lunes, 6 de abril de 2009

CONTRA EL NARCISISMO DEL AHORA

Existimos en una matriz de discursos siempre perimidos. Siempre llegamos tarde a nuestro tiempo. Eso es lo que tiene vivir bajo el imperio de la moda. Abocados a lo novedoso (que siempre viene desde el futuro), cuando finalmente reconocemos lo actual, este ya pertenece al pasado.

Se ha instalado en la Argentina, una reivindicación intransigente de la oportunidad de hoy (de lo que ahora tenemos entre manos, de la ocasión histórica) que el pasado y el futuro dan la impresión de poner en entredicho, incluso boicotear.

El 'ahora' reivindicado por algunos, quiere ser un ahora absoluto, radical, quiere ser un ahora libre, autónomo. Por un lado, escindido de las ataduras y obligaciones que tenemos con el pasado, con aquellos que nos han precedido, con quienes han sido 'heridos en su integridad corporal y personal'. Por el otro, libre de las demandas de responsabilidad que nos llegan desde el futuro por parte de aquellos aun no nacidos que exigen condiciones apropiadas para su existencia hipotética.

El pasado fue un presente pleno de promesas. Promesas incumplidas que aun exigen cumplimiento. Algunos ciudadanos de la patria actual pretenden no cumplir con su deber para con aquellos que se han ido o para con aquellos que sufren las injusticias de ayer.

Estar en el presente significa ser destinatario de un pasado, beneficiario de una heredad que trae consigo responsabilidades ineludibles. Pero para muchos ese pasado quiere ser clausurado: el pasado se condena por ser pasado, por ser historia.
"La Argentina es hoy", repiten. "Dejemos que el pasado sea pasado", es decir, que se convierta en olvido.

La memoria es dar ciudadanía a quienes ya no están, darles el lugar que les pertenece en el relato de lo que somos.

Pero eso no es todo. Quienes reivindican este "ahora" desvinculado, autónomo, irresponsable, no sólo pretenden silenciar el pasado sino también el futuro. No quieren que hablen los que nos precedieron, ni quieren que hablen los que aun no han llegado a nuestro mundo, porque unos y otros parecen complotar contra las promesas narcisistas del ahora.

Las identidades tiene algo de eterno que sólo se pone de manifiesto en el tiempo. Ningún instante es la totalidad, pero 'cada segundo, como señalaba Walter Benjamin, es una pequeña puerta por la que podría aparecer el Mesias'.

El 'nosotros' que somos no es como los objetos de ubicación simple estudiados por las ciencias naturales. Argentina no es un lugar, ni la suma de sus ciudadanos, ni el conjunto de las instancias históricas que la protagonizan como tal, aunque tampoco es algo diferente. Argentina es una entidad irreductible, no por ello menos real, en la que participamos ofreciendo nuestro relato en ese proceso siempre inacabado de auto-interpretación en el que intentamos decir lo que somos en vista de lo que fuimos y aquello a lo que aspiramos a convertirnos.

Contra aquellos que pretenden desentenderse del pasado, cabe esgrimir las promesas que no llegaron a ver la luz del día y por las cuales se sacrificaron nuestros antepasados. Contra aquellos que pretenden desentenderse del futuro, cabe esgrimir la posibilidad del no-ser que imponemos a las generaciones futuras.
De este modo, el pasado y el futuro se solidarizan contra el presente narcisista que pretende absolutizarse.

Voy a señalar dos cuestiones que ilustran esto que estoy intentando torpemente plantear ahora mismo y que ejemplifican esta fascinación obnubilada y destructiva que reina en nuestra patria.

La primera cuestión gira en torno al intento reiterado por desprestigiar la reescritura de la historia reciente con la excusa de que dicha reescritura, dicha memoria creativa, se ha convertido en un obstáculo para 'crecer'.

La segunda cuestión es el silenciamiento concertado ante la apuesta codiciosa de la agro-industria que se niega a participar en cualquier tipo de debate en torno al patrimonio común de las generaciones, "la tierra viva", que se encuentra en peligro de convertirse en "tierra muerta".

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