miércoles, 2 de marzo de 2016

A 27 AÑOS DEL "CARACAZO", LLEGÓ MACRI





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¿Alguien puede explicarme - sin estridencia - cómo podemos estar discutiendo lo que estamos discutiendo en Argentina, después de las experiencias que hemos vivido como sociedad?
¿Es que no hemos aprehendido nada?

¿Pueden volver a embaucarnos y llevarnos a la huerta tan fácilmente?

¿Pueden arrearnos hacia el odio y dividirnos para lograr saquearnos como lo están haciendo?

¿Cuánto tiempo vamos a dedicar a hablar de la "pesada herencia", mientras nos dan vuelta otra vez la tortilla y nos dejan en pelotas en la calle?

¿Será posible que nos obliguen a cerrar la boca utilizando el pasado como justificación para endeudarnos, traficar con los derechos humanos, someter al pueblo a las miserias de la exclusión, el empobrecimiento, la represión, y haya gente que pueda sostenerte la mirada con presumida inteligencia?

¿Cómo se hace para dialogar en estos términos, cuando sabemos que nuestros hijos tendrán que remontar una situación que creíamos haber superado, debido a nuestra propia irresponsabilidad ciudadana, nuestra tilinguería, nuestra frivolidad, o peor aún, nuestro cinismo patotero y voluntad de poder?

Difíciles preguntas. Difíciles respuestas.

Porque lo que parece difícil de conciliar es una idea de democracia que está al servicio de minorías que se apropian a través de la concertada estrategia de la comunicación y marketing mediático del corazón de la gente (corazones promiscuos, atrapados en el odio, el asco, con ansias de linchamiento, cegados por la espeluznante euforia de la venganza) y este proyecto que lo destruye todo, para dejar servido a los poderosos el camino libre para el desfalco, el saqueo, que los argentinos hemos vivido tantas veces.
Ayer, Argentina asistió al más triste discurso inaugural del Congreso de la Nación de toda la historia de la Argentina democrática contemporánea. Fue el primer discurso de Macri ante los legisladores en este sentido y la primera vez en la que se dirigió al pueblo argentino desde la casa del pueblo habiendo ya comenzado su mandato. Los respaldan tres meses asfixiantes de gobierno que sólo produce felicidad en acreedores extranjeros y exportadores sin escrúpulos que especulan con ganancias que costarán el bienestar o incluso la vida de millones de argentinos que verán estrecharse sus posibilidades a medida que se dilate la desigualdad entre nosotros.

En las calles había apenas un centenar de simpatizantes, y los bancarios eran reprimidos con gases y bastones largos. El pueblo estuvo ausente, los que lo votaron, temen su autoridad, su arbitrariedad, pero no festejan el rumbo del país. Los pocos que se entusiasman son los que acompañan el cambio a favor de las élites.

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Todas las comparaciones son complejas, pero hace 27 años fui testigo presencial del triunfo de Carlos Andrés Pérez en las elecciones presidenciales en Venezuela, quien impuso un programa neoliberal de ajuste que acabó en el famoso "carcazo", en el cual 3.000 personas fueron asesinadas por el gobierno entrante.

Ayer, las calles estaban vacías, pero los vehículos policiales y el aparato represivo había copado el espacio público. Las imágenes son elocuentes, y dicen más que mil palabras.

Este proyecto político tiene un nombre y un apellido, y un objetivo muy concreto que no acompañará la alegría del pueblo.

Por mucho que se esfuercen en maquillar la escenografía con el cotillón de la esperanza, este proyecto es un atentado contra el pueblo argentino, contra el futuro, contra la dignidad y contra los derechos adquiridos en sus luchas.

No queremos que a Macri le vaya bien, queremos que le vaya bien a todos los argentinos.

Si a Macri le va bien con este plan de gobierno, estamos jodidos, porque Macri no representa nuestros intereses. Lo ha demostrado con su ajuste, con su devaluación, con los despidos, con el arreglo que ha hecho con los buitres, con el trato diferencial que hace con las multinacionales, con el maltrato a la expresión popular, con su política represiva, con su política internacional, con su política fiscal, con el desmantelamiento que ha hecho de las instituciones encargadas de perseguir el lavado de dinero, con la legalización de la corrupción corporativa, con el uso espurio que hace de la justicia, con su falseada puesta en escena para luchar contra el nepotismo que practica con creces, con su ofensiva contra toda militancia popular, con sus ataques a los movimientos sociales, con su distanciamiento con la la "Patria Grande", con sus incestuosas relaciones carnales con la derecha global, con su distanciamiento con el primer Papa argentino - esperanza de millones en el mundo que reciben con alegría su lucha por la igualdad y a favor de los más pobres.

Legalmente, Macri es el presidente de los argentinos. Pero la legitimidad no surge exclusivamente de las urnas, sino del mandato que ejercita el representante. El poder político está allí para obedecer el mandato popular, que no se reduce al voto. Macri parece no haberlo entendido. Por eso, su legitimidad está en cuestión.

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