domingo, 19 de marzo de 2017

22 segundos (La película)




La película lleva por título "22 segundos".

Todo parece fríamente calculado. No hay lugar para la improvisación en este guión.

Las secuencias siguen este orden:

Cámara 1. Mirtha Legrand hace una pregunta maliciosa al presidente.

Cámara 2 enfoca a Macri que muestra un rostro desencajado. Hay un gesto de pánico, el sonrojo que lo acompaña y una respuesta vacilante. Cuando acaba de dar la respuesta insegura, levanta la copa y bebe un sorbo de agua.

Cámara 3. Se abre un plano completo de la escena y se escucha una voz en off que desmiente al presidente.

Cámara 4. Zoom a la diva. El papelón evidente lleva a Mirtha a fugar la mirada a otro lado. Hunde su vista en el apunte que tiene delante. Sabe que acaba de ganarse otro momento estelar en la historia de la televisión argentina gracias a una de sus maldades preferidas.

Cámara 5. Plano completo del rostro de Mirtha. "No, no, no", repite entre apesadumbrada y terminante, como si fuera un veredicto que empuja al presidente al precipicio de su credibilidad.

Cámara 6. Vuelve el plano al presidente. mira a un lado y a otro. Mira primero a Juliana, pidiéndole ayuda. Comprende que Juliana no puede ayudarlo. Luego vuelve la vista a sus asesores (uno imagina que están agarrándose la cabeza). El presidente comprende que acaba de perder otros 3 o 4 puntos de aprobación en los estudios de opinión.

Cámara 7. Plano a Juliana. Pone cara de tonta. Mira a un lado y otro. Se siente perturbada. Le dijeron que el programa con Mirtha serviría para levantarle la imagen estropeada al presidente. Todo se está yendo al demonio.

Comienzan a caer los títulos:

Mauricio Macri

Juliana Awada

Mirtha Legrand


Cuando se encienden las luces de la sala uno se queda con la sensación que el presidente es un tipo que, más allá del dinero y el poder político que le prestaron los medios y las corporaciones, es muy parecido a Fernando de la Rúa. Peligroso, pero banal, como el mal que caracteriza a nuestra época.

También la sensación que Juliana Awada, más allá del esfuerzo denodado de la prensa rosa, es una chica ignorante, con una cara que pretende ser bonita, pero que está desencajada por el desencanto que supone el peligro evidente de acabar siendo la mujer odiada, de un hombre que la historia acabará condenando.