«SI NO GANAMOS, LA GUERRA...»



Los senderos no se bifurcan


Macri eligió a los generales que librarán la batalla final por «el alma de los argentinos»: Marcos Peña y Elisa Carrió arengan a la tropa para que se inmolen por la República de Mauricio. 

La épica es mentirosa y berreta a esta altura del partido. No es solo la economía (¡Estúpido!), la sociedad está en terapia intensiva y las mismas instituciones de la patria republicana que el macrismo con aspavientos reclama como propia se han convertido en una caja de herramientas al servicio de la manipulación política, judicial y mediática. 

Una oscura conexión existe entre (1) los asesinatos a sangre fría perpetrados por las fuerzas policiales que la ministra Patricia Bullrich defiende a capa y espada, (2) las tramas corruptas que involucran a funcionarios de inteligencia, espías y periodistas en causas como las que investiga el Juez Ramos Padilla en Dolores, (3) las operaciones financieras al servicio de familiares y amigos, y las cuentas off-shore de funcionarios y (4) las declaraciones de guerra que el presidente Macri y sus secuaces pronuncian desatinadamente en estos días para revertir (dicen) el «palazo» de las últimas elecciones que (sin embargo) «no existieron»: extraña paradoja que expresa el maestro Zen devenido primer mandatario.

También existe un hilo invisible entre la catástrofe medioambiental en la Amazonia que mantiene en vilo a la opinión pública mundial en estas horas y la política de «tierra arrasada» que practica el gobierno y quienes con sus políticas se benefician: agroexportadores, compañías mineras y energéticas. 

¿Quién se acuerda hoy de las banderolas que Greenpeace desplegó en la exposición de la Rural hace unas semanas denunciando las practicas sistemáticas en el monte argentino que anuncian catástrofes análogas en nuestro territorio a lo que ocurre en la Amazonia? Macri, como Bolsonaro, reaccionó de manera análoga ante la denuncia: le inició una causa judicial penal contra la ONG internacional. Y Greenpeace respondió de manera análoga al modo en que lo hizo ante las denuncias de Bolsonaro, tildando las denuncias de ridículas y malintencionadas. 

¿Todos somos Amazonia?

Definitivamente, de poco sirve publicar mensajes en las redes sociales llamando la atención sobre la tragedia que los incendios suponen, al tiempo que hacemos oídos sordos o practicamos la equidistancia de los santos frente a los reclamos de justicia que apuntan a las causas profundas (políticas e ideológicas) de esas catástrofes naturales que todos repudiamos.

Sabemos que entre Bolsonaro, Trump y Macri existen coincidencias ideológicas notables, intimidades inconfesables y proyectos estratégicos convergentes. 


  • Los tres promueven y justifican la violencia (material y simbólica) como prerrogativa exclusiva y herramienta central de sus políticas sociales.
  • Los tres promueven el hambre, la opresión y la exclusión como método de control social y garantía de acumulación y monopolización de todas las riquezas a su alcance.
  • Los tres comparten alguna forma de desprecio moral hacia migrantes, minorías sociales o políticas, y apuestan por la confrontación como método de acumulación de poder.
  • Los tres han promovido a un mismo tiempo el desguace sistemático de cualquier política progresista promovida por el Estado y una generosa legislación a favor de los grandes capitales. 
  • Los tres han profundizado o facilitado las prácticas que ahondan el deterioro medioambiental, tanto en el ámbito urbano como rural, que en algunos casos (la Ciudad de Buenos Aires es un caso ejemplar) camuflan con «estética verde de ciudadanía responsable», dejando intacto el fondo del problema. 

El nuevo día de la marmota: 24A

El apoyo que su electorado brindó al gobierno de Macri en la jornada de ayer es encomiable en términos democráticos. Los porteños que apoyan a Macri salieron a la calle con sus banderas y vitorearon a su líder, y como en otros actos de signo contrario, dedicaron expresiones de oprobio a sus contrincantes. Nada que objetar, más allá de algunos gestos y actos de intolerancia que se viven en todas las marchas. 

En tiempos de crisis como los que vive el país, y con la encerrona en la que ha quedado atrapado debido a las «poco inteligente», tal vez «oportunistas» políticas desplegadas por el gobierno con la intención explícita de llevarnos a un nuevo idilio con el mundo que se traduciría en felicidad local para cada uno, sino colectiva, individualmente, las propuestas positivas que puede desplegar a esta altura son escasas. 

La oposición hace bien en señalar que a lo que se enfrenta son las políticas neoliberales promovidos por el gobierno, heredero del caudal ideológico y simbólico construido por el delarruismo, el menemismo, el ucederreismo, la dictadura militar y la llamada «Revolución Libertadora» y sus proles durante los 18 largos años de proscripción peronista. También hace bien en recordar que a sus espaldas, la coalición que lidera Fernández tiene una tradición y una historia de resistencias que ha dado muestras de firmeza frente a los descalabros que produjo esa otra Argentina que hoy representan las fuerzas conservadoras del PRO aliadas al mediopelo del radicalismo antipopular. 

Sin embargo, en este contexto, las definiciones respecto al futuro gobierno en términos de medidas son precavidas y se dejan caer con cuentagotas. Sabemos que estamos hablando de dos países que son como gemelos que se miran de uno y otro lado del espejo. Son el mismo país, pero uno es diestro y el otro «siniestro», como nos recordaban las señoras y los señores encendidos por la ira en el centro de la capital porteña en estas horas. En cualquier caso, Alberto Fernández se atiene a una obviedad, el saldo positivo de doce años de gobierno kirchnerista en términos de inclusión social y desarrollo que se ven resaltados si se aprecia el hundimiento «neoliberal» causado por la progenie macrista. 

El macrismo solo tiene para mostrar al «cuco populista». Paradójicamente, el propio Macri y algunos de su funcionarios parecen atraídos por el discurso neofascista de personajes como Bolsonaro y Trump, y en los últimos días han dado muestras que han elegido como estrategia electoral seguir profundizando la brecha entre los argentinos. Lugartenientes como Bullrich y Carrió audazmente admiran y emulan a estos influencers del radicalismo político. 

Razones y sinrazones

La razón de esta estrategia del odio es evidente. El listado de logros que el macrismo tiene para ofrecer a su electorado es etéreo y no admite chequeos o repreguntas: cloacas, baches e institucionalidad. 

Los datos no acompañan el empeño que intenta transmitir el latiguillo de moda en los medios con el cual se pretende minimizar la mala praxis y el dolo de este gobierno en lo que concierne a lo más básico (la alimentación, la salud y la educación de los argentinos). El latiguillo dice que «con las obras públicas no se come», dando a entender que se ha hecho mucho, pero se ha descuidado la heladera. 

El argumento es falaz, porque los datos autorizados desmienten la extensión de las obras, y la escasez en la heladera es mucho más grave que lo que que denota la palabra «ajuste». Estamos hablando de millones de nuevos pobres e indigentes. Estamos hablando de una crisis de desnutrición infantil que avergonzaría a los gobernantes de otras latitudes más desfavorecidas. Estamos hablando de un país que, en el mismo período en el que manufacturaba la miseria generalizada de la población local recibía préstamos astronómicos del mercado financiero internacional, y luego un salvataje del FMI que se encuentra ya en los anales de la institución como el más cuantioso de su historia. Estamos hablando de un «miseria planificada», basada en el endeudamiento y la fuga. 

Efectivamente, decenas de miles de millones de dólares se fugaron al exterior, mientras los niños y las niñas argentinas acababan en comedores abarrotados, obligadas a alimentarse con dietas de escaso valor nutricional, forzadas a regresar a la mendicidad, y por ello expuestas, otra vez, a la corrosiva, morbosa, desempoderadora caridad que las «damas» y los «damos» argentin@s del PRO, muchos de ellos adeptos a la espiritualidad reconvertida cool,  «socialmente responsable», ofrecen como sustituto de los difamados derechos que un gobierno peronista (ese demonio nacional tan denostado) se ocupó de reconocer a las mayorías populares y que un gobierno neocon y neoliberal se aplicó a recortar, para convertir a la patria, eso dicen, «en un país serio». 






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