domingo, 7 de noviembre de 2010

ESFERAS DE ACOGIDA Y POLÍTICAS DE INCOMUNICACIÓN



Después de varios días encendidos, hay que volver cada uno a su sitio. Pero hace falta que la clarividencia que despertó en la ciudadanía la confrontación ineludible con la contingencia, no se disuelva en el tiempo como una estela en el agua que desaparece sin dejar rastro a poco de marcharse la embarcación que trazó su dibujo. Hay que hacer camino de los acontecimientos, labrar el surco de nuestros pasos futuros.

Lo que pretendo en este post es pensar dos o tres cuestiones para que la reflexión pase de ser un fenómeno puramente hermenéutico, explicativo, y se convierta en una suerte de ejercicio hermético, que nos transforme vitalmente. La historia ciudadana es como un libro que hay que aprender a leer. Como un libro, la ciudad política nos acoge y nos enseña. Sin embargo, vivir la ciudad, la patria, el mundo en su dimensión política es producto de un cultivo previo que se realiza en el seno de la familia, donde aprendemos (cuando la familia no sufre de una seria patología) el uso de la palabras. Donde se nos inicia en la conversación, donde se nos acoge para convertirnos en respondentes, responsables.

Sin embargo, la construcción del yo no sólo necesita del nosotros familiar y ciudadano para hacerse. También necesita de ese otro lugar que antiguamente, de manera exclusiva, nos ofrecía la religión. Ese espacio de acogida que señalaba el sentido último de nuestro ser en el mundo. Pero, de nuevo, el acceso auténtico, no distorsionado de la vida religiosa o espiritual, sólo puede ser el resultado de la integración por parte del individuo de las enseñanzas específicas de las esferas de acogida familiar y ciudadana, donde aprendemos facetas de nosotros mismos sin las cuales nuestras existencias se vuelven imperfectas o incompletas.

La vida ética, la vida política y la vida contemplativa son aspectos irrenunciables de nuestra educación si nuestra intención es hacer uso pleno de nuestra condición humana.

Uno de las conclusiones que con alegría extraigo de la experiencia argentina de las últimas semanas es la aparición en el espacio público de unas generaciones jóvenes que, pese a no haber participado ni activa ni pasivamente de las atrocidades de la dictadura, ni de las traiciones de la democracia neoliberal, están prevenidas acerca de la necesidad de participar de manera efectiva y vigilante en el proceso de construcción de la identidad futura de la nación. Eso significa que vuelven a funcionar masivamente las esferas de acogida, que la palabra vuelve a ponerse en funcionamiento, que estos años de lucha verbal, de combate dialéctico, no han sido en vano.

El antropólogo catalán Lluís Duch habla de la cultura como la actividad de empalabramiento de la realidad. La familia, la ciudad y el templo (el lugar del recogimiento y la contemplación), son las esferas donde el anthropos, cada uno de nosotros, mujeres y hombres, aprendemos a ser empalabradores del mundo en que vivimos, aprendemos a participar en la construcción de esta realidad humana, esta esfera semántica donde recogemos en el presente el pasado y el futuro, en la forma de la memoria y la imaginación.

Estas esferas de acogida, donde crece la palabra, donde se escriben los relatos que nos dan nombre y donde aprendemos a nombrar las cosas de nuestro mundo, sin embargo, se encuentran amenazadas por esos poderosos mecanismos de la incomunicación al servicio del exclusivo economicismo de la realidad que son los medios de comunicación.

Hemos aprendido de manera acelerada, que los medios de comunicación incomunican. No sólo mienten, no sólo tergiversan y manipulan, sino que además nos incomunican. Basta con volver la mirada a esa plaza atestada de dolor, para comprender que donde ayer no había nadie, donde ayer había sólo la ausencia, de pronto se hizo presencia un nosotros que había sido mantenido desarticulado a través de una estrategia insistente de fragmentación y desvinculación que los poderes fácticos ejercitan sobre esa masa, hasta ese momento neutral, atomizada, que de pronto se convierte en un nosotros-pueblo.

Me pregunto, aun a sabiendas de los peligros que acechan a eso que llamamos patria y a eso que llamamos pueblo, si por mor de protegernos de dichos peligros, debemos vivir una vida mutilada, fragmentada como la que nos ofrece la experiencia liberal ilustrada de la desvinculación, una experiencia de yos dispersos aterrados ante la idea de reconocer su pertenencia intrínseca a un nosotros.

El precio de semejante temor se ve reflejado en la fractura de las esferas de acogida de las que hablé más arriba, en la incomunicación que reina en el seno de esas “comunidades” de palabra que son la familia, la ciudad y el templo. Es posible, como se dice en estos días en mi patria, que haya llegado la hora, no sólo de hablar de una política de justicia, sino también de una política del amor.

Por eso se me ocurre que ante el contundente fracaso neoliberal, ahora disfrazado de republicanismo, cabe ser más incisivo a la hora de escuchar e interrogar a las alternativas políticas que se nos proponen.

Sabemos que aquellos que ondean la bandera de la eficiencia administrativa sólo construyen "ciudades" aplicando políticas eugenésicas (deshaciendose de las vidas sobrantes); prefieren acogerse a las castas sacerdotales que nos obstaculizan nuestra entrada al templo; y promueven un modelo de familia que pretende exclusivamente ser un eficaz mecanismo de transmisión de privilegios.

Mientras tanto, se respiran nuevos aires. Se ha colado en el discurso político de la patria la palabra "amor". Lo cual parece estar en sintonía con esa recuperación de las esferas de acogida de las que hablábamos más arriba. Si fuera así, nos encontraríamos en los umbrales de una verdadera revolución que todos deberíamos festejar.

1 comentario:

lana dijo...

Quiero comentar desde una perspectiva de ciudad y de cultura, que debiese estar matizada por la creación y la estructuración de esferas materiales y fundamentales basadas en la libre expresión y la tolerancia comunicativa, así como se valida la expresión artistica,

que mientras las relaciones de pareja y por ende de familia, que constituyen el núcleo de todas las demás formas de relación quizás,

estén tamizadas por relaciones de poder económico y no legítimadas en cambio desde la presteza y responsabilidad del sentido del liderazgo por compromiso y por la capacidad de asumir responsanbilidades,

toda forma relacional será discriminatoria y tenderá a la distorsión sistemática desde su acción propositiva mediatizando, velando,ocultando, todo lo que toque y produzca.

Como individuos pensantes y diferentes que somos, aspiramos siempre al ejercicio del libre albedrío, para la construcción de nuestro devenir y procurar lo mismo para los afectados por nuetra existencia.

Esta afectación comienza desde el lenguaje mismo, desde la denominación. Desde la comprensión misma de que la víctima no es todo aquel que ha sufrido y de que el victimario no existiría sin la ignorancia o indiferencia de la víctima potencial.