lunes, 3 de septiembre de 2012

EL REGRESO DE LA MUERTE. Sobre la violencia política.




La palabra “extremista” tiene una infeliz connotación en nuestra historia política.

En línea de continuidad con la mayoría de los artículos que publica el diario La Nación, este fin de semana, el periodista Fernando Laborda ofreció a sus lectores una reflexión imprudente a la cual tituló “Hasta dónde llegará el extremismo de Cristina”, cuyo contenido no es otra cosa que una ensalada de amenazas que contribuye a fomentar la intolerancia y la violencia entre los más fanatizados entre sus lectores.

El artículo es sólo un ejemplo del estilo irresponsable que practican muchos periodistas del matutino fundado por Mitre. No desentona con el resto. Ni siquiera puede considerarse de los peores. Pero como ocurre habitualmente, basta con echar un vistazo a los comentarios encendidos que acompañan la nota para comprender hasta qué punto Laborda exacerba los ánimos de los lectores, les retuerce el alma hasta extraerles la crueldad que necesita para sus designios, poniendo en evidencia hasta qué punto lo denunciado por este supuesto adalid de la libertad y la templanza (como otros de su clase) no es otra cosa que el reflejo de su propio rostro en el espejo de su intolerancia.

Leo con desaliento uno de los comentarios para ilustrar lo que pretendo. Dice uno de los lectores que se hace llamar "Santiliberal”:

-Si no se van (refiriéndose a los kirchneristas) los echaremos a tiros”.

Comentarios de este tipo abundan en el diario centenario, el cual, en sus editoriales y colaboraciones, no le hace asco a la práctica de sembrar cizaña entre la población, utilizando mentiras, tergiversaciones, escraches y groserías para lograr sus cometidos de polarización social.

Es muy probable (lo digo con pena) que el país, más tarde o más temprano, se vea atrapado nuevamente en un período de violencia política. No existe nada en la historia que nos obligue a pensar que nuestras experiencias tienen efectos pedagógicos sobre los agentes históricos. Todo lo contrario, la historia de la humanidad demuestra que los hombres se ven arrastrados, una y otra vez, a repetir con variaciones aparentes las calamidades del pasado.

Si hacemos memoria, descubriremos a tiro de piedra, sin necesidad de ajustarnos a la lógica arqueológica, ni a la hermenéutica de los textos, que las escenas actuales vuelven a contarnos un relato de violencia e intolerancia que nos es conocido. Se aprietan los puños, se tensan las mandíbulas con la rabia, se escucha el murmullo de una oración que pide al todopoderoso un cáncer salve a la nación de los líderes populares que arruinan nuestra fiesta. Se apura la condena y se traduce al lenguaje de los ciegos, para que los más odiadores y resentidos entre los ciudadanos se apuren a justificar una interrupción del proceso de transformación en esta época histórica.

Los signos son elocuentes, y como he apuntado en alguna otra entrada, quienes se han esmerado en conocer nuestra historia continental y se informan acerca de lo que ocurre en estas latitudes, comprenden que la ofensiva neoconservadora se ha puesto en marcha. Lo que resulta decididamente incomprensible es que tanta gente seria y bienintencionada peque una vez más por ingenuidad. Los procesos históricos se descubren en los trazos cotidianos, en los acotados discursos, en las notables mutaciones emocionales de los participantes que oscilan entre la alegría y el desánimo, entre la pasión creativa y la acerada furia al son de los relatos que los conforman.

El asesinato se escribe primero con un puñado de palabras aparentemente irrelevantes que atraviesan el espacio de una consciencia, para convertirse con el correr del tiempo, en la mano que empuña el arma criminal. Cuando esto ocurre, ya no hay tiempo para detener la avalancha del horror, la venganza se convierte en moneda de cambio para acallar el dolor, y la degradación de las almas acaba convirtiendo a la patria en un camposanto de cadáveres expuestos al sol.

Esa es nuestra historia aún irresuelta. No hay nada en nuestro ADN que nos prevenga de repetirla. Más vale que empecemos a cuidar el lenguaje en el que se encarna nuestro desprecio. No vaya a ser que otra vez, como ayer, nos encontremos en medio de la sangre y de la mierda haciéndonos los distraídos.

1 comentario:

gorka dijo...

En clave local ante la apoteósica manifestación del próximo 11 de Septiembre, día de la reivindicación del pueblo catalán, se escuchan ruidos de sables y hasta un uniformado amenaza con que el ejército actué como garante de la territorialidad, que la constitución recoge y exige la ilegalización de todos los partidos independentistas.

Por otro lado el 22 de mismo més, inicio del curso político, se ha convocado a la ciudadanía de esta península frente al Parlamento en Madrid y exigir a sus señorías, transformaciones reales de la gestión política y aplicación de soluciones ante la gravedad de la situación de millones de personas abocados al umbral de la pobreza. La extrema derecha plantea reventar el acto, utilizando la violencia.
Todo proceso tiene su punto de inflexión, la desprovista realidad está alcanzando a todos los niveles sociales, desesperanza, incertidumbre permanente, inseguridad, son fenómenos que pueden conducir a reacciones primarias, animales, y desembocar en física violencia.
Coincido en determinar que la palabra puede convertirse en el arma homicida, pero es la realidad circundante la que más empuja, no sabiendo manejar los estados de ánimo general, a buscar otras soluciones que la palabra no ha sabido dar.

Regresa la muerte para ocupar el sitio de la vida que no se deja vivir.