jueves, 9 de septiembre de 2010

UNA NOCHE DE 1977, ARGENTINA

Fosa común descubierta en Tucumán. 
Pensar el horror

Me gustaría pensar despacio un tema que tengo atragantado hace muchos años. Digo que quiero pensarlo "despacio" porque, de un tiempo a esta parte, nuestros adversarios políticos parecen haber recuperado cierto desparpajo a la hora de hablar de un tema tan escabroso como el que plantearemos a continuación, y la mera reacción ante la ofensa puede hacer claudicar a la inteligencia tentándonos con una reacción impulsiva. Lo que quiero decir es que pese a lo doloroso de los hechos de los que aquí se habla, debemos aferrarnos a la inteligencia.

Por otro lado, lo que todo esto significa es que la sociedad argentina no ha resuelto la cuestión. Que aun anidan en su interior grupos recalcitrantes que ponen en peligro el consenso de la justicia y los derechos humanos. Argentina no sólo sigue siendo una sociedad herida, sino que, además, sigue siendo una sociedad enfrentada, dividida. La violencia está durmiendo una siesta. Mirar hacia otro lado no resolverá nuestros problemas.

Una escena


Cuando en 1976 las Fuerzas Armadas se hicieron con el poder a través de un golpe civico-militar, yo tenía nueve años. Pese a mi corta edad, eso no me previno a que viviera de primera mano algunos eventos paradigmáticos de aquellos años que creo merecen ser recordados. Me ceñiré a una de esas memorias porque es, quizá, lo suficientemente ilustrativa como para iniciar una reflexión acerca de la cuestión ética y política detrás de los acontecimientos de aquellos años. 


Corría 1977. Mi madre estaba embarazada de seis meses de quien iba a llevar el nombre de Juan Cruz. Estábamos en Bella Vista, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires donde mi familia tenía una casa de fin de semana.  

Mi padre estaba ausente por razones que ahora desconozco. Eran las ocho o nueve de la noche de un día de invierno. Como solía hacer mamá, nos fue bañando a uno por vez antes de llevarnos a la cama. Sin embargo, debido a un esfuerzo o a un tropiezo tuvo una pérdida, que a poco se convirtió en hemorragia. Rápidamente, nos subió a los seis hermanos en la camioneta, metió algunas mantas en el maletero, y salimos disparados hacia el hospital más cercano de la zona, el Hospital Militar de Campo de Mayo. 

Ante la prohibición por parte de las autoridades de que los niños entráramos en el edificio, y siendo yo el hermano mayor, antes de ingresar mi madre me recordó que debía cuidar a mis hermanos. Desde la ventanilla del automóvil espié el edificio que en mi memoria guardé como un sitio oscuro y lúgubre. Pero no pasó mucho tiempo, porque mi madre regresó más asustada que antes, encendió el vehículo, y sin decir palabra regresamos a la carretera en dirección a Buenos Aires. Le habían negado asistencia. A decir verdad, la habían tratado de muy mala manera.

Después de una semana en incubadora, Juan Cruz murió en un hospital de la capital. Lo supe a través de una amiga de la familia que se quedó con nosotros para cuidarnos durante aquellas semanas. Después de escuchar el relato meticuloso y velado de esta persona, me retiré a la cocina, y un llanto incontenible me salió desde lo más hondo del alma. Fue una suerte de aullido, como si se hubiera abierto un abismo en mi interior, como si el mero contacto accidental con el horror me hubiera impregnado toda la existencia con el miedo.

Pese a que mi hermano mayor había muerto algunos años antes de leucemia, ese fue el primer llanto que me suscitó la muerte, la fragilidad de la vida humana, el desconcierto de nuestra existencia en esta tierra. Pero como decía, había algo más: eso es lo que sé ahora, después de treinta años, habiendo visto el modo en el cual esa escena en el hospital militar de Campo de Mayo se desplegó en mi vida como una ilustración de un país y de una historia que me forzaría al autoexilio. 



Detrás de las paredes

Hace años, en una nota de Página 12, apareció una fotografía del Hospital militar de Campo de Mayo. Apenas la vi, recordé la noche de 1977 en la que acudimos con mi madre y mis hermanos en busca de asistencia. Ese era el sitio donde se trasladaban mujeres embarazadas secuestradas, algunas de ellas desde el centro de detención "Vesubio" para que parieran a sus hijos. Otras mujeres eran conducidas personalmente por un vecino de Bella Vista, Atilio Bianco, jefe de la maternidad clandestina, en su Ford Falcon. Los chicos y las chicas que nacieron de esas madres fueron, en su inmensa mayoría, apropiados ilegalmente, y se ha probado que al menos diesciseis de esas madres fueron asesinadas después de haber dado a luz en aquel centro de detención. Muchas otras  madres fueron desaparecidas.

Investigando la causa, descubrí que el padre de un compañero de colegio con quien yo tenía especial afinidad formaba parte del grupo de ginecólogos denunciados por su participación en las actividades clandestina que se llevaban a cabo en el centro. También supe que aquel hombre a quien yo habia tratado en muchos ocasiones había sido juzgado en calidad de cómplice en la causa de apropiación ilícita de de Atilio Bianco, quien ante la investigación iniciada por las organizaciones de derechos humanos, había optado por llevarse a los dos chicos apropiados fuera del país para eludir la justicia. 



Pedagogías del odio

No sé cuándo fue exactamente que tomé conciencia del horror que se había vivido en la Argentina. En mi primera adolescencia fui adoctrinado en la creencia de que el "ejercito comunista", el "ejercito rojo" - como se decía entonces, se estaba apoderando del mundo, y que los “subversivos” eran el brazo oculto y demoníaco de Moscú que intentaba apoderarse de nuestras vidas. Un día, sin embargo, vi la fotografía de una fosa común exhumada en Argentina.

Las vueltas de la vida quisieron que, recién llegada la democracia, sin saber de la ocupación del padre de mi amigo, lo invitara a este a que me acompañara a una conferencia que ofrecía Estela de Carlotto en un pequeño teatro de la calle Uruguay. Recuerdo que, a medida que escuchaba a Estela de Carlotto, un malestar físico iba conquistando mi cuerpo. Tuve que salir del local apurado. Vomité en la puerta. No volví a entrar. Mi compañero dijo alguna barbaridad acerca de las “locas putas éstas”, o algo por el estilo, y nos marchamos.

Sin embargo, la verdad se había cruzado en mi camino de manera irrefutable. Muchos de mis amigos eran miembros de familias conservadoras que estaban horrorizadas con la posibilidad de que las Fuerzas Armadas fueran juzgadas por sus delitos y se aferraban con uñas y dientes al discurso que habían aprendido en su adolescencia. 


Entre mis conocidos, al menos tres de ellos eran hijos de abogados representantes de los Comandantes en Jefe durante los juicios en su contra y convencidos procesistas. Otros eran hijos, sobrinos o primos de ex ministros de la Dictadura, jueces y fiscales cómplices, catedráticos católicos convencidos de la amenaza comunista y simpatizantes altisonantes de todo lo actuado sin defecto. 

Para estos chicos y estas chicas sin formación intelectual ni curiosidad manifiesta y evidentemente conformes con sus privilegios, los comandantes eran héroes de la patria que habían evitado que los comunistas se apoderaran del país. Sostenían las más desopilantes teorías sobre los desaparecidos. Como los negacionistas del holocausto nazi, algunos de ellos aseguraban que los desaparecidos eran un invento mediático destinado a engañar a la gente, o  que la mayoría de los desaparecidos vivían en el exterior disfrutando de unas largas vacaciones. 

En este contexto, intenté explicarme, intenté contarles lo que había descubierto, pero no había manera de hacer entender a “mi gente” que la vida no podía seguir siendo la misma después de haber visto lo que había ocurrido durante nuestra niñez, al saber del horror con el cual habíamos convivido y el nivel de complicidad de nuestros padres, familiares y maestros.



El retorno de la democracia

En 1984 marca un punto de inflexión. La negativa a tratar abiertamente la cuestión que me preocupaba me obligó a alejarme. Viví aquí y allá, con una mezcla de inconciencia y angustia indecible. Poco a poco fui alejándome de la gente que conocía, dejé de frecuentar a mis amigos convencionales, y busqué refugio en la literatura y el nomadismo. 

Sabía que no pertenecía al mundo de esa gente que era capaz de festejar la aniquilación y mofarse del dolor de la víctima. Pero tampoco, debido a mi origen y formación, a mi experiencia familiar, mi pasado adoctrinamiento, y el sentimiento de culpa que tenía por haber sido parte de ese mundo de indiferencia y odio, sabía dónde encontrar otra comunidad que estuviera dispuesta a contenerme.

La democracia argentina era todavía endeble. El país no estaba aun preparado para conocer la dimensión de la tragedia y los pormenores del cretinismo ciudadano que había reinado en esas épocas oscuras. 


En 1988, decidido a encontrar una solución, me marché. Viajé a lo largo y ancho de Latinoamérica en busca de respuestas, pero el mundo que me tocaba en suerte comenzaba a transitar una época de frívola violencia e indiferencia. Los ladrillos del muro de Berlín recién derruido estaban siendo utilizados para sepultar la verdad detrás de la lucha ideológica. El triunfalismo neoliberal, asociado a una cosmovisión que anunciaba simultáneamente el fin de la historia y el choque de la civilizaciones para imponer el terror imperial y la manipulación mediática de las masas, nos empujaba de manera casi ineludible a refugiarnos en un individualismo posmoderno que descalificaba cualquier reflexión política. 


Los límites de la espiritualidad oriental en la era neoliberal

Después de un tiempo en Europa, me fui a la India. Me hice monje. Fui el primer monje budista ordenado por el Dalai Lama. Me encerré en una ermita durante años, dispuesto a encontrar en la consciencia las respuestas que no había tenido a lo largo de mis años de errancia. Tuve la fortuna de poder enfrentarme a la rabia y a la decepción, a la locura que acechaba en mi corazón. Pero al final del camino, en la profundidad del alma, no encontré ninguna respuesta, sino mi propio rostro vacío.

En 1999, después de mi huida de América Latina hacia Oriente, el destino me llevó a Colombia. Llegué como instructor de meditación y profesor de filosofía budista. Pero allí volví a encontrarme con mi gente, o mejor: "con gente como mi gente" que, asustada y ciega frente a la violencia, exigía que se la defendiese de cualquier modo, a cualquier precio, dispuesta a cerrar los ojos y los oídos a la injusticia con tal de poder acceder a la promesa de sus vidas imaginadas por otros.

En el 2001, por esas casualidades del destino, en las mismas fechas en las que el atentado a las Torres Gemelas se hacían dueña de todas las pupilas del mundo, y la violencia y la sed de venganza volvía apoderarse de nosotros dando paso a una nueva "Guerra contra el Terror", dejé mis hábitos de monje y viaje a Buenos Aires.  Fui testigo durante las semanas que permanecí en Argentina de la furia y desconcierto de un pueblo saqueado y empobrecido por los herederos de esa misma dictadura militar que había diezmado una generación. 



2010. La sociedad argentina en su encrucijada

Han pasado diez años desde entonces. Muchas cosas han cambiado, pero la sociedad argentina sigue estando profundamente dividida. Hay quienes creen que la solución a nuestros problemas es volver a la mano dura, al exterminio de sus enemigos políticos y practican una mueca arrogante ante la justicia, reivindicando sus privilegios sin vergüenza, y exigiendo la continuidad de la impunidad a la que les han acostumbrado sus padres. 


Estos son los que reclaman el derecho al olvido, los que exigen a la víctima un perdón jurídico para sus verdugos sin arrepentimiento, los que fingen que los crímenes de lesa humanidad, la apropiación de niños, la aniquilación sistemática de jóvenes, la tortura, la desaparición de personas, la abominable imposición del terror, el saqueo concertado, la destrucción de lo que pertenecía a todos por derecho ciudadano, puede justificarse en virtud de la naturaleza del enemigo al que se enfrentaban las fuerzas del Estado. 

Esta gente no quiere saber nada de historia. Pretende someter la justicia a una reducción salomónica de las culpas. Se aferra con furia a la mentira porque sabe, de algún modo indecible, que en la verdad del horror, anida una amenaza a su propia identidad y privilegios; una amenaza que el testimonio de la víctima también supone para aquellos que optaron por aprovechar el momento haciéndose los distraídos.

4 comentarios:

Cande dijo...

Hacer justicia es una aspiración muy loable y humana. Pero algunos de nosotros tenemos la obligación de pensar un poco más allá.

Simplificar el problema de la violencia de los '70 en Argentina puede ser un buen atajo. Lo cierto es que creo que es un atajo a ningún lado. La pretención de hacer justicia sobre hechos ocurridos hace más de treinta años nos obliga a una reflexión sincera que no sólo involucra el horror vivido y cometido por todos los actores; sino que también implica aplicar retroactivamente leyes penales que no están escritas en nuestro código penal; aceptar que una "costumbre internacional" que no existía en 1985 hoy sí está vigente y se puede aplicar a los 70; desestimar decisiones soberanas del Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial de varios gobiernos de distintos signos políticos; aceptar que las únicas pruebas para condenar a los reos serán los testimonios de sus históricos enemigos; etc, etc.

Los Derechos Humanos empiezan con el derecho a la vida, siguen con la libertad y el debido proceso. Tres derechos que hoy se le niegan a quienes se presume cometieron delitos de lesa humanidad. Vuelvo a mi idea de derechos humanos y otra vez me ronda una especie de certeza: cada maravillosa singularidad humana es el rostro de un rastro eterno. Y el derecho mira al rastro más que al rostro, y por eso no el importan los nombres y no tiene prejuicios. Al menos así debería ser. Y si así fuera, mi padre hubiera visto nacer a sus nietos, seguiría manteniendo a su familia con el fruto de su trabajo, asistiría a mi madre en su cancer...Y si así fuera, yo no tendría que gastar mi salario y mis fines de semana peregrinando a un penal, no tendría que desnudarme en cada requisa, no tendría que estar escribiendo esto y vos leyéndolo.

Cande

Juan Manuel Cincunegui dijo...

Estimada Cande,

No sé si puedo llegar a entender tu dolor. Sinceramente, debe ser inmenso. De verdad, lo lamento muchísimo. De todo corazón te acompaño en esa herida abierta que debes tener en el alma.

Así son las cosas, lamentablemente.

Pero eso no quiere decir que comparta tu análisis de la situación. Creo que no es acertada la manera en la que planteas el asunto. Pero estoy de acuerdo con vos, que cada ser humano es, siempre e independientemente de todo lo que hayamos hecho, el rostro último de lo divino. A mi no me cabe la menor duda. Todas las tradiciones religiosas del mundo concuerdan en ello. En última instancia, ninguno de nosotros tiene jurisdicción sobre las almas de nuestros congéneres.

De todas maneras, la justicia está tratando caso por caso los delitos cometidos. El carácter de dichos delitos, la naturaleza de los crímenes, etc. Hubo miles de personas involucradas en el conflicto, pero no todas son ni serán juzgadas. Las que efectivamente sean juzgadas, lo serán porque la naturaleza de los delitos cometidos por estas personas es terrible (por favor, entendeme bien, estoy hablando de delitos terribles). Lamentablemente, esas personas deben ser juzgadas y condenadas por la sociedad.

Que eso trae consigo un enorme sufrimiento para personas inocentes como vos, no me cabe la menor duda. Como ocurre con todos las personas que deben pasar por el trance que vos misma vivís cada semana o cada mes, por los delitos comunes cometidos por sus familiares y amigos.

Esa es la imperfección ineludible de la ley humana. Es lo que tenemos. Debemos poner todo nuestro empeño para que las cosas se realicen sin odio, pero no podemos evadir la justicia.

Por lo tanto, lamento profundamente disentir con vos, de verdad. Lo lamento muchísimo, pero debemos tomar una posición. Por supuesto, si me convencieras de la racionalidad de la tuya, estoy dispuesto a cambiar, pero ninguno de los argumentos que me han presentado en esta dirección quienes pretenden hacer borrón y cuenta nueva me ha resultado hasta el momento convincente.

Te prometo que no me mueve la venganza, que intento pensar con calma los temas de los que hablamos porque soy consciente del dolor que traen aparejado. Pero los crímenes de lesa humanidad (la tortura, la apropiación ilegitima de niños, la desaparición de personas) y todo esto hecho gratuitament - no había necesidad alguna de semejante sadismo - son actos que no deben permanecer impunes.

De nuevo, con todo mi más sincero cariño, te agradezco que me hayas escrito, y de nuevo, lamento mucho el dolor inmenso que debés estar sintiendo por cosas ocurridas en el pasado de las que vos mismas sos completamente inocente. Imagino el dolor que debe causarte ver a tu padre preso,todo lo que ha pasado tu familia, según me contás, la enfermedad de tu madre, etc. y porque no, la sensación de sentirte perseguida y todo lo demás.

Pero puede que la mejor manera de ayudarlos, de acompañarlos, no sea seguir defendiendo el derecho a que todo se olvide, el derecho a que todos pasemos página. Si tu padre cometió esos delitos (si es inocente es otra cuestión) quizá deberías ayudarlo a sincerarse con él mismo, deberías acompañarlo en la búsqueda de un perdón genuino, que en última instancia no pueden darselo los hombres, la política o la justicia, sino únicamente Dios.

Espero que no tomes a mal todo lo que te digo. Lo hago con el mayor de mis respetos.

Cuidate mucho,

Manu

Cande dijo...

Hola Manu, gracias por la sinceridad y transparencia de tu respuesta. Sé de corazón que decís lo que creés y que tu empatía es real.

Mi padre tenía 24 años en 1970, cuando la violencia se instaló en Argentina. Hoy tiene casi 65 años. Está preso hace más de dos años sin juicio en un penal común, igual que 954 militares más que prestaron servicios en la década del ’70.

En 1997 mis padres adoptaron una bebita muy enferma. Contra todo pronóstico, mi hermanita vivió 9 años radiantes, los mejores de nuestras vidas. En 1997 la justicia encontró a mi padre apto para adoptar a mi hermana, hoy lo considera tan peligroso que le niega la excarcelación a un hombre que en 30 años no violó siquiera una ley de tránsito.

Lamento profundamente las vidas humanas que la violencia fraticida se cobró en los ´70. Lamento los innegables excesos cometidos por todos los contendientes. Lo poco que recuerdo de esa época me eriza la piel, lo que investigo y leo me deja perpleja. Comprendo el dolor de perder a alguien amado, todavía lloro a mi hermanita y juro que lo entiendo. También conozco la sed de venganza de quien padece injusticias. Todo lo humano me es afín. Pero por sobre mis deseos y los deseos de la gente que padeció la violencia de los 70, debe imperar la justicia legal. Y si hubiera un camino alternativo, yo lo tomaría. Si hubiera otra forma de hacer justicia, la aceptaría. Pero estoy segura de que la única forma es la ley, del intento contrario tenemos tantos ejemplos en los '70!

Ignoro cómo se hace justicia cuando hay culpas que repartir y adjudicar, ignoro si es justo o injusto que gran parte de los 954 militares presos muera en la cárcel. Ignoro si es justo que ningún terrorista esté siquiera procesado. No lo sé. No sé cuántos de esos hombres fueron inhumanos y crueles y cuántos de ellos cumplieron con su deber de estado en buena fe. No sé cuántos hoy son perseguidos por venganza, justicia o ley. Lo que sí sé es que ninguna atrocidad justifica otra atrocidad. Ningún exceso se remedia con otro exceso.Permitir que la ley se viole, es volvernos vulnerables todos.

lana dijo...

Cande, yo creo que tu padre así como los demás oficiales, acepta el peso de sus errores.

Es de hombres de ética y espiritualidad, asumir las consecuencias de su manera de pensar y de las acciones que de esta se derivan.

Todo militar sabe que el camino que escogió en su vida, implica en algún momento, una decisión sobre la vida y la muerte, suya y de los demás.

Lo que más quisiera un ser humano dolido y culpable en sus sentimientos, por sus errores de juventud quizás, es poder reparar el daño o restringir sus deseos, tras barrotes si es preciso, para ser perdonado por sus hermanos victimizados sin una razón distinta que la guerra de poder.

Podrías preguntarle quizás y creo que todo hombre y mujer, merece una oportunidad de hacer una ofrenda por sus equívocos.