¿QUIÉNES SOMOS?

Las sociedades no son fenómenos estáticos. El modo en el cual existimos se encuentra estrechamente vinculado al modo en que nos interpretamos a nosotros mismos. Cada evento, cada circunstancia histórica con la que nos encontramos, nos ofrece la oportunidad de afianzar nuestros proyectos pasados en el presente, o desviar nuestro camino hacia otro modelo de identidad no previsto aun.

La guerra de Vietnam fue el detonante de una aceleración en el proceso de deterioro en la auto-imagen que los Estados Unidos de América tenía de sí misma. Después de la Segunda Guerra Mundial, los americanos salieron con la frente alta y la reafirmación de la noción 'wilsoniana' de ser portadores de una misión épica en el planeta, como artífices de la esencia de un modo de ser en democracia y libertad. Sin embargo, Vietnam acabó por arruinar esa auto-interpretación benevolente y convirtió al pueblo americano en una nación alienada de sí misma.

El proceso de deterioro de esa auto-imagen siguió sin interrupción. Los gobiernos de Carter, Reagan, Bush I, y Clinton sumaron sus cuotas de cinismo y sus infiernos: Iran, Libia, Nicaragua, Salvador, Bosnia, Irak, Afganistan, y la eterna Palestina, son ejemplo de esos infiernos manufacturados por las sucesivas administraciones.

Pero el gobierno de George W. Bush alcanzó la cúspide de la contra-cara del sueño político americano, que consistía en considerarse el símbolo de las libertades dentro y fuera de sus fronteras, para convertirlo en una nación irrespetuosa de los derechos humanos, sanguinaria y mentirosa; obsesionada única y exclusivamente con su propio crecimiento, indiferente al costo humano y medioambiental que sus políticas producían en el resto del planeta, y con una política de gobierno coactiva y desdeñosa ante las responsabilidades y compromisos que impone la llamada 'comunidad internacional' en términos de su legalidad, sus instituciones y tratados. En suma, a ser considerado por una amplia mayoría de los ciudadanos del mundo el mayor obstáculo para la paz y la principal amenaza para la supervivencia del planeta. El señor Obama vendió su candidatura y alcanzó la presidencia apelando a ese sueño perdido, a la recuperación de la auto-imagen de una 'America' enterrada bajo los escombros del pragmatismo cínico.

Algunos autores insisten en que pensemos con inteligencia pragmática, y se ríen de las reacciones benevolentes y justicieras de los gobernados que se revelan contra las políticas de terror con la cuales sus gobernantes resuelven las cuestiones internacionales. En estos días criminales que inundan nuestras pantallas, hay cierta unanimidad entre el público en general que los crimenes israelíes no deberían ser permitidos. Por contrapartida, algunos intelectuales y periodistas de la nueva derecha aprovechan la ocasión para mofarse de las intenciones 'angelicales' de los movilizados.

Andre Glucksmann es un ejemplo de ello. En una nota publicada ayer en el diario El País, sostiene descaradamente, que parte importante del problema en Oriente Próximo son los 'bienpensantes' que condenan operaciones de autodefensa como la que realiza Israel en estos días. Según se desprende de su artículo, deberíamos estar apoyando el sitio y la masacre cejisjuntos pero en piña.

Utilizando argumentos tirados de los pelos y una retórica oscurantista, pretende hacernos entender que nuestra noción de 'desproporción' respecto al ataque Israelí no tiene razón de ser. Arguye que Oriente Próximo es un lugar en el mundo en el que aun no se han establecido las proporciones, un sitio en el que se lucha justamente para que esas proporciones comiencen a existir. Con ello pretende hacernos creer que la paz sólo puede alcanzarse una vez hayamos acabado con la resistencia, y los poderosos tengan las manos libres para determinar las proporciones que a sus intereses incumban. Un pensamiento similar fue el que nos llevó a Irak: la necesidad de establecer un nuevo orden mundial, que debía construirse sobre los cadáveres de cientos de miles de Iraquíes, y el recorte sistemático de los derechos civiles en occidente. Glucksmann concluye su artículo con una frase monumental: 'la lucha por la supervivencia no es una desproporción'. En fin...

Es evidente que la guerra y la violencia es 'desproporción' por definición. Pero lo que el señor Glucksmann parece olvidar es que la medida de la violencia no es algo que concierne determinar a los contendientes, no al menos en el mundo que Israel invoca, un mundo de instituciones, tratados y convenciones establecidas, consensuadas -con todas las dificultades del caso- por las naciones del planeta, para ofrecer criterios de proporción, para minimizar desastres humanitarios como los que presenciamos. Para salvaguardar de la fuerza bruta y la capacidad destructiva que la tecnología nos ha proporcionado, a las poblaciones indefensas.

El señor Glucksmann continúa su perorata riéndose de las manifestaciones contra la masacre, como en su momento otros (puede que él mismo) se rieron de otras manifestaciones en la historia: contra otras guerras, contra otros actos de colonialismo, contra el 'apartheid' en sudáfrica, contra la violación de los derechos humanos en los paises del tercer mundo, contra la esclavitud de los negros, contra el abuso continuado hacia los indigenas y la usurpación de sus tierras, contra la exclusión de las mujeres de la participación democrática, contra la pusilánime respuesta de los países occidentales a la persecusión judía en los primeros años del gobierno de Hitler, contra la guerra ilegitima en Irak, contra la violación sistemática de los derechos humanos y el campo de concentración de Guantánamo, etc.

El señor Glucksmann nos interroga: ¿Por qué no nos manifestamos cuando un atentado terrorista mata a niños inocentes en Israel? Pero la pregunta de Glucksmann es un puro sofismo. La comunidad internacional, por medio de sus instituciones, ha dado a Israel una y otra vez un apoyo unánime acerca de este extremo. Las manifestaciones callejeras y los llamados de alerta surgen justamente cuando el poder político es incapaz de ofrecer respuesta a la injusticia debido a las agendas de las partes interesadas. Las manifestaciones de oposición ocurren cuando la comunidad internacional en su conjunto, o algunos de los poderes hegemónicos, frustran los mecanismos que deberían estar a disposición de los valores que defendemos como civilización.

Lo que el señor Glucksman y otros como él parecen olvidar, en todo caso, es que la auto-interpretación de los pueblos cuenta tanto como su economía o el poder policial y militar que ejercitan. La auto-interpretación es un concepto moral, y no tiene que ver únicamente con el modo en el cual concebimos nuestros deberes, sino también, con el modo en el cual nos concebimos a nosotros mismos como agentes. Es el modo en el que imaginamos la mejor de las vidas posibles y nos abocamos a ella, y en vista de los bienes que admiramos, construimos un nosotros acordes con esos principios e ideales.

¿Quiénes somos después de Vietnam? ¿Quiénes somos después de Bosnia? ¿Quiénes somos después de Nicaragua? ¿Quiénes somos después de Irak? ¿Quiénes somos cuando damos impunidad a nuestros socios para cometer los más horrendos crímenes, al mismo tiempo que somos inflexibles con quienes no sirven a nuestros intereses?

¿Quiénes somos? Esa pregunta deberíamos estar haciéndonos, porque nuestra debilidad no tiene que ver con el crecimiento del islamismo en Europa, como he escuchado decir a algunos; ni a la permisividad de nuestras leyes; ni a la idiotez de invocar los derechos humanos mientras otros sanguinarios se aprovechan de nuestra bondad; ni de nuestra humanitaria cooperación internacional; ni en nuestras democracias, que debilitan 'hipotéticamente' nuestra efectividad; ni en nuestro sistema de salud, que sirve a vagos y maleantes, o a inmigrantes desagradecidos.

El problema está dentro nuestro. Es la traición a aquello en lo que deseábamos convertirnos. El problema es nuestra pusilanimidad, nuestra cobardía. Y en cierto modo, nuestra convicción 'secular' de que esos bienes no existen por sí mismos, sino que son fruto de nuestros deseos.

¿Quiénes somos? ¿En qué deseamos convertirnos?

Esas son las preguntas que deberían estar haciéndose los filósofos e intelectuales en estos tiempos de confusión y alienación. Todas nuestras instituciones se tambalean. Los jueces, la fuerzas de seguridad, la educación, las instituciones religiosas, los políticos.

¿Qué ha pasado con nosotros? ¿Hemos pecado de excesivo pragmatismo? ¿Nuestros miedos han vencido a nuestras convicciones? Esa es la tumba de occidente. Esa es la sombra que se desliza imperceptible sobre la superficie de la tierra. Es el ave mortífera que espera dar el zarpazo final para arrebatarnos la libertad con la que soñamos y soñamos ser.

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