jueves, 2 de abril de 2009

G-20: EL FUTURO DE TODOS

La foto debía ser como los daguerrotipos que recuerdan una fecha ilustre en la que el mundo cambió de dirección irremediablemente.

Dicen que Hegel vio pasar a Napoleón bajo su ventana en Jena, y supo que presenciaba el final de la historia.

Sin embargo, pese a los artilugios mediáticos, el G-20 no acaba de convencernos, a nosotros que miramos desde la ventana el paso del tiempo. ¿Por qué? Puede que sea como dice Atilio Borón, a la reunión del G-20 que debía destronar una manera de hacer el mundo, le ha faltado lo más fundamental: la filosofía.

Es conocido el interrogante, pero no está de más reiterarlo para ponernos frente a los ojos aquello que es más esencial:
¿Por qué el ser y no la nada?
O para decirlo de otro modo, ¿qué es lo que nos mueve a la preservación?
y ya puesto en la faena, ¿qué bienes son los que nos convocan? ¿a qué Dioses sirven nuestros gobiernos?
Siempre hay un Dios (visible o invisible) detrás de los mandatos de los gobernantes terrestres.

Hay momentos en los que el lenguaje dice mucho más acerca de nuestras creencias implícitas que nuestras explícitas articulaciones.
¿Salvar la economía? ¿Salvar el sistema financiero?

El reinado de lo económico parece resistir las embestidas de la plebe. Da que pensar que la crisis en torno a la cual nos jugamos el destino, además de económica, sea medioambiental, alimentaria, laboral, hídrica, institucional, y un largo etcétera.

Ahora hay que preguntar de verás:
¿Para qué y para quién se toman las medidas que se toman?
¿Quiénes son los destinatarios reales de nuestros planes de ayuda?
¿Cuáles son los bienes a los que nos aferramos?

Asomados a las ventanas, ajenos a los cálculos de tecnócratas y abanderados, recibimos las decisiones con una mezcla de incredulidad e impaciencia. Mientras el sufrimiento de lo muchos se expande y el futuro de todos se estrecha, nos preguntamos a quién representan estas gentes que dicen representarnos.

Esa es la pregunta más sencilla y más urgente de la política, la única que debería incumbir a los hipotéticos ciudadanos libres de las presuntas sociedades democráticas en las que vivimos.
No es baladí la cuestión cuando el barco se hunde y no hay botes salvavidas para todos.

Hace muchos años Soren Kierkegaard habló alegóricamente de nuestro mundo como de un gran navío que avanza alocado a través de peligrosas aguas nocturnas mientras su capitán, indiferente al peligro, festeja con el resto de los pasajeros en las salas de juego. De nada valen las suplicas, nos dice Kierkegaard, de un único pasajero que sospecha y anuncia el peligro.

La alegoría se convirtió en un acorde de realidad con el hundimiento del Titanic. El pretendido progreso que se nos inculcaba, supimos, podía llevarnos a una catastrofe.

'A toda máquina', exclamaban.
'Llegaremos a Nueva York antes de lo previsto'.

La arrogancia de los ingenieros, la imbecilidad cómplice de los oficiales y la pretensión de los inversores, unidos, produjeron aquel crimen atroz.

Una nueva catástrofe, un nuevo acorde de la alegoría kierkegaardiana estamos viviendo en estos días. Mientras escribimos estas líneas, hay ya muchos que se han ahogado, y otros han caído al agua y patalean sin esperanza. No saldrán con vida del evento.

Mientras tanto, los ricos en la cubierta organizan los botes salvavidas para escapar al desastre. No veo por qué razón deberíamos permanecer como entonces, a la espera de que los oficiales organicen la escapatoria.

Sabemos lo que nos toca teniendo en cuenta el lugar que se nos han asignado en el barco.

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