Nancy Fraser, el acontecimiento Gaza y la memoria de los derechos humanos en Argentina
En «Gaza as World Event», publicado en el número 158 de New Left Review, Nancy Fraser sostiene que debemos entender Gaza como un acontecimiento mundial. No se refiere exclusivamente a la guerra, a la crisis humanitaria, o a la catástrofe regional que supone. Gaza es un acontecimiento mundial porque altera las categorías morales con las que Occidente ha pensado el genocidio, el lugar de la víctima, la responsabilidad del perpetrador de un crimen de lesa humanidad, la memoria y la reparación.
Fraser formula su tesis del siguiente modo. Gaza revela una crisis del orden moral que se consolidó en Occidente durante la segunda mitad del siglo XX alrededor de Auschwitz. El exterminio de los judíos europeos se convirtió en el emblema del mal radical y en el límite desde el cual podía pensarse la violencia extrema. Auschwitz organizó el lenguaje del «nunca más». Nombraba la prohibición de destruir a un pueblo, de hacer de la pretendida seguridad de un Estado una razón suficiente para el exterminio de una población marcada.
Pero Fraser sostiene que ese orden moral atraviesa una profunda crisis. Auschwitz ya no funciona como límite de la violencia, sino que es «invocado como justificación de un nuevo genocidio». Esta es la formulación central de su ensayo. No afirma que Gaza sea Auschwitz ni propone una comparación mecánica entre dos acontecimientos históricos distintos. Afirma, en cambio, que la memoria de Auschwitz está siendo utilizada para encubrir o justificar la destrucción de Gaza.
El problema, por lo tanto, no es que Occidente haya olvidado la lección de Auschwitz, sino que ha adoptado frente a esa «lección» una perspectiva selectiva. La memoria del genocidio nazi se ha transformado en una excepción moral. En lugar de sostener una prohibición universal contra la destrucción de pueblos, se convierte en una fuente de inmunidad para el Estado de Israel. El resultado es que las categorías que debían permitir reconocer el mal radical son suspendidas cuando la violencia la ejerce Israel en nombre de su destino divino sobre el pueblo palestino.
Fraser no formula esta tesis en términos abstractos. La sigue a través de varios escenarios: Alemania, Estados Unidos, la diáspora judía, Israel, Japón y Palestina. En todos estos casos encuentra la misma operación: la inversión de las posiciones de víctima y perpetrador, la neutralización de la crítica mediante acusaciones de antisemitismo y el uso de la memoria del Holocausto para impedir el juicio sobre el presente.
La cuestión del antisemitismo ocupa un lugar central en esta operación. Fraser no dice que el antisemitismo no exista, ni relativiza la persecución histórica de los judíos. Parte, por el contrario, de la constatación de que el antisemitismo ha sido una de las formas más persistentes y destructivas del racismo moderno. Su pregunta va en otra dirección: ¿qué ocurre cuando la acusación de antisemitismo se utiliza para impedir que se nombre el genocidio en Gaza?
Fraser retoma de Susan Neiman la expresión «macartismo filosemita». La fórmula designa una política que se presenta como defensa de los judíos, pero que opera como vigilancia ideológica. En Alemania y Estados Unidos, señala Fraser, las acusaciones de antisemitismo se han convertido en instrumentos para excluir a profesores, cancelar exposiciones, censurar artistas, perseguir estudiantes, prohibir organizaciones y bloquear la solidaridad con Palestina.
La cuestión no es solo que se castiga a quienes critican al gobierno israelí, sino que se reorganiza el campo de lo que puede o no puede decirse. La acusación de antisemitismo se separa de la lucha contra el odio antijudío y se convierte, en los contextos examinados por Fraser, en un dispositivo de protección política del Estado de Israel. Su función deja de ser moral para convertirse en institucional: cancelar, excluir, disciplinar, intimidar y volver impronunciable la palabra Palestina.
Fraser muestra que este mecanismo tiene una dimensión específicamente «alemana». La doctrina de la Staatsräson identifica la responsabilidad de Alemania por el exterminio de los judíos europeos con la defensa de la seguridad del Estado de Israel. La memoria de la Shoah abandona el horizonte de los derechos humanos universales, para traducirse en un respaldo incondicional a Israel, incluso cuando el Estado israelí adopta prácticas de ocupación, colonización, expulsión, apartheid bombardeos indiscriminados, destrucción de viviendas, hambre, limpieza étnica e incluso genocidio.
La crítica de Fraser no es que Alemania se aferre a la memoria de Auschwitz. Es que la utiliza de manera selectiva. La memoria del exterminio de los judíos europeos se convierte en una razón de Estado que exige la defensa de Israel, pero se abstiene de poner en cuestión la ofensiva genocida contra Gaza. De este modo, la responsabilidad alemana por la Shoah no se traduce en una obligación universal de proteger la vida humana, sino en un respaldo político que deja fuera de toda consideración la dignidad y la vida de los palestinos.
Este desplazamiento no afecta únicamente a los palestinos. Afecta también a los judíos que se niegan a identificar judaísmo, sionismo y Estado de Israel. Fraser insiste en que existe una tradición judía distinta: universalista, anticolonial, socialista, antisionista o no sionista. Esa tradición incluye corrientes ortodoxas que rechazaron la creación de un Estado judío, el Bund, formas de identidad árabe-judía, socialismos judíos de Europa oriental y pensadores como Martin Buber. Frente a la identificación entre judaísmo e Israel, Fraser recupera la posibilidad de otro judaísmo.
El principio que articula esa tradición aparece al final del análisis de Fraser: «Nunca más, por parte de nadie, contra nadie. Punto». La frase resume una diferencia decisiva. El «Nunca más» puede convertirse —y es en esto en lo que finalmente se convierte en su versión sionista— en un «nunca más contra nosotros». Es decir, en la fórmula de una seguridad nacional ilimitada, de una guerra preventiva permanente y de una excepción moral. Pero también puede significar nunca más contra nadie. Puede ser una prohibición universal de convertir a cualquier pueblo en objeto de exterminio, desplazamiento o hambre.
Fraser muestra que el Estado de Israel ha desplazado el sentido de esa memoria. El judío perseguido por el nazismo se transforma en la figura del «judío duro»: el sujeto militarizado que afirma que, puesto que fue víctima en el pasado, no puede ser perpetrador de un genocidio en el presente. La memoria del exterminio se convierte así en una garantía de inocencia, en una coartada que suspende el juicio sobre la violencia actual. El argumento funciona de este modo: porque fuimos perseguidos, no podemos perseguir; porque fuimos exterminados, no podemos exterminar; porque fuimos víctimas, toda violencia ejercida en nombre de nuestra seguridad queda justificada.
Fraser rechaza esta lógica. Para ella, Gaza abre una crisis de identidad para Israel y para los judíos israelíes. La pregunta ya no es solo qué significó Auschwitz para el Estado de Israel. La pregunta es qué significará Gaza para las generaciones futuras. ¿Cómo explicarán quienes hoy aceptan o sostienen la destrucción de Gaza el hecho de que un Estado que se presenta como heredero de las víctimas de Auschwitz haya sido acusado de cometer genocidio contra el pueblo palestino?
Aquí comienza la extensión que este texto propone hacia Argentina. Fraser no analiza el caso argentino. Pero su lectura permite formular una pregunta ineludible: ¿qué ocurre cuando una sociedad que ha construido una parte decisiva de su identidad democrática alrededor de los derechos humanos decide alinearse con el Estado de Israel mientras Gaza es destruida?
Argentina posee una historia singular. La dictadura convirtió la desaparición forzada, la tortura, el secuestro, la apropiación de niños y la clandestinidad estatal en métodos de gobierno. La recuperación democrática se articuló, en buena medida, alrededor del rechazo de esos crímenes. La lucha de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, los juicios a los responsables y la elaboración pública de la memoria crearon una tradición política que no puede reducirse a una conmemoración nacional. Esa tradición contiene una exigencia: ninguna razón de Estado puede justificar la destrucción de vidas humanas.
Esa exigencia pierde su sentido si se aplica solo al propio pasado. La memoria de los desaparecidos no puede ser un patrimonio cerrado. No puede funcionar como prueba de superioridad moral ante otros pueblos y dejar de actuar cuando las víctimas son palestinas. Una política de derechos humanos que solo reconoce a las propias víctimas no es universalista. Es una memoria nacional selectiva.
La posición argentina actual frente a Israel debe leerse en este marco. No se trata simplemente de una relación diplomática. El gobierno de Javier Milei ha convertido su vínculo con Israel en una identificación política, moral y espiritual. Israel aparece como aliado de Occidente, como modelo de seguridad, como referencia de orden y como parte de una guerra civilizatoria. Palestina queda fuera de ese marco. No aparece como pueblo sometido a ocupación, desplazamiento y destrucción, sino como una extensión del terrorismo y de la amenaza.
Este alineamiento supone una decisión sobre el sentido de los derechos humanos. Argentina no se limita a mantener relaciones con Israel ni a defender la seguridad de su población. Se sitúa junto a un Estado que Fraser describe como autor de un genocidio en Gaza y frente al cual la Corte Internacional de Justicia ha abierto un proceso por presuntas violaciones de la Convención contra el Genocidio. La gravedad de esta posición no reside solo en su contenido diplomático. Reside en lo que hace con la memoria argentina.
La comparación con Sudáfrica permite mostrarlo con claridad.
Sudáfrica no trató su experiencia de apartheid como una herencia nacional aislada. Cuando llevó a Israel ante la Corte Internacional de Justicia, vinculó la situación palestina con una historia de segregación, desposesión, subordinación racial y violencia estatal. No afirmó que Palestina fuera idéntica a Sudáfrica. No redujo una historia a la otra. Pero sostuvo que su pasado imponía una responsabilidad frente a un pueblo sometido a una forma contemporánea de destrucción y exclusión.
Sudáfrica convierte su memoria en obligación. La reconciliación no significa olvido ni neutralidad. Significa que una sociedad que ha conocido la segregación no puede permanecer indiferente cuando otro pueblo es sometido a desplazamiento, hambre, bombardeo y desposesión. Su política exterior prolonga su memoria histórica.
Argentina toma el camino opuesto. Su tradición de derechos humanos corre el riesgo de convertirse en una liturgia interna: se recuerda el horror de la dictadura, se honra a las víctimas, se repite el lenguaje del «nunca más», pero se suspende su alcance cuando el pueblo destruido es Palestina y el Estado responsable es Israel, un aliado político. La memoria se conserva como identidad, pero deja de operar como juicio moral.
El contraste es decisivo. Sudáfrica parte de su pasado para reconocer la violencia presente. Argentina utiliza su pasado sin dejar que ese pasado interrogue su presente. Sudáfrica entiende que la experiencia de la opresión obliga a responder por otros. Argentina, bajo el gobierno actual, acepta una alianza con Israel que subordina la memoria de los derechos humanos a una decisión geopolítica.
Esto es lo que permite comprender la noción de «acontecimiento mundial» en Fraser. Gaza no es solo el lugar donde ocurre una destrucción masiva. Es el punto en el que se revela qué significan realmente las palabras que organizan el lenguaje político contemporáneo: derechos humanos, memoria, genocidio, seguridad, civilización, víctima, responsabilidad.
Gaza obliga a decidir si Auschwitz seguirá funcionando como una excepción nacional o si recuperará un sentido universal. Obliga a decidir si «nunca más» significa nunca más contra nosotros o nunca más contra nadie. Obliga a decidir si la memoria sirve para blindar Estados o para proteger pueblos.
Fraser no concluye únicamente con un diagnóstico de ruina moral. Se pregunta si Gaza puede contener también un principio de esperanza: solidaridad, autodeterminación, reconstrucción, reparación y cuidado. Esa pregunta no supone que la destrucción pueda ser compensada por una ganancia moral. Supone que la visibilidad palestina, la ruptura del consenso occidental y la emergencia de nuevas solidaridades pueden abrir un campo político distinto.
La cuestión es si las sociedades que hoy sostienen o toleran la destrucción de Gaza serán capaces de asumir esa ruptura. Israel deberá responder por lo que ha hecho. También deberán responder sus aliados. Entre ellos, Argentina. No solo por sus votos, sus declaraciones o sus acuerdos, sino por haber decidido qué vidas merecen ser defendidas y qué muertos pueden ser aceptados como parte del orden del mundo.
Referencia
Fraser, Nancy. «Gaza as World Event». New Left Review, n.º 158, marzo-abril de 2026, pp. 49-64.