¿SUBHUMANOS? MILEI, GAZA Y LA POLÍTICA DE LAS VIDAS SOBRANTES

La palabra «subhumanos» debe aparecer como interrogación, no como afirmación. Nombra la operación que vuelve posible la crueldad política: reducir al otro a una forma inferior de existencia. En la Argentina de Milei, esa operación se reconoce en una lengua pública saturada de insultos: «kukas», «zurdos de mierda», «orcos», «mandriles», «parásitos del Estado», «enemigos de la libertad». No se trata solo de vulgaridad retórica. Se trata de una pedagogía de la deshumanización. Una sociedad que se acostumbra a nombrar así a sus adversarios también se acostumbra a verlos sufrir sin escándalo. Por eso el espejo de Gaza resulta tan insoportable. Allí, el lenguaje de la deshumanización ha acompañado una destrucción material extrema: palestinos convertidos en amenaza indiferenciada, civiles reducidos a sospechosos, una población entera tratada como obstáculo. La comparación no borra las diferencias entre Argentina y Palestina; las presupone. Pero permite advertir una continuidad moral: cuando el lenguaje político abandona la idea de humanidad común, la violencia deja de aparecer como crimen y empieza a presentarse como saneamiento, defensa, ajuste o liberación.


La posición del gobierno de Javier Milei frente al Estado de Israel no debe ser leída como una excentricidad más de su política exterior, ni como una simple declaración de afinidad ideológica con Benjamin Netanyahu. Es algo más grave. En ella se condensa una transformación profunda de la imaginación política argentina: el abandono de aquella gramática de los derechos humanos que, con todas sus limitaciones, organizó buena parte de la legitimidad democrática desde 1983.

Argentina no fue solo un país que recuperó la democracia después de una dictadura. Fue también un país que intentó convertir la memoria del terror estatal en criterio político. El «Nunca Más» no significaba únicamente la condena retrospectiva de los crímenes de la dictadura. Significaba, al menos en su aspiración más alta, la afirmación de que ningún Estado podía disponer soberanamente de los cuerpos, de la vida, de la memoria y del sufrimiento de quienes habían sido declarados enemigos, subversivos, descartables o inexistentes.

Por eso, el apoyo incondicional de Milei al gobierno de coalición de Netanyahu no es un asunto exterior a la política argentina. Es una afrenta directa a esa tradición. No solo porque el gobierno argentino se alinea con una política estatal denunciada por instancias internacionales, juristas, relatores de Naciones Unidas y organizaciones de derechos humanos como parte de una maquinaria de destrucción del pueblo palestino. También porque esa alineación revela, por contraste, el fondo normativo del proyecto que Milei despliega dentro de la Argentina.

La misma mirada que acepta la devastación de Gaza como daño colateral de una supuesta guerra civilizatoria es la que, en el plano interno, concibe a jubilados, trabajadores públicos, docentes, estudiantes, personas con discapacidad, enfermos, pobres y comunidades enteras como obstáculos contables. No se trata de comparar mecánicamente situaciones distintas. Se trata de advertir una afinidad estructural: allí donde la vida se vuelve impedimento para la acumulación, para la apropiación territorial, para la extracción de recursos o para la fantasía de una soberanía empresarial sin límites, esa vida empieza a ser tratada como sobrante.

Francesca Albanese ha mostrado que la violencia sobre Palestina no puede comprenderse solo como violencia militar. Es también una economía, una red de complicidades, un dispositivo de legitimación y silenciamiento. Su análisis permite ver que el genocidio no se sostiene únicamente por las armas que matan, sino también por los discursos que justifican, las empresas que se benefician, los Estados que protegen, los medios que desplazan la atención y las instituciones que persiguen a quienes nombran el crimen [*].

Desde esa perspectiva, Israel funciona como espejo de Occidente. Pero en el caso argentino, ese espejo devuelve una imagen especialmente dolorosa. Lo que aparece allí es la inversión del legado democrático de los derechos humanos. Milei no se limita a abandonar la prudencia diplomática argentina. Reconfigura el lugar de la Argentina en el mundo como apéndice ideológico de Estados Unidos e Israel, y al hacerlo convierte la política exterior en una pedagogía de la crueldad: enseña qué vidas merecen duelo, qué vidas pueden ser sacrificadas y qué pueblos pueden ser despojados sin que el lenguaje oficial pierda su tono moralizante.

La pregunta decisiva, entonces, no es solo por qué Milei apoya a Netanyahu. La pregunta es por qué buena parte de la prensa argentina todavía no se atreve a leer ese apoyo como una clave interpretativa del conjunto del proyecto mileísta. Porque hacerlo obligaría a reconocer que la destrucción del sector público, la privatización de bienes comunes, la entrega de recursos estratégicos, la represión de la protesta social y el disciplinamiento de los cuerpos vulnerables no son accidentes de una política económica dura. Son el reverso doméstico de una misma doctrina: la doctrina según la cual el mundo pertenece a quienes pueden apropiárselo, y quienes estorban esa apropiación deben ser neutralizados, expulsados o abandonados.

La Argentina que hizo de los derechos humanos una lengua pública no puede permanecer indiferente ante esta inversión. Si el «Nunca Más» conserva algún sentido, debe significar también esto: nunca más aceptar que un Estado declare a una población entera como amenaza; nunca más permitir que la seguridad sea invocada para justificar la destrucción; nunca más convertir a las víctimas en problemas administrativos; nunca más separar la memoria del terror estatal de las formas actuales de abandono, despojo y violencia.

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[*] Esta reflexión toma como trasfondo el artículo de Francesca Albanese, relatora especial de Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados desde 1967, publicado en Le Monde diplomatique en español bajo el título “Anatomía de una difamación”. En ese texto, Albanese responde a la campaña internacional de descrédito dirigida contra su mandato y sitúa la destrucción de Gaza en un marco más amplio: no solo como violencia militar, sino como resultado de una economía política de la ocupación, de una red de complicidades estatales, empresariales, mediáticas e institucionales, y de una crisis profunda del derecho internacional. Su formulación de Israel como “espejo de Occidente” permite comprender por qué Gaza no interpela únicamente a Israel, sino también a los gobiernos occidentales que sostienen, justifican o silencian esa violencia. En el caso argentino, esa lectura permite pensar el apoyo del gobierno de Javier Milei al gobierno de Benjamin Netanyahu como síntoma de una mutación más amplia: el abandono de la gramática democrática de los derechos humanos y la aceptación de una política que distingue entre vidas protegidas, vidas sacrificables y vidas sobrantes.

Albanese, F. (2026, marzo). Anatomía de una difamación: Francesca Albanese responde a sus detractores. Le Monde diplomatique en español, 365, 16–17. https://mondiplo.com/anatomia-de-una-difamacion

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