sábado, 4 de marzo de 2017

MAURICIO MACRI, FILÓSOFO DE LAS EMOCIONES



En una entrevista en el canal de noticias TN, Beatriz Sarlo ofreció una breve reflexión sobre el discurso de Mauricio Macri ante la Asamblea legislativa. Después de una breve reflexión en la que describió a Macri como una suerte de desheredado político, un hombre sin historia ni tradición a sus espaldas, Sarlo enunció cuatro temas, tres de los cuales serán abordados brevemente en esta nota. 


Para Sarlo estos breves momentos dentro del discurso, por lo demás sin “densidad política” (no hacía mucho Sarlo había acusado al presidente de no tener tampoco “densidad moral" por su aparente "bonhomía" ante los graves casos de linchamientos o "justicia por mano propia" ocurridos el año pasado), comienzan a definir el imaginario que sostiene teóricamente la acción presidencial.


Filosofía primera: metafísica y epistimología

La epistemología es una disciplina filosófica que estudia el conocimiento humano. La metafísica estudia la naturaleza última de la realidad.

En su discurso frente a la Asamblea Legislativa, asesorado tal vez por sus expertos en lo que concierne a la elección de las palabras (Rozintcher es quizá el más notorio entre sus asesores), pero en clara coincidencia con el talante que ha mostrado a lo largo de toda su carrera política, Macri intentó dar respuesta a esta cuestión, muchas veces minusvalorada entre quienes consideran estas alusiones a lo real como oscuros resabios de un fundamentalismo pasado de moda.

Pero, ¿en qué consiste la realidad para el presidente de todos los argentinos? Cuando escuchamos su definición, quienes recordamos las reiteradas fotografías de sus numerosos días de ocio y su empeño por mostrarse con notorio esfuerzo equilibrado y sensible, primero nos preocupamos, luego nos alarmamos y finalmente nos estremecimos ante las consecuencias de su definición. Dice Macri: la realidad es lo que sentimos, nuestras emociones.

Stricto sensu, lo que el presidente dijo fue que "nuestros sentimientos son lo más real" de la realidad misma. El carácter anti-intelectualista de la afirmación es notable, como notable es el moralismo que ha acompañado la historia del macrismo como proyecto político, definido fundamentalmente a partir de una coyuntura de exclusiva y rotunda oposición "emocional": el macrismo, como otras formas antiperonistas del pasado se definió y creció (y aun sigue haciendo uso de esa oposición para su sustentabilidad) a partir del rechazo visceral de la llamada “década ultrajada” (o perdida), K.

Definir las emociones como la realidad misma es un gesto de rotundo solipsismo. El presidente vive en su propio universo individual de emociones, como un niño que ajusta su comportamiento a los apegos y aversiones que le suscitan lo agradable y lo desagradable en el mundo. Lo real no es el escenario objetivo o intersubjetivo que habitamos todos, sino el despliegue de la actividad mono-lógica de un sujeto soberano enfrentado a un mundo que se presenta exclusivamente como alimento o veneno para ser consumido o rechazado. Pero esa actividad mono-lógica (que en público pretende representar su contrario: lo dialógico) es aún más problemática si pensamos que ni siquiera está estructurada alrededor de la acción crítica de ese sujeto, sino como mera expresión de sus emociones, impulsos y, por ende, sus caprichos.


Teoría social

La segunda definición pertenece al ámbito de la teoría social, la ciencia que estudia las sociedades humanas, es decir, a los individuos agrupados en colectividades, intentando establecer su desarrollo, estructura y función. Siguiéndole el hilo a la argumentación anterior (“lo real más real son nuestros sentimientos”), Macri redujo la sociedad al mero afecto. “La sociedad es una red de afectos”, nos dijo.

Beatriz Sarlo, con buen tacto, señaló las problematicidades de una definición semejante. Cuando hablamos de afectividad nos referimos a un universo complejo, especialmente cuando la pensamos a la luz de sociedades modernas y plurales como las que habitamos. El afecto no se refiere exclusivamente a la simpatía o la proximidad que definen nuestras relaciones con los otros; también articulan nuestras enemistades, antipatías o desprecios; e incluso la indiferencia que define nuestra relación con más extensas mayorías.

Pese a ser una definición de lo social, la frase parece remitir a la caracterización de lo político por parte de Carl Schmitt que el “primer kirchnerismo” popularizó en la escena rioplatense. Pero la remisión es errónea. Porque lo que Macri define no es “lo político” (donde la amistad y la enemistad jamás es personal) sino justamente lo que estos términos significan en el escenario ordinario, social, donde los odios son viscerales y personificados: el extranjero [es convertido en narcotraficante y delincuente]; el opositor político K [corrupto e hipócrita]; la política de los derechos humanos [cosa de locas, d oportunistas, en definitiva: "un curro"]. Obviamente, esta caracterización de la personificación es transversal a todo el espectro político, pero el macrismo, y en Cambiemos la actual diputada Elisa Carrió, han hecho un arte de esta perversión, acompañados por un aceitado aparato mediático-publicitario que los festeja.

La definición es entonces síntoma de otra cosa. Nos permite vislumbrar el escenario en el cual el presidente ha forjado su imaginario acerca del poder y su ejercicio. Me refiero al clan familiar, cuyo cemento societario consiste en una serie de “códigos de honor” que parecen remitir al origen de la familia. Un clan cuya estructura recuerda a los dones, sottocapos, consiglieris, caporegimes, etc., que estructuran las organizaciones mafiosas, tan semejantes, al menos desde el punto formal y operativo, a la estructura montada por Franco Macri, heredada luego por sus hijos, y comandada actualmente por Mauricio, quien tuvo el talento de re-articularla en el seno de su espacio político, y aspirar ahora utilizando el Estado como plataforma, en convertirla en un imperio de proyección global).

En el marco de una sociedad que pretende regirse por principios democráticos y universalistas un proyecto político que se basa en afectos de esta índole (código de lealtades y tradiciones) nos remite al muro, al antagonismo interno ineludible, a la lucha entre clanes, a territorios de dominio y campos de batalla. Es decir, a una sociedad zurcida en sus junturas de bloques no porosos, recalcitrantes; a quiebres o brechas infranqueables en donde el otro solo puede ser utilizado como justificación y sustento de la propia identidad, y al que solo se le permite vivir porque confirma nuestra propia hegemonía.

Quizá la enseñanza más brutal de nuestra historia reciente sea que la aniquilación del enemigo político conlleva necesariamente la propia desaparición o banalidad del aniquilador. En ese sentido, el macrismo parece, por un lado, lanzado de manera absurda a aniquilar y hacer desaparecer a sus enemigos políticos ("borrarlos de la historia" – un tropo caro a los seguidores de Cambiemos respecto al kirchnerismo), pero también, de manera contradictoria,  a mantenerlo con vida (vigente) para justificar su propia existencia.

Pero hay otro problema asociado con una definición de lo social que gira en torno a los afectos. Los afectos son lo más inestable, transitorio, arbitrario de nuestra base existencial. Volátiles como son, el mero ejercicio superficial del autocontrol no los contiene. Macbeth y Otelo están cautivos en sus emociones. Ellas [las emociones] se convierten en las verdaderas soberanas que habitan sus cuerpos como fantasmas en la máquina biológica. 


Y en cuanto a la ciudadanía, una sociedad definida como emotivista es una sociedad básicamente infantil, fácilmente manipulable, que invita a un totalitarismo blando;  o en el peor de los casos, a la renovación de otra tragedia totalitaria.


Filosofía política: la justicia

Finalmente, Sarlo llama la atención acerca de otro aspecto que vale la pena recalcar. En su discurso Macri señala que la sociedad y la felicidad emocional (el telos o finalidad de la política macrista) es algo que “hacemos entre todos”. Todos y cada uno de nosotros tenemos algo que aportar a la construcción colectiva. 


La expresión es un lugar común. El Papa Francisco, ha hecho de este tropo el centro de su catecismo teológico-político. El Dalai Lama nos lo recuerda de manera semejante cuando articula su ética mundial. Ambos se basan en una noción de radical interdependencia. Pero la interdependencia, la interconexión entre todos nosotros, en el caso de Francisco y el Dalai Lama, se da en un escenario cualificado en el cual se toma en consideración las diferencias coyunturales de cada uno de nosotros: los poderosos y los más vulnerables; los que tienen oportunidades y los que carecen de ellas; los que mandan y los que están obligados a obedecer. El Papa Francisco y el Dalai Lama enriquecen el llamado a la participación de todos en la construcción de un futuro común con una cláusula: cada uno en la medida de su poder. Hay un llamado explícito a la responsabilidad de los que más tienen.

Como también señala Beatriz Sarlo, esa idea está completamente ausente en la definición macrista. Yo agrego: esta ausencia es notoria, ejemplar, una forma de anarquismo conservador que apela a un Estado mínimo, y que descalifica toda vocación redistributiva. En otras palabras, una forma de igualitarismo acentuado en el lugar equivocado. En eso consiste en última instancia la pasión macrista por bajar impuestos a los ricos y elevar la presión tributaria a los más pobres. Es un igualitarismo perverso que acentúa las desigualdades distributivas, banaliza los reclamos de reconocimiento, y las injusticias en el ámbito de la representación.

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