martes, 7 de marzo de 2017

MILITANCIA Y PENSAMIENTO CRÍTICO




Optimismo y pesimismo

En una famosa escena televisiva que hemos visto varias veces reeditada en los últimos años, el pensador David Viñas debate con la entonces senadora Cristina Fernández de Kirchner acerca del optimismo y el pesimismo en política. 

Cristina Fernández, ante la crisis política y social que vive Argentina a comienzos del 2000, llama a la ciudadanía a participar, a elegir su autentica representación, a no dejar en manos de los tecnócratas (podríamos agregar) el rumbo del país.

Viñas le contesta señalando que el llamado de la senadora a la ciudadanía (teniendo en cuenta el sospechoso encaje entre menemistas y adherentes de la Alianza) es casi “panglosiano”, de una ingenuidad y un optimismo desorbitado. A lo que Cristina Fernández responde diciendo que ella, siendo una militante política, está obligada a cultivar el optimismo. Como militante su objetivo es transformar la realidad. Si ella no creyera que las cosas pueden mejorarse, debería quedarse en su casa. En cambio, le dice a Viñas, “usted es un intelectual crítico”, y eso supone, necesariamente, el cultivo de una suerte de pesimismo intelectual, propio de una crítica que está obligada a mantenerse viva para evitar su cristalización.


Política y filosofía política

Lo interesante del fragmento en cuestión es que en el mismo se escenifica la distancia, la enemistad, la desconfianza visceral que existe entre la teoría (la filosofía política) y la política a secas. Obviamente, las preguntas que se hace el filósofo no solo no incumben al político per se, sino que en muchos sentidos estas preguntas resultan amenazantes. El político, al fin y al cabo, está llamado a construir un sentido, a dar forma a la realidad, mientras que el filósofo político está obligado a poner en cuestión justamente esa realidad que el político pretende naturalizar.



La democracia y sus enemigos

Ahora bien, en un régimen democrático, esta tensión, esta relación agonista entre teoría y práctica política es aun más acuciantes y compleja, porque la democracia, a diferencia de lo que ocurre con otros regímenes políticos, se caracteriza justamente por que está vacía de todo principio intrínseco que la legitime como tal (ni Dios, ni la naturaleza pueden invocarse en su nombre).

En este sentido, el peligro de las democracias consiste justamente en la tentación habitual de apropiarse de principios extra-políticos para llenarse de contenido o materialidad. Esa materia puede ser la economía (el mercado), o el progreso tecnocrático, o la cuestión social, o el nacionalismo o alguna otra autocomprensión étnico-lingüística que pretenda instalarse en el centro de la escena, usurpando o apropiándose del trono vacío (decapitado) que supone y exige la democracia. Cualquier “impostor” puede hacerse pasar por el Dios muerto al que la democracia despojo su representación.

Ahora bien, también sabemos que la democracia siempre está amenazada por la banalidad. Desde la época de Tocqueville se habla del individualismo que supone la democracia como una invitación a la superfluidad. Por ese motivo, sin Dios y si naturaleza como testigo, la democracia sigue necesitando de un acicate, más allá de su propia construcción abierta, contingente, casual, que la enfrente críticamente a sus deseos. Sabemos que el deseo (y la aversión), que la voluntad de querer y poder, construyen finalmente los escenarios donde pugnamos por dar sentido y alcanzar una felicidad terrena. Decidir qué deseos cultivar, qué rechazos o aversiones permitir, determina finalmente el carácter de nuestras elecciones democráticas.


El pensamiento crítico 

Es aquí donde la filosofía política resulta imprescindible. No debido a que la filosofía tenga las respuestas que andamos buscando a la hora de enfrentar las encrucijadas que vivimos, sino como invitación auto-reflexiva, como antiestructura de la democracia, como recordatorio de que la soberanía política es un “no lugar”, un espacio vacante ocupado siempre de manera contingente por el representante. Es decir, como reconocimiento rotundo de una libertad que asume la radical contingencia de nuestra existencia individual y colectiva, una igualdad que se basa en el reconocimiento de un anhelo común en el seno de la diversidad de proyectos humanos, y una fraternidad entre huérfanos que avanzan inexorablemente hacia un mismo destino.

Sin el cuestionamiento que la filosofía (la reflexión crítica) dirige a la política democrática (un cuestionamiento que es, en muchos sentido, un cuestionamiento anti-democrático e incluso anti-político, porque pone en cuestión la democracia y pone en cuestión a la política), la democracia y la política “realmente existentes” tienden peligrosamente hacia formas peligrosas de totalitarismo blando. Tocqueville nos previno de esto hace largo tiempo, pero hoy el poder mediático-comunicacional ha exacerbado esta tendencia, convirtiendo la política democrática en política virtual plebiscitaria. Los ciudadanos han sido convertidos en consumidores irreflexivos, y el argumento político transformado en publicidad política y electoral.


El liberal frente al espejo del "populismo"

Por ese motivo, no deja de ser sorprendente que las denuncias y acusaciones que el establishment liberal lanza repetidamente contra los “populismos de izquierda y derecha” desde las usinas mediáticas, sean tan adecuadas para las propias democracias formales que ellos mismos defienden. Cualquiera sea la realidad “fetichizada” que ocupe el lugar vacante que las democracias reservan a la decisión del pueblo soberano, sea el mercado capitalista, la cuestión social, la innovación tecnocrática, la pretensión al fin de cuentas es convertir a la democracia misma en esclava de esos principios, subordinando con ello a la ciudadanía al saber de los expertos en cada una de estas áreas. Sin embargo, la democracia se caracteriza justamente por no tener nombre propio. Es siempre una invención cuya única medida es la participación de todos.

En este escenario, la filosofía no ocupa el lugar de juez, ni de la política, ni de la democracia, sino que encarna la figura socrática del tábano, aparentemente insignificante, pero no por ello un recordatorio menor dirigido a la política y a la democracia, de sus posibles y habituales corrupciones.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola, sabés que le faltaba este condimento teórico a un pensamiento que tengo cíclicamente? Es cuando me enfrento con el límite de tener que pensar en otro sistema. Siempre digo que el problema no es Juan ni Pedro, sino que la democracia hace agua. Y es mi última frontera. Ahora, sigo sin final feliz. Fabián Girollet.