viernes, 25 de enero de 2019

OPERACIÓN SECUESTRO


Hace cuatro años nadie hubiera previsto la velocidad con la cual se está produciendo el giro neoconservador y neoliberal en América Latina. La tendencia era clara, pero la implantación del nuevo registro se está produciendo a través de mecanismos obscenos de autoritarismo y manipulación mediática, cuyos efectos en las poblaciones se traduce en una experiencia de vorágine, de «shock».

A esta obscenidad política y mediática se suman, sin temor, fuerzas aparentemente en pugna en el escenario mundial, redibujando las alianzas y los bloques confrontados. Trump encabeza la estrategia del bloque injerencista; Europa, vacilante, se lo permite. Lejos quedan los reproches de su populismo rapaz y racista. Hasta el «bueno» de Trudeau se suma a la cruzada y concita el aplauso de la prensa hegemónica que augura otro ciclo de expropiación y desposesión en la región.

Honduras y Paraguay marcaron el camino. Brasil, Ecuador y Argentina completaron el esquema. Venezuela es el último bastión de la frágil independencia política que la región intentó construir, después de una prolongada historia de intervenciones que culminó, en la década de 1990, con las llamadas «relaciones carnales», en la que la prostituida dirigencia local se arrodilló ante las fuerzas neoimperialistas, accediendo a iniciar un ciclo de reendeudamiento y privatizaciones de los recursos comunes que llevó a la quiebra económica, la descomposición social y el derrumbe institucional.

De ese proceso de saqueo y fracaso colectivo surgieron los movimientos progresistas que reconstruyeron el paisaje nacional y sentaron las bases para un nuevo regionalismo. Tanto Europa como América del Norte miraban con mala cara las pretensiones de autonomía de la dirigencia política latinoamericana. Venezuela fue incluido en el llamado «eje del mal» (las disputas entre Chávez y Bush en la sede de la ONU en New York son inolvidables), y los gobiernos «populistas» fueron denostados por los intelectuales y la prensa corporativa como expresiones antidemocráticas y autoritarias (pese a haber alcanzado los más altos índices de inclusión social, haber asumido los requerimientos formales más exigentes de toda nuestra historia, y haber logrado un apoyo electoral considerable durante todos los períodos de gobierno).

En los casos de Brasil y Argentina, las derrotas institucionales o electorales fueron el producto de aceitadas operaciones mediático-judiciales que facilitaron en muchos casos las nuevas tecnologías que, a través de las noticias falsas y la abierta mentira, corrompen  el espíritu y funcionamiento de los procesos electorales, y desorientan a la ciudadanía acerca de lo que está verdaderamente en juego.

La prensa global desconoce voluntariamente la significación geopolítica de lo que ocurre en Venezuela. La mirada miope y la hipócrita perspectiva humanitaria que invoca, justifican una nueva ofensiva de colonización y expropiación capitalista en la que se decidirá la suerte de nuestros países en esta fase crítica de la historia global.

Inmersos como estamos en una crisis multidimensional frente a la cual no se detectan signos de superación - una crisis que el sociólogo William I. Robinson denomina «crisis de la humanidad» - el control sobre los recursos naturales y la posibilidad de expansión y profundización de la explotación en la periferia son factores claves para contener los malestares societales que se manifiestan de manera creciente en el centro.

Rusia y Turquía advierten acerca del «baño de sangre» en el que amenaza convertirse Venezuela en el caso de que Estados Unidos continúe avanzando en su programa de injerencia. Las declaraciones de Trump y su vicepresidente, llamando a los opositores a las calles, y las torpes maniobras europeas que, a un mismo tiempo, animan el quiebre institucional y convocan al diálogo, auguran convertir al país sudamericano en una «zona de conflicto». Confirmando con ello la sospecha extendida que las élites políticas que representan al capital en la actual dispensación, pese a vestir la representación del demos, se sienten más cómodos en la guerra que en la paz.

Ante esta encrucijada, como señalaba recientemente Fernando Solanas, y ante la profunda división de los países americanos al «sur de la frontera» (México, Uruguay, Bolivia y Cuba rechazan de plano el intervencionismo norteamericano), las elecciones de este año en Argentina son claves para restablecer hasta cierto punto el equilibrio de fuerzas en la región.

Sin embargo, la tarea resulta titánica. Las amenazas que se ciernen sobre las fuerzas nacionales y populares son grotescas. 
La destitución de Dilma Rousseff, el encarcelamiento de Lula, la persecución judicial de Correa, preanuncian la carta que guarda en su magna la corporación transnacional para asegurar la derrota definitiva del llamado «populismo latinoamericano»: la detención de Cristina Fernández de Kirchner, cuyo encarcelamiento o proscripción marcará el final de una alternativa de cambio y el descalabro definitivo de las esperanzas de las clases populares de asegurar un futuro de dignidad en el horizonte que se asoma.

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