domingo, 14 de diciembre de 2008

¿ES POSIBLE RENUNCIAR A LAS IDEOLOGÍAS?

Durante las últimas décadas, ha habido una presuntuosa pretensión por parte de algunos, de haber superado las ideologías. Los elogios que a sí mismos se prodigaban los adherentes de esta doctrina post-ideológica, encapsulan de un modo aun más burdo y simplista los enunciados originales de las ideologias liberales utilitaristas. Pese a la inarticulación respecto a cuestiones metafísicas fundamentales, los pragmatistas a los que hago referencia son en general realistas, con cierta tendencia hacia un empirismo desprolijo y acomodaticio. A los líderes políticos que comulgan con esta órbita de pensamiento, se les admira porque han sido capaces de desnudarse de las lecturas ideológicas que se juzgan siempre sesgadas. Una persona atrapada en la ideología es una persona 'primitiva', en cierto modo maligna, incapaz de realizar una lectura realista de lo real de suyo.

Estos supuestos 'pragmáticos', de modo inarticulado, sostienen que la realidad tiene un modo de ser determinado: la realidad es algo que esta allí para que nosotros hagamos algo con ella. Ningún otro tipo de consideración es necesaria a la hora de convertirse en un pragmático desde el punto de vista epistemológico. El mundo es una cosa que está allí para que nosotros lo instrumentalicemos, para que saquemos provecho.Esas cosas son las montañas, los árboles, los animales, las personas humanas e incluso los dioses. Todo esta allí para sacarle el mejor partido.

Para ser un realista contumaz del tipo antes descrito, no es necesario ser empirista ni racionalista. No necesitamos ser teístas o antiteístas. Todo está al abasto de nuestra creatividad. Todo está al abasto de nuestros logros, de nuestros éxitos, de nuestros triunfos, de nuestra esencia pragmática.

Hay dos tipos de posturas que podemos adoptar como pragmatistas del tipo al que estoy refiriéndome.
La primera es la del tipo de pragmatista ingenuo que considera que lo real es aquello que es real y se acabó. En general son insistentes en la contundencia de lo empírico y lo físico-matemático en lo que concierne la razón. El problema de este tipo de actitud es que olvida una importante comprensión humana compelida por la continua divergencia a la que están enfrentados los humanos desde siempre: apariencia y realidad. Este tipo de pragmatista ingenuo, debe hacer oídos sordos a muchas cosas para sostener su ideología encubierta. El pragmatista ingenuo es lo contrario de lo que él mismo cree que es. La pretendida ausencia de ideología lo convierte en un burro que se ha empecinado en no moverse.

La segunda postura es la del tipo 'iluminado': Aquí lo que cuenta es cultivar cierto grado de cinismo para responder a las objeciones ideológicas. Los mejores entre los pragmatistas 'iluminados' son los irónicos. Pero son flores raras de un día.
La mayoría de los pragmatistas 'iluminados son 'etnocentristas' declarados. Cultivan cierto dandismo etnocentrista, cuando se refieren a otras culturas, y de puertas hacia adentro, cultivan un amaneramiento elitista. El lema de los pragmatistas (aquel con el cual justifican la toma de decisiones y la ejecución de sus políticas) es que al fin y al cabo, "nosotros hacemos las cosas de este modo".
Dependiendo de la ocasión, el 'nosotros' se convertirá en diferentes cosas: nosotros los de occidente, nosotros los demócratas, nosotros los constitucionalistas, nosotros los defensores de las libertades liberales, nosotros los humanos. La gama de ofertas en este rubro es amplia, en dependencia de las intenciones pragmáticas de los oradores.

Pero ¿es posible 'verdaderamente' una política sin ideología? ¿No es la post-ideología la mera asunción de la propia voluntad de poder? ¿No es la voluntad de poder la ideología consumada de un individualismo febril y atomista, que no se detiene ante nada ni ante nadie para conseguir sus logros, y de una epistemología autoritaria que niega toda otra lectura de lo real que no sea la suya propia?

La pretensión post-ideológica de este pragmatismo, que intenta un consenso universal sobre todo lo valioso, desplazando lo autóctono al lugar de lo folclórico, es (a quién puede caberle duda al respecto) la ideología imperial, que ni siquiera pretende argumentarse, porque le basta su propio 'imperium' como justificación, y por lo tanto, sólo esta obligado a la retórica sucinta del eslogan. Se trata, por tanto, de una ideología que ha cambiado la teología y la filosofía por la publicidad.

Por tanto, creo que ha quedado en evidencia, que lo que nos toca no es a la superación de las ideologías, sino el desenmascaramiento de la ideología "imperial" que pretendía el final de las ideologías como estrategía de dominio por medio de la efectividad de la retórica publicitaria.
Pese a no haber un locus específico donde se manifieste este tipo de post-ideología de modo exclusivo, podemos afirmar que lo 'empresarial corporativo', y lo gerencial como paradigma, son los que mejor ilustran este tipo de ideología post-ideológica que ofrece absoluta significación a la eficacia por sobre cualquier otra consideración moral. El resto de los valores se miden contra el trasfondo de dicha efectividad. Ningun otro requisito es necesario para alcanzar la cúspide de la pirámide corporativa, excepto la dedicación exclusiva al éxito de expansión y crecimiento de la persona abstracta a la que sirven los cuadros gerenciales.

El único modo de enfrentarse al ácido de la ideología de la inarticulación radical, la post-ideología, es reivindicar las ideologías en un escenario no axiomático, agonístico, en el que podamos volver a escuchar en confrontación, las variadas voces del entramado ideológico de nuestro tiempo.

El pragmatismo post-ideológico es una especie de 'genio maligno' que sólo puede ser traducido como voluntad de querer.

La ideología (como el nacionalismo, o el Estado, y otras muchas nociones apropiadas en forma retorcida por la post-ilustración liberal) no es necesariamente una forma de ceguera que distorsiona lo real. La ideología es la expresión inevitable, en la dimensión humana, de un horizonte moral que reclama cierto itinerario para alcanzar ciertas metas que no necesariamente conciernen la exclusiva celebración del yo atomizado por el que aboga la corriente post-ideológica.

El mundo humano está hecho de nuestras aspiraciones, nuestros estándares, y nuestros fines. Como he dicho antes, estos no están condenados a ser traducción de nuestras pretensiones individuales desvinculadas; conciernen también a la comunidad, la historia, la naturaleza, y los muchos y diversos modos en los que articulamos la convicción de que los individuos aislados son una imposibilidad, es decir, la existencia de aquello que nos trasciende y nos cobija.

Imaginar un mundo puramente pragmático es imaginar un mundo post-humano en el peor de los sentidos posibles: un mundo en el que el criterio último es la voluntad de poder.

El neoliberalismo es uno de los acordes de nuestra era post-ideológica que está llegando a su fin en la mente y el corazón de muchas mujeres y hombres que han visto en los fracasos financieros, en la crisis medioambiental, en la catástrofe alimentaria y en la llamada 'guerra contra el terror', los síntomas del nihilismo post-ideológico.

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