jueves, 10 de agosto de 2017

APARICIÓN CON VIDA

En las fotografías, (1) el periodista y productor Jorge Lanata, uno de los artífices de la grieta cultural en argentina, y (2) Santiago Maldonado, el joven desaparecido hace 9 días por las fuerzas de seguridad del Estado con complicidad del gobierno de Mauricio Macri durante un acto represivo contra campamentos mapuches que ocupan tierras de la multinacional Benetton.  


El otro día, por curiosidad, revisaba algunos de los muros de Facebook de alguna gente que conocí en Argentina cuando regresé al país durante la última presidencia de Cristina Fernández. Algunas de esas personas militaban de manera vociferante contra el gobierno kirchnerista, y no dudaban al atacarlo en utilizar epítetos que hacían sonrojar a los ciudadanos más equilibrados emocionalmente.

La jerga lanatista convirtió al kirchnerismo y a los kircheristas en los más corruptos y degenerados espécimenes de ese "crisol de razas" que pretendió ser la Argentina. Sin embargo, entre la diversidad de tipos humanos, el kirchnerista fue convertido en "judío", una excrecencia, una cucaracha. Muchos los llamaban Kukas y animaban a "exterminarlos", silenciarlos o hacerlos desaparecer del espacio público.

El periodista Jorge Fernández Díaz del diario La Nación llegó a considerarlos "jihadistas" y al presidente Macri quien nos había salvado de la destrucción terrorista. Por consiguiente, todos los ingredientes que convocan al odio y el ejercicio de simulacro intelectual estuvieron a la mano de los militantes de Cambiemos y sus simpatizantes para hacer de cuenta que Argentina va a mejor.

Sin embargo, en el país en el que hoy se ha convertido la Argentina no hay mucho espacio para las alegrías, excepto para estos necios que consumen los productos enlatados de los medios o a los egoístas que se han alimentado con la sangre de los más humildes y las clases medias ascendentes ahora convertidas en moneda de cambio del nuevo orden nacional, regimentado, jerárquico y meritocrático que nos propone Macri y acompañantes. Un país en guerra consigo mismo, un país fraticida.

No hay ninguna variable económica que haya mejorado, sino todo lo contrario. Socialmente, el desempleo, la pobreza y la indigencia nos ha regresado a los peores registros que creíamos en vías de superación. No hay una mejora en la convivencia social, sino que se ha acrecentado la distancia entre los argentinos. Política e institucionalmente el país vive una época de clara excepcionalidad y arbitrariedad autoritaria.

Hay persecusión de opositores, utilización flagrantemente ilegal de las instituciones justiciales y las fuerzas coercitivas del estado para perseguir a los contrincantes políticos, encarcelarlos y, ahora también, hacerlos desaparecer de manera forzada. El caso de Santiago Maldonado es un punto de inflexión sin retorno.

La gente que conocí ya no se queja ni le pone voz en su muro a las injusticias. Festejan el cambio o se hacen los distraídos.

En una primera etapa del gobierno abundaban en facebook las fotos de "perritos y gatitos" en los muros, o el tipo de fotitos familiares o veraniegas estilo "desayuno criollita". Ahora las referencias son a una espiritualidad quietista y superficial que promueven los enviados de lamas y otros gurúes aliados, muchas veces aliados inconscientes del neoconservadurismo neoliberal que domina el orbe.

Como sus padres (o ellos mismos si tienen edad suficiente) repiten la historia que reproducen todos los libros de historia, todas las novelas y las películas edificantes, las de aquellos que encarnan eso que la filósofa Hannah Arendt llamó de manera controvertida "la banalidad del mal" y de la que luego aclaró, "no es estupidez sino más bien una sistemática incapacidad para pensar."

No hay comentarios: