martes, 9 de diciembre de 2008

DOS CONCEPTOS DE LIBERTAD

En tiempos de oscuridad abundan los retratos pesimistas. Los gurús de la decadencia de occidente proliferan. Algunos pretenden hacer oídos sordos, pero la respuesta del avestruz, lejos de resolver nuestros problemas nos vuelve más indefensos ante las amenazas que se avecinan.
Hace ya más de un siglo, Nietzsche ofreció una profecía que aun hoy ilumina nuestro pensamiento. En el aforismo 125 de la Gaya Ciencia, ilustró el colapso de todos los órdenes de sentido anunciando la muerte de Dios. El Dios asesinado de Nietzsche, nos dijo Heidegger en sus famosas lecciones de los años 30, no es el Dios judeo-cristiano, el Dios de la teología, sino que es el nombre con el que apunta al fundamento último sobre el cual se sustentan todos los órdenes de significado en los que vive el hombre occidental.
La muerte de Dios es el signo del advenimiento del Nihilismo.
Nietzsche anunció también lo mucho que tardaría el hombre moderno en comprender el significado de ese asesinato de Dios, e ilustró el porvenir habitándolo con la figura del último hombre. El último hombre tiene sólo un propósito y una convicción: su propia autorrealización. Para él no hay horizontes más amplios, no hay nada que entender exceptuando sus propios sentimientos, y acaba convirtiendo el asunto de la vida en una búsqueda irrefrenable de 'comfort'.
Ante la historia, la naturaleza y el sentido último de lo real, el último hombre se ríe y pestañea. Como el avestruz mete la cabeza dentro del hoyo y hace de cuenta que no pasa nada.
La imagen de Nietzsche ha dado frutos maduros y frutos podridos.
Entre los seguidores del autor de Zaratustra, hay quienes aprendieron que el único motivo digno del pensamiento y el arte es la celebración de la subjetividad y sus poderes. Aliados inconscientes de los movimientos populares de la "Nueva Era",y las pervertidas interpretaciones de las filosofías orientales, estos pensadores "libertarios" colaboraron con la destrucción de los tejidos sociales, la atomización política y el triunfo de la razón instrumental hasta el punto de convertir la política y la espiritualidad en tecnología.
Otros herederos de Nietzsche, en cambio, comprendieron que el colapso irrefutable de los órdenes axiomáticos de sentido, no significaba necesariamente quedar enclaustrado en la 'jaula de hierro' del yo y de sus emociones.
Vivimos una época en la que el trazado de nuestro itinerario vital no se encuentra diseñado de antemano, lo que hace imprescindible que cada uno se haga cargo de su propia vida, confeccionado y descubriendo lo que está llamado a ser. Este llamado a la autorresponsabilidad, sin embargo, no significa que el contenido de nuestras vidas quede reducido a la celebración de nuestros gustos y emociones, a la multiplicación irrefrenable de experiencias.

La libertad no consist únicamente en la mera ausencia de restricciones para el ejercicio de nuestra capacidad de optar. Si así fuera, la libertad podría ser el resultado de un cálculo en el que incluiriamos dos variables: nuestras capacidades y la cantidad de opciones disponibles. Este tipo de libertad aboga por una razón instrumental que sepa dirimir entre diversos bienes disponibles para obtener máximo disfrute. Vistas las cosas de este modo, la libertad es un ornamento de la riqueza y el desarrollo tecnológico. A mayor tecnología y mayor riqueza, mayor libertad.

Si en cambio consideramos la libertad como un modo de maestría que ejercitamos sobre nosotros mismos, la ecuación anterior resulta inapropiada. Aquí la maestría implica necesariamente un descentramiento: escapar a la fijación egoísta y egocéntrica a la que nos han acostumbrado las filosofías subyacentes de nuestras sociedades de consumo, que ensalzan el deseo bruto, y desautorizan la capacidad reflexiva que sopesa no sólo los resultados inmediatos de nuestras acciones, sino que las enmarca en contextos más amplios y comprensivos.

El yo desvinculado, excitado por la publicidad, los mecanismos de inserción laboral y las últimas terapias del Amor Propio, es -bien pensado- una imposibilidad lógica.
Pero dejemos esta cuestión para otra ocasión. Lo importante, por el momento es que ese yo desvinculado, egoísta y egocéntrico, es de algún modo ese último hombre al que se refería Nietzsche, aquel que los pensadores descafeinados del final de la historia de las últimas décadas, pretendieron entronar como el superhombre nacido de las bodas de la democracia y el libre mercado.

El concepto de libertad que ahora nos toca recuperar es uno que no gira únicamente en torno a las opciones estratégicas para el logro de nuestras satisfacciones individuales, sino que hace su caso en la afirmación o el rechazo al que nos enfrenta nuestro tiempo: el reclamo de justicia y dignidad, para la naturaleza no humana y los humanos presentes y futuros.

Ante el llamado podemos seguir jugando al avestruz, podemos seguir pestañando risueños ante el espejo, o levantar la cabeza y reconocer que el tiempo se nos está echando encima.

2 comentarios:

Eduard Ibáñez dijo...

Hola Juan,
Totalmente de acuerdo con tu visión.
Ahora bien, ¿de dónde viene para ti ese llamado hacia la justicia y la dignidad que no sea de ese fundamento de la realidad que tradicionalmente damos en llamar Dios y que según Nietzsche habría muerto?
Eduard

Juan Manuel Cincunegui dijo...

Hola Eduard,
Estoy luchando por dar respuesta a tu pregunta, articularla de un modo que no produzca violencia en la confluencia de tradiciones en las que me he nutrido. En cierto modo, puedo comprender y simpatizar contigo cuando planteas que ese fundamento sólo puede ser eso que llamamos Dios.
Los budistas, por ejemplo, consideran que la naturaleza última de lo real es desde siempre y para siempre, amor y pura trasparencia, pero cuando se refieren a ella muchas veces utilizan palabras que evocan las oraciones teístas. Sea como fuere, nuestras creencias ya no son axiomáticas, y eso nos pone en dificultades a la hora de responder cuáles son las fuentes sobre las que fundamos nuestras convicciones morales. Pero estoy de acuerdo contigo,mantenernos en una pura inarticulación resulta en detrimento del proyecto de liberación al que aspiramos. O para decirlo de otro modo: cuando Heidegger señaló que sólo un Dios podía salvarnos, eso que el llamaba Dios era una invitación a volver a explorar, 'con temor y temblor' algo oculto por la propia tradición que pretende reivindicar su ser.