martes, 28 de abril de 2009

PERVERSIDADES: ética comunicacional y complicidad ciudadana. La cuestión del glifosato.

Supongamos que se descubre que cierto producto (le llamaremos “Producto X”) es el causante de una enfermedad que afecta, sobretodo, no a los usuarios de dicho producto, sino a personas inocentes que circunstancialmente viven su vida en los entornos donde el producto se utiliza.

Imaginemos que se abre un debate para decidir si el Producto X, que está dañando seriamente la salud y la vida de individuos que no se benefician con la utilización del mismo, debe seguir siendo utilizado por sus consumidores. Es decir, se discute la prohibición o no de dicho producto.

Ahora imaginemos el debate que se sucita:

1.Aquellos que batallan por la prohibición del producto ofrecen como prueba un conjunto de testimonios corroborados por expertos nacionales e internacionales, que declaran las malformaciones y enfermedades como efecto directo de la exposición a dicho producto X. Se acumulan casos, y se alerta a la población a fin de evitar un crimen prolongado que ha sido silenciado por los productores y usuarios del producto X, pese a las muchas sospechas que la utilización del mismo había levantado desde el comienzo. Se pide la prohibición cautelar de dicho producto hasta que se demuestre fehacientemente que no produce los daños mentados.

2.A continuación, imaginemos que toman la palabra los usuarios y representantes de los productores de X. En esta ocasión, no se habla de modo alguno de los efectos nocivos del producto. Incluso puede que se ignoren completamente los informes, se los tergiverse o intente deslegitimar los mismos anunciando que sus autores y defensores están motivados en la fabricación de las mentiras debido a que son envidiosos del progreso de otros.

Lo que si se enfatiza es lo siguiente: el producto X nos ofrece toda clase de beneficios materiales, nos ha hecho crecer como nunca antes, somos más ricos y modernos, y estamos a las puertas de la prometida república en la que soñamos convertirnos. Es decir, la prohibición del producto X sería una calamidad. No debemos dejamos engañar por quienes postulan 1.

¿Quiénes somos el “todos nosotros” en esta ocasión a quienes se dirigen los defensores de 2?
¿A quiénes les hablan los fabricantes y usuarios del producto X que se enriquecen gracias, dicen, gracias al milagroso invento?
¿Quiénes serán sus cómplices esta vez?

Los usuarios del producto X nos hablan a nosostros, los no usuarios del producto X, que sin embargo, no creemos sentirnos directamente afectados por los efectos nocivos de dicho producto.

Nos dicen:

“Señores, no hagan caso de las quejas de esta gente que dice estar aquejada por la utilización del producto X. Si lo hacen, será peor para ustedes, porque el país entrará en la bancarrota y sus vidas serán miserables. Volveremos al pasado, a la miseria, a no ser nadie, perderemos todos los logros que hemos conseguido (de lo que se desprende que las cosas no han estado tan mal para esta gente) Y continuan: ¡Escuchar a los defensores de 1 es equivalente a renunciar al progreso y al futuro!

Muy bien. Hemos entendido el ultimatum. También hemos entendido el dilema moral.

Por un lado tenemos a una parte de la población que debe pagar con sus vidas, con su calidad de vida y con sus órganos (literalmente) el sometimiento a un entorno envenenado.

Por el otro, una población (Productos y usuarios del producto X, y otros no usuarios que creen beneficiarse indirectamente del progreso de los Productores y usuarios de X) que no están dispuestos a hipotecar su futuro debido a la debilitante benevolencia tonta y compasión idiota de izquierdistas y naturalistas sin cerebro que no aprecian el beneficio que los sacrificios de hoy nos deparan en el futuro. (Claro que los sacrificios no son nuestros, sino de esta pobre gente que nunca cuenta en nuestros cálculos)

En vista de los “argumentos” ofrecidos, la población vuelve a ofrecer el veredicto solicitado por Pilatos. No hay que prohibir X. ¡Que se crucifique al inocente!

Para evitar la vergüenza es posible que se administre alguna medida “cosmética”. Lo importante es el futuro, nuestro futuro, “el futuro de todos”.

Ahora nos toca imaginar al niño A con sus riñones destrozados para toda la vida.

O al niño B con los miembros deformes para toda la vida.

O al feto C destrozada para siempre su promesa de ser alguien en este mundo debido a los efectos del producto X.

También concedamos que muchos de los defensores de la postura 2, pese a ser los privilegiados que se benefician con la utilización de tan sospechoso producto, son los mismos que se niegan a colaborar impositivamente a las arcas públicas con el fin de expandir servicios básicos como la salud de la población que ellos mismos ponen en peligro, mientras se rasgan las vestiduras por los despilfarros del Estado que no hace otra cosa más que robarles lo que han logrado con el duro trabajo.

¿Quién será entonces responsable de la maldad? ¿Quién será responsable de la barbarie?

La historia se repite. Los poderosos nos engañan, nos hacen cómplices de sus porquerías. Así fue en el pasado: ocurrió con los muchachos de Chicago, en la época menemista y vuelve ha ocurrir ahora. Como rebaños de imbéciles y cretinos nos dirigimos sin desvío al corral de nuestra perdición moral. No escarmentamos.


Recordemos:

Hace algunas décadas, se argumentaba que no se podía establecer la relación causal entre el consumo de cigarrillo y enfermedades como el cáncer de pulmón. Las políticas sanitarias se enfrentaron a las poderosas empresas tabacaleras cuando el porcentaje de los "fallecimientos por lo obvio" comenzó a convertirse en un problema para las arcas públicas. En aquella época lejana, los maridos fumaban en los pasillos de los hospitales mientras esperaban el nacimiento de sus hijos; fumaban las embarazadas; fumaban los niños porque todos fumábamos sin darle un segundo pensamiento al humo que pese a producir vozarrones pastosos, debía fingirse inocuo.

Con lentitud, se han ido implementando políticas para reducir el consumo de la nociva droga, amputando sus beneficios a través de impuestos, reduciendo su presencia publicitaria y restringiendo su consumo en los espacios públicos, a fin de revertir décadas de voluntaria ceguera por parte del poder político inducida generosamente por los interesados. Hay quienes se resisten, pero no hay quien niegue los males que produce.

Algo similar ocurrió con las políticas ecológicas. Durante muchos años fue obsesión de “radicales” desvariado y enemigos del progreso. Hoy, periodistas, estrellas de cine y políticos retirados se dedican a hacer campaña por preservar la naturaleza. Incluso las empresas que contaminan se adhieren publicitariamente a un bien que todos reconocemos: un planeta verde. Sin embargo, hace algunas décadas, algunas de esas empresas eran las que articulaban para las masas un discurso que denunciaba la disparatada creencia de que la actividad humana pudiera producir un efecto de deterioro en el ecosistema.

Estos ejemplos deberían ser suficientes para quienes, actualmente, se encuentran vacilantes ante cuestiones análogas.

No deberíamos dejarnos engañar por las campañas mediáticas-publicitarias que periodistas, analistas, técnicos de toda índole, aportan. La mayoría sostienen como argumento a su favor la ausencia de evidencias en su contra para justificar la legalidad de los productos que promueven, como si la política sanitaria estuviera obligada a someterse a garantías procesales a la hora de prevenir y proteger a la población.

En este caso me estoy refiriendo a los efectos criminales que la utilización de los desfoliantes utilizados en la producción de la soja transgénica están produciendo en algunas poblaciones argentinas y el carácter expoliador que el modelo de producción actual tiene si lo pensamos desde la perspectiva de las hipotéticas generaciones futuras.

Pese a que los dos grandes empresas de noticias de la Argentina (La Nación y Clarín, próximos al negocio agroindustrial en sus intereses) hayan silenciado importantes informaciones de interés público, hemos sabido que los estudios del CONICET (no son los primeros) han demostrado que existe una relación causal directa entre la exposición de mujeres embarazadas a dosis tres mil veces inferiores a las habituales en zonas de producción y las malformaciones a sus embriones y fetos. Aunque existen innumerables testimonios de los habitantes de algunos poblados que denuncian los efectos nocivos de estas prácticas y la ilegalidad de las mismas en vista a que atentan al derecho a habitar un entorno saludable, los grandes medios han preferido silenciar dichas cuestiones.

La nota que sigue a continuación fue editada por el diario La Nación en su campaña por aterrorizar a la población ante la posibilidad de que se sepa la verdad largamente anunciada.

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1121563

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