo de significaciones que sólo pueden hacerse patentes en algo como un giro filosófico de la mirada, un giro reflexivo que se hace con la interrogación del agente, o su testigo, respecto al por qué de la acción en cuestión.

Es en este sentido que uno se puede preguntar: ¿Qué es la filosofía? ¿Qué es la política? Y descubrir que en ambas cuestiones anidan respuestas tanto filosóficas como políticas. Hay entre la politica y la filosofía una simbiosis que hace posible la filosofía y la política contemporánea, y que de lo contrario anuncia la muerte de ambas.

La muerte de la filosofía coincide con la muerte de la política, y viceversa, la muerte de la política (la antipolítica) es la muerte del pensamiento filosófico. Y esta muerte se encuentra asociada también a un estilo de hacer filosofía que pretendió ser, durante mucho tiempo, el único modo legítimo de hacer filosofía, que rechazó lo oscuro, lo irracional, lo teológico, en favor de una claridad y ordenación lógica inmaculada.

A esta pretensión de claridad, corresponde una manera política de ser, una pretensión anticarnavalesca y rotunda de plantear el mundo plano, un mundo hurtado de su esfericidad, de su interioridad misteriosa y su polaridad de día y de noche.

La política liberal y la filosofía de la transparencia absoluta tienen una curiosa amistad, y su afán destructivo y censurante se asemeja de modo alarmante a las políticas de hegemonía y homogenización lingüística que ha planteado cierta faceta de la planetarización de las democracias liberales y el capitalismo.

Hacer del mundo un edificio acristalado implica, en cierto modo, prohibir la oscuridad. Sólo hace falta echar un vistazo a esas fotografías nocturnas tan emblemáticas de nuestras megalópolis modernas, a esos edificios encendidos para siempre y para nadie, para sospechar los rincones oscuros que en la periferia de sus zócalos desarrollan sus patologías como hierbas malas que deben ser arrancadas del huerto para que éste crezca sano.

Como ocurre con la filosofía que se enfrenta a su disolución con la multiplicación de discursos y el mestizajes de sus lenguas y la expansión hasta el infinito de sus temáticas particularizadas, la política se devanea entre decirse “no” a sí mima, en llevarse al silencio a favor de lo económico o lo societario individualizante, en convertirse en antipolítica o postpolítica, por un lado; o asumir su pluralidad en la totalidad que se encuentra siempre amenazada en su unidad de propósito silenciado de añorada ominisciencia.

Es decir, la política se encuentra atrapada, como ocurrió desde el principio ahora y siempre, en la encrucijada que la antigua pregunta acerca del ser y la nada artículo Platón cuando se enfrentó al problema del todo y la particularidad. ¿Dónde poner el ser y donde la apariencia? ¿Es la Polis una construcción que los elementales individuos fabrican para hacerse un favor y responder a las viscisitudes? ¿O acaso la Polis es lo que hace ser a los individuos lo que son y les precede? Entre la totalidad y el fragmento se encuentran todos los misterios de la existencia. ¿En qué momento en el tránsito hacia el quiebre de los órganos de mi cuerpo dejó de ser un yo existente con un nombre y apellido concretos, con una experiencia viva, para convertirme en memoria?

¿Qué es la patria/matria? Una invención, pero hasta dónde. Algunos pretenden que lo único que cuenta somos cada uno de nosotros y nada más, y por lo tanto la patria/matria nuestra es una suerte de usar y tirar que merece lo poco que le damos para que siga andando como un burro viejo. Otros pretenden que lo es todo, y descargan sobre el pueblo su indiferencia con el fin de hacer de las letras luminosas una marca ambiciosa. Pero la existencia es misteriosa. Entre el ser y la nada somos nosotros, cada uno de nosotros con los otros, navegando en este océano de contingencia radical que nos tienta, por un lado, con la disolución y nos impone el designio de la producción y la reproducción (la mera subsistencia y el poder), y por el otro, con la pasión por alcanzar una omnisciencia platonizante que nos fortifique (nos de fuerza y nos proteja del mal, la nada).

Ninguna de estas opciones resulta adecuada, pero no hay manera de dar con aquello que se adecúa a ese nombre que con pasión o repudio afirmamos (lo mismo ocurre con todos los nombres propios). Todos ellos se encuentran arrancados de la tierra referencial que les da aliento. Son lo que son, como puras imaginaciones que no por se tal cosa dejan de ser reales. Porque no hay mayor confusión que la pretensión de que la realidad se opone a la imaginación de manera rotunda. La existencia es un don que se nutre de lo dado y lo imaginado por nosotros, lo descubierto e inventado por todos.

De este modo, la política es lucha amorosa, combate sexual, pasión guerrera de las imaginaciones en pugna. La política es la caricia violenta del embate sexual y el juego por la perpetuación de la existencia en el seno de la pura contingencia. La antipolítica, como la antifilosofía, es como un estreñimiento, el “no” compungido de un virginal recato que exige un poder clausurante, tacaño. Se trata de una política del defecto, una política que pone como premisa del silogismo comunitario la escasez. En fin, la antipolítica es como la gata flora, que quiere pero no quiere... porque quiere.

sábado, 29 de mayo de 2010

BICENTENARIO DESDE LA OTRA ORILLA



Lo que sigue a continuación es mi respuesta a un amigo argentino que me escribió dándome testimonio de los festejos por el Bicentenario de nuestra patria. Con el fin de cumplir con mis deberes ciudadanos (pese a vivir fuera de mi país aún me considero obligado a mi tierra que me dio el habla y la pasión de ser), ofrezco esta comunicación para dejar por escrito públicamente mi posición política al respecto.


Estimado Carlos,

Te agradezco el testimonio. La escritura es una radiografía del alma. Es difícil no aprehender quién es el otro cuando se anima a dar forma a sus pensamientos. Por esa razón, independientemente de las diferencias que puedan existir en las visiones del mundo que tiene cada cual, produce cierta alegría encontrarse con alguien que se toma el trabajo de no reducir el lenguaje "postal" a la jerga de los celulares.

Por lo tanto, reitero mi agradecimiento por tu testimonio. Desde aquí las cosas, sin embargo, no las leímos del mismo modo. Y paso a relatarte, desde nuestra humilde periferia, cómo entendimos lo ocurrido.

Es cierto, probablemente, que el intento de sacar rédito partidista de los acontecimientos sea un modo arbitrario de acercarse a los festejos de la última semana. Sin embargo, creo que sólo en la mente de un "fanático liberal" puede animarse la creencia de que un festejo bicentenario en donde lo que se festeja es, justamente, el logro de la soberanía, no es un acto político.

Evidentemente, es un acto político, y por lo tanto debe leerse como un acontecimiento político. Por supuesto, cuando hablamos de partidos políticos, lo primero que nos viene a las "mientes" son las estructuras básicas y los comités, pero lo partidario también hace referencia a las parcialidades dentro de la totalidad, y es en este sentido, también, que los actos de los otros días fueron partidarios.

Por supuesto, en este sentido nada es claro, y nadie puede en su sano juicio afirmar con rotundidad lo que significan los signos, porque en un acto de las características carnavalescas que se vivieron, donde todos más o menos se mezclaron con todos, pese a los intentos por una minoría bastante miope de mantenerse encerrada detrás de las vallas, no hay manera de medir las ideologías subyacentes que empujan a la gente a la plaza.

Sin embargo, creer que todo se reduce al auto y la quinta y tener internet, como si ese fuera el único deseo de los argentinos in toto, me parece partidario, lo cual pone de manifiesto que aquellos que pretenden no hacer política hacen política por narices, porque somos animales políticos (como decía Aristóteles) aunque apostemos a la antipolítica.

Pero no deslegitimo con ello el deseo de alcanzar una feliz estancia en esta tierra de espinas que nos toca vivir. ¡Válgame Dios!, pero yo soy más o menos aristotélico en estas cuestiones, sobre todo porque soy budista, que es más o menos lo mismo. Y nosotros creemos, como Aristóteles que una vida buena se logra adquiriendo y jerarquizando de manera adecuada los bienes que nos ofrece "la vida y la vida buena". La "vida" (lo infraestructural) en este sentido son la casa y la quinta y el autito nuevo y la buena conexión de internet de la que hablás. La "vida buena" son las cuestiones que tienen que ver, hoy ya no con ser un ciudadano de la Polis, sino ser un ciudadano local, nacional y global, y participar activamente en los menesteres de la comunidad local, nacional y global. Tener pasión por el mundo que nos toca vivir. Que nada nos resulta ajeno, si querés ponerlo en lenguaje más o menos poético.

Pero además, el Estagirita hablaba de la contemplación, y los budistas de la sabiduría trascendental. Una vida buena no puede prescindir de la trascendencia, de algún modo de entender la enfermedad y la muerte, y de cierta postura explícita y pública acerca de ello. Hablar de la enfermedad y la muerte, contra algunos izquierdistas ateos, con los cuales compartimos un montón de cosas, pero no ésta, significa reconocer que no todo nos lo jugamos en la vida, que hay un ámbito de la existencia humana para la cual nuestros proyectos póliticos, económicos y sociales no tiene una solución. Esta disputa no sólo la mantenemos con Marx y sus herederos, sino también con los neoliberales que como hijos bastardos de Hegel, creyeron y aún creen pese a las duras evidencias que los enfrentan, que el futuro es el presente: capitalismo y democracia liberal.

Los liberales han querido que estas cuestiones sobre la vida buena pasaran a "mejor vida", que se quedaran encerradas en la esfera privada de cada cual. Nosotros, que compartimos con los conservadores cierto hartazgo con la enmascarada moral burguesa, y con los nietzscheanos cierta repugnancia hacia todo lo que es burocrático y gerencial, terapéutico y estético-consumista, creemos que hay que sacar a la calle los bienes a los que aspiramos, para horror de las señoras gordas y los famosillos del Colón (en el teatro Colón la oposición festejó un bicentenario paralelo. Dicen que el Colón estaba bárbaro -testimonio recogido en Facebook.)

En cierto modo, nosotros somos tradicionalistas revolucionarios. Lo cual parece un contrasentido pero es la mejor explicación que tenemos a nuestra disposición. No creemos que debamos olvidarnos del pasado heredado, de la cultura griega y judia (ahora también la budista), pero creemos que debemos digerirla y reeditarla como latinoamericanos, y eso significa que no sólo habla el criollo, sino también el indio y el mestizo, en igualdad de condiciones. Es decir, que en esta época de cambios donde nuestra voz comienza a escucharse en el mundo, debemos hacer de la cultura global, cultura local, y ésta a su vez una ofrenda testimonial de nuestro peculiar ser en el mundo.

Pero para llevar a cabo nuestras ilusiones debemos comprender que, ocupados exclusivamente en los quehaceres de la vida, de la producción y la reproducción, nos hemos olvidado de la vida buena, a la que sólo admiramos a través de cablevisión. Desde esta perspectiva, aunque la apariencia y la realidad no vayan siempre de la mano, hay detrás de este bicentenario argentino un sabor Latinoamericano (utópico y heróico) del cual deberíamos sentirnos orgullosos.

Las comunidades se hacen a través de sus relatos, de sus narraciones identitarias, y una parte (un partido) de la Argentina ha adoptado siempre, con abrumador y despiadado estilo, una postura europeista (los más grasas prefieren Miami) que desdibuja lo que somos. En su reeditado antiperonismo, en su odio y su asco visceral hacia todo aquello que huela a otra Argentina diferente a la suya, esa postura europeista corre el peligro de convertirse en traición.

martes, 25 de mayo de 2010

LA CRISIS EPISTEMOLÓGICA EUROPEA



Ella se va a casar. Esta muy enamorada de su novio, con quien ha convivido durante diez años. Pero cuando llega el día de la boda, él la deja plantada en la puerta de la ceremonia con un ramo de flores en la mano. Dos días después, rodeada de sus amigas, les dice que el tipo “ese” es un mal bicho, que siempre fue malo, perverso, y lanza un llanto con moco incluido, que una de las “chicas” felizmente ataja con un pañuelo. En fin, todo el asunto bastante desagradable. Pero ¿qué ha pasado?

MacIntyre, que es el autor al que estoy ofreciendo mis desvelos en estos días, plantea el asunto más o menos de esta manera. Una crisis epistemológica consiste en una ruptura del feliz matrimonio entre apariencia y realidad. En el ejemplo citado, una evidencia hasta ese momento incontrovertible (el hombre con el que voy a casarme es un amor), se pone en cuestión ante una nueva evidencia (me ha dejado plantada), que me obliga a reconocer que existen alternativas sistemáticamente diferentes de interpretación (el tipo es ahora un cabrón). En este caso, lo que unas horas antes era la sabrosa certeza de compartir la vida para siempre jamás con el hombre de mis sueños, se convierte poco después en la abominación de la brutalidad masculina llevada a su ilustración más paradigmática de asquerosa cobardía.

Algo de eso hay con esta Europa que se muere despacito. Que empezó a morirse mucho antes de que se atrevieran a engañarnos como lo hicieron, con la constitución europea, con los malabares por hacer pasar a la democracia por el ojo de la aguja de las oscuras instituciones en Bruselas, para cocernos a todos en un mismo marco de variables y ajustes monetarios y financieros. Esta Europa triste, esta especie de museo cultural en la que se ha convertido Europa (como decía Zizek) que de una manera u otra está esperando (si no se muere también la esperanza) volver a nacer algún día, cuando acabemos de digerir lo ocurrido, el engaño y el error en el que estuvimos (y aún estamos) instalados desde hace ya varias décadas.

Pero para ello hay que sortear con buena cintura dos tentaciones habituales que se presentan como medicina en estas épocas de crisis epistemológicas: el escepticismo y el instrumentalismo.

El ajuste Europeo es parte del problema, es el intento desesperado por parte de los adherentes del paradigma derrotado por mantener en pie la estructura construida. Se trata de correcciones ad hoc del sistema, como las que se intentaban en París, en Oxford y en Padua para salvar la teoría Ptolomeica de sus inconsistencias. Pero la insistencia por parte de los organismos técnicos europeos y las organizaciones internacionales financieras por imponer reiteradas correcciones al modelo está llevando el asunto al límite de su funcionalidad.

Por lo tanto, debemos esperar una Revolución mayúscula en las “próximas horas”. Llegará un momento en que los intentos instrumentalistas de corrección habrán alcanzado su cota, y a partir de allí, a menos que nos aprestemos a una disolución, deberemos encontrar una solución a la incoherencia. O bien repetimos (la historia es también una reiteración absurda: Waterloo, Stalingrado) y se nos impone un regimen cuasi-totalitario, o salimos a la calle con el fin de dar forma a las resistencias.

La otra parte del problema es el escepticismo. Si lo primero es objeto de atención de los especialistas y ejecución de tecnócratas que ofrecen sus recetas archiconocidas en el mundo periférico como santos remedios de agua bendita sin efectividad alguna para deshacer los tumores que nos han invadido, la segunda parte del problema corresponde a la población europea, que vive como atontada, después de décadas de consumo de dañinos estupefacientes y relajantes sociales administrados con tino “europeista”. Convencidos estuvimos hasta ahora, gracias a un concertado esfuerzo mediático, que vivíamos en el mejor de los mundos posibles, y por eso era mejor que nos estuvieramos tranquilos, que no hace falta más que echar una miradita a ese rincón vecino que es África, o darse un paseito por Latinoamérica, para constatar que ellos no son como nosotros, gente culta y bien pensante, con las calles asfaltadas y los coches no contaminantes.

En fin, se acabaron los cuentos. Hay que arremangarse y empezar a desencallar el cerebro, lleno de tonterías largamente pronunciadas.

La Europa social, la Europa democrática de la que tanto presumimos durante estos años no ha sido más que un “pedo” en la historia. Y aquí la palabra “pedo” es especialmente importante. Lo primero es comprender eso, que no hay una esencia Europea, por la sencilla razón de que nunca la hubo y porque en la historia las esencias son como las brujas, invenciones de una imaginación desordenada. Lo que hay son las tradiciones, y dentro de las tradiciones, los conflictos y eventualmente las revoluciones que, llegado el caso, como decía MacIntyre, aseguran continuidad a la tradición.

Para los conservadores, tradición y revolución son nociones contrapuestas. Para MacIntyre, en cambio, las tradiciones, muchas veces, necesitan de las revoluciones para no morir. Eso es lo que hace de Juana de Arco y Danton, miembros de una misma especie que estira sus músculos a lo largo de la historia.

La crisis europea, recordémoslo, es parte de una crisis planetaria, una crisis que pide a gritos su revolución, que el sueño de Obama intento disuadir. Una crisis que se fraguó en el taller ideológico del neoliberalismo, articulado a partir de la ficción filosófica del individuo como último y exclusivo eje de lo real, pero con el oscuro propósito de hacerlo objeto absoluto del mercado corporativo y el Estado burocrático. Lo que toca ahora es volver a dar forma a un “nosotros” que nos permita resistir para preservar lo que aún no hemos inventado.