jueves, 30 de agosto de 2012

LA MEDITACIÓN PRO. Sobre economía, política y espiritualidad.


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En estos días, la ciudad de Buenos Aires se prepara para recibir a un supuesto "maestro espiritual", a quien se conoce como Sri Sri Ravi Shankar. La serie de espectáculos organizados, entre otros, por el PRO del Ingeniero Mauricio Macri, ha concitado debates que merecen nuestra atención. Rodriguez Larreta ha anunciado que Buenos Aires se prepara para convertirse en “la ciudad del amor” y convoca a los porteños a participar en una maratón meditativa que haga frente a la crispación política reinante, y a la violencia que nos rodea. Mientras tanto, supimos que además de los famosos locales, quienes imitando las veleidades de los iconos de Hollywood confiesan su admiración hacia el Gurú, muchos otros personajes políticos y sociales se anotan en la partida.

La iniciativa de Macri no es una estrategia desprolija de última hora. El proyecto forma parte del ADN de la política amarilla, con el cual se identifican los militantes y simpatizantes de esta agrupación que hoy gobierna la ciudad de Buenos Aires, convertida en la principal referencia opositora al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. La legisladora Hotton y el Rabino Bergmann, entre otros, son dos referentes emblemáticos de la agrupación que pueden cómodamente ubicarse en el panteón de los “espirituales” PRO.

Lo que no voy a hacer en este post  es meterme con Ravi Shankar. Creo que erramos si ofrecemos como argumento la estrategia de desacreditar al personaje. Ni el valor de las entradas del evento, ni las credenciales del guruji deberían formar parte de nuestra reflexión. Mucho más interesante resulta explicar en qué consiste la práctica meditativa, qué entendemos por espiritualidad, dónde ubicar las cuestiones que se suscitan en este ámbito en el espectro de otros intereses y actividades humanas, etcétera. Y desde allí, tratar de explicar por qué no compartimos la pasión que ha suscitado entre algunos esta visita y otras por el estilo.

En breve, en esta entrada no nos sumaremos a las campañas proselitistas que promueve la farándula, ni enfrentaremos el asunto utilizando argumentos ad hominem. Lo que haremos es intentar clarificar las cuestiones de fondo.

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Empecemos con el marco de referencia. Para ello, de manera exclusivamente propedéutica, dibujemos un mapa que nos permita orientarnos en estos temas. 

Aristóteles nos animó a distinguir entre dos esferas de la actividad humana. La primera esfera, a la que podemos considerar infraestructural, es aquella en la cual los seres humanos se ocupan de la economía, entendida ésta en sentido amplio. Es decir, se ocupa de las relaciones familiares y de los negocios, de la supervivencia y la reproducción. Sobre la base de estas actividades, Aristóteles identificó las esferas de la Política y la Filosofía, en las cuales los seres humanos se dedican, fundamentalmente, al logro del Bien y la Verdad.

Ahora, hablemos de la relación entre estas esferas:
  1. Con respecto a la relación entre la economía y la política, muchas cosas hemos dicho ya en este blog.  En resumidas cuentas, si pensamos en esta relación en el contexto de la discusión en torno a la llamada “antipolítica” (uno de los aspectos preeminentes del trasfondo neoliberal) la cuestión resulta claramente discernible. Para nuestros contrincantes en el debate, la política debe estar supeditada a los mercados. El rol del político es meramente subordinado y “policial”. Se ocupa exclusivamente de atender a la “espacialidad y temporalidad”  que configuran los fines y las variables económicas. Si pensamos el asunto en clave weberiana, como nos enseñó MacIntyre, la contrafigura del político es el CEO, gerente o empresario, quien le marca la agenda al poder político, define las metas y establece los medios que el poder político ejecuta, persuadiendo, disuadiendo o reprimiendo.  Si ahora nos fijamos en la concepción de los individuos en este contexto, nos encontramos con una comprensión atomística de los mismos. Los individuos son eso, átomos sociales, en interacción con otros átomos sociales, conformando a partir de esa interacción configuraciones epifenoménicas que ofrecen ocasión para la conformación de diversas identidades solapadas, al tiempo que se los entiende como mero recurso humano de las redes de producción, servicio y consumo que conforman el orden sistémico de la economía. Frente a la antipolítica, se esgrime, en clave aristotélica (también marxista), la siguiente pregunta: ¿Qué vida vale la pena de ser vivida? Y a partir de ella, se articula una pugna en torno a la verdad, el bien y el poder que define a los contrincantes a partir de principios como la libertad y la igualdad, por un lado, pero en función de su comprensión y su extensión. Es decir, quiénes merecen ser libres y cómo se define la igualdad, y entre quiénes se distribuyen los beneficios de la misma. La política es la esfera que define lo que se incluye o se excluye en la definición de la imaginada comunidad en la que establecemos un “nosotros”.
  2. La siguiente distinción es entre política, por un lado, y la filosofía, la religión y la espiritualidad por el otro. En este caso me ciño a algunas ideas muy interesantes que surgieron a partir de la lectura de Leo Strauss, en especial, en sus consideraciones respecto al Platón de Al Farabi. En breve, la relación entre la filosofía y la política es una relación compleja en la cual, aparentemente, la política tiene preeminencia. Sin embargo, la pregunta por la vida buena que guía al filósofo, no puede ser respondida de manera plena por la política. Hay muchas maneras de presentar las razones de por qué la política se queda a mitad de camino, pero, fundamentalmente, podemos decir que el filósofo, de manera análoga a lo que hizo el político en relación con sus compromisos “íntimos”, superándolos al hacerse cargo del bien común, (el filósofo) se encuentra compelido por un compromiso universalista que interroga, cuestiona, asume críticamente una resistencia frente al “nosotros”  que la soberanía política constituye por medio de la exclusión. La pregunta filosófica acerca de la vida buena se encuentra siempre en tensión o incluso en oposición al poder. Por supuesto, en relación al poder económico y, en este contexto, al intento de las élites por marcarle la agenda al poder político, el filósofo se encuentra del lado de la comunidad política, porque la subordinación de la política a la economía siempre va en detrimento de la vida buena, de la vida que merece la pena vivirse. Pero también es cierto que la política es capaz de matar al filósofo o desterrarlo cuando este se convierte en una amenaza a su legitimidad.
  3. La relación entre la filosofía, por un lado, y la religión y la espiritualidad, por el otro, se define a partir de la consideración de la trascendencia, del más allá, y se pone de manifiesto, especialmente, en ocasiones como la enfermedad y la muerte, en la experiencia del fracaso y en vista a los límites inherentes al florecimiento humano. De nuevo, la religión, la espiritualidad y la filosofía comparten una posición no reduccionista en lo que concierne a los individuos frente a la economía y la política. La identidad humana no es meramente funcional a los mecanismos de reproducción y producción, pero tampoco se resuelve en los círculos identitarios políticos y sociales de pertenencia. Hay instancias como la muerte, la enfermedad, el fracaso, etcétera, en los cuales el ser humano reconoce unas instancias de su realidad que lo iguala a otros al trascender las especificidades culturales y las asociaciones ideológicas que lo definen.
  4. Con respecto a la distinción entre la religión y eso que se llama “espiritualidad”, digamos que las diferencias son más difíciles de establecer. De manera preliminar, digamos que a diferencia de la religión, estrechamente asociada a una expresión, a una lengua específica, para decir el más allá de esta vida y lo que eso implica en última instancia para esta vida nuestra de todos los días, la espiritualidad pretende asociarse con una experiencia y comprensión de lo real (“lo místico”) que va más allá de la palabra humana, en todo caso se trata de experiencias y comprensiones que se modelan en la escucha de un logos prearticulado que expresa lo sagrado, o el silencio como fuente de una verdad no condicionada.

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En vista a esta introducción, me gustaría decir algo sobre la “espiritualidad" en boga, y la propuesta meditativa que el gobierno de la ciudad de Buenos Aires promueve y comercializa en estos días.

Esta fascinación PRO con los asuntos "espirituales" asociados al "marketing de la buena vida" (que no es lo mismo que los ideales de la "vida buena") y a la estética de lo privado, se encuentra asociada a una concepción de lo público que atrae a las derechas planetarias. Se trata de prácticas empobrecidas y distorsionadas que se nutren con antiguas recetas de auténticas pedagogías que no deberíamos menospreciar, pero que las élites de las finanzas, algunos empresarios famosos, estrellas del espectáculo y sobre todo las clases medias, en su afán mimético, asiduamente exploran, en su afán de estetizar sus rutinas con la intención, en palabras del filósofo Ernst Tugendhat, de descansar de sus respectivas egocentricidades mediante una suerte de olvido de sí.  

En este sentido, la meditación promovida se ofrece como un puente que une la actividad meramente económica con la más sutil de las bases a partir de la cual los individuos establecen su identidad. El resultado es una espiritual que queda vaciada de sentido al concebir al ser humano como mero agente económico y a la espiritualidad como una actividad vacacional frente a las obligaciones del homo economicus.

Como señaló de manera apropiada el pensador católico Jacques Maritain, el horizonte de formación al que aspiramos es "el hombre integral", un hombre que resuelve o se enfrenta a sus conflictos sin eludirlos ni esconderlos. La práctica espiritual siempre debe comenzar con el reconocimiento explícito de la condición humana, es decir, con la asunción del sufrimiento y la injusticia. A partir de este diagnóstico es preciso establecer las causas y condiciones de nuestra condición presente, evaluando la posibilidad de una auténtica liberación/curación. La hipótesis de la libertad y la justicia debe ir acompañada por un itinerario formativo que nos lleve de la esclavitud presente y la injusticia reinante, a la libertad y la igualdad.

Estos factores fundacionales de la práctica espiritual están, a mi entender, ausentes en las iniciativas que promueve la ciudad de Buenos Aires y sus socios, quienes, pese al rimbombante llamado al amor y a la verdad con el cual presentan sus productos, se adhieren sin escrúpulos a una concepción cuasi-darwinista de las relaciones humanas, justificando de esta manera la opresión y las desigualdades, al tiempo que se asocian a una filosofía neoliberal, utilitarista y antipolítica, que convierte a las antiguas sabidurías en otro ornamento curricular diseñado a la medida de aquellos que viven una existencia acrítica y cultivan posiciones conservadora respecto al status quo.

1 comentario:

gorka dijo...

Yo tampoco me quiero meter con el personaje, al cual aprecio en lo musical, pero como en cualquier relación uno debe saber donde se mete.

La utilización que se hace de figuras "espirituales" queriendo sustentar los comportamientos desde el ordenamiento celestial y darle al dominio una razón de ser y estar, es y ha sido práctica habitual por todos los aspirantes a reinar por encima de los demás.

A la mercadotécnia actual le viene recurrente intentar llenar el vacio de sus propuestas en una pseudo-convivencia con las figuras "representativas" de otras esferas de influencia, como en un club de ganadores donde entre nosotros nos repartimos los trofeos.

Los sloganes que re-utilizan ninguno de ellos practica, sirven a los consumidores de lo irreal, para creer que con el acto de la compra, se obtiene el valor.

Comedia sobre su espiritualidad que solo alcanza a sacarse la foto con "Dios".