lunes, 29 de febrero de 2016

LA IDEOLOGÍA DESPUÉS DE LA IDEOLOGÍA. Desencuentro en el Vaticano



En este post comento brevemente la nota de Carlos Pagni publicada hoy en el diario La nación titulada: "Un viaje a Roma que acentuó las diferencias"

Los apuntes de Pagni son muy interesantes. A nuestro entender da en el clavo con varias definiciones. Y nos obliga a pensar la coyuntura política con detenimiento, observándola, no sólo como la escenificación de egos enfrentados, sino como pugna entre posiciones ideológicas enfrentadas. Para nosotros, que andamos hace tiempo metidos en el tema de la relevancia incontestable de la religión en la esfera pública, lo que anda pasando en Argentina confirma algunas de nuestras sospechas.

Las fuentes de Pagni, que nosotros subimos y comentamos por este medio en algún momento (la de Natanson - en Le Monde diplomatique - o la de Feinmann - en Página 12, respecto a las nuevas espiritualidades y su sintonía con el individualismo y la atomización que exalta y promueve el capitalismo tardío en detrimento de otras formas encarnadas de existencia), valen la pena meditarlas con serenidad.

Como afirmamos apenas ayer en nuestro blog, deberíamos dejar de lado las rencillas personales (como las que pretendió instalar Elisa Carrió hablando del chismorreo del Papa y su hipotética promoción de los violentos), y entender que estamos asistiendo a una pugna ideológica de dimensiones globales. Por esa razón, propusimos en su momento, y animamos, un estudio comparado de la encíclica del Papa Francisco Laudato Si, y los textos del Dalai Lama que intentan ofrecer una alternativa budista a la modernidad capitalista y al modo de entablar un diálogo intercultural e interreligioso en la esfera secular. Algunos de los participantes en esos diálogos que se llevaron a cabo o se están llevando a cabo en Buenos Aires, Barcelona y Valencia, han entendido la importancia que tienen estos debates para ir hasta el fondo de los problemas que enfrentamos globalmente.

En breve, me parece que ha llegado el momento de dejar a un lado la anécdota y ponernos manos a la obra para pensar los fundamentos ideológicos del macrismo, los muchos caminos que desembocan en este momento histórico, para entender lo que anima a una parte no desdeñable de la población a darle su alma a un proyecto que promete enaltecer al individuo, ocultando su pertenencia comunitaria y sus tradiciones populares.

Esto puede resultar un insulto para quienes estamos comprometidos con las corrientes populares, pero es en realidad una confrontación ideológica que debe ser puesta en blanco y negro para que podamos discernir sus ventajas y desventajas, sus claroscuros.

No hay duda que el modernismo budista y otras formas espirituales en boga no son la solución definitiva a los problemas que tenemos. En muchos casos, sirven como cortina de humo para justificar el horror con una caricia de buena consciencia. La escena en la última reunión de Davos, en la cual los líderes políticos se sentaban juntos a realizar meditación Vipashyana (los mismos líderes que se amenazaban mutuamente horas antes boicotear sus agendas con el fin de eludir la responsabilidad frente a la catástrofe humanitaria en Medio Oriente) da cuenta de las contradicciones que enfrentan las nuevas espiritualidades. Sin embargo, descartar sus virtudes en su totalidad seria una reacción ciega que no podemos permitirnos.

También es imprescindible reconocer que el catolicismo, y en particular las formas que animan los movimientos populares en América Latina, no han sido aún capaces de dar cuenta de las sensibilidades del mundo contemporáneo, las mutaciones en los hábitos de comunicación, los espacios liberados de toda observancia religiosa, neutralizados por las peculiaridades de nuestra época.

Quienes crean, como se ha dicho en estos días, que la solución pasa por un republicanismo laicista, o un liberalismo que mantenga a raya las sensibilidades espirituales de los individuos, se engaña o nos engaña. La religión está en el mundo para quedarse y su influencia crecerá a medida que se profundice la crisis planetaria.

Por lo tanto, me parece que la única alternativa consiste en animarnos a otra clase de diálogo (no me refiero al diálogo superficial que propone el macrismo), sino un diálogo sincero con las tradiciones y corrientes que conforman este entramado de antagonismo ineludible que son la carne y el alma de la vida social.

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