CRUZADOS DE LA LIBERTAD. RELIGIÓN Y POLÍTICA EN AMÉRICA LATINA

 El 31 de octubre, La Nación informó sobre un nuevo acercamiento de Javier Milei a las iglesias evangélicas argentinas. El presidente y su hermana Karina participaron en una celebración religiosa en la Casa Rosada, convocada con motivo del Día Nacional de las Iglesias Evangélicas y Protestantes. Milei habló durante veinte minutos. Ese mismo día tenía previsto participar en la inauguración de un templo en Neuquén, dirigido por Hugo Márquez, padre de Nadia Márquez, senadora de La Libertad Avanza.

La crónica contiene un detalle significativo. Uno de los participantes señaló que Milei no habló de la situación social que los pastores conocen debido a su presencia territorial de comedores y merenderos. Habló de la «reserva moral». Mientras las organizaciones religiosas atienden necesidades que las políticas públicas no satisfacen, el presidente les propone una comunidad de valores (Rossi, 2026).

Horas después, ante alrededor de dos mil quinientos integrantes de la congregación evangélica «Jesús es Rey», Milei defendió los derechos a la vida, la libertad y la propiedad. Sostuvo que respetarlos constituye una exigencia de justicia y reclamó perseverancia y convicción para sostener ese compromiso. También elogió la labor educativa, sanitaria y social de la comunidad religiosa (La Nación, 2026). La secuencia pone de manifiesto dos dimensiones de este proyecto: la búsqueda de legitimidad religiosa y la presentación de la propiedad privada como principio moral de organización social.

La aproximación del gobierno libertario a estas iglesias contrasta con los enfrentamientos que marcaron las relaciones de Milei con el catolicismo argentino. En 2023, el presidente argentino llamó despectivamente «comunista» al papa Francisco. Lo acusó de promover una concepción de la justicia social incompatible con la libertad económica. Sus declaraciones provocaron una reacción inmediata de los sacerdotes que trabajan en las villas y los barrios populares de Buenos Aires. En septiembre de ese año celebraron una misa de desagravio en la villa 21-24. Defendieron la figura del papa, pero también, explícitamente, la justicia social y la responsabilidad del Estado frente a la pobreza.

El conflicto era ideológico. Francisco ponía en cuestión una concepción de la economía que es capaz de producir riqueza al tiempo que abandona a sectores inmensos de la población. Milei, por su parte, sostenía que la justicia social constituía una forma de «apropiación ilegítima» de los recursos de los individuos. Lo que estaba siendo puesto en cuestión era el significado moral de las relaciones económicas. Después se produjeron gestos de reconciliación que condujeron a recuperar cierta normalidad en las relaciones institucionales, sin que ello significara una superación de las diferencias de fondo.

La religión de la nueva derecha

El acercamiento a sectores evangélicos de Milei tiene un antecedente político relevante en Brasil. Durante las últimas décadas, el crecimiento de estas iglesias evangélicas transformó el paisaje religioso latinoamericano y modificó sus relaciones con el poder. Algunas de estas organizaciones construyeron medios de comunicación, instituciones educativas, redes de asistencia y estructuras de representación. Su presencia parlamentaria adquirió una importancia creciente (Pérez Guadalupe, 2025).

Jair Bolsonaro comprendió las posibilidades políticas que suponía esta transformación. Algunos pastores y organizaciones contribuyeron a presentar su proyecto como una defensa de la familia, la autoridad, la propiedad y los valores cristianos frente a una amenaza identificada con «la izquierda». En determinados sectores, la llamada teología del dominio proporcionó un lenguaje para concebir la participación política como parte de una misión religiosa orientada a transformar las instituciones y el orden social. La movilización evangélica contribuyó, de este modo, a consolidar una coalición conservadora con capacidad electoral e institucional creciente (Pereira, 2023; Sendra, 2023).

La religión proporcionó un lenguaje moral para organizar la confrontación política. Los adversarios dejaron de representar únicamente programas alternativos de gobierno y comenzaron a ser presentados como enemigos de un orden moral que debía ser restaurado. La disputa política adquirió, en estos sectores, los rasgos de una lucha por la orientación religiosa y cultural de la sociedad.

Esta representación tenía conexiones que excedían las fronteras brasileñas. El sionismo cristiano, presente en distintas corrientes evangélicas, atribuye al Estado de Israel un lugar particular en la historia religiosa. Algunas de sus expresiones proceden de interpretaciones proféticas; otras vinculan el apoyo a Israel con compromisos políticos, culturales o estratégicos. En Brasil, estas corrientes contribuyeron a reforzar una relación que Bolsonaro convirtió en uno de los signos de su política exterior (Freston et al., 2025).

Las banderas israelíes comenzaron a ondear junto a las brasileñas en las manifestaciones bolsonaristas. Israel representaba una referencia religiosa, pero también un modelo de poder militar, inteligencia, tecnología y seguridad. Su defensa se integró en un imaginario político que presentaba a Occidente como una civilización amenazada por el comunismo, el secularismo y las transformaciones culturales contemporáneas. La reivindicación de los valores cristianos, el nacionalismo y el anticomunismo proporcionó un lenguaje compartido a movimientos que, pese a sus diferencias nacionales y doctrinales, reconocían enemigos comunes.

Milei llega a esta constelación con su propia herencia ideológica. Su programa económico no coincide con el nacionalismo de Bolsonaro y su relación con Israel no se articula a partir del sionismo brasileño. Sin embargo, estas diferencias no impiden que se incorpore en un campo de fuerzas que se consolida a través de alianzas personales entre dirigentes e instituciones afines ideológicamente, símbolos y una clara identificación de un «enemigo» común.

En junio de 2025, Milei se reunió con Benjamin Netanyahu en Jerusalén. Ambos anunciaron un entendimiento en defensa de la democracia y la libertad, contra el terrorismo y el antisemitismo. El presidente argentino presentó la relación con Israel como una alianza fundada en valores comunes. Una vez más, habló de la defensa de Occidente, de la propiedad privada y de la necesidad de hacer un frente común entre las naciones que comparten estos principios (Presidencia de la Nación Argentina, 2025).

En este escenario, Estados Unidos ocupaba el centro de orientación geopolítica para Argentina, mientras Israel se presentaba como un aliado estratégico. Argentina aspiraba a convertirse en uno de sus principales representantes latinoamericanos de esta constelación. La proximidad con Trump, el apoyo al bolsonarismo y el enfrentamiento con Lula se convirtieron en definiciones públicas de la política exterior del gobierno de Milei. 

La reorganización del poder en América Latina

Los acontecimientos de Brasil a finales de octubre permiten observar el funcionamiento de este entramado de solidaridades. Flávio Bolsonaro perdió las elecciones presidenciales del 25 de octubre frente a Luiz Inácio Lula da Silva y se negó a reconocer el resultado. Mientras la justicia brasileña reclamaba la entrega de sus pasaportes, abandonó el país a través de Argentina, tomó un avión privado que hizo escala en Ecuador y llegó a Miami acompañado por su familia. Una vez en Estados Unidos, rechazó la legitimidad de la victoria de Lula, agradeció públicamente la ayuda de Milei y encontró acogida en el país gobernado por Trump, aunque Washington no reconoció sus pretensiones de representar al gobierno legítimo de Brasil (Reuters, 2026a; Reuters, 2026c).

La controversia alcanzó el terreno diplomático cuando la Cancillería brasileña convocó a la encargada de negocios argentina en Brasilia para solicitar explicaciones sobre la posible participación del gobierno de Milei en la salida de Bolsonaro. El canciller argentino negó que hubiera existido ese requerimiento, pese a las informaciones publicadas por distintas agencias internacionales (Reuters, 2026b; EFE, 2026). La secuencia revela algo más que una coincidencia de afinidades ideológicas: un dirigente de la extrema derecha brasileña desconoce el resultado electoral, abandona su país mediante una ruta que atraviesa territorios gobernados por aliados políticos y recibe protección en Estados Unidos. El agradecimiento a Milei y la reacción diplomática brasileña muestran que estas relaciones tienen consecuencias prácticas y no se limitan a declaraciones de solidaridad.

El episodio recuerda la salida de Jair Bolsonaro hacia Estados Unidos después de su derrota electoral frente a Lula en 2022. Las circunstancias de ambos desplazamientos fueron diferentes, pero la reiteración permite reconocer una orientación política: Estados Unidos funciona como espacio de acogida para dirigentes del bolsonarismo enfrentados al gobierno brasileño. La disputa brasileña aparece, de este modo, como parte de una confrontación más amplia por la orientación política del continente.

Obviamente, la disputa excede a una familia política brasileña. Afecta al gobierno de la principal potencia sudamericana y a la orientación política del continente. América Latina ocupa nuevamente un lugar central en la estrategia estadounidense. Su historia está atravesada por intervenciones militares, golpes de Estado, operaciones de inteligencia, sanciones económicas y mecanismos de subordinación financiera. Las condiciones históricas y los instrumentos cambian, pero permanece la disputa por el control de los recursos, la orientación de sus economías y la autonomía de los gobiernos.

La ofensiva estadounidense en América Latina no responde a un procedimiento único. Combina la presión económica y la intervención militar contra gobiernos considerados adversarios con el fortalecimiento de alianzas políticas, militares y comerciales con aquellos que aceptan las prioridades estratégicas de Washington. En Cuba, Estados Unidos ha intensificado el bloqueo económico y la presión sobre el suministro de petróleo, agravando una crisis energética que afecta directamente a las condiciones de vida de la población (Sherwood y Párraga, 2026; Congressional Research Service, 2026). En Venezuela, la intervención militar del 3 de enero de 2026, que culminó con la captura de Nicolás Maduro, abrió una nueva etapa de subordinación política y económica. El gobierno interino de Delcy Rodríguez ha restablecido relaciones con Washington y suscrito acuerdos que conceden a Estados Unidos una influencia decisiva sobre importantes recursos petroleros venezolanos (Curtis, 2026).

La otra dimensión de esta ofensiva consiste en consolidar gobiernos aliados que contribuyan a reorganizar las relaciones de poder en el continente. En Colombia, la llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia representa el ascenso de una extrema derecha que combina el neoliberalismo económico, el autoritarismo securitario y la tradición militarista del uribismo. Su gobierno ha abandonado la orientación diplomática de Gustavo Petro, incorporado Colombia al Escudo de las Américas y profundizado la cooperación militar con Washington. El reconocimiento de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, territorio sirio ocupado y anexionado ilegalmente por Israel, constituye una expresión particularmente significativa de su alineamiento con Trump y Netanyahu (Torrado, 2026; Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia, 2026). En El Salvador, Nayib Bukele ha consolidado un régimen caracterizado por la concentración del poder, el encarcelamiento masivo y la restricción de garantías fundamentales. Su cooperación con Estados Unidos en materia migratoria y de seguridad, junto con el reciente despliegue de tropas salvadoreñas en Haití, muestra la proyección regional de un modelo político que privilegia la coerción como respuesta a los conflictos sociales (Reuters, 2026e). Argentina, bajo Milei, constituye uno de los alineamientos ideológicos más explícitos con Washington e Israel, acompañado de una profunda reestructuración económica y de una política exterior subordinada a esa alianza.

Brasil ocupa una posición diferente en esta configuración. Su peso económico, político y diplomático, junto con la orientación internacional del gobierno de Lula, lo convierten en un obstáculo para la consolidación de un bloque continental subordinado a Washington. La reelección de Lula, las sanciones estadounidenses contra autoridades brasileñas y el respaldo internacional al bolsonarismo muestran que la disputa por la principal potencia sudamericana constituye uno de los escenarios decisivos de esta confrontación (Reuters, 2026f). La intervención estadounidense no consiste únicamente en imponer condiciones a gobiernos adversarios, sino también en fortalecer a sus aliados y debilitar las alternativas políticas que cuestionan su predominio. La convergencia entre Trump, Milei, Bolsonaro, Bukele y De la Espriella adquiere su significado dentro de esta reorganización de las relaciones de poder en América Latina.

La economía política de la libertad

La retórica de la libertad proporciona un lenguaje común a esta reorganización política. En su nombre se reclama la apertura de mercados, la reducción de regulaciones y la ampliación de las facultades del capital privado. Al mismo tiempo, se reivindica una concepción de Occidente fundada en la defensa de la propiedad, la autoridad y determinados valores religiosos. La aparente contradicción entre la exigencia de reducir el Estado y la demanda de fortalecer sus funciones represivas desaparece cuando examinamos qué actividades deben ser abandonadas por los poderes públicos y cuáles deben conservarse.

David Harvey mostró que el neoliberalismo no podía comprenderse como una simple reducción del Estado. Su historia está atravesada por intervenciones destinadas a reorganizar las relaciones entre poder político, propiedad y acumulación (Harvey, 2005). Wendy Brown examinó las conexiones entre la racionalidad neoliberal, la desdemocratización y la restauración de valores tradicionales (Brown, 2019). Melinda Cooper reconstruyó las relaciones entre neoliberalismo, conservadurismo social y transferencia de responsabilidades hacia la familia (Cooper, 2017). Estas perspectivas permiten comprender por qué la defensa de la libertad económica puede coexistir con el autoritarismo político y el conservadurismo religioso. No estamos necesariamente ante una contradicción entre proyectos incompatibles, sino ante distintas dimensiones de una reorganización de las relaciones sociales.

El nacionalismo económico de Trump no coincide con el programa de liberalización radical de Milei. Tampoco el conservadurismo evangélico brasileño puede reducirse a una doctrina económica uniforme. Sin embargo, estas diferencias no impiden la convergencia política. La defensa de la propiedad privada, la desregulación de determinadas actividades económicas y el fortalecimiento de las funciones coercitivas del Estado pueden articularse con una concepción moral que atribuye a los individuos, las familias y las organizaciones religiosas responsabilidades anteriormente asumidas, al menos parcialmente, por instituciones públicas.

Argentina permite observar algunas consecuencias de esta reorganización. Desde diciembre de 2023, el gobierno de Milei ha impulsado un programa de ajuste fiscal, desregulación y transformación del papel del Estado. El DNU 70/2023 y la Ley Bases forman parte de ese proceso. El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones establece condiciones favorables para atraer capitales de gran escala, mientras las restricciones presupuestarias afectan servicios públicos, transferencias y prestaciones sociales. La intervención estatal no desaparece: modifica sus prioridades, protege determinadas relaciones económicas y restringe recursos destinados a sostener las condiciones materiales de existencia de la población.

El conflicto en torno a las prestaciones por discapacidad muestra las consecuencias que adquieren las decisiones presupuestarias cuando afectan a personas cuya autonomía depende de apoyos institucionales. Las protestas de jubilados y la respuesta de las fuerzas de seguridad revelan otra dimensión de esta transformación. La propiedad, la inversión y la disciplina fiscal ocupan un lugar privilegiado en el lenguaje gubernamental, mientras las necesidades de quienes dependen de servicios públicos, transferencias o cuidados quedan sometidas a otras exigencias de justificación. La libertad económica se presenta como un principio universal, pero sus condiciones materiales de ejercicio están distribuidas de manera profundamente desigual.

Nancy Fraser ha mostrado que la acumulación capitalista depende de condiciones que no puede producir por sí misma: cuidados, reproducción social, naturaleza y poder público. Cuando esas condiciones son tratadas como recursos disponibles para la acumulación, se deterioran las bases que hacen posible la vida social (Fraser, 2022). Desde esta perspectiva, el desplazamiento de responsabilidades hacia las familias, las iglesias y las organizaciones comunitarias no constituye una cuestión secundaria. Forma parte de una reorganización de las relaciones entre producción económica, reproducción social y poder político.

Esta relación permite comprender el significado de la escena con la que comenzamos. Los pastores evangélicos que participan en la celebración de la Casa Rosada pertenecen a organizaciones que sostienen comedores, merenderos y redes de asistencia en territorios atravesados por la pobreza. El gobierno que reivindica la libertad económica y la reducción del gasto público encuentra en esas mismas organizaciones interlocutores para construir una comunidad de valores. La cuestión no es que las iglesias presten asistencia social, sino qué significado adquiere esa asistencia cuando las instituciones públicas restringen sus responsabilidades y trasladan una parte creciente de las necesidades colectivas hacia las familias y las organizaciones comunitarias.

El enfrentamiento de Milei con Francisco permite reconocer una contradicción que atraviesa esta reorganización política. En Fratelli tutti, el papa cuestionó la pretensión de convertir el mercado en el principio suficiente de organización de la vida social y rechazó que la dignidad humana pudiera quedar subordinada a sus resultados (Francisco, 2020). La disputa no enfrentaba simplemente dos concepciones religiosas, sino dos maneras de comprender las relaciones entre libertad, propiedad y responsabilidad colectiva. La defensa de la justicia social, que Milei había denunciado como una forma de apropiación ilegítima, expresaba una concepción de las obligaciones sociales incompatible con la primacía absoluta de la libertad económica.

Volvamos a la Casa Rosada. Ante representantes de iglesias que sostienen comedores y merenderos en barrios populares, Milei invocó una comunidad de valores fundada en la defensa de la libertad. Pero las necesidades que esas organizaciones atienden remiten precisamente a las condiciones materiales que su programa económico subordina a las exigencias del ajuste fiscal, la propiedad y la acumulación. La libertad proclamada por estos nuevos cruzados protege determinadas relaciones de poder mientras restringe las posibilidades efectivas de otros para decidir sobre sus propias vidas. La contradicción no reside en que las iglesias alimenten a quienes padecen hambre, sino en que esa asistencia pueda convertirse en legitimación moral de un orden político que contribuye a reproducir las condiciones que la hacen necesaria.

Referencias bibliográficas

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