martes, 23 de febrero de 2010

EL COSMOPOLITISMO DE EUGENIO DÍAZ



Hace un par de días murió Eugenio Díaz. Fue un viejo amigo que conocí en mis tiempos “asiáticos”, como me gusta llamarlos cuando "me hago el interesante". Eugenio era un cosmopolita hecho y derecho. No pretendía, como muchos, ser un habitante del mundo, sino más bien un hombre sencillo que fue dando forma a su carácter y personalidad por medio de la ardua tarea de encontrarse con los otros, con esos que no son como nosotros.

Al cosmopolitismo de Eugenio Díaz contrapongo un cosmopolitismo imperialista que pretende hacer del mundo un lugar homogéneo. Un cosmopolitismo de personas que se reconocen idénticas en todos lados, portadoras de un carácter y una personalidad “neutra” como el inglés internacional o el castellano hispanoamericano que es de todos lados y de ninguno.

Para los cosmopolitas de la segunda categoría, todos los nacionalismos son barbarismos primitivos que estamos obligados a combatir y superar. La historia, para éstos, se dirige con dificultades crecientes hacia el ilustrado destino de una hegemonía de la transparencia. La cultura (lo cual incluye la política y la moral) se encuentra al servicio del entendimiento. En este sentido, entenderse significa superar lo disímil, encontrar un consenso que haga posible la superación de las diferencias. Para que esto ocurra, piensa la mayoría, lo que se impone es encontrar un lenguaje común que lo facilite.

Soy conciente de que lo que haré a continuación es afirmar algo más o menos arbitrario, pero nos servirá para identificar algunos patrones que a muchos nos pasan desapercibidos. Entre todas las lenguas, decía hace unos días un periodista de la BBC, comentando el encuentro de Obama con el Dalai Lama, la lengua del dinero es hegemónica. Como ha ocurrido en otras ocasiones, los derechos humanos quedarán relegados a las exigencias que impongan los negocios.

Por el contrario, hay un cosmopolitismo que no cree en procedimientos consensuales ni en fórmulas de imagen para rescatarnos del conflicto. Se trata de un cosmopolitismo que se encuentra lleno de contenido y no se articula por medio de maneras vacías aplicables a todos los contextos y artículos fetichistas que hacen la felicidad de los paseantes en todos los aeropuertos. Se trata de un cosmopolitismo finito, que no está hecho de la convicción de una “humanidad” sin rostro, sino más bien, de una muestra de “humanidad” mestiza, una identidad hecha de mezclas bien contadas.

Para los cosmopolitas de este estilo, no hay “habitantes del mundo”, sino ciudadanos que han hecho suyo identidades múltiples. Somos de Jakarta, Barcelona, Buenos Aires, Bogotá y Delhi, porque nuestro paso físico por esos lugares ha dejado una huella indeleble en nuestro carácter y nuestra personalidad. No hemos pasado indemnes por esos lares sin que éstos imprimieran en nosotros la marca de nuestro maridaje con dicha cultura. Para estos cosmopolitas, no se puede ser de todos lados, pero se puede ser un poco argentino, un poco colombiano y un poco catalán al mismo tiempo.

Para estos cosmopolitas el nacionalismo no es un fenómeno primitivo que debamos dejar atrás, sino la fuente de una identidad cuyos tesoros es indispensable preservar, como se preservan las obras de un poeta que ha dicho el mundo de una manera irrepetible.

Los cosmopolitas abstractos suelen ser moralistas porque en su pretensión de ser de todos lados anida el anhelo de estar por encima de todos. Su moral desarraigada les protege de los códigos de compromiso, de las lealtades y los gestos que los hombres de la tierra utilizan para dar la bienvenida al sol que sale cada mañana y el modo en que aprenden a llorar a sus muertos de manera determinada, de acuerdo con el culto de la muerte al que se inscriban.

Estos cosmopolitas abstractos pretenden el privilegio de imponer sus códigos en todos los puertos, desdeñando la sabiduría de las generaciones, a favor de un pragmatismo que el éxito instrumental parece confirmar.

Eugenio Díaz, despreciaba a estos cosmopolitas abstractos a quienes consideraba enemigos de la cultura y de la historia. Entre las muchas cosas que nos dejó, hoy estoy ocupado en leer sus “Cuadernos de Sumba” y su “Diario de Bangkok”, donde descubrimos a un hombre para el cual otros hombres no eran, como él mismo dijo en cierta ocasión, un lugar donde ejercitar nuestra subjetividad, sino más bien, el milagroso regalo de nuestra posibilidad de ser.

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