lunes, 26 de diciembre de 2011

VIAJE A MISIONES (3)


(1)Pasamos navidad en Posadas. Desde el balcón refrescado por un viento enérgico, contemplamos la orilla paraguaya, donde estallaban fuegos de artificio como burbujas en el horizonte ennegrecido. El río, caudaloso, había perdido la displicencia de las últimas semanas, y animado acompañaba la tormenta. El día anterior llovió durante toda la jornada. Las temperaturas se precipitaron. Aprovechamos la ocasión para quedarnos en casa y descansar nuestros cuerpos de los calores de las tardes y las noches anteriores.

(2)Aunque ya decidimos, por circunstancias coyunturales, que Posadas es sólo una estación pasajera en nuestro extraño itinerario de “autodescubrimiento” (todo viaje es un descubrimiento de uno mismo en la exterioridad), insistimos y nos quedamos. Puede que la razón sea que descubrimos en Posadas otra metáfora del fin del mundo (Usuahia sería la otra frontera hacia lo inconmensurable), en el extremo sur de la patria. Después de 24 años, regresamos a la Argentina con la voluntad de quedarnos, de echar raíces en nuestro tierra natal, pero acabamos sentados a la orillas de su geografía, con el cuerpo sobre su territorio, pero la mirada puesta más allá de sus límites.

(3)Como suele decirse: veinticuatro años se dice fácil, pero no. Lo que me separa de aquellos días del 88 en que me fuí son las muchas errancias de estos años. En mi memoria se tropiezan las jornadas en las que jugué a ser fotógrafo en el Chile de Pinochet, la Cuba que festejaba los 30 años de la Revolución, cuando Guantánamo resumía en un cuadro inolvidable a quien lo haya presenciado, la guerra fría. Allí, en su bahía, la flota yanqui y la flota soviética convivían amenazantes. Ahora Guantánamo es símbolo de otra guerra, la guerra contra el terror que las democracias liberales han usado como pretextos para suspender o cancelar públicamente y como escarmiento, los derechos civiles que decían defender. En aquellos años de vagabundeos sudamericanos, en los que además de atravesar el río Amazonas, el desierto de Atacama o las salinas de Uyuni, para nombrar algunas asombrosas geografías que embelesan a los amantes de la naturaleza, fui testigo de horrores que ponen en entredicho las curiosas exasperaciones de los republicanos de hoy. En Venezuela, mientras me hospedaba en la casa de un superviviente chileno de las infames ejecuciones en el Estadio Nacional y su hijo, presencié la masacre ordenada por el Presidente liberal Carlos Andrés Perez que se conoce en la historia como “el caracazo”. Después le tocó el turno a la bella Barcelona preolímpica, el carrer Escudellers y el Pasatge del Rellotge eran nuestra morada, donde pretendíamos vivir una existencia caducada por las virtualidades glamurosas que trajeron consigo los noventa postmodernos. Esos primeros años “europeos” fueron también los años del Rock & Roll en la estación central en Amsterdam, el Rodo Bar. Las noches veraniegas interminables junto a Billy, Rico y el resto de la Banda. En Intxaurrondo, en Bilbao la Vieja y en el apartamento frente a la plaza San Francisco, en Euskadi, aprendimos de los vascos el auténtico sentido de la fidelidad. Después le tocó el turno a Bangkok, los guest-house de Yakarta, los viajes en la selva en la Isla de Célebes, los rituales funerarios de sumba, las fiestas en Singapur, la locura en Nueva Delhi, la erótica alegría de Katmandú y las eternas jornadas de meditación en mis hermitas del Himalaya.

(4)Durante estos veinticuatro años regresé a Argentina 4 veces: en 1995, a las pocas semanas del triunfo de Menem para su segundo mandato; en el 2001, días antes que estallara el país en aquellas jornadas trágicas de diciembre que evidenciaron la brutalidad del proyecto neoliberal inaugurado por la junta militar en 1976; y en en el 2007, cuando se cocían en los hogares los humores “destituyentes” que aflorarían en las marchas “campestres” de 2008.

(5)Cuando en Febrero de este año me instalé en Buenos Aires, me encontré con un país “crispado”, arrebatado por una ofensiva opositora que no escatimaba esfuerzos y mentiras para desarmar la hábil política comunicacional de un gobierno que había sido capaz de mantenerse fiel a sus promesas de justicia social y había logrado torcer las líneas maestras de un relato que condenaba a la Argentina a un destino de incomprensibles fracasos, levantando las banderas de una época que se creía definitivamente clausurada, en un mundo contracorriente que en breve mostraría su verdadero rostro.

(6)En octubre, después del aplastante triunfo de Cristina Fernández en las urnas, amainaron los ánimos de los intransigentes ante el poder incuestionable que la voluntad popular ratificó. Después del combate dialéctico ineludible al que fuimos todos sujetos debido a la resistencia “gorila” y el atrincheramiento ideológico de las fuerzas progresistas del país, por fin se creó un espacio que permite un acompañamiento crítico de la actual conducción.

(7)Pensar el regreso significa pensarnos a nosotros mismos como habitantes de un tiempo circular que avanza como un bucle que promete una comprensión más profunda de nuestra identidad descubierta e inventada. Si no hubiera acontecido este regreso, en cierto modo, no tendríamos nada. El regreso es un trampolín hacia la memoria de lo irresuelto en nuestras vidas. Volvemos allí de donde alguna vez nos habíamos marchado. Volvemos a aquello a lo que habíamos renunciado, buscando en los trazos indelebles que dejaron nuestros gestos y los gestos de los nuestros en el espacio, lo que fuimos para entender lo que hemos devenido. O para decirlo de manera cuasi-platónica: ¿Cuánto tiempo más podíamos permanecer bajo la fascinación de los esplendores de la idea o su nihilidad?

(8)Había que regresar a casa, para volver a perderla. Esta vez sabiendo la verdad sobre ella. Había que volver a hablar con los "prisioneros" de la caverna, había que enfrentar el peligro del asesinato. Pero también había que enfrentar la posibilidad de establecer una nueva comunidad: la de aquellos que habían visto y que ahora secretamente erraban por el mundo de las sombras armados con una única convicción: educar.

(9)Pero el regreso se comió también esa bella ilusión. Ahora parece que el tiempo de la luz también era un engaño, otra enfermedad de la imaginación empecinada en negar lo que somos. No se podía retroceder al pasado, ni indagar en el futuro y permanecer ajeno a la radical contingencia que nos sustenta. En definitiva: no hay manera de escapar de nosotros mismos. Allí donde pusiéramos la mirada encontraríamos siempre nuestro rostro frente al espejo. ¿O esto también era otra de las abundantes estrategias del ego para esquivar lo farragoso de la historia?

(10)La sospecha: que el regreso evidenciaba más que cualquier otra cosa, mi propia ordinariez. Tal vez fuera así. Pero si ese era el caso, la escritura debía ser de otro. Pero, ¿de quién? ¿A quién debía rendir mi escucha? Había una sola certeza: la de los oprimidos. ¿Qué tienen que decir ellos? Escucharlos era mi única salvación. ¿Se entiende? Era eso, o ponernos del lado de los opresores. Porque en estas cuestiones no podía haber término medio. Cualquier justificación era una canallada, un acto de cobardía. Por supuesto, para los opresores la cosa estaba clara. Bastaba con adoptar una versión “naturalista” de la injusticia, cualquiera de ellas, para que cualquier voluntad transformadora (“revolucionaria”) perdiera su atractivo y se convirtiera en una bufonada. Pero bastaba mirar cara a cara a la víctima, y contemplar la crueldad del opresor en sus innumerables gestos de indiferencia cotidiana para recuperar la compostura.

(11)La verdad no está en los libros de historia, ni en las especulaciones filosóficas o religiosas, ni en los discursos políticos, ni en los tratados científicos. La verdad no está en ningún lado. Allí donde la buscamos “se desvanece en el aire”. Pero esa, su ubicuidad, fácilmente podía confundirse con una negación absoluta. Esa había sido la trampa en la cual habían caído todos los “nietzscheanos” humanistas y antihumanistas, anonadados ante la servidumbre platónica (el gran Platón era el alfa y omega y de toda la filosofía).

(12)Lo que importaba era eso que está al comienzo de todo para el hombre: la constatación del sufrimiento, de la hondura del sufrimiento humano y sintiente en general. La constatación del designio ineludible de la finitud y la espantosa crueldad que nos infligimos los unos a los otros desde siempre.

(13)Por lo tanto, el primer paso consistía en mirarle el rostro al sufrimiento, a la desesperación, al dolor, a la injusticia, a la incomprensión, a la angustia de ser para la nada. Sin atreverse a dar ese paso, todo se convertía en una frivolidad. Sin el sufrimiento como horizonte, todos nuestros pensamientos se convierten en charlatanería. Entonces me convencí en qué consistía el escuchar que buscaba: había que escuchar el dolor, el nuestro, y el de nuestros congéneres, y el dolor del mundo. Todo lo demás, me dije, es entretenimiento.

1 comentario:

lana dijo...

Conocí el budismo y entré en un mundo sin tiempo y en la anchura de su espacio me dí cuenta de lo pequeña de mi ciudad.

También percibo un mundo alterno donde las actitudes que adoptamos, ignorantes de nuestras decisiones, fueron otras. El mundo sin tiempo, donde lo que se fué, realmente está presente, no se si sin dolor o con dolor aún.