sábado, 5 de enero de 2019

EL PAÍS DE LAS ÚLTIMAS COSAS


Éstas son las últimas cosas - escribía ella -. Desaparecen una a una y no vuelven nunca más. Puedo hablarte de las que yo he visto, de las que ya no existen; pero dudo que haya tiempo para ello. Ahora todo ocurre tan rápidamente que no puedo seguir el ritmo. No espero que me entiendas. Tú no has visto nada de esto y, aunque lo intentaras, jamás podrías imaginártelo. Estas son las últimas cosas... 

Paul Auster


Esta mañana, cuando comencé a leerles a mis hijos la novela de Auster cuyas primeras líneas son, justamente, el fragmento que utilizo como epígrafe para esta nota (un ejercicio que hacemos los fines de semana: sentarnos a leer en voz alta - acabábamos de terminar con El viejo y el mar de Hemingway), me corrió por el cuerpo una suerte de escalofrío. 

Al recordar el relato de Auster (que yo ya había leído hacía muchos años), pensé en el momento, en 2014, cuando me fui de la Argentina. Entonces, hacía 3 años y medio de mi regreso. 


El país con el cual me encontré en 2011 era muy diferente al que yo había conocido en mi niñez y adolescencia. Muy diferente al país al que regresé brevemente en 1995, cuando Menem ganaba la reelección y se preparaba para acabar su faena y terminar de liquidar los últimos resquicios de independencia económica que tenía el país. Y, obviamente, muy diferente al país por el cual «casualmente» pasé a finales del 2001, cuando las calles se incendiaban con el grito «¡Que se vayan todos!», que también vociferaban los mismos caceroleros que habían empoderado a De la Rúa, y habían festejado el regreso «meritorio» de Cavallo para que salvara el país. 

Evidentemente, la Argentina con la que me reencontré en 2011 no era un paraíso. Pero había signos evidentes de una sociedad que avanzaba, de una «vida que se dejaba vivir». Había pobreza, había corrupción, había lo que ustedes quieran, pero también había otras cosas, bastante extraordinarias, por cierto, que ahora se dirigen sin desvío a su desaparición. Entre esas cosas que parecen haber desaparecidos está la imaginación.  

Supongo que cualquiera de ustedes podría haberme escrito líneas semejantes a las que escribe el personaje de la novela de Auster, contándome acerca de lo que ha estado pasando en el país en los últimos años, contándome de las «desapariciones continuadas», de «las pérdidas sin fin», de las repetidas derrotas, de los retrocesos, de las injusticias, de los abusos, de la hipocresía, de la frivolidad, de la confusión y el estupor que vive hoy la sociedad argentina, más alienada y perdida que nunca.  

En ese contexto es en el cual me pregunto si entre las muchas cosas que han desaparecido en la Argentina actual, contrariamente a lo que pensaba Auster cuando comenzó a escribir su novela y puso en boca de su protagonista las líneas del epígrafe, no es la pérdida de la imaginación la peor de nuestras pérdidas, la más profunda, la más preocupante. 

Quizá, solo quienes son capaces de tomar distancia, preservando su capacidad de reflexión, pueden darse cuenta cabalmente de lo que está muriendo para siempre en el país, lo que significa haber perdido la imaginación. Porque lo que la Argentina de hoy parece no ser capaz de hacer es, justamente, imaginar una escapatoria al horror que se vive y el que aún estamos a la espera de vivir, a la catástrofe, al fracaso colectivo que significa el advenimiento del macrismo.

Como ocurre en las pesadillas, muchos argentinos parecen atrapados en el vértigo cotidiano, incapaces de responder con lucidez a la fiebre destructora de un movimiento que arrasa sin compasión y sin vergüenza todo «lo construido socialmente durante los últimos 70 años».

Entiéndase bien: la expresión «70 años» no es casual. La pesada herencia que el presidente Macri, sus acólitos y los falsos opositores ultraliberales publicitan con tenacidad y con la explícita complicidad de la corporación mediática, los «70 años de peronismo» a los que achacan el descalabro actual, es una construcción ideológica que debe ser puesta en evidencia. 

Detrás de esta tergiversación histórica, lo que se intenta es justificar la premeditada estrategia de devaluación del trabajo, el dinero y la naturaleza que las clases dominantes implementan sistemáticamente con un objetivo concertado: la «apropiación» a través de la explotación, el endeudamiento y la desposesión pura y dura. 

Como siempre, las víctimas son las grandes mayorías populares, y las clases medias, que una vez más han dado con su voto y su mendicidad, el visto bueno para la expoliación a mansalva. Los números no mienten: pobreza, indigencia, desempleo al alza, en perfecta sintonía con la acumulación exponencial que regala la especulación financiera y la creciente monopolización que eso permite a las corporaciones multinacionales y las grandes fortunas locales de los recursos naturales que en principio pertenecen a la sociedad argentina.

Ahora bien, no deberíamos olvidar que estos 70 años tan vilipendiados de decadencia de los que hablan los macristas confesos y los ideólogos neoliberales y conservadores utilizando las usinas mediáticas como cadena nacional, han sido también 70 años de esfuerzos colectivos y gobiernos populares en los que se han construido miles de quilómetros de carreteras, se han edificado infraestructuras, escuelas, hospitales, en los que se han tendido las redes eléctricas y telefónicas, en los que se han ayudado a millones de madres a parir a millones de niños, que se han vacunado, alimentado y vestido. 70 años en los que se han construido cloacas, se han encausado ríos, se han educado a millones de niños, adolescentes y jóvenes. 70 años en los que se han convertido a millones de argentinos en profesionales, trabajadores capacitados en toda clase de rubros. 70 años de programas nucleares, energéticos, de investigación en los ámbitos de la salud, las ciencias sociales, las artes y las humanidades, la técnología y el desarrollo. 70 años de cultura, de cine, de teatro, de literatura, de música, de periodismo bueno y no tan bueno. 70 años de luchas por los derechos humanos, de construcción de resistencias sociales y morales. 70 años de lucha frente a la opresión imperialista que ha esquilmado el mundo, invadiendo, torturando y matando sin tregua a quienes se oponen a la esclavitud del capitalismo impiadoso.

Sin embargo (y esto es lo que no dicen), también han sido 70 años de golpes militares e interrupciones mafiosas, democráticamente electas gracias al despiste concertado de la tilinga clase media argentina, en los que el objetivo principal fue siempre hacer retroceder en sus logros a la llamada «hora de los pueblos». 

El gobierno de Macri y los ultraliberales que dicen oponerse a sus políticas, pero que secretamente festejan su «destrucción creativa», que anuncian con estridencia su oposición al reendeudamiento enloquecido y la fuga de capitales, pero que secretamente sirven a quienes a través de la deuda imponen al país una hipoteca de hambre para un futuro de servidumbre, son herederos de estos 70 años de contrarrevoluciones liberales, neoliberales y neoconservadores diseñadas para «devolver a los ricos» aquello que los movimientos populares pretendieron redistribuir entre las grandes mayorías.

miércoles, 2 de enero de 2019

TECNOCRACIA, POPULISMOS, SOCIALISMO BUROCRÁTICO Y PERONISMO


En una reciente intervención en la televisión rusa, el filósofo esloveno Slavoj Žižek señalaba, comentando el impasse que vive Europa - el cual se manifiesta de manera patente en las protestas de los llamados «chalecos amarillos», que la respuesta a este «punto muerto» en el que nos encontramos no puede ser ni el populismo, ni la tecnocracia.

En el caso del populismo, dice Žižek, las soluciones que puede ofrecernos son contradictorias y en última instancia imposibles de cumplir. Pone como ejemplo las demandas de los manifestantes en París y otros lugares de Francia: no se pueden combinar las pretensiones de una política ecológica y una reducción de los costos de los combustibles; tampoco se pueden pretender mejoras en los servicios públicos (sanitarios, educativos, de transporte, vivienda pública, etc.) al tiempo que se insiste en reducir drásticamente los impuestos.

Obviamente, la solución tampoco puede venir de lo que él denomina «la tecnocracia» (la democracia formal cooptada por los tecnócratas neoliberales). Es justamente esta solución tecnocrática que está llegando a un punto muerto la que el populismo de izquierdad exige superar. 


Mientras tanto, el populismo de derechas se conforma con administrar los malestares generalizados manufacturando discursos que se enfoca en una diversidad de chivos expiatorios (migrantes, refugiados, feministas, musulmanes, corruptos, etc.). En este sentido, como bien señala Mouffe, el populismo de derechas es una de las formas que adopta el neoliberalismo en nuestros días, una vez se han agotado sus recursos en el terreno de la democracia formal.

La solución, nos dice el filósofo esloveno, pasa por restablecer el sueño «clásico» de un «socialismo burocrático», conducido por una élite ilustrada, cuyo objetivo es la provisión de los bienes que necesita la ciudadanía para poder, simplemente, dedicarse a su vida: no a la lucha por la mera vida, sino más bien al despliegue de una vida buena. La propuesta combina elementos de la filosofía política platónica, curiosamente también keynesiana (la reivindicación de una «élite ilustrada»), y la ética aristotélica de las «visiones del bien». En este sentido, la propuesta de Žižek contiene elementos conservadores y progresistas. Puede ser leída en clave pragmática, incluso en línea con algunos discursos políticos del difunto Richard Rorty, pero escapa enteramente a la glorificación de la democracia  popular, whitmaniana, que el filósofo estadounidense solía ensalzar.


Hasta cierto punto, el ciudadano no necesita entender de qué modo se realiza la milagrosa provisión que hace posible la mera vida. Los burócratas socialistas tienen la obligación profesional de fabricar las condiciones de posibilidad de la existencia individual y colectiva. Eso significa crear un marco socio-económico en el que sea posible verdaderamene el respeto pleno, integral, de los derechos humanos, entendidos en sentido amplio (no solo como protección de los derechos civiles y políticos). Es decir, no como un instrumento para contener el «mal mayor», sino como una política para promover positivamente los bienes a los que los individuos prometen su lealtad, siempre que estén en acuerdo con el proyecto común que implica justamente el pleno respeto de los derechos humanos entendidos integralmente.

Para Žižek, entonces, la pretensión de una democracia directa está enteramente desencaminada en las presentes circunstancias, aun cuando adopta, como ocurre en los llamados «populismos de izquierda» una forma anti-oligárquica, anti-capitalista.

Lo que se necesita, contra lo que promueve la posición tecnocrática que administra actualmente el sistema - cuyo objetivo es facilitar el flujo del capital, garantizando el mantenimiento de formas institucionales favorables para los negocios y la apropiación privada - es abocarse a lograr un nivel de bienestar colectivo que permita a los individuos esforzarse en sus propios proyectos existenciales. Para ello, de acuerdo con Žižek, la mejor respuesta coyuntural, la mejor forma de gobierno para el presente, es el socialismo burocrático.

Eso significa recuperar principios básicos de organización social que cancelen la ilusoria conceptualización oligárquica que asumen las formas neoliberales de organización social, disfrazadas con las vestimentas de la libertad y la igualdad de oportunidades, pero  en realidad comprometidas exclusivamente con la manufacturación de relaciones sociales basadas en la competencia como medio para la acumulación del capital a través de la explotación y desposesión de lo común, el disciplinamiento de las fuerzas del trabajo a través del autodisciplinamiento, y la monopolización.

El triunfo democrático de las opciones neoliberales y neoconservadoras en América Latina,
 que en muchos casos han llegado al poder gracias a poderosas campañas propagandísticas y un aceitado lobby institucional, nacional e internacional, debería permitirnos visualizar el desafío ante el cual nos encontramos, que pone en cuestión la democracia misma, entendida como mero mecanismo electoral para dirimir las contradicciones políticas que afloran en la sociedad. 

Necesitamos un nuevo movimiento «constitucional» que nos permita recuperar los principios elementales de libertad, igualdad y fraternidad, y articular una nueva dispensación de los derechos humanos que eluda enteramente las pretensiones postwestfalianas al servicio del imperialismo y el capital. Esto significa resignificar  los mandatos originales de los derechos humanos, rejuvenecidos con las luchas por el reconocimiento y la identidad que han marcado y están marcando nuestra actualidad, y las exigencias que exige un ecologismo socialista que eluda las nostalgia de un imaginario Edén precapitalista. 

Indudablemente, la propuesta coyuntural de Žižek es controvertida, y las objeciones que pueden desplegarse en su contra son numerosas y significativas. Sin embargo, tiene la virtud de llamarnos la atención acerca de lo que nos jugamos, primero, con la llegada al poder de los Bolsonaros, los Trumps y otros populistas de derecha en Europa, Estados Unidos y América Latina, con la evidencia creciente que la tecnocracia liberal ha alcanzado su límite y se encuentra en un punto muerto, y lo que todo esto supone en las actuales circunstancias de reflujo ideológico para los populismos de izquierda que insisten en la democracia directa y radical como solución a nuestros problemas. 

En este contexto, hay que releer la Apología de Sócratesy si uno, por esas casualidades de la vida es argentino y, tal vez, peronista (¿por qué no?), volver a preguntarse: «¿qué es eso de la democracia?»

EL PAÍS DE LAS ÚLTIMAS COSAS

Éstas son las últimas cosas - escribía ella -. Desaparecen una a una y no vuelven nunca más. Puedo hablarte de las que yo he visto, de las...