jueves, 25 de agosto de 2011

LA LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO


Cristina ganó con más de 50% de los votos. Algunos exaltados, renunciando al espíritu del sistema político que nos rige, retrucan: “eso quiere decir que hay un 50% de ciudadanos que no la quieren”.

Ahora ni siquiera la mayoría absoluta les es suficiente para reconocer la legitimidad a su gobierno, se le exige una unanimidad que ni siquiera el creador logró entre sus ángeles.

Como ha señalado la socióloga de Carta Abierta María Pía López, el Kirchnerismo es un gobierno reformista cuya base militante por momentos adopta un vocabulario “revolucionario” que resulta problemático, pues lo hace blanco fácil de la acusación de “impostura”.

El llamar “reformista” a los gobiernos de Néstor y Cristina no es poco. En una época de renovado conservadurismo y políticas sociales regresivas en el mundo entero, apostar por el reformismo social es toda una proeza de autonomía política e ideológica.

Nosotros mismos hablamos en una entrada anterior de una Ekklesia kirchnerista. No lo hicimos de manera despectiva ni irónica. Constatamos en el escenario militante una retórica simbólica que el triunfo aplastante obliga a revisar (López habla de la necesidad de secularizar dicha retórica, lo cual justifica nuestra alusión a la Ekklesia). Esto es así si reconocemos la existencia de un kirchnerismo de dos velocidades. La tentación de las élites de elevar las prácticas de las mayorías a los criterios de la militancia puede resultar en un fracaso.

Ahora bien, esta secularización no sería posible ni deseable si no se comenzara a vislumbrar o entrever una integración extensiva de los horizontes morales asumidos por el kirchnerismo y el cristinismo.

Mal que les pese a los opositores furibundos, los gobiernos de Néstor y Cristina son, sin lugar a dudas, y quedarán en la historia, como gobiernos que se articularon sobre el fundamento ético-político de los derechos humanos y todo lo que ello supone.

Esa articulación ha ido mutando, y con ello profundizando y extendiendo el horizonte moral que lo inspira a esferas que se concebían ajenas a las políticas de la memoria y la reparación. Esto obliga, en línea con lo expuesto por la socióloga de Carta Abierta, a una secularización de los discursos y los gestos que acompañe la extensión de los cambios que se han producido en el imaginario social.

Como señala López, por un lado, es necesario reconocer que entre 1973 y 2011 han cambiado muchas cosas, lo cual hace imposible un retorno a las concepciones que se sostenían en aquellos años, problematizando de ese modo su retórica reivindicativa sin más. Por otro lado, la asunción cultural de ciertas reivindicaciones nucleares por parte de sectores en principio no comprometidos con dichas causas, puede y debe dar lugar a una secularización de la retórica militante para permitir la integración de dichas reivindicaciones en el trasfondo tácito de la sociedad.

Por lo tanto, como yo lo veo, el cristinismo está llamado en esta nueva etapa que se abre a normalizar las reivindicaciones históricas convirtiéndolas en banderas nacionales que trasciendan las generaciones y las particularidades: ¿De qué otro modo sino puede entenderse el concepto de “profundización” cuando hablamos del modelo, si además del aspecto “comprensivo” de dicha profundización no advertimos la importancia de extender las nociones de justicia y reconocimiento a las que aspiramos?

Estos ocho años de gobierno forman parte de una larga lucha por el reconocimiento que la ciudadanía finalmente asumió (mal que les pese a quienes pretenden ofrecer una interpretación reduccionista de los factores del acompañamiento). Se trata, en buena medida, de un punto de inflexión que pone de manifiesto una enorme madurez de la ciudadanía, teniendo en cuenta la encrucijada electoral que se nos planteó: frente a las alternativas discursivas y simbólicas en las que nos jugábamos el destino; y la cautividad a la que se pretendió someter al electorado por medio de un poder comunicacional que se saltó todos los límites deontológicos, desenmascarándose de manera vergonzosa.

Por lo tanto, el triunfo de Cristina debe leerse no sólo en clave funcional, sino también en clave cultural. Elegimos no sólo el bienestar relativo que ha provisto la fortuna y la eficacia administrativa, sino una identidad. Lo cual es doblemente extraordinario si pensamos esta elección como el resultado de un arduo proceso “terapéutico” ante la profunda crisis identitaria que se manifestó con todo su furor en el 2001, cuando definitivamente no sabíamos quiénes éramos, ni hacia dónde íbamos.


Esta recuperación, estos signos de salud social, no son fruto del azar. Son producto, primero de un diagnóstico certero de época que se trazó en aquellos días de mayo del 2003 cuando el nuevo gobierno de Néstor Kirchner asumió la responsabilidad de su tiempo y emprendió un programa de recuperación de la memoria que, en principio, se hizo cargo de los traumas sociales producidos por el genocidio llevado a cabo por la dictadura, para luego emprender un extenso programa de reparación social que aún se encuentra en progreso, para desanudar la complejidad de nuestra herencia neoliberal.

Por lo tanto, se trató (y aun se trata) de recuperar la memoria histórica, no sólo de las víctimas de los años genocidas, sino también, de las víctimas del neoliberalismo noventista que continúo el proceso de aniquilación por otros medios.

Este reconocimiento a las víctimas (entre las que nos encontramos en buena parte “todos”, como miembros de esta nación) tiene como eje central la noción de derechos humanos entendidos éstos de manera integral. Por un lado, como decíamos, ofreciendo reparación moral a través de la justicia y el otorgamiento de la palabra testimonial que abre el camino a la dignificación de las víctimas de la violencia genocida. Por otro lado, por medio de la reparación redistributiva, la actitud solidaria y el reconocimiento del valor inherente de las víctimas que el capitalismo excluyente convirtió en residuos sociales, y ante las cuales la oposición afiebrada intentó responder con un discurso de mano dura que confirmaba la exclusión y negaba el reconocimiento de igualdad que es la única solución a los males que nos acechan.

El Duhaldismo (tras el cual se enfilaron una buena cantidad de votos del PRO) y el actual Alfonsinismo representan lo peor del pasado (paradójico cuando se piensa en el énfasis que han puesto, cada uno a su manera y en su medida, en la necesidad de no mirar hacia atrás, y ocuparse exclusivamente del presente y el futuro). Duhalde y Alfonsín representan hoy el miedo de una parte de la sociedad argentina, todavía enferma, ante la posibilidad de tratamiento y eventual curación. Representan esa parte dubitativa del electorado, sumisa ante los poderes fácticos y el odio.

El kirchnerismo, en cambio, pese a algunos desaciertos evidentes, ha sabido sostener la audacia ante el peligro y avanzar a través de los difíciles senderos de la reconstrucción hacia un nuevo amanecer.

1 comentario:

Gloria dijo...

Me encanta su reelección, me encanta que se trate de una mujer. No sé, como lo ves es una visión optimista sí. En Colombia a mediados del gobierno Uribe después de haber alentado y respaldado jurídicamente el paramilitarismo, los problemas se diversificaron. Se plantearon e implementaron programas de reparación justicia y paz, restitución de tierras frente al desplazamiento forzado, el que se dio de una forma masiva, intentando reparar el daño. Por otro lado se tomaron medidas psico-sociales para los reinsertados se emprendieron planes de restitución de derechos a todos los niveles, entre ellos a los niños huérfanos de la guerra. Pero las fosas comunes los cadáveres de mujeres, niñas y niños son una imagen bárbara de algo que nunca en la historia de mi país se había dado.
En estos procesos los jefes paras han pedido perdón públicamente, por edicto han comparecido ante las víctimas y pagado indemnizaciones a los despojados. Han conseguido disminución de penas además.
Pero como suele suceder aparecieron otros grupos criminales sin ideología o conciencia política, como nunca antes la historia de mi país había registrado y pues francamente tengo mis dudas sobre si no son simplemente políticas, negociaciones, necesarias y civilizadas.
Los cadáveres por otra parte, han dejado de ser anónimos en las fosas comunes, los desplazados ya conocen la suerte de sus familias, pero el vacio profundo abismal, de la ausencia violenta, jamás emergerá, hasta que el tiempo y la asombrosa capacidad del ser humano para adaptarse le permitan curar heridas que sangraran por la historia de generaciones creciendo con las imágenes de las masacres de sus pueblos.
En otras épocas que no alcanzan las dimensiones actuales, pero si la vivencia común del terror, también mi madre, mis tíos y abuelos fueron perseguidos por sus ideas políticas y casi fusilados en el parque en los años 50 .
Parece ser que siempre hay hombres dispuestos a inventar motivos inspirados por el poder y el miedo hacia el otro, para la guerra.