La pregunta decisiva no es qué es la democracia, sino qué hace la democracia. La tradición liberal la concibe como un fin, como la forma política culminada de la modernidad, cuando en realidad solo es un medio: un procedimiento destinado a canalizar conflictos, administrar legitimidades y conferir autoridad a quienes gobiernan. Confundir la democracia con un fin es el inicio de una coartada moral: desplaza la responsabilidad hacia el mecanismo procedimental, hacia la forma, y desatiende lo que esa forma produce. Y lo que produce son vidas expuestas a la intemperie del poder que las explota, excluye o elimina. Una democracia puede producir horrores, y cuando lo hace, los produce «democráticamente». Ese es su punto ciego.
La cuestión palestina revela este nudo con claridad. No estamos ante una «dictadura» ni ante una «teocracia fundamentalista», sino ante la acción de un Estado que se proclama «democrático» y que, pese a ello —o impulsado por ello—, ha ejecutado durante décadas políticas de asedio, expulsión, ocupación y limpieza étnica. Para producir este horror, Israel no ha suspendido la democracia: lo ha hecho en su nombre. La democracia procedimental ha otorgado legitimidad moral y licencia para asesinar indiscriminadamente a los palestinos. El freno se ha convertido en acelerador.
Gideon Levy lo formula sin ambages. Tras el 7 de octubre, dice, Israel cambió de máscara: los impulsos que aguardaban bajo la superficie de su excepcionalismo democrático emergieron sin resistencia. La sociedad israelí —no solo su gobierno— ha validado una respuesta genocida, ha asumido la idea de que «en Gaza no hay inocentes» y ha naturalizado que la vida palestina es prescindible. No es un desvío, sino la maduración de una mentalidad política formada bajo la ocupación, consolidada por décadas de excepcionalismo moral y sostenida por la complicidad internacional. Las encuestas que cita son claras: una mayoría social respalda una política que constituye genocidio. Cualquier gesto de compasión hacia Gaza es percibido como sospecha, delito o traición. El silencio se convierte en mandato. La censura deja de imponerse: se demanda. Cuando una sociedad exige censura, la democracia deja de actuar como límite y pasa a ser su garante. Como señala Levy, los «israelíes no quieren saber».[i]
Por eso Levy sostiene que Israel también ha sido destruido. Gaza ha sido arrasada físicamente —las vidas palestinas eliminadas o reducidas a la insignificancia—, pero Israel ha sido devastado moralmente. Esta devastación implica la ruptura de la capacidad colectiva para distinguir entre justicia e injusticia, entre verdad y propaganda, entre humanidad y crueldad. Un país que legitima un genocidio trasciende su propia ruina: queda inscrito en la historia como ejemplo negativo de degradación moral colectiva.
Es en este punto donde conviene detenerse en una disputa intelectual que ilumina de manera precisa esta devastación moral: el cruce entre Judith Butler y Eva Illouz. No es un episodio marginal, sino un síntoma de la captura afectiva e ideológica de la vida intelectual israelí. La dureza con la que fue atacada Butler —por sostener que el 7 de octubre forma parte de la historia larga del asedio y la colonización, sin por ello absolver a Hamás[ii]— y la vehemencia con la que Illouz denunció la supuesta «insensibilidad» de la izquierda global[iii] revelan que los impulsos que median la reacción pública israelí son los mismos que operan en su élite cultural: miedo existencial, moralidad tribal, cierre cognitivo y una creciente intolerancia a cualquier contextualización histórica que pueda desestabilizar la narrativa nacional.
La intervención de Butler —en El País y en su conferencia en París— parte de un principio ético irreductible: no existe contradicción entre llorar las vidas perdidas el 7 de octubre y denunciar la empresa genocida dirigida contra Gaza. Comprender históricamente la violencia no es justificarla; situar a Hamás en un movimiento de resistencia anticolonial no implica absolver sus crímenes; y exigir no violencia requiere analizar las condiciones que producen la guerra. Esta posición, compleja y políticamente exigente, fue reducida por sectores sionistas a complicidad con el terrorismo. En Francia, incluso, se la trató como amenaza pública. El episodio revela la fragilidad del espacio democrático cuando colisiona con la narrativa identitaria.[iv]
La respuesta de Illouz muestra algo distinto, pero complementario: la transformación afectiva del liberalismo israelí bajo el signo del miedo, el resentimiento y la construcción de un enemigo absoluto. Su denuncia de la izquierda global encarna el mismo patrón que ella misma describe en La vida emocional del populismo: el cierre emocional de un grupo que se percibe asediado, la incapacidad para sentir el dolor ajeno y la deriva hacia un universalismo selectivo, solo activado para defender a los propios. Illouz denuncia la deshumanización, pero preserva intacto el marco que permite justificar la violencia estatal; defiende al Estado como depositario moral; y convierte la ocupación en un fenómeno secundario. Su posición —que se presenta como racional y equilibrada— está profundamente marcada por la pedagogía estatal del miedo: la enseñanza sistemática de que el palestino es siempre amenaza y que comprender su resistencia es una traición.
Aun así, conviene matizar: Illouz no es una apologeta del gobierno israelí. Durante años ha denunciado la corrupción de Netanyahu, la erosión de las instituciones democráticas, la discriminación estructural contra los mizrajíes y la deriva teocrática de la derecha. Sus advertencias sobre el populismo israelí anticiparon con lucidez la pugna interna que hoy desgarra al país. Pero ese gesto crítico convive con una persistente insensibilidad hacia la realidad palestina. Su acusación contra Butler —según la cual la izquierda global mostraría una frialdad moral ante las víctimas israelíes— es reveladora: detrás de su argumento ético se percibe un componente afectivo que opera como filtro selectivo del sufrimiento. Ese emotivismo —que ella misma analiza en su obra— permite una empatía intensa hacia el propio grupo mientras deshace, atenúa o moraliza la violencia ejercida sobre los palestinos. Illouz puede condenar la ocupación como un error trágico, pero no logra inscribirla en una estructura histórica de dominación; puede denunciar la misoginia y el racismo intraisraelí, pero encuentra dificultades para reconocer la colonialidad como marco político. Su crítica es incisiva hacia el interior del demos israelí, pero se vuelve tenue —casi abstracta— cuando debe orientar esa sensibilidad hacia quienes viven bajo el asedio. En esa tensión entre lucidez interna y ceguera externa se cifra la contradicción ética que la disputa con Butler dejó al desnudo.[v]
A esta tensión se suma un problema más profundo, derivado de su propia teoría emocional del populismo. En La vida emocional del populismo, Illouz identifica con claridad las economías afectivas que alimentan la deriva autoritaria en Israel, pero lo hace sin integrar la ocupación ni el racismo estructural contra los palestinos como condiciones formativas de esa misma cultura política. El deterioro democrático aparece explicado como resultado de la manipulación emocional ejercida por la derecha, mientras la estructura colonial que sostiene la desigualdad jurídica y la violencia sistemática queda relegada a un trasfondo apenas mencionado.
El efecto es claro: la sociedad israelí queda presentada como víctima psicológica de sus líderes, atrapada en un régimen afectivo que la empuja al cierre cognitivo y al miedo, pero no como agente responsable de una estructura de dominación que produce —y naturaliza— la deshumanización del palestino. Al situar la crisis democrática exclusivamente en el terreno emocional, Illouz desplaza la responsabilidad hacia una dinámica interna del demos israelí y minimiza la matriz racial y colonial que organiza la vida cotidiana en los territorios ocupados. La respuesta racista y punitiva de la sociedad israelí tras el 7 de octubre queda así explicada como producto de la cooptación afectiva, no como manifestación de una desigualdad estructural que precede y excede al populismo.
Este desplazamiento no solo atenúa la dimensión colonial del conflicto: contribuye a proteger al demos israelí bajo un velo interpretativo que lo exculpa de su participación en la opresión. La derecha sería responsable de la manipulación emocional; la sociedad, simplemente su rehén. Pero si no se incorpora la ocupación como elemento constitutivo de la subjetividad política israelí, la crítica pierde su dimensión estructural. El problema deja de ser la violencia institucionalizada del Estado y pasa a ser un fallo emocional del electorado. La ocupación aparece como un ruido de fondo, no como el fundamento del orden democrático israelí.
Lo decisivo no es la controversia, sino lo que expone: incluso sectores críticos del pensamiento israelí permanecen atrapados en la lógica etnonacionalista que hace posible el genocidio. Pensar políticamente el conflicto —como hace Butler— se convierte en sospecha de antisemitismo. Esta imposibilidad de pensar al otro es condición previa de la violencia estructural. La prensa occidental refuerza este bloqueo, desplazando la responsabilidad hacia un relato humanitario despolitizado —«tragedia», «crisis», «conflicto»— y borrando la estructura colonial que Butler intenta restaurar. Así se consuma el tabú que impide interrogar al demos israelí.
Este punto permite comprender el núcleo del argumento de Francesca Albanese: la fabricación de un relato moral que permita preservar la imagen de Israel sin confrontar su responsabilidad histórica. Entre la imposibilidad de pensar políticamente y la necesidad occidental de proteger a su «único aliado democrático», se prepara lo que ella denomina el futuro «museo del genocidio». No es una metáfora inocente. Designa el dispositivo mediante el cual la violencia estructural será reconvertida en memoria administrada: el olvido de la complicidad, el olvido de la democracia como órgano de violencia, el olvido del pueblo que —como mostró Levy— asumió la destrucción de otro pueblo como horizonte moral aceptable.
En este marco, la intervención de Albanese —relatora especial de Naciones Unidas para los territorios palestinos ocupados— adquiere una relevancia específica. Cuando describe Gaza como un posible «museo del genocidio», no introduce un elemento nuevo, sino que nombra con precisión el desenlace lógico de la deriva que el texto venía señalando: la conversión del crimen político en objeto pedagógico. Anticipa el destino que las potencias occidentales reservan a los crímenes que no desean afrontar políticamente: transformarlos en memoria gestionada, en pedagogía neutralizada, en relato histórico administrado por instituciones que nunca asumieron la responsabilidad del sufrimiento original. Gaza corre así el riesgo de convertirse en exhibición retrospectiva, en ejemplo moral, en ruina contemplable. Esta operación ya está en marcha, como lo demuestra la rapidez con la que los gobiernos occidentales desplazan la responsabilidad hacia la categoría despolitizada de «tragedia humanitaria».[vi]
Si se consuma la expulsión y la aniquilación, llegará el día en que se organicen visitas guiadas a «lo que fue Gaza», con paneles explicativos, informes de la ONU y fotografías de archivo. El genocidio habrá sido traducido a pedagogía. Lo intolerable habrá sido acomodado como pasado.
Este mecanismo —la conversión del crimen político en objeto pedagógico— no es nuevo. Wendy Brown lo analizó al estudiar cómo ciertos museos transforman la violencia en lección moral individualista, compatible con la continuidad de las estructuras que la hicieron posible. El museo opera como tecnología de absolución: conserva la ruina, pero borra la estructura que la produjo; recuerda a las víctimas, pero difumina la lógica que las convirtió en víctimas.[vii]
Aplicado a Gaza, este dispositivo adquiere su forma más nítida: la destrucción de una población se convierte en ocasión para reconstruir una narrativa tolerable para las democracias occidentales que fueron cómplices —por acción u omisión— del crimen. El futuro museo del genocidio será el lugar donde la responsabilidad colonial y la complicidad internacional se desvanezcan en el registro sentimental del lamento tardío.
Pero la cuestión de fondo no es la memoria, sino la democracia. Si la democracia es un medio, la responsabilidad recae sobre el demos. No basta con culpar al gobierno israelí. En una democracia, la responsabilidad se distribuye por capilaridad: quienes avalan, quienes callan, quienes miran hacia otro lado, quienes deciden convencerse de que todo está justificado. Un régimen democrático no puede escudarse en la obediencia: su legitimidad nace de la voluntad popular. Si la voluntad popular consiente el horror, el horror pertenece al pueblo.
Esta es la verdad que Occidente intenta evitar: que la democracia no protege contra la barbarie, sino que puede legitimarla; que un pueblo libre puede elegir la injusticia; que el sufrimiento puede ser votado, gestionado, normalizado. La democracia no exime: compromete.
Gaza no es solo el fracaso moral de un Estado. Es el fracaso ético de una sociedad democrática. Y es la advertencia de que la memoria futura —ese «museo del genocidio» que ya comienza a configurarse— no debe servir para clausurar la herida, sino para impedir que se cierre. Porque lo intolerable no debe convertirse en pasado. Es nuestro presente.
[i] Levy, G. (2025, octubre). Por qué la sociedad israelí apoya un genocidio. Le Monde diplomatique en español. https://mondiplo.com/por-que-la-sociedad-israeli-apoya-un-genocidio
[ii] Butler, J. (2024, 24 de marzo). Ante las atrocidades de Hamás y ante el genocidio de Israel contra los palestinos. El País. https://elpais.com/ideas/2024-03-24/ante-las-atrocidades-de-hamas-y-ante-el-genocidio-de-israel-contra-los-palestinos.html
[iii] Illouz, Eva. «Las supercherías de Judith Butler». Letras Libres, 15 marzo 2024. https://letraslibres.com/politica/las-supercherias-de-judith-butler/15/03/2024/
[iv] Butler, J. (2023, 19 de octubre). The Compass of Mourning. London Review of Books, 45(20). https://www.lrb.co.uk/the-paper/v45/n20/judith-butler/the-compass-of-mourning London Review of Books
[v] Illouz, E. & Sicron, A. (2023). La vida emocional del populismo. Cómo el miedo, el asco, el resentimiento y el amor socavan la democracia (A. Katz, Trad.). Katz.
[vi] Albanese, F. (2025, 16 de noviembre). Francesca Albanese: “Gaza será un museo del genocidio”. El País Semanal. https://elpais.com/eps/2025-11-16/francesca-albanese-gaza-sera-un-museo-del-genocidio.html
[vii] Brown, W. (2006). Regulating aversion: Tolerance in the age of identity and empire. Princeton University Press.
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