viernes, 25 de marzo de 2016

CUMPLE TU PROMESA




Pese a la insistencia de algunos analistas políticos locales y el marketing internacional de los holdings mediáticos que respondieron a la visita de Obama a Buenos Aires entusiasmados por las oportunidades que supone el giro neoliberal en Argentina, las intervenciones de Obama en lo que se refiere a los derechos humanos, fueron un rotundo fracaso.

Los organismos de derechos humanos, que cada 24 de marzo conmemoran el golpe de Estado que supuso el inicio del dictadura cívico-militar genocida, y que han sido objeto de respetuoso reconocimiento mundialmente por su lucha concertada y pacífica a favor de la memoria, la verdad y la justicia, le dieron la espalda al presidente estadounidense.

Mauricio Macri atendió a su invitado en soledad, mientras el pueblo argentino, las madres, las abuelas, los hijos y quienes los acompañan, se encontraban en las plazas de la República, condenando implícitamente la política de derechos humanos del gobierno y el cínico espaldarazo de Washington en esta época de reacomodamientos geopolíticos en la región, la cual ha sufrido, como en otras épocas, las injerencias del país del norte.

Baste enumerar, en una muy breve secuencia los golpes blandos, los aprietes, las campañas mediáticas, el aislamiento internacional que se ha ejercitado sobre Honduras, Venezuela, Bolivia, Paraguay, Brasil y ahora el fichaje estrella de Argentina en el proyecto continental estadounidense. Nada nuevo debajo del sol.

De nuevo, el escenario es bien conocidos y ejemplos recientes lo reafirman: Uribe primero y luego Santos, se convirtieron en joya de la corona para el gobierno de George W. Bush durante los años en los cuales el progresismo florecía en la región por el mero hecho de ejercitar beligerancia contra un enemigo declarado de Washington. En consonancia, en las próximas horas podemos esperar que el gobierno de Macri ejercite en el plano internacional su nuevo rol de sargento para el cual ha sido fichado por el Gran Imperio Americano. Puede que lo haga bajo las órdenes de la fría y calculadora Hilary Clinton, o bajo las órdenes del despiadado Donald Trump. Sea como sea, Argentina se prepara para volver a ser en la región el viejo traidor que supo ser en todas las épocas difíciles que vivió el continente.

Obama fichó a Macri como "socio universal", y ejemplo para la región. Le prometen algunas tapas en revistas publicitarias del establishment del Imperio como "hombre del año" y jugosos negocios y blindaje para él y sus allegados ideológicos que hacen cola para trepar a la bicicleta financiera.

Quienes hoy se dejan embelesar por las imágenes que hacen circular los medios de comunicación locales, o se sienten admirados por al reconocimiento internacional de periódicos como El País de España o El Financial Times, no deben olvidar que las luchas por los derechos humanos le han regalado al pueblo argentino una dignidad que había perdido por su complicidad en el genocidio perpetrado por la dictadura cívico-militar, promovido y defendido internacionalmente por los más oscuros organismos de Estados Unidos, que en su lucha contra el Comunismo no vaciló en exprimir la maquinaria de Terror.

En los años oscuros del menemismo, los organismos de los derechos humanos fueron el faro que condujo a muchos argentinos entre las perturbadoras crueldades que imponía al neoliberalismo: pobreza, angustia, exclusión, violencia, hacia el puerto seguro de la dignidad.

Sin embargo, hoy, como ayer, muchos argentinos se dejan seducir por las falsas retóricas del fin de la historia, los empalagosos discursos que diseña el marketing de liderazgo que Barack Obama con tanta fluidez ejercita para deleite y fascinación de la CEO-política macrista, que nos promete un futuro de prosperidad si somos capaces de olvidar o poner en cuarentena la historia de lo que hemos devenido.

Pero no hay futuro de libertad y dignidad sin memoria del pasado. Porque el pasado nos enseña, justamente, lo que no tenemos que repetir. Hay una clara línea de continuidad entre los discursos negacionistas del presente (los promovidos desde la editorial del diario La Nación, o desde el ministerio de Cultura de la Ciudad por el nefasto Lopérfido, aún en funciones, pese al reclamo concertado de muchos argentinos y argentinas de bien para su remoción debido a su postura negacionista en el caso del genocidio, y los que deja deslizar en cada intervención el propio presidente Macri) y la estigmatización de la política popular como en las horas más oscuras de nuestra patria.

Quienes pretenden ser profundos, asomados a una promesa de futuro aciago como el que destiló en sus intervenciones en Buenos Aires el presidente del "Yes, we can" (que no pudo hacer prácticamente nada de lo que prometió cumplir en su propio país: ni siquiera cerrar el centro de detención ilegal Guantánamo), y que sólo brilla en contraste con los más feos ejemplos de racismo, xenofobia y brutalidad de su país (Donald Trump, amigo personal del presidente Macro, según él mismo se vanaglorió frente a cámara hace algunos años), son superficiales en sus análisis y, definitivamente, poco confiables a la hora de hacerse cargo de nuestro futuro nacional.

Obama se va de la Casa Blanca, como otros presidentes estadounidenses, reafirmando un compromiso con los derechos humanos que no supo o no quiso defender, mientras tuvo en sus manos, según dicen, la oficina más poderosa del mundo: la presidencia de los Estados Unidos de América. Hay cosas buenas en las que podemos aplaudirlo moderadamente, pero su compromiso con los derechos humanos no es precisamente uno de ellos.

La historia es una guía ineludible en nuestro intento por realizar nuestras más ondas esperanzas. Ponerla en cuarentena por una falsa "unidad de todos los argentinos" es la mejor manera de volver a repetir el horror.

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