domingo, 30 de mayo de 2010

FILOSOFÍA, POLÍTICA E IDENTIDAD.


Con la política y la antipolítica pasa algo semejante a lo que ocurre con la filosofía y la antifilosofía. La antifilosofía fue el anuncio largamente pronunciado del fin de la filosofía, y la antipolítica la pretensión del fin de la política a favor del mercado. Es posible establecer correspondencias entre estas pretensiones, porque entre la historia de la filosofía y la história de la política hay correlatos ineludibles. Hay casos paradigmáticos: Platón y Aristóteles, por un lado, Heidegger y Kojève, por el otro. Pero lo importante no son, necesariamente, las correspondencias que encontramos en la actividad política individual de los hombres que hacen filosofía, sus fracasos y traiciones, sino más bien en lo que hay de político en toda filosofía, y lo que subyace filosóficamente a toda política.

La praxis, después de todo, y si creemos en el mandato hegeliano que insiste en que pensar implica la negación de la cosa presente, sólo puede ser comprendida desde el trasfondo de significaciones que sólo pueden hacerse patentes en algo como un giro filosófico de la mirada, un giro reflexivo que se hace con la interrogación del agente, o su testigo, respecto al por qué de la acción en cuestión.

Es en este sentido que uno se puede preguntar: ¿Qué es la filosofía? ¿Qué es la política? Y descubrir que en ambas cuestiones anidan respuestas tanto filosóficas como políticas. Hay entre la politica y la filosofía una simbiosis que hace posible la filosofía y la política contemporánea, y que de lo contrario anuncia la muerte de ambas.

La muerte de la filosofía coincide con la muerte de la política, y viceversa, la muerte de la política (la antipolítica) es la muerte del pensamiento filosófico. Y esta muerte se encuentra asociada también a un estilo de hacer filosofía que pretendió ser, durante mucho tiempo, el único modo legítimo de hacer filosofía, que rechazó lo oscuro, lo irracional, lo teológico, en favor de una claridad y ordenación lógica inmaculada.

A esta pretensión de claridad, corresponde una manera política de ser, una pretensión anticarnavalesca y rotunda de plantear el mundo plano, un mundo hurtado de su esfericidad, de su interioridad misteriosa y su polaridad de día y de noche.

La política liberal y la filosofía de la transparencia absoluta tienen una curiosa amistad, y su afán destructivo y censurante se asemeja de modo alarmante a las políticas de hegemonía y homogenización lingüística que ha planteado cierta faceta de la planetarización de las democracias liberales y el capitalismo.

Hacer del mundo un edificio acristalado implica, en cierto modo, prohibir la oscuridad. Sólo hace falta echar un vistazo a esas fotografías nocturnas tan emblemáticas de nuestras megalópolis modernas, a esos edificios encendidos para siempre y para nadie, para sospechar los rincones oscuros que en la periferia de sus zócalos desarrollan sus patologías como hierbas malas que deben ser arrancadas del huerto para que éste crezca sano.

Como ocurre con la filosofía que se enfrenta a su disolución con la multiplicación de discursos y el mestizajes de sus lenguas y la expansión hasta el infinito de sus temáticas particularizadas, la política se devanea entre decirse “no” a sí mima, en llevarse al silencio a favor de lo económico o lo societario individualizante, en convertirse en antipolítica o postpolítica, por un lado; o asumir su pluralidad en la totalidad que se encuentra siempre amenazada en su unidad de propósito silenciado de añorada ominisciencia.

Es decir, la política se encuentra atrapada, como ocurrió desde el principio ahora y siempre, en la encrucijada que la antigua pregunta acerca del ser y la nada artículo Platón cuando se enfrentó al problema del todo y la particularidad. ¿Dónde poner el ser y donde la apariencia? ¿Es la Polis una construcción que los elementales individuos fabrican para hacerse un favor y responder a las viscisitudes? ¿O acaso la Polis es lo que hace ser a los individuos lo que son y les precede? Entre la totalidad y el fragmento se encuentran todos los misterios de la existencia. ¿En qué momento en el tránsito hacia el quiebre de los órganos de mi cuerpo dejó de ser un yo existente con un nombre y apellido concretos, con una experiencia viva, para convertirme en memoria?

¿Qué es la patria/matria? Una invención, pero hasta dónde. Algunos pretenden que lo único que cuenta somos cada uno de nosotros y nada más, y por lo tanto la patria/matria nuestra es una suerte de usar y tirar que merece lo poco que le damos para que siga andando como un burro viejo. Otros pretenden que lo es todo, y descargan sobre el pueblo su indiferencia con el fin de hacer de las letras luminosas una marca ambiciosa. Pero la existencia es misteriosa. Entre el ser y la nada somos nosotros, cada uno de nosotros con los otros, navegando en este océano de contingencia radical que nos tienta, por un lado, con la disolución y nos impone el designio de la producción y la reproducción (la mera subsistencia y el poder), y por el otro, con la pasión por alcanzar una omnisciencia platonizante que nos fortifique (nos de fuerza y nos proteja del mal, la nada).

Ninguna de estas opciones resulta adecuada, pero no hay manera de dar con aquello que se adecúa a ese nombre que con pasión o repudio afirmamos (lo mismo ocurre con todos los nombres propios). Todos ellos se encuentran arrancados de la tierra referencial que les da aliento. Son lo que son, como puras imaginaciones que no por se tal cosa dejan de ser reales. Porque no hay mayor confusión que la pretensión de que la realidad se opone a la imaginación de manera rotunda. La existencia es un don que se nutre de lo dado y lo imaginado por nosotros, lo descubierto e inventado por todos.

De este modo, la política es lucha amorosa, combate sexual, pasión guerrera de las imaginaciones en pugna. La política es la caricia violenta del embate sexual y el juego por la perpetuación de la existencia en el seno de la pura contingencia. La antipolítica, como la antifilosofía, es como un estreñimiento, el “no” compungido de un virginal recato que exige un poder clausurante, tacaño. Se trata de una política del defecto, una política que pone como premisa del silogismo comunitario la escasez. En fin, la antipolítica es como la gata flora, que quiere pero no quiere... porque quiere.

1 comentario:

gorka dijo...

Las dos grandes corrientes filosóficas, políticas y económicas modernas, comunismo y capitalismo, una en su desviación a la economía de mercado y la otra asfisiada de su propia regla del beneficio, muestran una identidad común, un camino insostenible.

La gestión de los recursos de la imaginación no puede seguir en manos solo de la cuántica propia, debe de llevar incorporado el desarrollo del espíritu común, la posibilidad de mejorarnos y encontrar juntos la trancescencia de nuestra propia existencia.

La muestra de lo humano nos identifica.