jueves, 1 de enero de 2009

TRES LECCIONES DE ROBERT FISK

Durante los últimos días, intentando comprender lo que ocurre en Oriente Próximo, he vuelto la mirada en busca de alguien que me guíe en este laberinto de espanto que compone una parte crucial del trasfondo de mi vida. Entender mi vida, como ciudadano en el planeta, necesariamente implica reconocer la presencia de un conflicto permanente y sangriento que ha hecho pedazos las falsas promesas e ideales humanitarios de nuestra civilización. Pensar el mundo en el que he vivido, las decisiones que he tomado, está conectado de modo inextricable con la historia de Oriente Próximo. Esta historia esta conectada a su vez, con el genocidio judío cometido en la Alemania nazi, y la huella de violencia e incomprensión se prolonga sin interrupción al tiempo de las cruzadas, a la crucifixión de Cristo, y al exilio y la promesa de una tierra.

En vista de las atroces imágenes del cerco y la masacre de Gaza, y el recuerdo de los bombardeos de Israel sobre el Líbano hace pocos años, intento una explicación. Con la inmejorable situación tecnológica que disponemos, es difícil hacerse el distraído. Puedo pasearme sin dificultad por las páginas de los grandes medios y conocer las opiniones de los expertos sin necesidad de gastar un centavo.

Pero aparte de unas pocas excepciones, la mayoría de las crónicas resultan incomprensibles, sesgadas, irrelevantes para comprender lo que estoy buscando. Pero ¿Qué estoy buscando?

Recuerdo las primeras páginas del artículo de Leo Strauss sobre Tucídides en las que nos dice que el autor de La Guerra del Peloponeso al escribir su obra pretendía no sólo ofrecer claridad sobre la guerra, sino echar luz sobre el pasado y sobre el futuro, que él sabía, sería un reflejo de aquello que le había tocado vivir.

¿Quién mejor que Fisk para echar luz a este momento de reiterado desasociego que vive el mundo? Durante los días que siguieron, me dediqué durante muchas horas a escucharlo, a leer sus artículos colgados en la web, y extractos de sus obras.

Estamos en el sexto día de los bombardeos de Israel sobre Gaza. Aun tengo en la memoria el recuerdo de las prolongadas semanas de asedio sobre el Líbano. Aun recuerdo la incredulidad de muchos habitantes de Beirut que colgaban en Youtube sus mensajes y sus filmaciones caseras preguntándonos a nosotros, occidentales de naciones supuestamente libres, por qué razón permitíamos la masacre indiscriminada que Israel estaba infligiendo a un pueblo indefenso.

Por supuesto, Gaza no es Beirut, pero aun así, los paralelismos son atroces, y la contienda sólo puede ser el producto de la sinrazón, o esconder por el contrario una lección sobre nosotros mismos, individual y colectivamente. Para ello tenemos que poner a un lado nuestras presunciones, hacer a un lado la enojosa caricatura del terrorista que nos han inculcado con empeño durante tantas décadas, e intentar escuchar la verdad, la verdad de lo que somos, la verdad de aquello en lo que nos hemos convertido.

Pero no es fácil, no es fácil porque hemos aprendido el libreto, y la multiplicación de las analogías en nuestras vidas cotidianas es tan aterradora, que ya no queda resquicio para que la palabra Justicia vuelva a tener algún sentido. Nuestra cultura se ha vuelto cínica, y sólo quedan de sus ideales de benevolencia y equidad que alguna vez avivaron el corazón de hombres y mujeres decentes que lucharon por las causas sociales y la liberación del esclavo y el oprimido, palabras huecas, rebajadas al fango por la desvirtuación sofística del poderoso y sus lacayos: intelectuales y periodistas.

Escucho a Fisk. Lo escucho en New York junto a Noam Chomsky; en una entrevista con el periodista Riz Khan; con Amy Goodman, en Democracy Now; en Berkeley ofreciendo las lecciones de historia que ha aprendido durante treinta años de corresponsal en Oriente Proximo. Lo escucho en una docena de entrevistas más, escucho sus comentarios sobre repetidas circunstancias gemelas durante la última década. Leo sus artículos recientes en The Independent, veo sus documentales sobre Palestina, Libano, Bosnia, Hezbollah, y una docena de fragmentos de sus voluminosas obras.

¿Y qué es lo que encuentro en todas ellas? ¿Qué es lo que dice este hombre, a los hombres y mujeres de a pie, esos que reciben las más altas cuotas de sufrimiento en este mundo convulso y perverso en que vivimos?

Lo primero es que nos engañan. La prensa nos engaña. Los periodistas se han convertido en voceros del poder. No puedes fiarte de ellos.

Si te paseas por las calles, si escuchas a la gente, verás que el sufrimiento que padecen no te es indiferente, que el corazón humano está inundado de dolor e incertidumbre, que la maldad y el sufrimiento que se impone a la gente es inmenso, y que en lo más profundo de tí mismo, te importa lo que esos otros, amigos o desconocidos, padecen.

Pero si escuchas a esos medios de comunicación financiados por los grandes poderes del planeta, tu corazón se cerrará a cal y canto. Porque al poder no le importa la gente. A las grandes corporaciones, a los 'amos del mundo', el sufrimiento les resulta completamente indiferente.

Dice Fisk que la labor de un periodista no consiste en ser imparcial, y se pregunta, con rabia y con decencia: ¿Para qué arriesgar la vida (él, que la arriesgado tantas veces) por una imparcialidad que ofrece la palabra al opresor y al oprimido a partes iguales? Mi lugar, dice Fisk, esta con aquel que recibe la humillación, que es golpeado y torturado, asediado, expoliado y asesinado. Mi lugar está con el que sufre.

Y se pregunta, si la supuesta imparcialidad que pretendemos no es, como en los casos que hoy presenciamos, la prueba más evidente de la inmoralidad de las grandes cadenas y de los intereses que representan. Eso significa que el periodista debe sentir una pasión por lo humano, por estar allí donde duele, y convertir las mentiras del poder en evidencia de sus inmoralidades. No se trata de informar, dice Fisk, sino de monitorear al poder, especialmente cuando éste nos lleva a una guerra, cuando permite una atrocidad.

El siglo XX fue el siglo de los campos de exterminio, pero también de Hiroshima y Nagasaki, fue el siglo de Stalin, pero también de Vietnam, fue el siglo de las guerras pos-coloniales en África, de Timor y las masacres y genocidios cometidos a todo lo largo y ancho de Latinoamérica.

El siglo XXI prometía convertirse, según algunos ilusos o cretinos, en un siglo de diálogo y libre comercio, pero con cada día que pasa, con cada hoja del calendario que cae a nuestros pies, el error desvelado resulta más aterrador que la más oscura fabricación de nuestra imaginación.

Fisk repite una y otra vez, con un tono arrogante (que él mismo confiesa): yo estuve allí, y dije lo que estaba ocurriendo, no tienes derecho (dirigiéndose a nosotros) a decir que no sabías lo que estaba pasando. Esa es la segunda lección: Sabemos lo que esta ocurriendo, pero hacemos oídos sordos, cerramos los ojos y hacemos de cuenta que no ha pasado nada, pero la historia tiene sus propios resquicios por donde dejar en evidencia la vergüenza, pese a los esfuerzos para reescribirla.

Alguien verá a través de nuestras mentiras y descubrirá nuestra complicidad. Alguien sabrá, en algún lugar del mundo, de nuestra cobardía, de nuestra mezquindad, de nuestro cretinismo. E incluso si no es así, nos perseguirá el espejo recordando las muchas palabras que no quisimos oír, las muchas sospechas que nuestro corazón formuló y que sin embargo, acabamos silenciando para que nuestras comodidades y nuestros privilegios no acabaran resultando una responsabilidad.

Gaza, como decía en una nota anterior, es un símbolo de la opresión. Allí tiene occidente su espejo, donde contemplar su verdadero rostro. Allí puede ver su intolerancia impaciente cuando el oprimido levanta su cabeza y grita: ¡No pasarán! Allí tenemos la prueba de nuestra cruel parcialidad que hecha por tierra todas nuestras promesas de igualdad de la raza humana. Cien palestinos no valen uno de los nuestros, esos rostros feos que hablan una lengua extraña y practican una religión de fanatismo incomprensible para nosotros.

Hay otra lección que debemos asimilar: Si los gobiernos occidentales permiten el horror es porque saben, lo saben perfectamente porque es eso lo que han venido practicando desde siempre, que llegado el caso, los derechos humanos son valores prescindibles, que lo que verdaderamente cuenta es el poder.¡Estemos alerta! Nosotros, los hombres y mujeres de a pie, en todos los rincones del planeta, tenemos que defendernos del poderoso, que siempre y en todo lugar, menosprecia nuestra vida.

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